El asunto

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Cincuenta y dos

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CINCUENTA Y DOS

No había visto nunca a ninguno de ellos. Después de girar muy despacio, el más viejo se había quedado frente a mí, a mi izquierda. Era un completo desconocido para mí. Era uno más, sin nada especial, con un poco de sobrepeso y bastante deteriorado. El del medio era el que tenía el pelo color arena. Era como habría sido el más viejo, si hubiese nacido veinte años después y en mejores circunstancias. Uno más, un poco blando y civilizado. El tercero era distinto. Era el tipo de persona que obtienes cuando comes ardillas durante cuatro generaciones seguidas. Más listo que una rata, más fuerte que una cabra y más asustadizo que cualquiera de las dos.

Acomodé la culata del Winchester bajo mi axila derecha, eché el codo hacia atrás y sostuve el arma con una sola mano. Apunté a los dos de la derecha de manera un tanto imperfecta. Pero era una escopeta calibre doce. No necesitaba apuntar de perfectamente.

Usé mi brazo como medio de la comunicación, miré al tipo más viejo y dije:

—Esta es la parte en la que desenfundas tu otra arma y me la das.

No contestó.

—Y lo vas a hacer así —dije—. La vas a sacar de la cartuchera con el índice y el pulgar, y después la vas a girar en tu mano y te vas a apuntar a ti mismo, ¿de acuerdo?

No hubo respuesta.

—El segundo premio es que te dispare en las piernas —dije.

Voz normal, modulación normal, tono normal.

No hubo respuesta. No al principio. Pensé en desperdiciar otro cartucho y accionar de nuevo la corredera de la escopeta, pero no fue necesario. El viejo no era un héroe. Reconsideró la situación y se puso manos a la obra. Usó el índice y el pulgar tal como le había dicho, giró el arma en su mano y se apretó el cañón contra el vientre.

—Ahora quítale el seguro —dije.

No era fácil hacerlo con el arma al revés, pero lo logró.

—Sujeta el cañón con el pulgar y con los dos primeros dedos —continué—. Deja suelto el dedo anular. Ahora mételo en el guardamonte. Ahí mismo. Apretando el gatillo hacia atrás.

Lo hizo.

—¿Y ahora qué sabes? —pregunté.

No contestó.

—Cualquier movimiento brusco y recibes un disparo en la barriga —dije—. Eso es lo que sabes. Cualquier movimiento brusco. ¿Está claro? ¿Lo entiendes?

Asintió.

—Ahora mueve el brazo y acércame el arma —dije—. Despacio y con cuidado. Mantenla todo el tiempo a la misma altura. Mantenla siempre apuntando hacia ti. Mantén el dedo anular firme en el gatillo.

Lo hizo. Alejó el arma unos sesenta centímetros de su centro de gravedad, y yo me acerqué y la cogí. Se la saqué de la mano fácilmente, sin ningún problema. Retrocedí, él dejó caer su brazo y yo intercambié de manos. La Winchester a mi izquierda y la Beretta con la derecha.

Y solté aire.

Y sonreí.

Tres prisioneros desarmados, todo sin disparar un tiro.

Miré al viejo y pregunté:

—¿Quiénes sois?

Tragó saliva dos veces, recuperó un poco la compostura y dijo:

—Estamos en una misión, y es el tipo de misión de la cual los civiles se deberían mantener apartados, si saben lo que les conviene.

—¿Civiles en contraposición a qué?

—En contraposición a personal militar.

—¿Vosotros sois personal militar?

—Sí —dijo el viejo.

—No, no lo sois —dije—. Son una panda de soñadores.

—Es una misión autorizada —replicó.

—¿Quién la ha autorizado?

—Nuestro comandante.

—¿Y a él quién lo ha autorizado?

El tipo empezó a aclararse la garganta, a titubear y a gruñir. Empezó a hablar y se detuvo un par de veces. Crucé el cañón de la Winchester con la Beretta y le apunté con la pistola. No estaba seguro de que fuera a funcionar. Nunca confío en un arma que no he disparado. Pero la sensación era correcta y el peso era correcto. No tenía puesto el seguro. Eso lo sabía. Y el viejo estaba claramente asustado. Él tenía que saber mejor que nadie si el arma funcionaba. Porque era suya. Apoyé mi dedo con firmeza en el gatillo. Él vio cómo lo hacía. Pero siguió sin decir nada.

Entonces habló el del pelo color arena. El blando. Dijo:

—No sabe quién ha autorizado la misión y le da vergüenza admitirlo. Por eso no dice nada. ¿No te das cuenta?

—¿Prefiere que le peguen un tiro a sentir vergüenza?

—Ninguno de nosotros sabe quién ha autorizado nada. ¿Cómo podríamos saberlo?

—¿De dónde sois? —pregunté.

—Primero dime quién eres.

—Soy un oficial del Ejército de los Estados Unidos —dije—. Lo que significa que si esta supuesta misión la ha autorizado el ejército, vosotros estáis ahora a mi cargo, puesto que soy el oficial de mayor antigüedad de los presentes. ¿No es cierto? Eso sería lo lógico, ¿no?

—Sí, señor.

—¿De dónde sois?

—De Tennessee —dijo el tipo—. Somos los Ciudadanos Libres de Tennessee.

—No dais la impresión de ser demasiado libres —dije—. Ahora mismo parecéis estar detenidos.

No hubo respuesta.

—¿Por qué habéis venido aquí? —pregunté.

