El asunto

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Cincuenta y uno

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CINCUENTA Y UNO

Había tres hombres, como había previsto. Estaban a cinco metros de distancia. El ancho de una habitación. Estaban todos de espaldas a mí. Uno era grande y canoso. Llevaba ropa de combate verde aceituna de la época de Vietnam. Le quedaba muy apretada. Llevaba un fusil M16 y vi la culata de una Beretta M9 semiautomática en una cartuchera sujeta a su cinturón. Una pistola nueve milímetros. Un arma reglamentaria del Ejército de los Estados Unidos, lo mismo que el M16. En los pies llevaba unas viejas botas de paracaidista, y tenía la cabeza descubierta.

El segundo era más joven y un poco más alto, pero no mucho más delgado. Su pelo era color arena y llevaba un uniforme de combate que yo juraría que era del ejército italiano. Parecido al nuestro, pero no igual. Con mejor corte. Tenía un M16 cogido del mango para transportarlo. Lo sujetaba con la mano derecha. No tenía ningún arma de mano. Llevaba unas zapatillas deportivas negras. La cabeza descubierta. Tenía una mochila pequeña con un estampado de camuflaje distinto al del uniforme.

El tercero llevaba el uniforme de camuflaje que usaba el Ejército de los Estados Unidos en los años ochenta. Estaba muy lejos de ser gordo. Era un enano. Medía alrededor de un metro sesenta y cinco, pesaba alrededor de sesenta kilos. Flaco, enjuto, débil y nervioso. También llevaba un M16. Zapatos de civil, cabeza descubierta, sin arma de mano. Él era el que fumaba. Sujetaba un cigarrillo encendido con los dos primeros dedos de su mano izquierda.

Al principio el uniforme de combate italiano me hizo preguntarme si no serían de alguna tropa rara de la OTAN. Pero la ropa de Vietnam del primero no encajaba con ningún escenario de 1997, por mala que fuera la política internacional en aquel entonces, ni tampoco los zapatos del tercero, ni la ausencia general de casco de combate y de raciones alimenticias, ni ese comportamiento tan poco profesional. Repasé mentalmente algunas posibilidades aleatorias, como si del panel de salidas de un aeropuerto se tratase. Me sorprendió que no escucharan el ruido que hacía todo ese engranaje dentro de mi cabeza.

Los miré de nuevo, de izquierda a derecha, y después de derecha a izquierda.

No pude resolverlo.

Por fin lo entendí: eran aficionados.

Una zona muy apartada del estado de Mississippi, al lado de Tennessee y de Alabama. Grupos paramilitares civiles. Falsos militares. Hombres a los que les gusta pasearse con armas por el bosque y a los que les gusta decir que están defendiendo algo de vital importancia. Hombres a los que les gusta ponerse a hablar de cualquier cosa en la tienda de excedentes, después de haberse comprado sus trajes de faena y sus uniformes italianos de combate.

Y hombres a los que les gusta comprar armas en armerías rurales. En algunas en particular. Porque algunas armerías rurales están cerca de bases militares, y por lo tanto tienen material especial para vender a escondidas de manera ilegal. Lo único que se necesita es alguien de dentro, y creedme, dentro siempre hay alguien disponible. Cada año un flujo constante de fusiles M16, Berettas y cosas peores son declaradas extraviadas, rotas o inservibles, y en teoría se destruyen aunque eso no es lo que sucede en la práctica. En realidad las sacan por la puerta de atrás en medio de la noche y tan solo una hora después están bajo el mostrador de una armería.

 

He arrestado a muchas personas, a menudo en grupos más grandes que el que tenía en frente, pero nunca fui muy bueno haciéndolo. Los mejores arrestos funcionan gracias a mucho alarde y un gran despliegue, y yo me cohíbo cuando tengo que ponerme a despotricar. A mí me va mejor asestar un buen golpe en el minuto uno y dejarlos fuera de juego desde el principio. Y gritar detente, detente, detente también me cohíbe. Las palabras me salen un poco tímidas. Como si no estuviera dando una orden.

Pero tenía la mejor herramienta que jamás se haya inventado para cortar una conversación: una escopeta corredera. Por el precio de un cartucho sin disparar, podía hacer un ruido capaz de congelar a cualquier grupo de tres hombres en tres lugares del mundo cualquiera.

El ruido más intimidante que jamás se haya escuchado.

Crac, crac.

El cartucho que salió disparado de mi escopeta cayó sobre las hojas que estaban a mis pies y los tres hombres se quedaron congelados.

—Fusiles al suelo, ahora —dije.

Voz normal, modulación normal, tono normal.

El del pelo color arena lo tiró primero. Fue bastante rápido. Después lo tiró el más viejo, y el último de los tres fue el tipo enjuto.

—No os mováis —continué—. No me deis motivos.

Voz normal, modulación normal, tono normal.

Se quedaron bastante quietos. Levantaron un poco los brazos, hacia los lados, despacio, y acabaron poniéndolos a cierta distancia de su cuerpo y manteniéndolos ahí. Separaron los dedos. Sin duda separaron también los dedos de los pies dentro de las botas, zapatillas y zapatos. Lo que hiciera falta para dar la impresión de que estaban desarmados y de que no eran peligrosos.

—Y ahora, tres pasos hacia atrás.

Obedecieron los tres, los tres se movieron con pasos exagerados e inseguros, y los tres se detuvieron a más de un cuerpo de distancia de sus fusiles.

—Y ahora daos la vuelta —dije.

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