El asunto
Sesenta y cinco
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SESENTA Y CINCO
El Pentágono se construyó porque se acercaba la Segunda Guerra Mundial, y porque se acercaba la Segunda Guerra Mundial se construyó sin mucho acero. El acero se necesitaba para otras cosas, como siempre ocurre en las guerras. Así es que el gigantesco edificio fue un monumento a la fuerza y a la masa del hormigón. Se necesitó tanta arena para la mezcla que se dragó directamente del río Potomac, cerca de las paredes que se estaban levantando. Cerca de cien millones de toneladas de arena. El resultado fue una solidez extrema. Y silencio.
Al otro lado de la puerta de Frazer había treinta mil personas, pero allí dentro yo no oía a nadie. No oía nada de nada. Solo el silencio siseante típico de un despacho del anillo C.
—Recuerde que está hablando con un oficial de rango superior —dijo Frazer.
—Recuerde que está hablando con un policía militar autorizado para arrestar a cualquier persona, desde un soldado raso recién reclutado hasta un general de cinco estrellas —dije yo.
—¿Qué quiere decir?
—Los Ciudadanos Libres de Tennessee recibieron la orden de ir a Kelham. Eso está claro, creo yo. Y coincido, al llegar allí actuaron con una euforia excesiva. Pero eso es tanto responsabilidad suya como de quien dio la orden. De hecho, tiene más responsabilidad quien dio la orden. La responsabilidad empieza por arriba.
—Nadie ha dado ninguna orden.
—Los enviaron al mismo tiempo que me enviaron a mí. Y a Munro. Todos coincidimos allí. Fue una sola decisión integrada. Porque Reed Riley estaba allí. ¿Quién sabía eso?
—Tal vez fue una decisión local.
—¿Cuál fue su postura personal?
—Puramente pasiva. Y reactiva. Estaba preparado para afrontar las consecuencias, si las hubiera. Nada más.
—¿Está seguro?
—El trabajo de intermediación con el Senado siempre es pasivo. Mi tarea es apagar incendios.
—¿Nunca es proactivo? ¿Su tarea nunca es la de establecer cortafuegos con antelación?
—¿De qué manera podría haber hecho eso yo?
—Podría haber visto venir el peligro. Podría haber trazado un plan. Podría haber decidido defender la cerca de Kelham de ciudadanos cotillas que estuvieran haciendo preguntas incómodas. Pero no le podía pedir a los rangers que lo hicieran ellos mismos. Absolutamente ningún comandante reconocería eso como una orden legal. Por lo que pudo haber hablado con unos cuantos amigos extraoficiales. De Tennessee, digamos, que es el estado en el que usted nació. Donde conoce gente. Eso es posible, ¿no?
—No, eso es ridículo.
—Y después, para integrar toda su aproximación, pudo haber decidido intervenir teléfonos de la Policía Militar, para monitorear lo que pasaba y para enterarse lo antes posible si algo estuviera yendo en la dirección equivocada.
—Eso también es ridículo.
—¿Niega que haya sido así?
—Por supuesto que lo niego.
—Entonces hágame el favor —dije yo—. Hablemos hipotéticamente. Si alguien hiciera esas dos cosas, ¿usted qué pensaría?
—¿Qué dos cosas?
—Llamar a Tennessee e intervenir teléfonos. ¿Qué pensaría?
—Que se violaron las leyes.
—¿Alguien haría una de esas cosas y no la otra? ¿Hablando como militar profesional?
—No se lo podría permitir. No se podría permitir tener a una tropa no autorizada en el terreno sin un modo de saber si podía ser descubierta.
—Estoy de acuerdo —dije—. Por lo que quien haya enviado allí a esos idiotas también intervino los teléfonos, y quien haya intervenido los teléfonos envió a los idiotas. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo? ¿Hipotéticamente?
—Supongo que sí.
—¿Sí o no, coronel?
—Sí.
—¿Cómo de buena es su memoria a corto plazo?
—Es lo suficiente.
—¿Qué fue lo primero que me dijo hoy cuando llegué aquí?
—Le dije que cerrara la puerta.
—No, dijo hola. Después me dijo que cerrara la puerta.
—Y después le dije que se sentase.
—¿Y después?
—No lo recuerdo —dijo.
—Tuvimos una pequeña conversación acerca de todo el movimiento que hay en este edificio al mediodía.
—Sí, me acuerdo.
—Y después me preguntó qué novedades tenía.
—Y usted no tenía ninguna.
—Cosa que le sorprendió. Porque yo había dejado un mensaje en el que le decía que tenía el nombre de la persona.
—Me sorprendió, sí.
—¿El nombre de qué persona?
—No estaba seguro. Podría haber estado relacionada con cualquier cosa.
—En cuyo caso usted habría dicho el nombre de una persona. No el nombre de la persona.
—Tal vez estaba haciéndole el favor de seguirlo en su delirio de que alguien hubiera efectivamente enviado a esos aficionados a Mississippi. Porque parecía ser algo importante para usted.
—Era algo importante para mí. Porque era verdad.
