El asunto

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Sesenta y cuatro

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SESENTA Y CUATRO

Me desperté a las siete y dejé que el Departamento del Ejército me pagara el desayuno que me trajo el servicio de habitaciones. A las ocho ya estaba duchado, vestido y en la calle. Supuse que entonces empezaba la parte seria. Una reunión al mediodía en el Pentágono para alguien destinado en una base tan lejana como la mía hacía probable que me hubiera quedado en la ciudad la noche anterior, y los hoteles de Washington eran fáciles de monitorear. Era ese tipo de ciudad. Y yo no estaba escondiendo mi luz debajo en un pequeño barril. Por lo que algo en mí esperaba que hubiera enemigos en el vestíbulo, o fuera, justo detrás de la puerta. No encontré nada de eso en ninguno de los dos lugares. Era una mañana fresca de primavera, hacía sol, el clima era agradable y todo lo que veía era inocente y benigno.

Aunque en el hotel había publicaciones de todo tipo, fui hasta un kiosco de periódicos para hacerme notar. Compré un Post, y un Times, y aunque hice tiempo y me entretuve con el cambio, que fue lento y despreocupado, no hubo ninguna aproximación ni ningún ataque. Llevé los periódicos a una cafetería y me senté en una mesa fuera, a la vista de todo el mundo.

Nadie me miró.

A las diez ya estaba atiborrado de café y había gastado la tinta de los dos periódicos de gran formato de tanto leerlos, pero ningún transeúnte demostró interés en mí. Empecé a pensar que me había equivocado con la elección del hotel. Un comandante que está de paso suele quedarse en otro tipo de lugar, uno demasiado típico y repetido como para perder el tiempo en investigarlo. Así que empecé a pensar que lo más probable era que mis enemigos se concentrasen en el final de mi recorrido y no en una parada a lo largo del viaje. Cosa que sería más eficiente para ellos. Sabían exactamente hacia dónde me dirigía, y también sabían exactamente cuándo iba a llegar.

Lo que significaba que me estarían esperando dentro o cerca del Pentágono, a las doce del mediodía o un poco antes. En la boca del lobo. Mucho más peligroso. A menos de cinco kilómetros de distancia, pero en un planeta totalmente distinto en términos de cómo se hacían las cosas.

 

La mañana seguía siendo preciosa, así que decidí caminar. Cualquier día podía ser el último de mi vida o de mi libertad, por lo que merecía la pena disfrutar de los pequeños placeres. Fui hacia el sur por la calle 17, pasando por el Edificio de la Oficina Ejecutiva al lado de la Casa Blanca, por el lado del parque de la Elipse, y seguí por la Explanada Nacional. Dejé atrás el monumento a George Washington y me dirigí hacia el de Abraham Lincoln. Di la vuelta por la izquierda del viejo, seguí caminando hasta el puente de Arlington Memorial y empecé a cruzar las aguas del río Potomac. Había mucha gente haciendo el mismo camino en coche. Pero nadie más lo hacía a pie. Los que salían a correr por la mañana ya habían terminado el ejercicio hacía rato, y los que salían a correr por la tarde aún estaban en el trabajo.

Me detuve en la mitad del puente y me apoyé en la barandilla. Un puente es siempre una buena precaución. Si alguien te persigue no tiene dónde esconderse. Tienen que seguir avanzando. Pero no había nadie detrás de mí. Tampoco nadie delante. Esperé cinco minutos, apoyando los codos como un alma contemplativa, pero no se acercó nadie. Así que seguí caminando otros trescientos metros hasta llegar a Virginia. Adelante y derecho frente a mí a lo lejos estaba el Cementerio Nacional de Arlington. La puerta principal. Llegué allí cinco minutos más tarde. Entré en ese mar de piedras blancas. Inmediatamente estuve rodeado de tumbas. Esa es siempre la mejor manera de llegar al Departamento de Defensa. Cruzando el cementerio. Por una cuestión de perspectiva.

