El asunto
Cincuenta y siete
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CINCUENTA Y SIETE
El caballete para ciervos era grande y estaba construido a la antigua usanza, en forma de A con madera maciza. Medía por lo menos dos metros de alto. Yo podía pasar por debajo de la viga superior sin ningún problema. Supuse que la idea consistía en dar marcha atrás con una camioneta y tirar el animal muerto desde la plataforma al suelo entre las vigas en forma de A, luego atar con cuerdas las patas traseras del animal y pasar esas cuerdas por la viga superior, y luego tirar de las cuerdas o engancharlas a la camioneta para levantar al animal y dejarlo colgando verticalmente cabeza abajo, listo para el cuchillo. Una tecnología antigua que yo nunca había utilizado. Si quería comer un filete, iba al club de oficiales. Requería mucho menos trabajo.
El caballete tendría cincuenta años por lo menos. Las vigas estaban asentadas y eran sólidas. Estaban hechas de madera autóctona, dura. Tenían un poco de musgo verde en el lado que daba al norte, que era el que quedaba frente a mí. La viga superior estaba lisa y pulida de todas las sogas que le habían pasado por encima a lo largo de los años. No había forma de saber cuándo la habían utilizado por última vez. Si había sido hace mucho tiempo. O hace poco.
Pero la tierra entre las patas abiertas de la estructura había sido removida recientemente. Eso estaba claro. Por la parte de arriba había cinco o siete centímetros excavados y revueltos. Lo que debía ser tierra batida y oscura, tan vieja como el soporte mismo, era un pozo poco profundo de alrededor de un metro cuadrado.
No había más pruebas en el patio. Nada de nada, salvo la tierra que faltaba y las huellas de los neumáticos, que no eran de una pick-up ni de ningún otro vehículo utilitario. El cobertizo junto al caballete estaba vacío. Y revisé la casa de nuevo al pasar por delante de vuelta al camino, solo para estar seguro, pero no había entrado nadie. Las ventanas estaban cubiertas por una espuma orgánica gris, que se extendía, aunque menos visible, por los paneles de madera de los laterales, las puertas y los picaportes. Nadie había tocado nada. No había marcas, no había manchas. Había telarañas vaporosas por todos lados, intactas. Había todo tipo de vegetación, plantas resistentes y con espinas, plantas delicadas y débiles, todas creciendo por donde les daba la gana, subiendo las escaleras, cruzando las puertas; todas en perfecto estado, nadie las había apartado, ni cortado, ni nada.
Me detuve al principio de la entrada para coches y separé la hierba que estaba alrededor del buzón con las manos. Era un típico buzón de correos, de tamaño estándar, que había sido gris pero ya no tenía color alguno, y que estaba salpicado con unas finas líneas de óxido allí donde la curvatura de la chapa de metal había tensado el esmalte. Estaba sobre un poste que había comenzado su servicio con quince centímetros de lado, pero que ahora no era más que un palo carcomido y retorcido del que quedaba más bien poco. En el buzón había habido un nombre, escrito con letras adhesivas impresas en rectángulos inclinados hacia delante, en un estilo que se había popularizado hacía mucho tiempo. Las habían sacado, posiblemente en un último gesto antes de abandonar la casa, pero habían dejado un tejido seco de residuo adhesivo, como huellas dactilares.
Habían sido ocho letras.
Salté otra vez la zanja y continué hacia el este. Dejé atrás dos casas más, muy separadas entre sí, habitadas pero en no muy buenas condiciones. Después de la última el camino se estrechó y se volvió irregular y lleno de baches. Se adentraba en una pared de árboles y seguía recto. Los árboles se iban juntando por los lados y dejaban un camino de apenas un metro de ancho. Aun así continué avanzando, entre ramas que me raspaban y golpeaban. Tras cincuenta pasos salí al otro lado y me encontré justo enfrente de las vías del tren, que se extendían de izquierda a derecha bloqueándome el camino. En ese punto estaban sobre un terraplén de un metro de alto. En esa parte de Mississippi el terreno parece llano a simple vista, pero una locomotora en marcha ve las cosas de forma distinta. Quiere rellenar cada hondonada, igualar cada elevación.
Trepé el metro de tierra, mis pasos crujieron sobre las piedras de balasto y me detuve en un durmiente. A mi derecha la vía continuaba hacia el sur, recto hasta el Golfo. A mi izquierda llevaba al norte, hasta donde fuera. A lo lejos veía el cruce y la vieja torre de agua. Los raíles a ambos lados estaban muy brillantes por el paso de las ruedas de hierro. Frente a mí había más árboles bajos y más arbustos, después campo, después casas.
Oí un helicóptero, en algún lugar al noroeste. Inspeccioné el horizonte y vi un Blackhawk en el cielo, a unos cinco kilómetros de distancia. Supuse que se dirigía a Kelham. Escuché el tracatrá del rotor y el chirrido de la turbina, y observé cómo mantenía la dirección pero perdía altura a medida que se preparaba para aterrizar. Después bajé por el otro lado del terraplén y atravesé la siguiente franja de árboles.
Crucé el campo que había a continuación, salté un alambrado y di con una calle que deduje que sería paralela a la de Emmeline McClatchy. De hecho, podía ver la parte de atrás de la casa con los carteles de cerveza en las ventanas. El bar ad hoc. Pero entre ella y yo había otras casas, todas rodeadas por patios. Propiedad privada. En el patio que tenía justo delante había dos hombres sentados en sillas blancas de plástico. Viejos. Me estaban observando. Por el aspecto que tenían debían de estar descansando de algún trabajo físico exigente. Me detuve donde comenzaba su cerca y pregunté:
—¿Puedo pedirles un favor?
No contestaron con palabras, pero alzaron las barbillas como si estuvieran escuchando. Dije:
—¿Me dejarían cruzar por su patio? Necesito llegar a la siguiente calle.
—¿Para qué? —preguntó el tipo de la izquierda. Tenía una fina barba blanca, pero no bigote.
—Voy a visitar a una persona que vive allí —respondí.
—¿A quién?
—A Emmeline McClatchy.
—¿Eres del ejército?
—Sí, soy del ejército —respondí.
—Entonces Emmeline no quiere que la visites. Ni ella ni ninguna otra persona de las que viven aquí.
—¿Por qué no?
—En este momento, por Bruce Lindsay.
—¿Era vuestro amigo?
—Por supuesto que sí.
—Mentira —respondí—. Me dijo que no tenía amigos. Todos vosotros le llamabais deforme, lo evitabais y le hacíais la vida imposible. Así que ahora no os subáis al carro.
—Qué boca tienes, hijo.
—No solo tengo boca.
—¿También nos vas a disparar?
—Estoy muy tentado.
El viejo esbozó una sonrisa:
—Pasa. Pero sé amable con Emmeline. Lo de Bruce la ha vuelto a dejar devastada.
Recorrí el patio y oí el Blackhawk otra vez, a lo lejos, despegando desde Kelham. Alguien les había hecho una visita breve, o una entrega, o una recogida. Lo vi elevarse sobre las copas de los árboles, como un punto distante, con el morro hacia abajo, acelerando hacia el norte.
Salté un alambrado al final del patio. Ya estaba en el terreno del bar. Todavía propiedad privada, técnicamente, aunque en principio los bares acogen a los transeúntes en lugar de echarlos. Y de todos modos aquel sitio estaba desierto. Di la vuelta al edificio y salí a la calle sin que nadie me dijera nada.
Y vi cómo un Humvee del ejército se detenía en la puerta de la casa de McClatchy.