El asunto
Cincuenta y nueve
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CINCUENTA Y NUEVE
Durante un rato el pequeño salón se quedó en silencio, y después Emmeline McClatchy dijo:
—Una madre siempre lo nota. Estaba distinta. Se comportaba de manera distinta. Incluso olía distinto. Al principio estaba contenta, pero después se puso muy triste. Yo no le preguntaba nada. Pensaba que me lo contaría ella sola. Ya saben, cuando le pareciera el momento indicado. Pero no tuvo la oportunidad.
Munro se quedó un instante callado, por respeto, y después le preguntó:
—¿Ha vuelto a ver al capitán Riley después?
Emmeline McClatchy asintió:
—Vino a darme el pésame, una semana después de que la encontraran muerta.
—¿Cree que la ha matado él?
—El policía es usted, joven, no yo.
—Creo que una madre siempre lo nota.
—Rosemary decía que el padre de él era un hombre importante. No estaba segura de dónde ni por qué. En la política, tal vez. En algún lugar en el que la imagen importa. Creo que al capitán Riley una novia negra le favorecía, pero una novia embarazada no.
Emmeline McClatchy no iba a permitir que la presionáramos más. Nos despedimos y volvimos al Humvee. Munro dijo:
—Esto tiene muy mala pinta.
—¿Has hablado con la madre de Shawna Lindsay también? —le pregunté.
—No me quiso dirigir la palabra. Me echó con un palo.
—¿Cómo de sólida es la información con respecto a Deveraux?
—Sólida como una piedra. Salieron juntos, él cortó la relación, ella no quería. La siguiente fue Rosemary McClatchy, hasta donde consigo recomponer las cosas.
—¿El coche destruido en las vías era suyo?
—Según el registro de automóviles de Oregon, sí. Por la matrícula que encontraste. Un Chevy azul del 57. Una porquería, no un coche para alardear.
—¿Tenía alguna explicación?
—No, tenía un abogado.
—¿Puedes demostrar que también fue novio de Janice Chapman?
—No más allá de una duda razonable. A ella le gustaba salir de fiesta. La vieron con un montón de tíos. No puede haber salido con todos.
—En Tulane también tenía fama de que le gustaba salir de fiesta.
—¿Fue a Tulane?
—Al parecer sí.
Munro sonrió:
—Si me dijesen que los estudiantes de Tulane se acostaron todos con todos, no me sorprendería lo más mínimo.
—¿Sabías que en realidad no se llamaba Janice Chapman?
—¿A qué te refieres?
—Se llamaba Audrey Shaw. Se cambió el nombre hace tres años.
—¿Por qué?
—Por cuestiones políticas —dije—. Acababa de terminar un affaire de dos años con Carlton Riley.
Lo dejé procesando esa información y me alejé hacia el sur. Él se fue en coche hacia el norte. Esta vez no atajé por ningún patio. Di la vuelta a la manzana, como un ciudadano responsable, salté el alambrado, crucé el campo y llegué al camino de tierra a través de los árboles. Menos de veinte minutos después ya estaba otra vez en Main Street. Otros cinco minutos más tarde estaba dentro del Departamento del Sheriff. Un minuto después estaba en el despacho de Deveraux. Ella estaba detrás de su escritorio. El escritorio estaba cubierto por un mar de papeles.
—Tenemos que hablar —dije.