El asunto

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Cincuenta y cinco

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CINCUENTA Y CINCO

Me apoyé en la pared que estaba al lado del teléfono. No porque pensara que fuera a caerme de la conmoción o la sorpresa. Sino porque las historias de Lowrey solían ser muy largas. Se consideraba un gran contador de historias. Y le gustaba el trasfondo. Y el contexto. Le gustaba llegar al fondo de uno y del otro. Le gustaba rastrearlo todo hasta llegar al momento seminal justo antes de que unas volutas de gas aleatorias de los confines inexplorados del universo se unieran para formar la tierra.

—Al parecer Audrey es un nombre muy antiguo —dijo.

La única manera de hacer que Lowrey perdiera ritmo discursivo era atacar primero. Dije:

—Audrey era un nombre anglosajón. Es el diminutivo de Aethelthryt o de Etheldreda. Significa fuerza noble. Hubo una Santa Audrey en el siglo VII. Es la santa de los dolores de garganta.

—¿Por qué sabes todo eso? Yo lo tuve que buscar.

—La madre de una persona que conozco se llama Audrey. Me lo contó él.

—Quiero decir que ya no es un nombre muy común.

—Estaba en la posición 173 en la lista de los más usados del último censo. Es un poco más popular en Francia, Bélgica y Canadá. Básicamente por Audrey Hepburn.

—¿Sabes todo esto por la madre de un amigo?

—Por su abuela también, de hecho. Las dos se llamaban Audrey.

—¿Y por eso recibiste una ración doble de conocimiento?

—Sí, lo sentí como una ración doble de algo.

—Audrey Hepburn no era europea.

—Canadá no está en Europa.

—Pero allí hablan francés. Yo los he escuchado.

—Por supuesto que Audrey Hepburn era europea. Padre inglés, madre holandesa, nacida en Bélgica. Tenía pasaporte del Reino Unido.

—Sea como sea, lo que quiero decir, si dejas que alguien hable, es que si buscas Audreys no vas a encontrar demasiadas.

—¿Entonces has encontrado a Audrey Shaw, como te pedí?

—Eso creo.

—Qué rápido.

—Conozco a un tipo que trabaja en un banco. Las corporaciones son las que manejan la mejor información.

—De todos modos ha sido muy rápido.

—Gracias. Soy un trabajador diligente. Voy a ser el desempleado más diligente de la historia.

—¿Entonces qué sabemos de Audrey Shaw?

—Es una ciudadana americana —respondió Lowrey.

—¿Eso es todo lo que sabemos?

—Mujer caucásica, nacida en Kansas City, Missouri, y educada allí, fue a la universidad Tulane en Louisiana. La Ivy League del sur. Estudió humanidades y le gustaba salir de fiesta. Sus calificaciones no eran ni buenas ni malas. No tenía problemas de salud, lo que supongo que significa un poco más de lo que dice, tratándose de una chica de Tulane a la que le gustaba salir de fiesta. Se graduó en tiempo y forma.

—¿Y?

—Después de graduarse usó algunos contactos familiares para conseguir unas prácticas en el D. C.

—¿Qué clase de prácticas?

—En política. En un despacho del Senado. Trabajando para uno de los senadores de su estado natal de Missouri. Probablemente solo servía café, pero figuraba como asistente de un director ejecutivo a su vez asistente de algo.

—¿Y?

—Al parecer era bellísima. Hacía que a los hombres más fuertes les temblaran las piernas. Así que imagínate lo que sucedió.

—Se acostó con alguien —dije.

—Tuvo un affaire —respondió Lowrey—. Con un hombre casado. Todas esas noches, todo ese glamur. La emoción de resolver los problemas de la letra pequeña en acuerdos comerciales con Bolivia. Ya sabes cómo es. No sé cómo esa gente puede soportar tanta excitación.

—¿Quién era él?

—El propio senador —dijo Lowrey—. El jefazo. Desde entonces los registros se vuelven un poco borrosos, porque obviamente hicieron lo imposible para ocultarlo todo. Pero entre líneas era un asunto tórrido. Probablemente entre sábanas también. Algo muy grande. Se dice que ella estaba enamorada.

