El asunto
Cuarenta y ocho
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CUARENTA Y OCHO
Butler se dirigía a relevar a Pellegrino en su puesto de guardia frente a la puerta de Fort Kelham, y un kilómetro y medio antes de llegar miró casualmente hacia la izquierda y vio una silueta tumbada entre los arbustos, tal vez a cien metros de la carretera en dirección norte. Cinco minutos después llamó al cuartel general con las malas noticias, y a los noventa segundos de recibir el mensaje la operadora ya había llegado a la cafetería. Deveraux y yo estábamos en el coche veinte segundos más tarde, y como ella pisó a fondo el acelerador y condujo rápido todo el camino, llegamos a la escena del crimen diez minutos después de que a Butler se le ocurriera girar la cabeza.
No es que la velocidad fuera a marcar una gran diferencia.
Aparcamos detrás del coche de Butler y salimos. Estábamos en la carretera principal, que avanzaba en dirección este-oeste, tres kilómetros más allá de la última sección de Carter Crossing y un kilómetro y medio antes de Fort Kelham, en una franja abierta de vegetación baja, con el bosque que rodeaba la cerca de Kelham ante nosotros y el que flanqueaba las vías del tren muy por detrás. Ya era pleno día y el cielo estaba despejado y azul. El aire era caluroso y apenas corría la brisa.
Vi lo que Butler había visto. Podría haber sido una piedra, o basura, pero no era ninguna de esas cosas. Desde lejos parecía pequeño, oscuro, ligeramente abultado, ligeramente alargado, aplastado, desinflado. Era inconfundible. Su tamaño era difícil de calcular, porque era difícil calcular la distancia exacta a la que estaba. Si eran ochenta metros, se trataba de una mujer pequeña. Si eran ciento veinte, era un hombre grande.
—Odio este trabajo —dijo Deveraux.
Butler estaba allí, de pie entre los arbustos, a mitad de camino entre la silueta y nosotros. Empezamos a caminar hacia él, y después pasamos al lado suyo sin decir ni una palabra. Supuse que la distancia total rondaría los cien metros, lo que significaba que la silueta no era ni una mujer pequeña ni un hombre grande. Estaría entre una cosa y otra. Una mujer alta o un hombre bajo.
O quizás un adolescente.
Entonces reconocí las proporciones distorsionadas.
Y empecé a correr.
A veinte metros de distancia ya estaba prácticamente seguro. A diez no tenía ninguna duda. A tres obtuve una confirmación visual absoluta. No podía ser de otra manera. Era Bruce Lindsay. El chico feo. De dieciséis años. El hermano pequeño de Shawna Lindsay. Estaba boca arriba. Tenía los pies separados. Las manos a los lados. Su cabeza gigante girada hacia mí. La boca abierta. Sus profundos ojos estaban oscuros y muertos.
No seguimos ninguno de los protocolos establecidos para las escenas de un crimen. Deveraux y yo pisamos el área y tocamos el cadáver. Lo giramos y encontramos un orificio de entrada en el lado izquierdo de la caja torácica, en la parte alta, cerca de la axila. No había orificio de salida. La bala había entrado, había destrozado el corazón, había destrozado la columna, se había desviado y dado vueltas y seguía allí dentro.
Me arrodillé y miré el horizonte. Si el chico había estado caminando hacia el este, alguien le había disparado desde el norte, seguramente un tirador que había salido de los bosques cercanos a la valla de Kelham y había estado patrullando la franja abierta de arbustos. La zona de cuarentena.
—He hablado con él esta mañana —dijo Deveraux—. Hace pocas horas. Habíamos quedado en vernos en su casa. ¿Qué hacía aquí?
Yo no quería responder a esa pregunta. Ni siquiera para mí mismo. Dije:
—Tenía un secreto, supongo. Respecto de Shawna. Sabía que tú conseguirías sacárselo. Así que decidió estar en otro lugar esta tarde.
—¿Dónde? ¿A dónde estaba yendo?
—A Kelham —dije.
—Esto es un campo abierto. Si quisiera ir a Kelham hubiera ido por la carretera.
—Era un poco tímido con los extraños. No le gustaba que lo vieran. Por su aspecto. Estoy seguro de que nunca iba por las carreteras.
—Si era tímido con los extraños, ¿por qué se arriesgaría a ir a Kelham? Solo en el puesto de guardia de la entrada debe haber una docena de extraños.
—Iba porque yo le dije que estaría todo bien —dije—. Le dije que los soldados son distintos. Le dije que sería bienvenido.
—¿Bienvenido para qué? No hacen visitas turísticas.
El chico llevaba puestos unos pantalones de tela gruesa, parecidos a los míos, una sudadera lisa azul marino y una chaqueta deportiva oscura encima. La chaqueta se había abierto cuando lo giramos. Vi una hoja doblada en el bolsillo interior.
—Échale un vistazo a eso —dije.
