El asunto

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Cuarenta y nueve

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CUARENTA Y NUEVE

Con un metro de largo, la escopeta Winchester era demasiado grande para transportarla fácilmente por el bosque. Tenía que llevarla con las dos manos, en posición vertical, delante de mí. Pero me alegraba de tenerla. Era una buena pieza antigua. Y bastante sólida. Las balas de plomo de calibre 12 resuelven la mayoría de las peleas a la primera de cambio.

Era marzo en Mississippi y había tantas hojas nuevas en los árboles que no podía ver claramente el cielo. Así que me moví por instinto. O a ojo de buen cubero, como dicen algunas personas. Algo que resulta difícil en un bosque. La mayoría de las personas diestras terminan trazando amplios círculos en sentido contrario a las agujas del reloj, porque la mayoría de las personas diestras tienen la pierna izquierda un poco más corta que la derecha. Biología y geometría básicas. Evité ese peligro poniéndome a la derecha de uno de cada diez árboles que me encontraba, tanto si creía que era necesario como si no.

La vegetación era densa, pero no imposible. Había un poco de maleza y mucha hojarasca. Los árboles no eran de hoja perenne. No tenía idea de qué árboles eran. No sé mucho de árboles. Los troncos tenían distintos diámetros y por lo general estaban a un metro o un metro y medio de distancia. La mayoría de las ramas bajas se habían secado en la penumbra. No había mucha luz allí abajo. No había senderos. Ninguna señal de movimiento reciente.

Tenía una circunstancia a mi favor y dos en contra. Las circunstancias negativas eran que hacía mucho ruido al avanzar y que llevaba una camisa blanca brillante. Estaba bastante lejos de pasar desapercibido. No tenía ningún tipo de camuflaje. No me acercaba de manera silenciosa. La positiva era que me estaba acercando a ellos desde atrás. Tenían que estar escondidos en el límite del bosque. Tenían que estar mirando hacia afuera. Estaban a la espera de periodistas, cotillas y otros extraños que aparecieran allí sin motivo aparente. Cualquiera que caminara deliberadamente hacia ellos se convertía en su objetivo. Pero yo me aproximaría a ellos desde atrás.

Supuse que no lidiaría con muchos hombres al mismo tiempo. Estarían separados en pequeñas unidades. Mínimo dos y un máximo cuatro personas en cada una. Serían unidades móviles. Sin escondites ni campamentos provisionales. Estarían sentados en troncos caídos, apoyados en los árboles o en cuclillas en el suelo, mirando hacia fuera a través de los últimos arbustos a la brillante luz del sol, preparados para moverse a la izquierda o a la derecha para cambiar el ángulo, preparados para salir al encuentro de cualquier amenaza.

Y supuse que las pequeñas unidades móviles estarían muy separadas entre sí. Cincuenta kilómetros de cerca es mucho terreno que defender. Si una compañía entera se desplegaba en ese bosque, cada unidad de cuatro hombres quedaría a un kilómetro de su vecino más cercano. Y mil metros en un bosque son como mil kilómetros fuera. No era posible contar con apoyo inmediato o refuerzos. Nada de fuego de cobertura. Regla básica: los fusiles y la artillería no sirven para nada en terrenos boscosos. Hay demasiados árboles por el medio.

Empecé a caminar más despacio tras avanzar doscientos pasos aproximadamente hacia el noroeste. Supuse que debía estar acercándome al primer puesto de observación, más o menos a las nueve en punto de un cuadrante imaginario, muy por encima del trazado de la carretera, dentro de alguna saliente desde la que se pudiera vigilar una zona extensa hacia el suroeste. Seguramente era el puesto de observación desde el que habían visto a Bruce Lindsay. Seguramente había aparecido a su izquierda y había sido un objetivo fácil de divisar a más de un kilómetro y medio de distancia. Entonces ellos habían salido y avanzado, y se habían mantenido a unos cientos de metros de él. Quizás le habían hecho alguna advertencia o le habían dado alguna orden a gritos. Quizás su respuesta había sido lenta, confusa o contradictoria. Y entonces le habían disparado.

Me alejé abriéndome hacia mi derecha y después me introduje con cuidado en lo que esperaba que fuera una línea recta por detrás de donde pensaba que estaría el primer puesto de observación. Me moví entre los árboles como si estuviera avanzando entre una multitud, desviándome a la izquierda, desviándome a la derecha, guiando con un hombro y luego con el otro. Mantuve mis ojos en movimiento, de un lado a otro y de arriba abajo. Vigilaba el suelo con atención. No podía hacer nada para evitar la mayoría de las cosas que allí había, pero no quería tropezarme ni pisar nada más grueso que un palo de escoba. La madera seca puede hacer mucho ruido al romperse.

