El asunto

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Cincuenta y ocho

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CINCUENTA Y OCHO

Un Humvee es un vehículo muy ancho, y este estaba en un camino de tierra muy estrecho. Lo ocupaba casi entero, de cuneta a cuneta. Era verde y negro, los colores reglamentarios de camuflaje, y estaba muy limpio. Tal vez era nuevo.

Caminé hacia él y el motor se apagó. La puerta del conductor se abrió y salió un hombre. Llevaba uniforme de camuflaje y botas limpias. Ya desde antes de que yo empezara mi carrera, el identificador y el distintivo de rango en el uniforme de combate se llevaban de manera discreta, y como cualquier otra cosa del ejército la definición de discreto había sido especificada hasta la extenuación, hasta el punto de que los nombres y los rangos no se veían a más de un metro de distancia. Una iniciativa impulsada por oficiales, sin duda. A los oficiales les preocupaba que los francotiradores los eligieran a ellos primero. Por lo tanto, yo no tenía idea de quién se acababa de bajar del Humvee. Podía ser un soldado raso o podía ser un general de dos estrellas. De tres estrellas para arriba no conducen. No es lo común. No cuando están de servicio. Tampoco cuando están de permiso. No hacen casi nada por sí mismos.

Pero tenía una clara premonición acerca de quién era ese hombre. Un sencillo razonamiento, en realidad. ¿Quién más podía estar autorizado a ir de un lado a otro? Incluso se parecía a mí. Éramos más o menos de la misma altura, más o menos de la misma complexión, teníamos la piel más o menos del mismo color. Era como mirarme al espejo, salvo por el hecho de que él era cinco años más joven, y eso se notaba en sus movimientos. Saltaba hacia todos lados lleno de energía. Un juez imparcial habría dicho que parecía joven y muy animado. El mismo juez habría dicho que yo parecía viejo y muy cansado. Esa era la diferencia entre nosotros.

Vio cómo me acercaba, movido por la curiosidad de saber quién era, por la curiosidad de saber qué hacía un hombre blanco en un barrio negro. Dejé que me mirara absorto hasta que estuve a dos metros de distancia. Mi vista sigue siendo tan buena como siempre, y puedo leer identificadores discretos desde más lejos de lo normal, especialmente bajo la brillante luz de una tarde de Mississippi.

Su identificador decía: Munro. Ejército de EE. UU.

En el cuello del uniforme tenía unas pequeñas hojas negras de roble, que mostraban que era un comandante. La gorra que llevaba en la cabeza era la del uniforme de combate, con el mismo camuflaje que la chaqueta y que los pantalones. Tenía unas arrugas muy finas alrededor de los ojos, que eran casi la única prueba de que no había nacido ayer.

Yo tenía ventaja, porque mi camisa era lisa. Un artículo civil. Sin identificador. Así que me quedé allí de pie en silencio. Podía oler el diésel de su vehículo y la goma de sus neumáticos. Podía oír el goteo del motor a medida que se enfriaba. Podía oír la brisa en el árbol del patio de Emmeline McClatchy.

Después le tendí la mano y dije:

—Jack Reacher.

Me la estrechó y dijo:

—Duncan Munro.

—¿Qué te trae por aquí? —pregunté.

—Subamos un momento a la furgoneta —dijo.

 

Un Humvee es igual de ancho por dentro que por fuera, pero la mayor parte del espacio lo ocupa un túnel de transmisión gigantesco. Los asientos de adelante son pequeños y están muy separados. Era como si estuviéramos sentados en dos carriles adyacentes. Creo que esa distancia se ajustaba al estado de ánimo de ambos.

—La situación está cambiando —dijo Munro.

—Las situaciones siempre están cambiando —dije—. Acostúmbrate.

—El oficial en cuestión ha sido relevado.

—¿Reed Riley?

—Se supone que no debemos mencionar ese nombre.

—¿Quién va a oírlo? ¿Crees que hay micrófonos en esta furgoneta?

—Solo intento seguir el protocolo.

—¿El Blackhawk era para él?

Munro asintió:

—Está volviendo a Benning. Después lo van a trasladar a otra parte y lo van a esconder en algún sitio.

—¿Por qué?

—Hace unas dos horas todo el mundo entró en pánico. Los teléfonos no paraban de sonar. No sé por qué.

—Kelham acababa de perder sus tropas de cuarentena, por eso.

—¿Otra vez con esa historia? Nunca hubo tropas de cuarentena. Ya te lo dije.

—Las acabo de encontrar. Una panda de civiles idiotas.

—¿Como en Ruby Ridge?

—Pero menos profesional.

—¿Por qué la gente hace esas estupideces?

—Envidian nuestras vidas glamurosas.

—¿Qué fue de ellos?

—Los espanté.

—Entonces alguien sintió que tenía que retirar a Riley. No vas a ser muy popular.

—No quiero ser popular. Quiero terminar el trabajo. Estamos en el ejército, no en el instituto.

—Es el hijo de un senador. Se está haciendo un nombre. ¿Sabías que el Cuerpo de Marines contrata a lobistas?

—He escuchado algo parecido —dije.

—Esta era nuestra versión.

Miré por la ventana la casa de McClatchy, y vi el techo bajo, los paneles laterales manchados de barro, las ventanas viejas, el árbol. Pregunté:

—¿Por qué has venido?

—Por el mismo motivo por el que tú espantaste a los idiotas —dijo Munro—. Intento terminar el trabajo.

