El asunto

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Ochenta y ocho

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OCHENTA Y OCHO

Salí del coche a las once y veintiocho exactas. El tren estaba cincuenta y un kilómetros más al sur. Quizás cruzando por debajo de la Ruta 78 al este de Tupelo. Cerré la puerta pero dejé todas las ventanillas abiertas. Tiré la llave sobre el regazo de Reed Riley. Me di la vuelta.

Y percibí una silueta a mi izquierda.

Y otra a mi derecha.

Buenos movimientos por parte de alguien. Yo tenía la Beretta, y podía dispararle a uno o al otro, pero no a los dos. Demasiado traslado lateral entre un disparo y el siguiente.

Esperé.

Entonces habló la silueta que estaba a mi derecha.

—¿Reacher? —dijo ella.

—¿Deveraux? —dije yo.

La silueta que estaba a mi izquierda dijo:

—Y Munro.

—¿Qué demonios estáis haciendo aquí? —dije.

Se acercaron a mí, y yo traté de alejarlos del coche. Dije:

—¿Por qué estáis aquí?

—¿Realmente creíste que le iba a permitir retenerme en la cafetería? —dijo Deveraux.

—Me hubiese gustado que fuera así —dije—. No quería que ninguno escuchara nada de esto.

—Le pediste a Riley que abriera las ventanillas. Sí querías que lo escucháramos.

—No, quería aire fresco. No sabía que estabais ahí.

—¿Por qué no lo deberíamos haber escuchado?

—No quería que supieras lo que decían acerca de ti. Y quería que Munro volviera a Alemania con la conciencia tranquila.

—Siempre tengo la conciencia tranquila —dijo Munro.

—Pero es más fácil hacerse el tonto si realmente no sabes la respuesta.

—Nunca tuve problemas con hacerme el tonto. De hecho, algunas personas piensan que lo soy.

—Me alegra haber escuchado lo que decían de mí —dijo Deveraux.

Once y treinta y uno. El tren estaba cuarenta y seis kilómetros al sur. Nos alejamos caminando, por los durmientes, entre los raíles, dejando a nuestras espaldas el coche oficial verde liso y sus pasajeros. Pasamos junto al viejo tanque de agua y llegamos al cruce. Giramos hacia el oeste. Cuarenta metros más allá, en el arcén, estaba aparcado el coche patrulla de Deveraux. Munro no quiso subir. Dijo que iría caminando hasta el Brannan’s, donde había dejado un coche que había tomado prestado. Dijo que tenía que regresar a Kelham lo antes posible para arreglar las cosas con los morteristas capturados, y que luego quería dormir porque se despertaba muy temprano a la mañana siguiente. Nos dimos la mano de manera bastante formal y le agradecí sinceramente su ayuda. Después se fue, y a los diez pasos desapareció en la oscuridad.

 

Deveraux me llevó de nuevo a Main Street y aparcó en la puerta del hotel. Once y treinta y seis de la noche. El tren estaba a treinta y ocho kilómetros de distancia.

—Ya he dejado mi habitación —dije.

—Yo sigo teniendo la mía —respondió ella.

—Primero tengo que hacer una llamada.

Usamos el despacho que estaba detrás del mostrador de recepción. Dejé un billete de un dólar en el escritorio y marqué el número del despacho de Garber. Quizás seguía estando intervenido, quizás no. No me importaba. Me atendió un teniente. Dijo que era la persona más antigua de los que estaban de guardia. Dijo que de hecho era el único que estaba de guardia. La dotación nocturna. Le pregunté si tenía lápiz y papel a mano. Dijo que sí. Le dije que le iba a dictar algo, que se preparara. Le dije que marcara como urgente el resultado y que lo pusiera bien a la vista sobre el escritorio de Garber, para su inmediata atención a primera hora de la mañana.

—¿Preparado? —le pregunté.

Dijo que sí.

