El asunto

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Cincuenta y tres

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CINCUENTA Y TRES

Elizabeth Deveraux me esperaba exactamente donde la había dejado, junto a su coche, a dos metros de la franja de árboles. Salí del bosque justo delante de ella y se sobresaltó un poco, pero enseguida se recompuso. Supongo que no quería insultarme sorprendiéndose por que lo hubiera logrado. O no quería demostrar que había estado preocupada. O las dos cosas. Le di un beso en la boca y le devolví la escopeta. Ella me preguntó:

—¿Qué ha pasado?

—Son una especie de consejo de ciudadanos de Tennessee —dije—. Algún tipo de paramilitares aficionados venidos del medio de la nada. Se están yendo.

—He oído un disparo.

—Uno de ellos estaba tan arrepentido que se suicidó.

—¿Tenía cosas de las que arrepentirse?

—Más que la mayoría.

—¿Quién los ha traído aquí?

—Esa es la gran pregunta, ¿no? —dije.

 

Le devolví la munición de repuesto que tenía en el bolsillo. Me dijo que la metiera en el maletero. Después volvimos al pueblo. Mi nueva Beretta se me clavó en el muslo y en la barriga todo el camino. Cruzamos la mitad negra de Carter Crossing, luego pasamos por la vía del tren y después estacionamos en la explanada del Departamento del Sheriff. Donde Deveraux tenía su base. Un lugar seguro. Dijo:

—Tómate un café. Volveré pronto.

—¿A dónde vas?

—Tengo que ir a ver a la señora Lindsay para darle las noticias sobre su hijo.

—No va a ser fácil.

—No, no va a ser fácil.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No —dijo ella—. No sería apropiado.

 

Me quedé mirando cómo se alejaba en el coche y después fui a la cafetería a por el café. Y a hablar por teléfono. Dejé mi taza a mano sobre la mesa de recepción y marqué el número del despacho de Stan Lowrey. Atendió él. Dije:

—Sigues ahí. Sigues teniendo trabajo. No me lo puedo creer.

—Eso ha pasado a la historia, Reacher —me dijo.

—Lo recordarás como los últimos coletazos de una época feliz.

—¿Qué quieres?

—¿De la vida en general? Es una pregunta muy seria.

—De mí.

—De ti, muchas cosas —le dije—. Concretamente quiero que busques algunos nombres. En todas las bases de datos que encuentres. Sobre todo civiles, si puedes, las del gobierno incluidas. Llama a la policía del D. C. e intenta que te ayuden. También al FBI, si sigue habiendo alguien que hable contigo.

—¿Abiertamente o a escondidas?

—Lo más escondido que puedas.

—¿Qué nombres?

—Janice May Chapman —dije.

—Esa es la mujer que mataron, ¿no?

—Una de las que mataron.

—¿Cuál más?

—Audrey Shaw —dije.

—¿Quién es?

—No lo sé. Por eso quiero que la busques.

—¿Con qué está relacionada?

—Es un cabo suelto relacionado con otro cabo suelto.

—Audrey Shaw —repitió, despacio, como si lo estuviera anotando.

Después dijo:

—¿Qué más?

—¿Cómo de lejos de tu despacho está el despacho de Garber? —pregunté.

—Está al otro lado de la escalera.

—Necesito hablar con él. Así que ve a buscarlo, agárralo de su viejo pescuezo y arrástralo hasta tu despacho.

—¿Por qué no lo llamas directamente?

—Porque quiero hablar con él por tu línea, no por la suya.

No hubo más respuesta que un golpe seco cuando apoyó el teléfono en el escritorio, un gruñido cuando se levantó y un silbido a medida que el almohadón de la silla recuperaba su forma. Después silencio, lo que me iba a salir caro, porque estaba llamando desde un teléfono público. Eché otra moneda de veinticinco centavos y esperé. Pasaron varios minutos. Empecé a pensar que Garber no se quería mover. Que se negaba a ir al despacho de Lowrey. Pero entonces oí que alguien cogía el teléfono y una voz conocida me preguntó:

—¿Qué demonios quiere ahora?

—Quiero hablar con usted —respondí.

—Y entonces llámeme. Tenemos conmutadores. Y números internos.

—Tiene la línea intervenida. Creo que es bastante obvio, ¿no? Usted es un peón en esto, igual que yo. Es más seguro hablar por otra línea.