—¿En qué sentido?

—Busqué a las otras dos mujeres que mencionaste. Estaban incluidas en las circulares de los oficiales ejecutivos. Después contrasté la información que había ido recopilando por el camino. Parece ser que el capitán Riley es una especie de donjuán. Desde que llegó aquí ha tenido una ristra de novias más larga que mi polla. Es probable que Janice Chapman y Shawna Lindsay fueran parte de la lista. Quiero ver si Rosemary McClatchy completa el trío.

—Yo también he venido a eso.

—Las grandes mentes piensan igual —dijo Munro—. O los tontos nunca discrepan.

—¿Has traído su foto?

Abrió el bolsillo derecho de la camisa, justo debajo de su apellido. Sacó una libreta negra y fina, la abrió y cogió una fotografía que había entre las páginas. Me la pasó, extendiendo el brazo por encima del túnel de transmisión.

El capitán Reed Riley. Era la primera vez que le veía la cara. Era una foto en color, posiblemente de un pasaporte o de algún otro documento civil que prohibiera llevar algo en la cabeza u otras obstrucciones visuales. Parecía tener algo menos de treinta años. Era ancho pero estaba definido, a medio camino entre corpulento y esbelto. Estaba moreno y tenía los dientes muy blancos, algunos de los cuales quedaban exhibidos en una amplia sonrisa. Tenía el pelo marrón, muy corto, y unos ojos astutos y vacíos con redes de arrugas delgadas en la parte externa. Parecía estable, competente, recio y embustero. Tenía exactamente el mismo aspecto que todos los capitanes de infantería que había conocido en mi vida.

Le devolví la foto, extendiendo el brazo por encima del túnel de transmisión.

—Tendremos suerte si conseguimos que lo reconozca. Estoy seguro de que para la señora McClatchy todos los rangers son iguales.

—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Munro, y abrió la puerta.

Yo me bajé por mi lado y esperé mientras él rodeaba el voluminoso capot. Dijo:

—Te diré algo más que descubrí cuando contrasté la información. Algo que tal vez quieras saber. La sheriff Deveraux no es lesbiana. Es una más en la colección de Riley. Parece que salieron juntos hace menos de un año.

Después comenzó a caminar delante de mí, hacia la puerta de Emmeline McClatchy.

 

Emmeline McClatchy abrió después de que Munro llamara por segunda vez. Nos recibió con una amabilidad reservada. A mí me recordaba de antes. Prestó mucha atención mientras Munro se presentaba, y después nos invitó a pasar a un pequeño salón que tenía dos sillas Windsor a los lados de una chimenea y una alfombra tejida en el suelo. El techo era bajo, las habitaciones estrechas y olía a comida. En la pared había tres fotos enmarcadas. Una era de Martin Luther King, otra del presidente Clinton y la tercera era de Rosemary McClatchy, de la misma serie que la que yo había visto en el expediente del Departamento del Sheriff, pero en la que salía todavía más espectacular. Un amigo o una amiga con una cámara, un carrete de fotos, una tarde soleada, un marco, un martillo y un clavo: eso era todo lo que quedaba de una vida.

Emmeline y yo nos sentamos en las sillas junto a la chimenea y Munro se quedó de pie sobre la alfombra. En esa habitación minúscula parecía tan enorme como me sentía yo, igual de incómodo, igual de torpe e igual de extraño. Volvió a sacar la fotografía de su bolsillo y la mantuvo boca abajo contra el pecho. Dijo:

—Señora McClatchy, le tenemos que hacer unas preguntas acerca de los amigos de su hija Rosemary.

—Mi hija Rosemary tenía muchos amigos —respondió Emmeline McClatchy.

—Sobre uno en particular, un hombre joven de la base con el que ella se podría haber estado viendo —dijo Munro.

—¿Viendo?

—Con el que podría haber estado saliendo. Teniendo citas, en otras palabras.

—Déjeme ver la foto.

Munro se agachó y se la dio. Ella la movió hacia un lado y hacia el otro bajo la luz que entraba por la ventana. La examinó. Preguntó:

—¿Creen que este hombre pudo haber matado a la mujer blanca?

—No estamos seguros —dijo Munro—. No lo podemos descartar.

—Nadie me trajo fotos cuando mataron a Rosemary. Nadie le llevó fotos a la señora Lindsay cuando mataron a Shawna. ¿Por qué?

—Porque el ejército cometió un grave error —dijo Munro—. No hay excusas. Lo único que puedo decirle es que habría sido distinto si yo hubiese participado de la investigación en aquel momento. O el comandante Reacher. Más allá de eso, lo único que puedo hacer es pedirle disculpas.

Ella lo miró, y yo también. Después miró de nuevo la foto y dijo:

—Este hombre se llama Reed Riley. Es capitán del Regimiento Ranger 75. Rosemary decía que estaba al mando de la Compañía Bravo, sea lo que sea eso.

—¿Estuvo saliendo con él?

—Durante casi cuatro meses. Ella hablaba de que se iban a ir a vivir juntos.

—¿Y él?

—Los hombres dicen cualquier cosa con tal de conseguir lo que quieren.

—¿Cuándo lo dejaron?

—Dos semanas antes de que la mataran.

—¿Por qué lo dejaron?

—No me lo dijo.

—¿Y usted tiene alguna opinión?

—Creo que se quedó embarazada —respondió Emmeline McClatchy.

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