Deveraux sacó la hoja del bolsillo. Parecía un documento oficial, de papel grueso, plegado tres veces. Parecía viejo, y yo estaba seguro de que lo era. Debía de tener unos dieciséis años. Deveraux lo desdobló y lo miró y dijo:
—Es su certificado de nacimiento.
Yo asentí y lo cogí. Estado de Mississippi, hijo de sexo masculino, apellido Lindsay, nombre Bruce, nacido en Carter Crossing. Al parecer, nacido hacía dieciocho años. Podría haber colado ante una mirada apresurada, pero no ante un examen más detenido. La modificación no era hábil, aunque sí paciente. Habían borrado cuidadosamente dos dígitos, y después habían escrito otros dos encima. La tinta coincidía y la caligrafía también. Solo lo delataba la superficie gastada del papel, pero con eso era suficiente. Se notaba. Llamaba la atención.
—Es culpa mía —dije—. Toda la culpa es mía.
—¿De qué manera?
Vete directamente a Kelham, le había dicho. Hay personal de reclutamiento en todas las bases. En cuanto tengas en la mano un papel que demuestre que eres mayor de edad, te dejarán entrar y no te volverán a dejar salir.
El chico se lo había tomado al pie de la letra. Lo que yo había querido decir es que iba a tener que esperar. Pero él se había adelantado y se había hecho mayor de edad a sí mismo, allí mismo y en ese mismo momento. Se había fabricado algo para llevar en la mano. Probablemente en la misma mesa de la cocina en la que yo me había sentado con él, y en la que habíamos hablado y bebido té frío. Me lo imaginé, con la cabeza agachada, concentrado, mordiéndose la lengua, quizás mojando el papel con una gota de agua, raspando los números viejos con la punta de un cuchillo, borrando en el lugar de la mancha húmeda, esperando a que se secara, buscando el bolígrafo adecuado, calculando, practicando y después escribiendo los números nuevos. Los números que le permitirían cruzar la puerta de Kelham. Los números que harían que lo aceptasen.
Todo a mi costa.
Empecé a caminar de vuelta a la carretera.
Deveraux me siguió. Le dije:
—Necesito un arma.
—¿Por qué? —preguntó.
Me detuve de nuevo, me giré, miré hacia el este y observé la situación. Fort Kelham era un rectángulo gigante que estaba al norte de la carretera y su cerca recorría una franja ancha con árboles que se extendía un par de cientos de metros a cada lado de la alambrada. Parecía que hubieran talado el mismo tipo de bosque viejo que había al sur de la carretera para construir la base, pero yo supuse que en realidad era al revés. Supuse que Kelham había sido proyectado cincuenta años antes sobre un campo abierto y que más tarde los agricultores habían dejado de arar la tierra cercana a la valla, por lo que los árboles habían llegado después. Como nueva maleza. No como los viejos bosques del sur. Algunas zonas tenían menos de esos nuevos árboles, pero casi siempre daban una importante cobertura allí donde se necesitaba. Una tropa pequeña podía esconderse entre esos árboles fácilmente, con la posibilidad de deslizarse hacia el exterior de los arbustos cuando fuera necesario y volver a meterse dentro después, a través de la valla, para descansar o reaprovisionarse.
Empecé a caminar de nuevo. Dije:
—Voy a encontrar a este escuadrón de cuarentena que todos aseguran que no existe.
—Supongamos que lo encuentras —dijo Deveraux—. Será tu palabra contra la de ellos. Tu palabra contra la del Pentágono, básicamente. Dirás que el escuadrón existía, ellos dirán que no. Y el Pentágono es el que tiene el micrófono más potente.
—No pueden discutir contra una evidencia física. Encontraré miembros de cuerpos suficientes para convencer a cualquiera.
—No puedo permitir que hagas eso.
—No le deberían haberle disparado al chico, Elizabeth. Se pasaron de la raya, sean quienes sean. Abrieron la puerta equivocada. Eso está claro. Lo que está al otro lado es su problema, no el nuestro.
—Ni siquiera sabes dónde están.
—Están en el bosque.
—Con trajes de camuflaje y prismáticos. ¿Cómo crees que te podrías acercar hasta donde están?
—Tienen un punto ciego.
—¿Dónde?
—Cerca de la puerta de Kelham. Están vigilando a un intruso que saben que no puede cruzarla. Así que no están vigilándola. Están vigilando más lejos.
—El puesto de guardia vigila la entrada.
—No, el puesto de guardia vigila lo que se acerca a la entrada. Yo no me voy a acercar a la entrada. Voy a encontrar el hueco. Bien por detrás de la tropa móvil, bien por delante del puesto de guardia.
—Están matando a gente, Reacher.
—Están matando a la gente que ven. A mí no me verán.
—Te llevaré de vuelta al pueblo.
—No voy a volver al pueblo. Quiero que me lleves en la otra dirección. Y quiero un arma.
No contestó.
—Estoy dispuesto a hacerlo sin ninguna de las dos cosas, si es necesario —dije—. Será más lento y más difícil, pero lo resolveré.
—Sube al coche, Reacher —dijo ella.
No me dijo adónde planeaba llevarme.
