El asunto

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Sesenta y tres

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SESENTA Y TRES

No volví al hotel. Fui directamente desde el Departamento del Sheriff, sin nada más que algunos billetes en un bolsillo y la Beretta en el otro. No había nada de tráfico. Lo que no me sorprendió. Era muy tarde y estábamos lejos de cualquier sitio. Pellegrino no dijo nada. Estaba mudo por el cansancio, o por el resentimiento, o por alguna otra cosa. Lo único que hizo fue conducir. Siguió por la misma ruta que yo había usado para venir, primero la carretera recta que atravesaba el bosque en dirección este-oeste, luego la carretera secundaria que había recorrido en el viejo Chevy y después la carretera polvorienta de dirección única que había recorrido en el Buick destartalado. Cruzamos la frontera de Tennessee, pasamos por Germantown, donde me había bajado de la pick-up del tipo que iba al almacén de madera, y después atravesamos el adormecido suburbio sudeste y llegamos al centro de Memphis mucho antes del amanecer. Me bajé en la estación de autobús y Pellegrino se fue sin decir ni una sola palabra. Giró en una esquina y escuché cómo el motor de su coche resonaba entre los edificios y después se fue apagando hasta desaparecer.

Haber llegado tan temprano me dio la posibilidad de elegir entre muchos autobuses distintos, pero el primero no salía hasta dentro de una hora. Así que caminé por las calles humildes de los alrededores, en busca de una cafetería abierta las veinticuatro horas. Encontré dos. Fui a donde había comido tres días antes. Era barata, y no me había muerto. Me sirvieron café de una jarra sucia, y huevos con bacon preparados en unas sartenes que no sacaban del fuego desde el gobierno de Nixon. Cincuenta minutos más tarde estaba en la parte de atrás de un autobús, dirigiéndome hacia el noroeste.

 

Miré salir el sol por la ventanilla que estaba a mi derecha, y después me dormí durante las seis horas de viaje restantes. Me bajé donde me había subido tres días antes, en la estación del pueblo cercano a la base en la que estaba destinado. El pueblo no tenía ningún parecido evidente con Carter Crossing, pero sí los mismos elementos. Bares, oficinas de préstamo, talleres, armerías, tiendas de equipos de música usados, todos ellos prósperos gracias al flujo de dólares militares del Tío Sam. Pasé por delante de todos esos locales y me dirigí hacia el campo, haciendo una parada para comer en la cafetería que estaba a un kilómetro del pueblo. Después seguí. Llegué a la base y al cuartel antes de las dos de la tarde, que era mucho más temprano de lo que yo había pensado, lo que me permitió perfeccionar un poco mi plan.

Lo primero que hice fue darme una larga ducha caliente. Con el vapor me subió el aroma de Deveraux. Me sequé y me vestí con el uniforme de gala completo, de pies a cabeza. Después llamé a Stan Lowrey y le pedí que me llevara de nuevo a la estación de autobuses. Imaginé que si me daba prisa podía llegar al D. C. a la hora de cenar, más o menos doce horas antes de lo previsto. Y le dije a Lowrey que no ocultara a dónde me dirigía. Supuse que cuanto más gente lo supiera y cuanto más tiempo estuviera allí, más probabilidades tendría de que algo saliera de su escondite.

 

A las siete de la tarde de un lunes, Washington D. C. estaba empezando a tranquilizarse. Una ciudad al servicio de una empresa, donde la empresa eran los Estados Unidos y donde el trabajo nunca paraba, sino que, después de las cinco de la tarde, se trasladaba a lugares confidenciales y tranquilos. Salones, bares, restaurantes de lujo, salas de estar en casas privadas. Lugares que yo no conocía, aunque sí conocía los barrios en los que probablemente se encontraban. Por lo que me pasé de los hoteles más apartados que normalmente utilizaría un humilde comandante como yo y me dirigí hacia las luces más brillantes, las calles más limpias y los precios más elevados de los que se encuentran al sur de la rotonda Dupont. No tenía ninguna intención de pagar nada de mi bolsillo. Según la leyenda, en la avenida Connecticut había un sitio elegante con un fallo técnico en la oficina interna, por el cual la cuenta de los huéspedes uniformados se le cargaba directamente al Departamento del Ejército. Un acuerdo para una conferencia que nunca había sido cancelado o un viejo amargado a cargo de los libros de contabilidad, nadie lo sabía. Pero cuenta la leyenda que uno podía estar enterrado en el cementerio de Arlington antes de que le cobraran esas facturas.

Caminé hacia allí lentamente, por el medio de todas las aceras por las que pasaba. Estaba atento sin aparentarlo. Usaba los escaparates de las tiendas como espejos y en cada semáforo inspeccionaba inocentemente todo lo que había a mi alrededor. Nadie me prestaba atención. Por momentos me quedaba atrapado entre la gente, pero solo eran personas normales apresuradas por la siguiente cita en sus apretadas agendas. Llegué al hotel sin ningún problema, me registré con mi verdadero nombre y mi verdadero rango, y la leyenda se mantuvo, ya que no me pidieron tarjeta ni fianza. Lo único que tuve que hacer fue firmar un papel, cosa que hice de la manera más clara y legible posible. No tenía ningún sentido proponerme como el cebo de la trampa y después esconder la luz en un almud. Nunca supe con certeza lo que es un almud. Una especie de barril pequeño, supongo. En cuyo caso la luz se apagaría, además, por falta de oxígeno.

Subí en el ascensor hasta mi habitación, colgué la chaqueta de mi uniforme de gala en una percha y llamé a recepción para pedir que me trajeran la cena. Media hora después me estaba comiendo un filete de lomo, que también se cargaría a la cuenta del Pentágono. Otra media hora después dejé la bandeja en el pasillo y salí a dar una vuelta, a tirar la red, a ver si lograba que alguien saliera de las sombras a mi paso. Pero nadie reaccionó y nadie me siguió. Di la vuelta a la rotonda y después recorrí las calles del otro lado, pasando por delante de la embajada de Irak en un extremo y la de Colombia en el otro. Vi hombres y mujeres que asumí que eran agentes federales de distintas clases, y hombres y mujeres sin uniforme pero claramente militares, y hombres y mujeres de uniforme de las cuatro ramas de las fuerzas armadas, y muchos ciudadanos vestidos con trajes elegantes, pero nadie hizo ningún movimiento contra mí. Ninguno mostró el más mínimo interés. Yo era parte del decorado.

Así que volví al hotel, me tumbé en la cama de mi lujosa habitación y esperé a ver qué sucedía al día siguiente, el jueves 11 de marzo de 1997.

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