—De acuerdo, respeto sus convicciones. Sugiero que averigüe quién fue.
—Ya he averiguado quién fue.
No respondió.
—Ha cometido un desliz —dije yo.
No contestó.
—Yo no le dejé ningún mensaje —dije—. Yo pedí una reunión con usted. Hablé con su secretaria. Eso fue todo. No di ninguna razón. Solo dije que necesitaba verlo hoy al mediodía. La única vez que mencioné algo acerca del nombre de una persona y de los Ciudadanos Libres de Tennessee fue en una llamada completamente distinta con el general Garber. Que evidentemente usted estaba escuchando.
El silencio siseante en el pequeño despacho pareció cambiar de tono. Se volvió grave y ominoso, como desgarrador.
—Hay cosas que son demasiado grandes para que usted las entienda, hijo mío —dijo Frazer.
—Probablemente —dije—. No tengo demasiado claro qué fue lo que pasó la primera trillonésima de segundo después del Big Bang. No puedo hacer cálculos de física cuántica. Pero me las arreglo con muchas otras cosas. Por ejemplo, entiendo bastante bien la Constitución de los Estados Unidos. ¿Alguna vez ha oído hablar de la Primera Enmienda? Garantiza la libertad de prensa. Lo que significa que cualquier periodista puede acercarse a la cerca que quiera.
—Ese era un periodista de un diario radical de izquierdas de una ciudad universitaria.
—Y yo entiendo que usted es bastante perezoso. Se ha pasado años lamiéndole el culo a Carlton Riley y no quiere empezar desde cero con alguien nuevo. No ahora. Porque para eso tendría que ponerse a hacer su trabajo.
No hubo respuesta.
—El segundo ser humano al que su gente mató era un recluta menor de edad —dije—. Estaba yendo a intentar alistarse en el ejército. Su madre se suicidó esa misma noche. Esas dos cosas las entiendo. Porque vi los restos. Primero de uno, después de la otra.
No hubo respuesta.
—Y entiendo que usted es doblemente arrogante —dije—. Primero pensó que yo no descubriría su gran estrategia, y luego, cuando la descubrí, pensó que podía lidiar conmigo solo. Sin ayuda, sin refuerzos, sin equipos de arresto. Usted y yo, solos, aquí y ahora. Debo preguntarle, ¿cómo de tonto es usted?
—Y yo debo preguntarle, ¿está armado?
—Llevo el uniforme de gala —dije—. Uno no lleva un arma de mano con el uniforme de gala puesto. Lo dice el reglamento.
—Entonces, ¿cómo de tonto es usted?
—No esperaba encontrarme en esta situación. No esperaba llegar tan lejos.
—Escuche mi consejo. Espere lo mejor, prepárese para lo peor.
—¿Tiene algún arma en su escritorio?
—Tengo dos armas en mi escritorio.
—¿Va a dispararme?
—Si tengo que hacerlo, sí.
—Estamos en el Pentágono. Hay treinta mil militares al otro lado de la puerta. Todos entrenados para correr hacia el sonido de un disparo. Espero que tenga una historia preparada.
—Usted me atacó.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque está obsesionado con saber quién disparó a un chico negro feo en el medio de la nada.
—Nunca le he dicho a nadie que era feo. O negro. No por teléfono. Eso se lo deben haber contado sus amigos de Tennessee.
—Sea como sea, está obsesionado. Le dije que se fuera pero me atacó.
Me eché hacia atrás en el respaldo de la silla. Estiré las piernas hacia delante. Solté los brazos. Me puse cómodo y me relajé. Me podría haber quedado dormido. Dije:
—Esta postura no parece muy amenazante, ¿no? Y peso alrededor de ciento quince kilos. Te costaría moverme antes de que llegaran los del 3C314 y los del 3C316. Que tardarían más o menos un segundo y medio. Y después tendría que lidiar con los policías militares. Si matas a uno de los suyos en circunstancias dudosas, lo destrozarán.
—Mis vecinos no oirán. Nadie oirá nada.
—¿Por qué? ¿Tienen silenciadores esas armas?
—No necesito silenciadores. Ni armas.
Entonces hizo algo muy raro. Se levantó y cogió una foto de la pared. Una fotografía blanco y negro. El senador Carlton Riley y él. Estaba firmada. Asumí que por el senador y no por él. Se alejó de la pared y puso la foto sobre el escritorio. Después retrocedió de nuevo y sacó del revoque el clavo con la punta de los dedos.
—¿Es eso lo que va usted a hacer? —dije—. Me va a pinchar con un alfiler hasta matarme.
Dejó el clavo junto a la fotografía.
Abrió un cajón y sacó un martillo.
—Estaba colgando el retrato otra vez cuando usted me atacó —dijo—. Afortunadamente conseguí coger el martillo, que aún estaba a mano.
No dije nada.
—Será muy silencioso —dijo—. Con un buen golpe debería bastar. Luego tendré todo el tiempo del mundo para colocar su cuerpo de la manera que necesite.
—Está loco —dije.
—No, estoy comprometido —dijo—. Con el futuro del ejército.