El asunto

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Sesenta

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SESENTA

Deveraux levantó la vista y me miró, un poco alarmada. Quizás notó algo en mi voz. Dijo:

—¿De qué tenemos que hablar?

—¿Has salido alguna vez con alguien de la base? —le pregunté.

—¿De qué base? ¿Te refieres a Kelham?

—Sí, de Kelham.

—Eso es algo personal, ¿no?

—¿Has salido con alguien?

—Por supuesto que no. ¿Estás loco? Esos tipos son mi mayor problema. Ya sabes cómo funcionan las cosas entre los militares y las fuerzas de seguridad. Hubiera supuesto el peor de los conflictos de intereses.

—¿Te movías con alguno de ellos?

—No, por la misma razón.

—¿Conoces a alguno?

—Muy poco —respondió ella—. Recorrí la base y conocí a algunos de los oficiales de alto rango, en un contexto formal. Como era de esperar. Están lidiando con los mismos problemas que yo.

—De acuerdo —dije.

—¿Por qué lo preguntas?

—Munro estaba en la casa de McClatchy. Parece que Rosemary McClatchy y Shawna Lindsay salieron con el mismo tipo. Janice Chapman también, probablemente. Munro escuchó decir que tú también habías salido con ese tipo.

—Todo mentiras. Hace dos años que no salgo con nadie. ¿No te has dado cuenta?

Me senté.

—Tenía que preguntártelo —dije—. Lo siento.

—¿Quién era él?

—No te lo puedo decir.

—Tienes que decírmelo. ¿No crees? McClatchy y Lindsay son mis casos. Por lo tanto es información relevante. Y tengo el derecho de saber si un tío está usando mi nombre en vano.

—Reed Riley —dije.

—Nunca he oído ese nombre —dijo ella.

Después dijo:

—Espera un momento. ¿Has dicho Riley?

No respondí.

—Dios mío —dijo—. ¿El hijo de Carlton Riley? ¿Está en Kelham? No tenía idea.

No dije nada.

—Dios mío —repitió ella—. Eso explica muchas cosas.

—El coche de las vías del tren era suyo —dije—. Y Emmeline McClatchy cree que dejó embarazada a Rosemary. No se lo he preguntado yo. Lo dijo ella sola.

—Necesito hablar con él.

—No puedes. Se lo acaban de llevar en helicóptero.

—¿A dónde?

—¿Cuál es la base del ejército más remota del mundo?

—No lo sé.

—Yo tampoco. Pero te apuesto diez contra uno que es ahí donde pasará la noche.

—¿Por qué habrá dicho que salió conmigo?

—Por una cuestión de ego —respondí—. Quizás quería que sus colegas creyeran que había completado la colección. Las cuatro mujeres más guapas de Carter Crossing. Los hermanos Brannan en el bar me dijeron que era un jefazo y que siempre andaba del brazo con algún bombón.

—Yo no soy un bombón.

—Quizás no por dentro.

— Probablemente su padre conozca al tipo con el que Janice Chapman tuvo el affaire. Están juntos en el Senado.

No dije nada.

Me miró fijamente a los ojos.

—Oh, no —dijo.

—Oh, sí —dije yo.

—¿La misma mujer? ¿Padre e hijo? Eso es muy retorcido.

—Munro no lo puede demostrar. Nosotros tampoco.

—Lo podemos inferir. Todo esto es mucho escándalo para una preocupación teórica sobre reacciones adversas en general.

—Quizás —dije—. Quizás no. ¿Quién sabe cómo piensa esa gente?

—Sea como sea, no puedes ir al D. C. No ahora. Es demasiado peligroso. Caminarás con el blanco más grande del mundo pegado en la espalda. La Oficina de Intermediación con el Senado ha invertido mucho en Carlton Riley. No permitirán que lo arruines. Créeme, para ellos no eres nada comparado con una buena relación con el Comité de Servicios Armados.

Cuando terminó de decir eso le sonó el teléfono, lo cogió y se quedó escuchando durante un minuto. Tapó el micrófono con la palma de la mano y dijo:

—Es el Departamento de Policía de Oxford preguntando por el periodista muerto. Quiero decirles que el autor material del hecho fue derribado por un disparo de la policía tras resistirse a ser arrestado, caso cerrado.

—Por mí está bien —dije.

Les dijo eso, y después tuvo que llamar a una larga lista de departamentos estatales y autoridades de distintos condados, por lo que yo salí de su oficina. Estuvo tan ocupada que no hablé otra vez con ella hasta las nueve de la noche, en la cena.

 

Durante la cena hablamos de la casa de su padre. Ella pidió su hamburguesa y yo un bocadillo de carne asada. Le pregunté:

—¿Cómo es crecer aquí?

—Era raro —dijo ella—. Obviamente no tengo nada con qué comparar, no tuvimos televisión hasta que cumplí diez años y nunca íbamos al cine, pero aun así sentía que tenía que haber algo más. Todos sentíamos eso. Todos teníamos el síndrome de la isla.

Después me preguntó dónde había crecido yo, así que repasé todos los lugares que recordaba de una larga lista. Fui concebido en el Pacífico, nací en Berlín Occidental cuando a mi padre lo destinaron a la embajada de allí, pasé por una docena de bases distintas antes de la escuela primaria, fui educado alrededor de todo el mundo, sufrí cortes y moratones en peleas en los callejones húmedos y calurosos de Manila que se curaban días más tarde en cuarteles húmedos y fríos de Bélgica, cerca de la sede central de la OTAN, para cruzarme con los agresores originales un mes después en San Diego y retomar el conflicto. Finalmente West Point: una carrera propia, muy atareada y siempre en movimiento, en algunos lugares repetidos pero también en muchos nuevos, debido a que la presencia global del Ejército no es idéntica a la del Cuerpo de Marines.

—¿Cuánto fue el máximo de tiempo que pasaste en el mismo sitio? —preguntó ella.

—Menos de seis meses, probablemente —respondí.

—¿Cómo era tu padre?

—Era tranquilo —dije—. Era observador de aves. Pero su trabajo era matar gente de la manera más rápida y eficiente posible, y siempre fue consciente de eso.

—¿Te trataba bien?

—Sí, a la antigua usanza. ¿El tuyo?

Ella asintió:

—A la antigua usanza sería una buena manera de definirlo. Pensaba que me iba a casar y que tendría que ir a visitarme a Tupelo o a Oxford.

—¿Dónde estaba tu casa?

—Yendo hacia el sur por Main Street hasta la curva, y ahí la primera a la izquierda. En una callecita de tierra. La cuarta casa a mano derecha.

—¿Sigue estando ahí?

—A duras penas.

—¿No se ha vuelto a alquilar?

—No, mi padre estuvo enfermo bastante tiempo antes de morir y descuidó mucho la casa. El banco al que le pertenecía no prestaba atención. Ahora está casi en ruinas.

—¿Con plantas por todas partes, moho en las paredes y los cimientos agrietados? ¿Con un seto grande y viejo en el fondo? ¿Con ocho letras en el buzón?

—¿Cómo lo sabes?

—Estuve allí —dije—. Pasé cuando iba de camino a la casa de McClatchy.

No contestó.

—Vi el caballete para ciervos —dije.

No contestó.

—Y vi la tierra en el maletero de tu coche —dije—. Cuando me diste los cartuchos de la escopeta.

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