El asunto
Cincuenta y cuatro
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CINCUENTA Y CUATRO
Deveraux llegó media hora más tarde, pálida y agotada. Comunicar la muerte de alguien nunca es agradable. Más aún cuando llueve sobre mojado, sobre una madre que ya está cabreada. Pero es parte del trabajo. Las personas que acaban de perder a un familiar muy cercano siempre están cabreadas. ¿Cómo no iban a estarlo?
Deveraux se sentó y, mirándome, exhaló un suspiro largo y triste.
—¿Muy duro? —pregunté.
Ella asintió.
—Terrible —respondió—. No va a votarme nunca en la vida, eso seguro. Creo que si tuviera una casa, le prendería fuego. Si tuviera un perro, me lo envenenaría.
—No se la puede culpar —dije—. Dos de dos.
—Pronto serán tres de tres. Esa mujer va a ir a dar un paseo a medianoche por la vía del tren. Te lo aseguro. En menos de una semana, probablemente.
—¿Ya ha sucedido?
—No muy a menudo. Pero el tren está siempre ahí, cada noche. Como recordatorio de que hay una salida si la necesitas.
No dije nada. Quería recordar el tren en un contexto más alegre.
—Te quiero preguntar algo, pero no voy a hacerlo —dijo ella.
—¿Qué me quieres preguntar?
—¿Quién ha puesto a esos idiotas en el bosque?
—¿Por qué no ibas a preguntármelo?
—Porque asumo que son un montón de cosas conectadas. Una gran crisis en la base. Una respuesta parcial no tendría sentido. Tendrías que contármelo todo. Y no te quiero pedir eso.
—No te podría contar todo aunque quisiera. No lo sé todo. Si lo supiera todo, ya no estaría aquí. El trabajo habría terminado. Estaría de nuevo en mi base, pasando a lo siguiente.
—¿Quieres que llegue ese momento?
—¿Estás ligando?
—No, estoy preguntando nada más. He estado en tu lugar, no lo olvides. Antes o después a todos nos llega el momento en el que se apaga la luz. Me pregunto si ya te ha sucedido. O si todavía no.
—No, la verdad es que no quiero volver a la base —dije—. Pero sobre todo por el sexo, no por el trabajo.
Sonrió:
—¿Entonces quién ha puesto a esos idiotas en el bosque?
—No lo sé —dije—. Podrían haber sido varias personas. Kelham es un pastel como cualquier otro, y hay muchos que se lo quieren repartir. Muchos intereses, muchos puntos de vista. Algunos profesionales, algunos personales. Quizás cinco o seis pasan la prueba de la locura. Lo que implica que hay cinco o seis cadenas de mando que terminan en cinco o seis oficiales de alto rango. Cualquiera de ellos podría sentirse lo suficientemente amenazado como para hacer algo como esto. Y cualquiera de ellos sería capaz de hacerlo. Comportándote como un tipo dulce no llegas a oficial de alto rango en este ejército.
—¿Quiénes son esos cinco o seis?
—No tengo ni la menor idea. Ese no es mi mundo. Para ellos yo soy un soldado más. Sin nada que me diferencie de cualquier soldado raso.
—Pero lo vas a atrapar.
—Por supuesto que lo voy a atrapar.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana, espero. Tengo que ir al D. C. Solo una noche, quizás.
—¿Por qué?
—Llamé a una línea que sabía que estaba intervenida y dije que tenía un nombre. Así que ahora tengo que ir un rato, actuar un poco y ver quién cae.
—¿Has decidido ser el cebo de una trampa?
—Es como la teoría de la relatividad. Es lo mismo que vaya yo hacia ellos que ellos vengan hacia mí.
—Sobre todo si ni siquiera sabes quiénes son, y mucho menos quién es el culpable.
No dije nada.
—Estoy de acuerdo —continuó ella—. Es hora de sacudir un poco las cosas. A veces la única manera de saber si la estufa está caliente es tocarla.
—Debes haber sido muy buena policía.
—Sigo siendo muy buena policía.
—¿Cuándo se te apagó la luz a ti? Me refiero a cuando estabas en el Cuerpo de Marines. ¿Cuándo dejaste de disfrutarlo?
—Más o menos en el momento en el que tú estás ahora —dijo—. Durante años te has reído de las cosas pequeñas, pero llegan con tanta fuerza y tan rápido que al final te das cuenta de que una avalancha está hecha de cosas pequeñas. Copos de nieve, ¿no? No hay nada más pequeño que un copo de nieve. De repente te das cuenta de que las cosas pequeñas son cosas grandes.
—¿No pasó nada en concreto?
—No, me las arreglaba. Nunca tuve ningún problema.
—¿En dieciséis años nunca tuviste ningún problema?
—Algunos accidentes menores aquí y allá. Salí con la persona equivocada una vez o dos. Pero nada relevante. Después de todo, llegué a oficial técnico jefe de grado 5, que para algunos de nosotros es lo más alto a lo que podemos llegar.
—Te fue bien.
—No me fue mal para ser una campesina de Carter Crossing.
—Para nada.
—¿Cuándo te vas? —preguntó.
—Mañana por la mañana, supongo. Tardaré todo el día en llegar.
—Le diré a Pellegrino que te lleve hasta Memphis.
—No hace falta —dije.
—Hazlo por mí —dijo ella—. Me gusta tener a Pellegrino fuera del condado el mayor tiempo posible. Que destruya su coche y atropelle a un peatón en alguna otra jurisdicción.
—¿Ha hecho eso acá?
—Aquí no hay peatones. Es un pueblo muy tranquilo. Ahora mismo más tranquilo que nunca.
—¿Por lo de Kelham?
—Este lugar se está muriendo, Reacher. Necesitamos que abra base, y que abra rápido.
—Quizás haga algún avance en el D. C.
—Espero que sí —dijo ella—. Deberíamos comer.
—A eso he venido.
La comida habitual de Deveraux era el pastel de pollo. Pedimos dos, y cuando íbamos por la mitad entró la pareja de los dueños del hotel. La mujer con un libro y el hombre con un periódico. Una parada rutinaria, como la cena. El hombre me vio y se dirigió a nuestra mesa. Me dijo que me acababa de llamar el hermano de mi esposa. Que era urgente. Lo miré desconcertado durante un segundo. Debió de haber pensado que mi mujer tenía una familia muy numerosa.
—Su cuñado Stanley —dijo.
—Vale —dije—. Gracias.
El viejo se alejó despacio y yo dije:
—El comandante Stan Lowrey. Un amigo mío. Hemos estado destinados en el mismo lugar durante un par de semanas.
Deveraux sonrió:
—Creo que tenemos un veredicto. Los marines eran mejores comediantes.
Empecé a comer de nuevo, pero ella dijo:
—Deberías devolverle la llamada si es muy urgente, ¿no crees?
Dejé el tenedor en la mesa.
—Probablemente —dije—. Pero no te comas mi pastel.
Fui al teléfono por tercera vez y marqué. Lowrey atendió a la primera y me preguntó:
—¿Estás sentado?
—No, estoy de pie —respondí—. En el teléfono público de una cafetería.
—Bueno, agárrate bien. Tengo una historia para ti. Acerca de una chica llamada Audrey.