Garber se quedó callado un momento.

—Es posible —dijo—. ¿Qué tiene para mí?

—Las tropas que estaban en el terreno fuera de Kelham eran una fuerza no oficial. Un grupo paramilitar de ciudadanos locales. Evidentemente parte de alguna red de verdaderos patriotas compuesta de bichos raros. Al parecer estaban allí para defender al ejército de un hostigamiento injustificado.

—Bueno, es Mississippi —dijo—. ¿Qué esperaba?

—De hecho, eran de Tennessee —dije yo—. Y no me está entendiendo. No fueron allí por casualidad. No estaban en el bosque simplemente porque se les ocurrió. No estaban de vacaciones. Alguien los había enviado. Tienen algún contacto que sabía exactamente cuándo, exactamente dónde, exactamente cómo y exactamente por qué los iban a necesitar. ¿Quién podría tener esa clase de información?

—Alguien que contara con todos los datos desde el principio.

—¿Y dónde podríamos encontrar a una persona así?

—Muy arriba en la cadena de mando.

—Coincido —dije—. ¿Alguna idea de quién podría ser?

—Ninguna.

—¿Está seguro? Tiene que ponerme al corriente, si puede.

—Estoy seguro. Usted ya sabe tanto como yo.

—De acuerdo, vuelva a su despacho. Lo voy a llamar en cinco minutos. Puede ignorar lo que yo diga, porque no tendrá mucho sentido. Pero quédese en línea el tiempo suficiente como para que las grabadoras hagan su trabajo.

—Espere —dijo Garber—. Tengo que decirle una cosa.

—¿Qué cosa?

—Noticias que llegaron del Cuerpo de Marines.

—¿Qué clase de noticias?

—Hay algún problema con Elizabeth Deveraux.

—¿Qué tipo de problema?

—Aún no sé. Están haciendo las cosas difíciles. Están hablando de la cuestión del acceso como si todo fuera un gran problema. El expediente en el que está incluida parece contener algo supertóxico. De la más alta categoría, lo más importante del mundo, y tonterías similares. Pero se dice que hace alrededor de cinco años hubo un gran escándalo. La historia es que Deveraux hizo que despidieran sin ningún motivo a otra policía militar del Cuerpo de Marines. Se comenta que fue por una cuestión de celos.

—Hace cinco años faltaban tres para que ella se retirara. ¿Le concedieron una baja con honores?

—Sí.

—¿Se fue de manera voluntaria o involuntaria?

—Voluntaria.

—Entonces no hay nada —dije—. No se preocupe.

—Está pensando con la parte del cuerpo equivocada, Reacher.

—Cinco minutos —dije—. En su despacho.

 

La camarera me rellenó la taza otra vez y me bebí casi todo el café recién hecho mientras contaba mentalmente trescientos segundos. Después volví al teléfono y marqué el número personal de Garber. Contestó y dije:

—Señor, el comandante Reacher al habla, informando desde Mississippi. ¿Me escucha bien?

—Alto y claro —respondió Garber.

—Tengo el nombre de la persona que les ordenó a los Ciudadanos Libres de Tennessee que fueran a Kelham —dije—. Esa orden se convirtió en parte de una conspiración delictiva, puesto que ocasionó dos homicidios y dos delitos de lesiones. Tengo una reunión en el Pentágono pasado mañana, pero volveré a la base inmediatamente después y entonces incluiré a algunos miembros de la Auditoría General del Ejército en la investigación.

Garber reaccionó rápido y bien e interpretó correctamente su parte. Preguntó:

—¿Quién es esa persona?

—Si no le molesta, reservaré esa información estrictamente para mí durante las próximas cuarenta y ocho horas —dije.

—Comprendido —dijo Garber.

Corté la llamada sin colgar el auricular y después marqué otro número. El del coronel John James Frazer, en lo profundo del Pentágono. El mediador con el Senado. Hablé con una secretaria y concerté una reunión con él a las doce del mediodía, en su despacho, dos días más tarde. No dije por qué, porque no podía hacerlo. No tenía una verdadera razón. Solo necesitaba estar en alguna parte de ese edificio gigante. Como el cebo en una trampa.

Después me senté en una mesa y esperé a Deveraux. Sabía que una mujer que comía como ella no podía tardar demasiado.

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