El asunto
Sesenta y uno
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SESENTA Y UNO
La camarera se acercó, recogió los platos vacíos y tomó nota de las tartas. Después volvió a irse y Deveraux se quedó mirándome, un poco decaída. Un poco avergonzada, pensé. Dijo:
—Hice una estupidez.
—¿Qué clase de estupidez? —dije yo.
—Salgo a cazar —dijo ella—. De vez en cuando. Para divertirme. Ciervos, por lo general. Solo para hacer algo. Les doy la carne a personas mayores, como Emmeline McClatchy. Si no, no comen bien. Cerdo, a veces, si algún vecino está de matanza. Si tiene ganas de compartir. Pero eso no pasa siempre. A veces los vecinos no se pueden permitir el lujo de compartir.
—Lo recuerdo —dije—. Emmeline tenía carne de ciervo en la olla cuando estuvimos en su casa la primera vez. Nos dijo si queríamos comer con ella. Le dijiste que no.
Ella asintió:
—No tiene ningún sentido dar y después quitar. Cacé a ese ciervo hace una semana. Obviamente no me lo podía llevar al hotel. Así que usé la casa de mi padre. Siempre lo he hecho, desde que volví al pueblo. Es un buen caballete. Pero después apareciste con tu teoría acerca de Janice Chapman. Todavía no te conocía muy bien. Pensé que podías llamar al cuartel general. Me imaginé Blackhawks en el cielo, buscando hasta el último caballete del condado. Así que te dije que identificaras el coche del accidente para que estuvieras en otro sitio durante una hora, y yo fui y saqué la tierra en la que se había mezclado la sangre.
—Los tests habrían demostrado que la sangre era de un animal.
—Lo sé —dijo ella—. ¿Pero cuánto tiempo habrían tardado? Ni siquiera sé dónde está el laboratorio más cercano. En Atlanta, tal vez. Podría haberles llevado dos semanas o más. Y no me puedo permitir estar bajo sospecha durante dos semanas o más. Literalmente no me lo puedo permitir. Este es el único trabajo que tengo. No sé dónde podría conseguir otro. Y los votantes son raros. Nunca se olvidan de las sospechas y nunca se acuerdan de los resultados.
Pensé en mi colega Stan Lowrey, en la base, con sus ofertas de empleo. Un mundo feliz, para todos nosotros.
—De acuerdo —dije—. Pero hacer lo que hiciste fue bastante estúpido.
—Ya lo sé. Me asusté un poco.
—¿Conoces a otros cazadores? ¿Y sabes de otros caballetes?
—A algunos.
—Porque yo sigo pensando que a esas mujeres las mataron así. No veo de qué otra manera podrían haberlo hecho.
—Estoy de acuerdo. Por eso me asusté.
—Así que antes o después podríamos necesitar esos Blackhawks en el cielo.
—A no ser que primero encontremos a Reed Riley y le hagamos algunas preguntas.
—Reed Riley se fue —dije—. Probablemente ya es intermediario del ejército en la base Thule de la Fuerza Aérea.
—¿Dónde está esa base?
—En el norte de Groenlandia —dije—. El extremo del mundo. Sin duda es el lugar más remoto que tiene la Fuerza Aérea. He estado una vez. Viajaba en un C-5 que tuvo un desperfecto. Tuvimos que aterrizar allí. Forma parte del sistema de alerta temprana. Es de noche durante cuatro meses seguidos. Tienen un radar que puede ver un saque de tenis a cinco mil kilómetros de distancia.
—¿Conseguiste su número de teléfono?
Sonreí:
—Lo vamos a tener que hacer de otra manera. Veré qué es lo que sale de su escondite pasado mañana.
No respondió. Comimos las tartas despacio. Teníamos que matar el tiempo. Probablemente en ese momento el tren acababa de salir de las explanadas de Biloxi.
A Deveraux le seguía preocupando el dueño del hotel y no tenía ganas de repetir la pantomima del día anterior en el piso de arriba, así que le di mi llave y salimos de la cafetería por separado, con diez minutos de diferencia, lo que me dejó una cuenta a mi cargo y tiempo para tomarme una tercera taza de café. Después fui paseando, saludé con la cabeza al tipo de la recepción, subí la escalera y llamé a mi propia puerta. Deveraux abrió al segundo y entré. Se había sacado los zapatos y el cinturón con el arma, pero todo lo demás seguía en su sitio. La camisa de uniforme, los pantalones de uniforme, la coleta. Todo.
Nos pusimos manos a la obra como un yonqui cuando calienta la cuchara, un poco rápido, un poco lento, llenos de una intensa expectativa, con ganas de hacer la inversión, apenas capaces de esperar la recompensa. Ella comenzó quitándose la goma del pelo, sacudiendo la cabeza para soltárselo, sonriéndome detrás de esa compacta cortina oscura. Se desabrochó los tres primeros botones de la camisa, y el peso del identificador, del distintivo de rango y de las estrellas arrastró la tela hacia los costados y me dejó a la vista un amplio triángulo de piel desnuda. Yo me quité los zapatos y los calcetines y saqué la camisa por fuera del pantalón. Ella llevó una mano al cuarto botón de su camisa y la otra al botón del pantalón, y dijo:
—Tú decides.