Seguí avanzando hasta que vi la luz del sol. Casi en el límite del bosque. Miré hacia la izquierda, miré hacia la derecha, di un paso hacia delante con cuidado y descubrí que en parte tenía razón y en parte estaba equivocado. Tenía razón, porque el lugar en el que me encontraba era, efectivamente, un excelente puesto de observación, y estaba equivocado porque no había nadie.

Me detuve un metro antes del último árbol y me encontré mirando hacia el suroeste. El campo de visión era amplio y tenía forma de cuña. La carretera que llevaba a Carter Crossing lo cruzaba en diagonal a lo lejos. No se movía nada, pero si se hubiese movido algo lo habría visto con mucha claridad. Asimismo, habría visto cualquier cosa que hubiera en el terreno en un radio de quinientos metros a ambos lados de la carretera. Era un excelente puesto de observación. Ninguna duda al respecto. No podía entender por qué no había nadie. Tácticamente no tenía sentido. Quedaban muchas horas de luz. Y hasta donde yo sabía, en Kelham no había cambiado nada. No se había presentado ningún nuevo imperativo estratégico. En todo caso, para la Compañía Bravo la situación estaba peor que nunca.

El estado del terreno también daba muestras de una profunda falta de seriedad. Había colillas aplastadas contra la tierra. Había un envoltorio de golosina, hecho una pelota, ahí tirado. Había claras huellas de pisadas, semejantes a las que había visto junto al periodista desangrado en las tierras del viejo Clancy. No me causó una buena impresión. Los rangers están entrenados para no dejar rastros a su paso. La idea es que se muevan por el terreno como si fueran fantasmas. Sobre todo cuando se les encarga una misión sensible de dudoso carácter legal.

Retrocedí, volví a adentrarme en los árboles, me enderecé y avancé hacia el norte. Seguí una ruta a unos cincuenta metros del límite del bosque. Presté atención por si encontraba caminos laterales que llevaran de vuelta a la cerca de Kelham. No vi ninguno. Realmente no fue una sorpresa. Probablemente, la entrada y la salida en secreto se efectuaban mucho más al norte, en algún lugar remoto en el extremo de la reserva, lejos de cualquier sitio de uso regular.

Doscientos metros después me desvié de nuevo, otra vez hacia donde los árboles escaseaban, hasta llegar a un lugar con peor vista de la carretera pero mejor vista de los campos. De nuevo, un excelente punto de observación. De nuevo, no había nadie. Y por lo que parecía nunca había habido nadie. No había colillas. No había envoltorios. No había huellas.

Retrocedí otra vez hasta mi posición original y probé de nuevo doscientos metros más adelante. Nada. Empecé a preguntarme si estaríamos hablando de algo más pequeño que una compañía. Pero desde mi punto de vista, poner menos hombres en un perímetro de cincuenta kilómetros no tenía sentido. Yo hubiese querido más. Dos compañías enteras. O tres. Y yo soy una persona tacaña comparado con el Pentágono. Si yo quisiera quinientos hombres, los altos mandos querrían cinco mil. Con cualquier planificación normal, el bosque estaría lleno de gente. Como Times Square. Me habrían disparado por la espalda hacía rato.

Después empecé a preguntarme sobre los cambios de guardia y los horarios de las comidas. Posiblemente la aparente escasez de efectivos dejaba lugares vacíos durante algunas horas. Pero estaba seguro de que esos lugares estarían ocupados la mayor parte del tiempo. Eran demasiado buenos como para desperdiciarlos. Si la misión consistía en detectar cualquier enemigo potencial que se acercara al perímetro de Kelham, tendrían que dividir los 360 grados en puntos de observación útiles, y cualquiera de los tres que había visto cumplía los requisitos. Por lo que supuse que tarde o temprano encontraría a alguien yendo o viniendo.

Me di la vuelta y me adentré de nuevo en el bosque. Cuando había recorrido la mitad del camino hasta mi posición original, dejé de caminar. Me quedé quieto y esperé. No escuché nada durante diez minutos. Después veinte. Después treinta. La brisa hacía sonar las hojas, los troncos se movían y se lamentaban, y animales diminutos se escabullían. Nada más.

Entonces oí pasos y voces a lo lejos, adelante y a mi izquierda.

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