El asunto
Sesenta y dos
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SESENTA Y DOS
Nos vestimos rápido y dos minutos después ya estábamos en la calle. Deveraux sacó dos linternas del maletero de su coche. Encendió una y me dio la otra. Fuimos por el callejón que estaba entre la ferretería y la farmacia, pasamos por el triste montón de arena de Janice Chapman, entre la oficina de préstamo y el Brannan’s, y salimos al otro lado, a la zona de tierra batida. Ella caminaba delante de mí. Casi cojeando. Lo cual no me sorprendió. Yo estaba rendido. Pero ella seguía, obstinada, comprometida, reticente pero decidida a servir.
Se dirigía a las vías del tren, por supuesto. Trepó por las piedras compactadas y pasó por encima del acero brillante hacia los durmientes. Giró hacia el sur. La seguí. Calculé que el maquinista llegaría veinte minutos después que nosotros. Calculé que su tren debía pesar ocho mil toneladas. Y sabía algo de trenes que pesan ocho mil toneladas. A veces los policías militares son como un agente de tráfico más, pero el tráfico que dirigimos es muy particular, puesto que incluye trenes que transportan tanques que por lo general pesan ocho mil toneladas, y parte de dirigir el tráfico a ese nivel consiste en entender que a un tren que transporta tanques le lleva alrededor de un kilómetro y medio frenar incluso en una situación de emergencia. A un hombre caminar un kilómetro y medio le lleva veinte minutos de media, por lo que nosotros llegaríamos allí antes que el maquinista.
Lo que no era un privilegio.
Aunque no sabía si quedaría algo que encontrar.
Apretamos el paso, casi trotando, intentando hacer coincidir las zancadas con los intervalos entre los durmientes. Los haces de luz de nuestras linternas barrían y rebotaban por el medio de la nube de humo que habían dejado los frenos a su paso, que se iba disipando poco a poco. Me imaginé que nos dirigíamos justo al lugar por el que yo ya había pasado dos veces ese mismo día, donde el sendero que atravesaba el campo hacia el este cruzaba la vía antes de adentrarse en el bosque hacia el oeste. Sí, la calle donde Deveraux pasó su infancia, más o menos. Ella también debía estar pensando en ese lugar, porque cuando estuvimos cerca empezó a ir más despacio y a enfocar el haz de luz de su linterna cuidadosamente hacia la izquierda y hacia la derecha.
Yo hice lo mismo, y me tocó a mí encontrarlo. Todo lo que quedaba. Salvo, supuse, el rocío rojo pulverizado que debía de haber llenado el aire y tocado todo lo que había en un rango de cien metros, una molécula aquí, una molécula allá.
Era un pie humano, amputado justo por encima del tobillo. El corte era limpio y recto. No estaba ni desgarrado ni arrancado ni roto. Era una línea recta nítida. Esa línea era producto del impacto de una increíble onda sísmica instantánea, un violento pulso subsónico, como un arma acústica. Yo había visto cosas así antes. Y Deveraux también. La mayoría de los agentes de tráfico las han visto.
Seguía con el zapato puesto. Negro y cepillado, simple y modesto, con tacón bajo, una correa y un botón. Debajo del zapato la media seguía en su sitio. El borde superior parecía haber sido cortado con una tijera. Debajo de su opacidad beige había piel oscura, color ébano, que terminaba limpiamente en lo que parecía un corte transversal de escayola de esos que hay en las facultades de medicina. Hueso, venas, carne.
—Esos eran los zapatos que usaba para ir a la iglesia —dijo Deveraux—. Era una buena mujer. Lamento muchísimo que haya sucedido esto.
—Nunca la conocí —dije—. Había salido. Eso fue lo primero que me dijo el chico. Mi madre no está, dijo.
Nos sentamos en un durmiente más o menos cinco metros al norte del pie y esperamos al maquinista. Llegó quince minutos después. No tenía mucho que decirnos. Solo el brillo solitario del foco delantero y el brevísimo resplandor subliminal de un forro blanco dentro de un abrigo negro que se abría. Después todo había terminado.
—El traje que usaba para ir a la iglesia —dijo Deveraux—. Gabardina negra, forro blanco.
Después el maquinista había clavado los frenos, de acuerdo con lo exigido por las políticas ferroviarias, las normas federales y las leyes del estado, que en su opinión era una pérdida de tiempo sin ningún sentido. Tensión en el tren, tensión en las vías, ¿y para qué? Un kilómetro y medio de paseo y al llegar al lugar no había nada. Le había pasado otras veces.
Deveraux y él intercambiaron algunos números, nombres y direcciones de referencia, otra vez de acuerdo con la normativa. Ella le preguntó si estaba bien o necesitaba ayuda, pero él pasó de las preocupaciones y emprendió el regreso hacia el norte, kilómetro y medio, de vuelta a su cabina, sin conmoción, solo cansado por la rutina.
Volvimos a Main Street caminando, pasamos por delante del hotel y seguimos hacia el Departamento del Sheriff. No había nadie de guardia durante la noche, así que Deveraux abrió con llave y encendió la luz. Llamó a Pellegrino y le dijo que se presentara para trabajar horas extra, y llamó al médico y le dijo que debía cumplir con nuevas obligaciones. Ninguno de los dos se alegró, pero los dos respondieron rápido. Llegaron casi a la vez a los pocos minutos de recibir la llamada. Quizás también habían escuchado el tren.
Deveraux los envió a recoger los restos juntos. Nosotros esperamos, sin apenas hablar, y regresaron al cabo de media hora. El médico salió de nuevo hacia su consulta y Deveraux le dijo a Pellegrino que me llevara a Memphis. Mucho más temprano de lo que había planeado, pero no lo habría querido de otra manera.