Era una decisión difícil, pero lo pensé muy bien y llegué a una conclusión firme. Dije: “Los pantalones”, y ella se desabrochó el botón y un largo minuto después estaba descalza y las piernas desnudas, solo con la camisa marrón del uniforme. Dije: “Ahora decides tú”, ella eligió al revés y yo me quité la camisa. Esta vez me preguntó por la cicatriz de metralla, y le conté la versión resumida, que iba sobre un momento inoportuno al comienzo de mi carrera, una visita rutinaria a un campamento marine en Beirut, Líbano, y sobre una furgoneta que pasó y después explotó cerca de la entrada del cuartel, a cien metros de donde yo estaba.
—He oído hablar de un policía militar del ejército que estuvo ahí —dijo ella—. ¿Eras tú?
—No estoy seguro de quién más había —dije.
—Te metiste entre los escombros y ayudaste a las personas.
—Solo por accidente —dije—. Estaba buscando un médico. Para mí. Podía ver lo que había cenado la noche anterior.
—Ganaste una Estrella de Plata.
—Y también una septicemia —dije—. Podría haber vivido sin ninguna de las dos cosas.
Me desabroché el botón del pantalón, ella se desabrochó los últimos botones de la camisa y los dos nos quedamos en ropa interior. Situación que no duró demasiado. Abrimos la ducha, nos metimos juntos en la bañera y cerramos la cortina. Cogimos jabón y champú y nos frotamos el uno al otro, arriba y abajo, de un lado al otro, hacia dentro y hacia fuera. Nadie podría reprocharnos nuestros estándares de higiene o nuestros métodos para cumplirlos. Nos quedamos en la ducha hasta que el tanque del Toussaint’s se quedó sin agua caliente y después cogimos toallas suficientes para asegurarnos de no llenar de agua la cama. Después la cosa se puso seria. Su piel estaba tibia, suave y jabonosa, y estoy seguro de que la mía también. Ella era grácil y fuerte y estaba llena de energía. Nos lo tomamos con mucha paciencia. Imaginé que el tren de medianoche en ese momento estaría ya al norte de Columbus, al sur de Aberdeen, quizás a unos sesenta kilómetros y a unos cuarenta minutos de distancia.
Y cuarenta minutos es bastante tiempo. Pasado la mitad de ese tiempo ya había muy pocas cosas que no supiéramos el uno del otro. Yo sabía cómo se movía, qué cosas le gustaban y cuáles le encantaban. Ella sabía lo mismo de mí. Llegué a saber cómo le golpeaba el corazón contra las costillas, y cómo se le movían las costillas cuando jadeaba, y la diferencia entre una clase de jadeo y otro. Ella llegó a saber cosas equivalentes sobre mí, la manera en que avisa mi garganta, lo que hay que hacer para que se me sonroje la piel, dónde me gusta que me toquen y qué me volvía absolutamente loco.
Después empezamos, una preparación larga y lenta, con una hora específica en la mente, como un ejército invasor acercándose a la hora H de un día D, como soldados de infantería observando cómo la playa está cada vez más cerca, como pilotos viendo que el objetivo se vuelve cada vez más grande en las mirillas de las bombas. Largo y lento, cada vez más cerca, largo y lento, durante cinco minutos enteros. Después más rápido y más fuerte, más rápido y más fuerte, más rápido y más fuerte. El vaso del baño empezó a tintinear en el momento justo. Temblaba y repiqueteaba. Las cañerías en las paredes emitían unos leves sonidos metálicos. Las puertas francesas se sacudían, ruido de madera, ruido de cristal, ruido de cerrojo. Las tablas del suelo vibraban como parches de tambores, un zapato rodó hacia la derecha y se quedó del revés, su estrella de sheriff zumbaba contra la madera como una máquina de tatuar, la Beretta de mi bolsillo golpeaba y rebotaba, la cabecera de la cama daba contra la pared a un ritmo que no era el nuestro.
El tren de medianoche.
Puntual.
Todos a bordo.
Pero esta vez era distinto.
Algo no iba bien.
No algo nuestro, sino algo del tren. El ruido no era el mismo. El tono era más bajo. De repente frenó con fuerza. Al estruendo distante se le superpuso el aullido quejoso, chirriante y escandaloso de los frenos. Me figuré unos bloques de hierro atascados contra las ruedas trabadas del tren, una larga lluvia de chispas al rojo vivo entre la oscuridad de la noche, cada vagón golpeando y chocándose contra el de delante mientras que el kilómetro y medio que venía por detrás se iba comprimiendo contra un locomotora que disminuía su marcha. Deveraux salió de debajo de mí y se sentó erguida, sin mirar a nada en particular, escuchando con mucha atención. El aullido chirriante prosiguió, fuerte, lloroso, primitivo, imposiblemente largo, y por fin comenzó a decrecer, en parte porque el impulso del tren lo había llevado mucho más allá del cruce, y en parte porque al final ya casi se había detenido.
A mi lado Deveraux susurró:
—Oh, no.