El asunto
Cincuenta y seis
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CINCUENTA Y SEIS
Volví a la mesa justo cuando la camarera nos estaba trayendo dos trozos de tarta de melocotón y dos tazas de café. Deveraux empezó a comer de inmediato. Me llevaba un pastel de pollo de ventaja y todavía tenía hambre. Le hice un resumen ligeramente editado de la información que me había proporcionado Lowrey. En realidad le dije todo, salvo las palabras Missouri, Carlton y Riley.
—¿Qué fue lo que te llevó a darle el nombre de Audrey Shaw? —preguntó ella.
—Cara o cruz —dije—. Había una probabilidad del cincuenta por ciento. O la compañera de Butler había mezclado los números de los casos o no. No quería dar por sentada ninguna de las dos cosas.
—¿Esta información nos ayuda?
Palabras pequeñas, pero conceptos grandes. Ayuda y nos. A mí no me ayudaba. No con el caso de Janice May Chapman. Pero con Rosemary McClatchy y con Shawna Lindsay no estaba tan seguro. Las noticias de Lowrey proyectaban sobre ellas una luz nueva y extraña. Pero las noticias de Lowrey ayudaban a Deveraux, eso seguro. Con Chapman por lo menos. Disminuían en mil millones las posibilidades de que sus residentes locales estuvieran implicados en su muerte de la manera que fuera. Porque aumentaban en mil millones las posibilidades de que mis residentes de la base sí estuvieran implicados.
—Podría ayudarnos —dije—. Podría restringir un poco las cosas. O sea, si un senador tiene un problema, ¿cuál de las cinco o seis cadenas de mando va a reaccionar?
—La Oficina de Intermediación con el Senado —respondió ella.
—Ahí es donde voy a ir. Pasado mañana.
—¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía.
—No puede ser que no lo supieras.
—Fue una decisión al azar. Necesitaba una razón para estar ahí, eso es todo.
—Espera —dijo ella—. Esto no tiene sentido. ¿Por qué motivo se involucraría el ejército si un senador tiene un problema con una chica? Es un asunto civil. O sea, la Oficina de Intermediación con el Senado no se involucra cada vez que un senador pierde las llaves del coche. Tendría que haber una conexión militar. Y no hay ninguna conexión militar entre un senador civil y su exnovia civil, sin importar dónde viva ella.
No respondí.
Ella me miró:
—¿Estás diciendo que sí hay una conexión?
—No estoy diciendo nada —dije—. Literalmente. Mira mis labios. No se mueven.
—No puede haber ninguna conexión. Chapman no formaba parte del ejército, y desde luego no hay senadores en el ejército.
No dije nada.
—¿Chapman tenía un hermano en el ejército? ¿Es eso? ¿Un primo? ¿Algún pariente? Dios, ¿su padre está en el ejército? ¿Qué edad tendría ahora?, ¿cincuenta y cinco, más o menos? El único motivo para seguir en el ejército a esa edad es que te lo estés pasando bien, y la única manera de pasártelo bien a esa edad es siendo un oficial de muy alto rango. ¿Estamos hablando de eso? ¿Chapman era la hija de un general? ¿O Shaw?, ¿o como se llame?
No dije nada.
Ella dijo:
—Lowrey te dijo que ella consiguió el trabajo de prácticas porque tenía algunos contactos familiares, ¿no es así? ¿Qué otra cosa puede querer decir eso? Estamos hablando de un senador en funciones que te debe favores. No es moco de pavo. Su padre tiene que ser un general de dos estrellas por lo menos.
No dije nada.
Me miró fijamente a los ojos.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo ella.
Yo no dije nada
—Que no lo he interpretado bien —dijo—. Eso es lo que estás pensando. Que estoy yendo por el camino equivocado. Que Chapman no tenía familiares uniformados. Que es otra cosa.
No dije nada.
—Quizás es al revés —dijo ella—. Quizás es el senador el que tiene un familiar uniformado.
—No lo estás entendiendo —dije—. Si Janice May Chapman era un problema repentino a corto plazo que requería una solución repentina a corto plazo, ¿entonces por qué la mataron exactamente del mismo modo en que mataron cuatro y nueve meses antes a otras dos mujeres sin ninguna conexión entre sí?
—¿Estás diciendo que es una coincidencia? ¿Que no tiene nada que ver con la conexión del senador?
—Podría ser —dije.
—¿Entonces por qué tanto pánico?
—Porque les preocupan las reacciones adversas. En general. No quieren ninguna mancha cerca de una unidad en particular.
—¿La unidad del familiar del senador?
—No vayas por ahí.
—¿Pero no les preocupaban las reacciones adversas antes? ¿Hace cuatro y nueve meses?
—No sabían nada de lo de hace cuatro y nueve meses. ¿Por qué iban a saberlo? Pero Chapman saltó a la vista para ellos. Tenía una visibilidad extra de dos tipos. Su nombre estaba en sus expedientes y era blanca.
—¿Y si no fue una coincidencia?
—Entonces alguien es muy inteligente —dije—. Resolvieron un problema repentino a corto plazo copiando el modus operandi que se había usado antes en dos casos no conectados. Un camuflaje excelente.
—¿Entonces crees que podría haber dos asesinos?