Nos subimos al coche de Deveraux, ella se alejó del de Butler dando marcha atrás y después arrancó hacia el este, hacia Kelham. Para mí, era el rumbo correcto. Recorrimos la mayor parte del último kilómetro y medio y dije:
—Ahora métete por la hierba. Hacia donde empieza el bosque. Como si acabaras de ver algo.
—¿Directamente hacia ellos? —dijo ella.
—No están ahí. Están más al noroeste. Y de todos modos no dispararían a un coche de policía.
—¿Estás seguro?
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Disminuyó la velocidad, giró el volante, bajó de la carretera dando un golpe y comenzó a avanzar sobre la tierra batida. El camino estaba en un hueco con forma de reloj de arena. Doscientos metros más al norte los árboles nuevos de Kelham se alejaban con una leve curva, y doscientos metros al sur los viejos bosques lo hacían de manera simétrica. Deveraux se dirigió hacia el noroeste, en un ángulo de cuarenta y cinco grados con respecto al asfalto, en un coche que rebotaba y se sacudía, y después trazó una amplia curva a través del suelo de tierra y frenó dejando un lateral del coche justo al lado del bosque. Mi puerta estaba a dos metros del árbol más cercano.
—¿Arma? —dije.
—Dios mío —dijo ella—. Esto es ilegal en un montón de niveles.
—Pero, como has dicho, es su palabra contra la mía. Si hay alguien a quien dispararle, ellos dirán que no había nadie. Cuantos más disparos haya, más lo negarán.
Respiró hondo, exhaló y sacó la escopeta que estaba entre los asientos de su funda. Era una vieja Winchester Modelo 12, de un metro de largo y tres kilos de peso. Estaba marcada y gastada, pero brillante de aceite y lustre. Podía tener cincuenta años de antigüedad, pero parecía bien cuidada. Aun así, me preocupan las armas que nunca he disparado. No hay nada peor que apretar un gatillo y que no suceda nada. O que el disparo no dé en el blanco.
—¿Funciona? —le pregunté.
—Perfectamente —respondió ella.
—¿Cuándo la has usado por última vez?
—Hace dos semanas.
—¿A qué disparaste?
—A un blanco. Hago que todo el departamento pase exámenes de tiro cada año. Y tengo que ser capaz de patearles el culo, así que practico.
—¿Diste en el blanco?
—Lo destruí.
—¿La has recargado? —pregunté.
Sonrió y dijo:
—Hay seis balas en el cargador y una en la abertura. Tengo más en el maletero. Te daré todas las que puedas llevarte.
—Gracias.
—Era el arma de mi padre. Cuídala.
—Lo haré.
—Y cuídate tú también.
—Siempre.
Bajamos del coche y fue hasta el maletero y lo abrió. Estaba muy desordenado. Y sucio. Estaba lleno de una especie de tierra. Pero no invertí mucho tiempo en preocuparme por la limpieza, porque había una caja de metal atornillada al suelo del maletero detrás del armazón del asiento de atrás. Para una mujer con la constitución física de Deveraux, estaba muy lejos. Se puso de puntillas, dobló la cintura y se inclinó hacia delante. Desde atrás, la visión de la maniobra era increíble. Absolutamente, verdaderamente espectacular. Levantó la tapa de la caja de metal, escarbó con la punta de los dedos y sacó una caja de cartuchos de calibre doce. Se enderezó y me la dio. Quedaban quince. Me guardé cinco en cada bolsillo del pantalón y cinco en el bolsillo de la camisa. Me observó mientras lo hacía. Después abrió mucho los ojos y dijo:
—Has lavado la camisa.
—No, me he comprado una nueva —respondí.
—¿Por qué?
—Me pareció un gesto de educación.
—No: ¿por qué has comprado una nueva en vez de lavar la vieja?
—Ya he tenido esta conversación. Con el señor de la tienda. Me pareció lógico.
—Vale —dijo ella.
—Por cierto, tienes un culo precioso.
—Vale —dijo ella de nuevo.
—Pensé que lo tenía que decir.
—Gracias.
—¿Estamos bien ahora? ¿Tú y yo?
Sonrió.
—Siempre estuvimos bien —dijo—. Solo te estaba picando. Si hubiese dicho que era tu novia me lo podría haber tomado en serio. ¿Pero prometida? Ridículo.
—¿Por qué?
—Ninguna mujer aceptaría casarse contigo.
—¿Por qué no?
—Porque no eres un hombre para casarse.
—¿Por qué no?
—¿Cuánto tiempo tienes? Solo el tema de la lavandería nos podría llevar una hora.
—¿Tú cómo lavas la ropa?
—Hay una lavandería en el callejón, pasando la ferretería.
—¿Con detergente y esas cosas?
—No es astrofísica.
—Lo pensaré —dije—. Te veré más tarde.
—Asegúrate de que así sea, ¿de acuerdo? Tenemos que llegar al tren de esta noche.
Sonreí, asentí una vez y eché un último vistazo alrededor. Después me adentré en los árboles.