Empecé:

—Avanzada la noche de ayer tuvo lugar una tragedia en el tranquilo pueblo de Carter Crossing, Mississippi, cuando un tren arrolló un coche que transportaba al senador de los Estados Unidos Carlton Riley. El coche lo conducía el hijo del senador, el capitán del Ejército de los Estados Unidos Reed Riley, que estaba destinado en las cercanías, en Fort Kelham, Mississippi. El senador Riley, de Missouri, era el presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, y el capitán Riley, descrito por el ejército como una estrella en ascenso, estaba al mando de una unidad de infantería desplegada con regularidad en misiones muy delicadas. Ambos murieron en el accidente de manera instantánea. La sheriff del condado de Carter, Elizabeth Deveraux, confirmó que los conductores de la localidad suelen intentar cruzar las vías antes de que pase el tren, con el objetivo de evitar una espera larga e incómoda, y se cree que el capitán Riley, recientemente destinado a la zona y de espíritu intrépido, simplemente calculó mal su aproximación al cruce.

Hice una pausa.

—Anotado —dijo el teniente en el auricular.

—Segundo párrafo —continué—. El senador y su hijo estaban regresando a Fort Kelham después de ayudar con el pueblo cercano en la celebración de la exitosa resolución de la sheriff Deveraux en lo concerniente a una investigación de homicidios locales. La ola de asesinatos había durado nueve meses y las cinco víctimas incluían a tres mujeres locales de entre veinte y treinta años, un adolescente del pueblo y un periodista de la cercana ciudad de Oxford, en Mississippi. El responsable de las cinco muertes, de sexo masculino, es descrito como un miembro de un grupo paramilitar y como un supremacista blanco del vecino estado de Tennessee, y fue abatido por la policía local días antes esta misma semana, en una zona boscosa cerca de Fort Kelham, mientras se resistía al arresto.

—Anotado —dijo de nuevo el teniente.

—Empiece a pasarlo a máquina —dije, y colgué.

Once y cuarenta y dos de la noche. El tren estaba a veintinueve kilómetros de distancia.

 

La habitación diecisiete era tan sencilla como la veintiuno. Deveraux no había hecho ningún amago de personalizarla. Usaba dos maletas destartaladas abiertas para guardar la ropa, de la barra de la cortina colgaba un uniforme de repuesto y había un libro en la mesilla de noche. Eso era todo.

Nos sentamos en su cama uno al lado del otro, un poco conmocionados por los hechos recientes, y ella dijo:

—Has hecho todo lo que has podido. Se ha hecho justicia en todas partes y el ejército no ha sufrido ningún daño. Eres un buen militar.

—Estoy seguro de que encontrarán algo de lo que quejarse —dije.

—Pero estoy decepcionada con el Cuerpo de Marines. No deberían haber cooperado. Me apuñalaron por la espalda.

—En realidad no —dije—. Intentaron hacer lo mejor posible. Estaban bajo mucha presión. Fingieron que estaban colaborando, pero enviaron muchos mensajes en clave. ¿Dos personas muertas y una inventada? ¿Lo que hicieron con tu rango? Esos errores tienen que ser deliberados. Lo hicieron para que el expediente no pudiera resistir mucho. Y lo mismo Garber. Despotricaba en tu contra, pero en realidad estaba interpretando un papel. Estaba performando la que se suponía que era la reacción esperada. Me estaba retando a pensar.

—¿Creíste lo que decía el expediente, cuando lo viste por primera vez?

—¿Respuesta sincera?

—Eso es lo que espero de ti.

—No lo rechacé instantáneamente. Me llevó algunas horas.

—Eso es lento para tus estándares.

—Mucho —dije.

—Me hiciste toda clase de preguntas raras.

—Lo sé —dije—. Lo siento.

Silencio.

El tren estaba a veinticuatro kilómetros de distancia.

Ella dijo:

—No lo sientas. Yo misma me lo podría haber creído.

La respuesta fue muy amable por su parte. Se inclinó hacia mí y me besó. Me lavé los últimos restos de la sangre seca de Carlton Riley que me quedaban en las manos y después hicimos el amor por sexta vez. Funcionó perfectamente. La habitación empezó a sacudirse justo a tiempo, el vaso del estante del baño empezó a tintinear, el suelo tembló, la puerta de la habitación crujió, nuestros zapatos saltaron y se movieron, y su cama se sacudió, rebotó y recorrió un espacio mínimo. Después de todo eso escuché un sonido como de platillos al chocar, muy breve, suave y distante, como una explosión metálica instantánea, como moléculas reducidas a átomos, y entonces el tren de medianoche desapareció.