—Es posible —dije—. Quizás McClatchy y Lindsay fueron homicidios comunes, y el de Chapman se llevó a cabo de ese modo para que se les pareciera. Pero lo cometió otra persona.
Terminamos nuestros postres y tomamos nuestros cafés. Deveraux me dijo que tenía trabajo. Le pregunté si le molestaba que fuese a ver a Emmeline McClatchy una vez más.
—¿Para qué? —preguntó.
—Los novios —dije—. Al parecer tanto Lindsay como Chapman salían con un militar que tenía un coche azul. Me pregunto si McClatchy completará el trío.
—Es un paseo largo.
—Encontraré un atajo —dije.
Empezaba a entender la geografía local. No hacía falta caminar los tres lados de un cuadrado, primero hacia el norte en dirección a la carretera de Kelham, luego hacia el este y luego hacia el sur hasta la cabaña de McClatchy. Ya estaba más o menos en la misma latitud. Supuse que podía encontrar una forma de cruzar las vías del tren que estuviera antes del cruce oficial. Una línea recta hacia el este. Un lado del cuadrado.
—Sé amable con ella —dijo Deveraux—. Todavía está muy afligida.
—Estoy seguro de que lo va a estar siempre —dije—. Estas cosas no desaparecen rápido.
—Y no menciones nada de embarazos.
—No lo haré —dije.
Me dirigí hacia el sur por Main Street, más o menos en dirección a la consulta del doctor Merriam, pero mi plan era girar hacia el este mucho antes de llegar. Y encontré un lugar para hacerlo en los primeros trescientos metros. Vi la entrada de un camino de tierra metido entre los árboles. Tenía una boca de incendio oxidada a diez metros, lo que significaba que tenía que haber casas más adelante. Encontré la primera unos treinta metros después. Estaba destartalada, pero vivía gente en ella. Al principio pensé que eran los primos McKinney, por el tipo de lugar y porque había una pick-up negra pintada con brocha aparcada sobre un trozo de tierra que en otro tiempo podría haber sido parte de un jardín. Pero era de otra marca. Otro modelo, otro tamaño, pero los mismos métodos de mantenimiento. Parecía obvio que el noreste de Mississippi no era suelo fértil para los locales de pintura de coches.
Pasé por delante de otras dos casas que eran parecidas a la primera en todos los aspectos. Pero la cuarta fue la peor. Estaba abandonada. El buzón quedaba completamente oculto por la hierba alta. La entrada para coches estaba descuidada. Tenía arbustos y plantas que le trepaban por la puerta y por las ventanas. Tenía maleza en los canalones, moho verde en las paredes y los cimientos partidos y agujereados por tallos de enredaderas más anchos que mis muñecas. Era una casa aislada en medio de una hectárea de lo que pudo haber sido campo o tierras de pastoreo, pero que en ese momento no era más que un terreno plagado de arbustos y árboles jóvenes de unos dos metros de alto. El lugar debía haber estado vacío durante mucho tiempo. Más tiempo que unos meses. Un par de años, quizás.
Pero en la entrada había huellas de neumáticos recientes.
Las lluvias estacionales habían arrastrado la tierra por varias pequeñas pendientes y habían formado un charco de barro liso como un espejo en la zanja entre la calle y la entrada para los coches. El calor estacional había convertido el barro en polvo, como cemento recién salido de la bolsa. Un vehículo de cuatro ruedas lo había cruzado dos veces, para entrar y para salir. Neumáticos anchos, con surcos diseñados para ser usados sobre asfalto normal. No eran nuevos, pero estaban bien inflados. El dibujo de los surcos había quedado perfectamente capturado. Las marcas eran recientes. Seguramente las habían puesto allí después de la última vez que había llovido.
Me desvié unos cuantos pasos para evitar dejar huellas junto a las marcas de los neumáticos. Salté la zanja y me abrí camino entre una maraña de vegetación alta hasta que llegué a la entrada para coches. Podía ver las zonas donde los neumáticos habían aplastado la maleza. Había tallos rotos. Habían sangrado un zumo verde oscuro. Algunas de las plantas más fuertes no se habían partido. Se habían vuelto a levantar y algunas estaban manchadas con aceite proveniente de la parte de abajo de un motor.
Quienquiera que hubiese recorrido ese camino no había entrado en la casa. Eso estaba claro. Las plantas que crecían alrededor de las puertas y de las ventanas estaban intactas. Así que seguí caminando, dejé atrás la casa y dejé atrás el pequeño garaje de un tractor hasta llegar a la parte de atrás. Había una franja de árboles frente a mí, otra a mi izquierda y otra a mi derecha. Era un lugar solitario. Solo los pájaros, como los dos que ahora sobrevolaban por encima de mí, podían verlo directamente. Eran zopilotes. Planeaban y daban vueltas sin cesar.
Avancé. Había una huerta abandonada hacía mucho tiempo, rodeada por un alambrado oxidado. Un arqueólogo hubiera sido capaz de decir lo que habían plantado allí. Yo no. Después había un montículo largo y elevado de algo verde y resistente. Un viejo seto, quizás, sin podar durante una década y en mal estado. Detrás del seto había dos estructuras funcionales, probablemente construidas allí para que no se vieran desde la casa. La primera era un viejo cobertizo de madera, podrido y hundido en una esquina.
La otra era un caballete para ciervos.