—Nos enteramos.

—¿De qué os enterasteis?

—De que nos necesitaban aquí.

—¿Cuántos habéis venido?

—Somos sesenta.

—¿Veinte equipos para cubrir cincuenta kilómetros?

—Sí, señor.

—¿Cuáles fueron las órdenes que recibisteis al llegar? —pregunté.

—Nos dijeron que no permitamos que se acerque nadie.

—¿Por qué?

—Porque había llegado el momento de dar un paso al frente y defender a los militares de la nación. Que es el deber de todo patriota.

—¿Por qué los militares de la nación necesitan vuestra ayuda?

—No nos dijeron por qué.

—¿Qué directivas habéis recibido?

—No permitir que nadie se acerque y cumplir con eso fuese como fuese.

—¿Vosotros matasteis al chico esta mañana?

Silencio durante un rato bien largo.

Después habló el enano, a mi derecha.

—¿Se refiere al chico negro? —dijo.

—Esta misión está completamente autorizada —dijo el viejo.

—Sí, me refiero al adolescente afroamericano de sexo masculino —respondí.

El tipo del pelo color arena miró nervioso a sus dos compañeros. Primero a uno, después al otro. Haciendo movimientos rápidos con la cabeza. Dijo:

—Ninguno de nosotros debería responder preguntas a ese respecto.

—Al menos uno de vosotros debería hacerlo —dije.

—Esta misión está completamente autorizada al más alto nivel posible —dijo el viejo—. No hay un nivel más alto que el nivel que autorizó esta misión. Sea usted quien sea, caballero, está cometiendo un grave error.

—Cierra la boca —dije.

El tipo del pelo color arena miró al enano y dijo:

—No digas nada.

Yo miré al enano y dije:

—Di lo que quieras. De todos modos nadie va a creerte. Todo el mundo sabe que un maricón como tú viene aquí solo para mirar el paisaje.

Miré hacia otro lado. De nuevo al viejo.

El enano dijo:

—Yo disparé al muchacho negro.

Lo miré de nuevo.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Se estaba comportando de manera agresiva.

Negué con la cabeza.

—Vi el cadáver —dije—. La bala le dio en la parte alta del cuerpo, por debajo del brazo. No recibió ningún daño en el mismo brazo. Yo creo que tenía las manos en alto. Yo creo que se estaba rindiendo.

El enano hizo un ruido con la nariz y dijo:

—Supongo que puede verse así.

Descrucé la Winchester y la Beretta. Levanté la pistola. Apunté a la cara del enano.

—Cuéntame qué hicisteis ayer —dije.

Me miró a los ojos.

Vi cómo hacía cálculos con sus pequeños ojos de rata.

Decidió que no iba a disparar.

Dijo:

—Ayer estuvimos en un puesto más al norte.

—¿Y?

—Supongo que puedo decir que esta temporada voy dos de dos.

—¿Quién le hizo el vendaje?

—Yo —dijo el del pelo color arena—. Fue un accidente. Cumplíamos con las órdenes que recibimos.

Miré otra vez al enano y dije:

—Cuéntamelo otra vez. Lo de apuntar a un chico de dieciséis años con las manos en alto.

Apunté el arma dos centímetros más arriba. Justo al centro de su frente.

El tipo sonrió y dijo:

—Supongo que podría haber estado saludando.

Apreté el gatillo.

El arma funcionaba bien. Exactamente como tenía que funcionar. El ruido del disparo restalló, siseó y rodó. Salieron volando algunos pájaros. El casquillo salió disparado, rebotó contra un árbol y me dio fuerte en un muslo. La cabeza del enano voló en pedazos, salpicó las hojas que había detrás de él y cayó de manera vertical, su culo escuálido le dio en los talones y después rebotó y se desparramó como un saco sin huesos, como solo lo hace el cuerpo de alguien que acaba de morir de manera violenta.

 

Esperé a que el sonido se extinguiera y a recuperar el oído, y luego miré a los dos sobrevivientes y dije:

—Su supuesta misión acaba de terminar. A partir de ya. Y los Ciudadanos Libres de Tennessee acaban de quedar disueltos. Desde este mismo momento. Ya no tenéis absolutamente nada que hacer. Os vais a ir corriendo y vais a difundir la noticia. Tenéis treinta minutos para sacar de mi bosque vuestras lamentables vidas. Tenéis una hora para iros del estado. Todos vosotros. Si tardáis un minuto más, enviaré una compañía de rangers a buscarlos. Ahora largaos.

Los dos sobrevivientes se quedaron allí de pie un segundo, totalmente quietos, pálidos, conmocionados y asustados. Después volvieron en sí. Y salieron corriendo. A toda prisa. Escuché cómo se alejaban hasta que el ruido de sus pasos se apagó por completo. Tardó un tiempo, pero después ya no estaban y sabía que no regresarían. Habían tenido una baja, y no tenían ganas de pasar por esa clase de cosas. Estaba seguro de que transformarían a su amigo en un mártir, pero estaba igual de seguro de que se esforzarían mucho para no compartir su glorioso destino. La sangre y los sesos son realidades, y las realidades no son bienvenidas en el mundo de las fantasías.

Le puse el seguro a la Beretta y me la guardé en el bolsillo del pantalón. Me saqué la camisa por fuera para que el arma quedara escondida. Después volví por donde había venido, avanzando con un hombro hacia delante y luego con el otro, mientras me deslizaba entre los árboles con la Winchester delante de mí en posición vertical.

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