 

Más tarde nos duchamos juntos, después me vestí y me preparé para regresar a mi destino, a afrontar las consecuencias. Deveraux sonrió con valentía y me dijo que pasara por allí cuando estuviera cerca, y yo sonreí con valentía y le dije que lo haría. Salí del hotel, caminé hasta la silenciosa cafetería, me subí al Buick prestado y me dirigí hacia el este, pasé por la impresionante entrada de Fort Kelham y seguí hacia Alabama y luego hacia el norte, sin tráfico, de noche todo el camino, y llegué a la base antes del amanecer.

Me escondí, dormí cuatro horas y cuando salí de mi dormitorio descubrí que lo que le había dictado apresuradamente a la dotación nocturna de Garber había sido adoptado casi palabra por palabra por el ejército como la versión oficial de los hechos. En todas partes el tono era bajo y respetuoso. Se hablaba de una medalla póstuma por Servicio Distinguido para Reed Riley, como reconocimiento al tiempo que había pasado en un país extranjero no especificado, y su padre iba a recibir un servicio conmemorativo en una importante iglesia del D. C. la semana siguiente, como reconocimiento a quién sabe qué.

Yo no recibí ni medalla ni servicio conmemorativo. Lo que recibí fue media hora con Leon Garber. Enseguida me dijo que las noticias no eran buenas. El oficial de carrera gordo del escuadrón de relaciones públicas de Kelham había producido el daño. Su llamada a Benning había rebotado por distintos lugares, sobre todo hacia arriba, en un muy mal momento, y le había seguido un informe escrito, y como resultado de ambas cosas yo estaba en una lista de separación involuntaria. Garber dijo que, dadas las circunstancias, con un poco de trabajo podría estar otra vez en el ruedo. Sin duda alguna. Podría pedir un precio por mi silencio. Él negociaría el trato con gusto.

Después se quedó callado.

—¿Qué? —dije.

—Pero no viviría una vida que valga la pena —dijo él—. Ya nunca le van a ascender. Seguiría siendo comandante, aunque cumpla cien años. Lo destinarían a un depósito en Nueva Jersey. Puede salir de la lista de separación, pero nunca saldrá de la lista negra. Así funciona el ejército. Usted lo sabe.

—Le salvé el culo al ejército.

—Y el ejército lo recordará cada vez que lo vea.

—Tengo un Corazón Púrpura y una Estrella de Plata.

—¿Pero qué ha hecho por mí últimamente?

El ordenanza de Garber me dio un papel en el que se explicaba el procedimiento. Lo podía realizar personalmente en el Pentágono o lo podía realizar por carta. Así que volví al Buick y me dirigí hacia el D. C. De cualquier forma, tenía que devolverle el coche a Neagley. Llegué media hora antes de que cerraran los bancos, escogí uno al azar y trasladé allí mi cuenta. Me dieron a elegir entre un horno eléctrico y un reproductor de CD. No me llevé ninguna de las dos cosas, pero les pedí su número de teléfono y registré una clave.

Después me dirigí al Pentágono. Decidí entrar por la entrada principal y cuando estaba a mitad de camino de la puerta me detuve. La gente seguía avanzando a mi alrededor, sin prestar atención. No quería entrar. Le pedí un bolígrafo a un transeúnte impaciente, firmé mi formulario y lo metí en un buzón. Después crucé el cementerio y atravesé la puerta principal para salir a la maraña de calles que había entre el cementerio y el río.

Tenía treinta y seis años, era ciudadano de un país que prácticamente no había visto, y había lugares a los que ir y cosas que hacer. Había ciudades y había campos. Había montañas y había valles. Había ríos. Había museos, y música, y hoteles, y clubs, y cafeterías, y bares, y autobuses. Había campos de batalla y lugares de nacimiento, leyendas y caminos. Había compañía si la quería, y si no la quería, había soledad.

Elegí una calle al azar, apoyé un pie en la acera y otro en la carretera, levanté el brazo y me puse a hace autostop.

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