Me desvié para visitar la tumba de JFK y la del Soldado Desconocido. Caminé por detrás del Henderson Hall, que era un lugar extremadamente marine, salí por la puerta sur del cementerio y allí estaba: el Pentágono. El edificio de oficinas más grande del mundo. Seiscientos mil metros cuadrados, treinta mil personas, más de veintisiete kilómetros de pasillos, pero solo tres puertas a la calle. Naturalmente yo quería usar la entrada sudeste. Por razones obvias. Así que di la vuelta, manteniéndome siempre alerta, conservando la distancia, hasta que conseguí unirme al delgado flujo de gente que llegaba desde la estación de metro. El flujo de gente se iba haciendo más denso a medida que se acercaba a las puertas. Al final resultó ser una multitud. El tipo de gente adecuada para mis propósitos. Quería que hubiera testigos. Durante los arrestos surgen problemas, a veces de manera accidental, a veces a propósito.

Pero entré sin inconvenientes, aunque sentí cierta incertidumbre en el vestíbulo. Lo que creí que era un equipo de arresto resultó ser una nueva guardia entrando en servicio. Un excedente de efectivos temporal, nada más. Llegué hasta el sector 3C315 sin ningún tipo de interrupción. Tercer piso, anillo C, el más cercano al pasillo radial número tres, sector quince. El despacho de John James Frazer. Intermediación con el Senado. No había nadie con él. Estaba solo. Me dijo que cerrara la puerta. Lo hice. Me dijo que me sentara. Lo hice.

—Entonces, ¿qué es lo que tiene para mí? —dijo.

Yo no dije nada. No tenía nada que decir. No esperaba llegar tan lejos.

—Buenas noticias, espero —continuó.

—No tengo ninguna noticia —dije yo.

—Me dijo que tenía el nombre de la persona. Eso es lo que decía su mensaje.

—No lo tengo.

—¿Y por qué lo dijo? ¿Para qué ha solicitado verme?

Hice una pausa.

—Era un atajo —respondí.

Y ahí se acabó la reunión. No había nada más que decir. Frazer hizo un gran despliegue para parecer tolerante. Y paciente. Me llamó paranoico. Después se rio un poco. De que ni siquiera podía hacer que me arrestaran. Después fingió estar preocupado. Por mi estado de salud, quizás. Y sin duda por mi aspecto. El pelo y los días de barba. Usó esa voz brusca y masculina que usan los tíos para hablar con su sobrinos favoritos.

—Tiene muy mal aspecto —dijo—. Sabe que aquí hay peluquerías, no? Debería ir.

—No puedo —dije—. Tengo el aspecto que debo tener.

—¿Porque va de infiltrado?

—Sí.

—Pero no está realmente infiltrado, ¿no es cierto? He escuchado que la sheriff del pueblo lo descubrió de inmediato.

—Creo que vale la pena mantener la imagen para la población general. Ahora mismo el ejército no está muy bien visto allí.

—De todos modos, pronto será relevado. De hecho, me sorprende que no lo hayan relevado todavía. ¿Cuándo recibió sus últimas órdenes?

—¿Por qué motivo me relevarían?

—Porque parece ser que las cuestiones de Mississippi ya se resolvieron.

—¿Sí?

—Eso creo. Los disparos en el exterior de Kelham fueron un claro caso de exceso de euforia por parte de una fuerza paramilitar no oficial y no autorizada perteneciente a otro estado. Las autoridades de Tennessee se encargarán de eso. No nos podemos interponer. Nuestros poderes son limitados.

—Habían recibido la orden de dirigirse hacia allí.

—No, no lo creo. Esos grupos tienen muchas redes de comunicación clandestina. Creemos que se podrá probar que fue una iniciativa civil.

—No estoy de acuerdo.

—Esto no es una clase de debate. Los hechos son hechos. Este país está plagado de grupos como ese. Deciden sus planes internamente. No hay ninguna duda.

—¿Y las tres mujeres muertas?

—Creo que han identificado al responsable.

—¿Cuándo?

—La noticia se hizo pública hace tres horas, me parece.

—¿Quién es?

—No manejo toda la información.

—¿Es uno de los nuestros?

—No, creo que era alguien del pueblo. De Mississippi.

No dije nada.

Frazer dijo:

—De todos modos, gracias por venir.

No dije nada.

Frazer dijo:

—La reunión ha terminado, comandante.

—No, coronel, no ha terminado —respondí.

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