—¿De dónde sacas esa información, si los registros son borrosos?

—Del FBI —dijo Lowrey—. Muchos de ellos todavía hablan conmigo. Llevan el registro de este tipo de cosas. Para ejercer presión. ¿Has notado que el presupuesto del FBI nunca disminuye? Saben demasiadas cosas acerca de demasiados políticos como para que eso suceda.

—¿Cuánto tiempo duró el affaire?

—Los senadores tienen que presentarse a elecciones cada seis años, así que por lo general pasan los primeros cuatro revolcándose en el sillón y los últimos dos limpiando su historial. A la joven señorita Shaw le tocaron los dos últimos años, los buenos, y después le dieron una patada en el culo y la invitaron a seguir su camino.

—¿Y ahora dónde está?

—Ahora es cuando se pone interesante —dijo Lowrey.

 

Me alejé de la pared y miré a Deveraux. Parecía estar bien. Estaba comiendo lo que quedaba de mi tarta. Se estiraba por encima de la mesa y la iba pinchando con el tenedor. La iba demoliendo, en verdad. Lowrey dijo:

—Tengo rumores e información concreta. Los rumores vienen del FBI y la información concreta de las bases de datos. ¿Qué quieres primero?

Me apoyé contra la pared de nuevo.

—Los rumores —dije—. Son siempre mucho más interesantes.

—Vale, los rumores dicen que la señorita Shaw se sentía muy desgraciada por la forma en que la habían echado a un lado. Se sentía usada y barata. Como un Kleenex. Se sentía como una prostituta saliendo de la suite de un hotel. Empezó a parecer la clase de becaria que puede causar serios problemas. Esa era la opinión del FBI, en todo caso. También llevan el registro de cosas así, por diferentes motivos.

—¿Y qué pasó?

—Al final no pasó nada. Las partes debieron haber llegado a alguna clase de acuerdo mutuo. Todo se tranquilizó. El senador fue adecuadamente reelegido y nunca más se supo nada de Audrey Shaw.

—¿Ahora dónde está?

—Ahora es cuando me preguntas por la información concreta.

—¿Qué dice la información concreta?

—La información concreta dice que Audrey Shaw ya no está en ningún lado. En las bases de datos no hay absolutamente ninguna referencia. No hay registros de nada. Ni transacciones ni impuestos ni compras ni coches, casas, barcos o caravanas, ni motos de nieve ni préstamos, embargos, citaciones, juicios, arrestos o condenas. Es como si hubiera dejado de existir hace tres años.

—¿Hace tres años?

—El banco corrobora esa información.

—¿Qué edad tenía entonces?

—Veinticuatro años. Ahora tendría veintisiete.

—¿Buscaste el otro nombre que te pedí? ¿Janice May Chapman?

—Acabas de arruinarme la sorpresa. Acabas de arruinarme la historia.

—Déjame adivinar —dije—. Con Chapman ocurre lo mismo pero al revés. No hay ninguna información relacionada con ella que tenga más de tres años.

—Correcto.

—Eran la misma persona —dije—. Shaw cambió su identidad. Probablemente era parte del acuerdo. Una bolsa de dinero en efectivo y documentación nueva. Como un programa de protección a testigos. Quizás el programa de protección a testigos oficial. Esos tipos ayudarían a un senador. Les firmaría un cheque.

—Y ahora está muerta. Fin de la historia. ¿Algo más?

—Por supuesto que hay algo más —dije.

Quedaba una última pregunta. Grande y evidente. Pero casi no tenía necesidad de hacerla. Estaba seguro de que ya sabía la respuesta. Sentía cómo se me venía encima, silbando por el aire como un proyectil de mortero. Como un cohete de artillería, apuntado y dirigido y preparado para provocar una explosión aérea justo al lado de mi cabeza.

—¿Quién era el senador? —pregunté.

—Carlton Riley —dijo Lowrey—. El señor Riley de Missouri. Ni más ni menos. El presidente del Comité de Servicios Armados.

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