El asunto
Sesenta y seis
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SESENTA Y SEIS
Los martillos son objetos muy evolucionados. No han cambiado desde hace muchísimos años. ¿Por qué habrían de cambiar? Los clavos no han cambiado. Los clavos han sido siempre iguales. Por lo tanto, las características necesarias de un martillo se resolvieron hace mucho tiempo. Una cabeza de metal muy duro y un mango. Todo lo necesario y nada innecesario. El de Frazer era un martillo de uña, de carpintero, quizás de ochocientos gramos. Grande y feo. Totalmente exagerado para colgar retratos, pero las discordancias entre herramienta y propósito son comunes en el mundo real.
Sin embargo, era un arma decente.
Se acercó a mí agarrando el martillo con la mano derecha como si fuera una cachiporra. Me levanté rápidamente de la silla, tras abandonar cualquier idea de avergonzarlo con una postura post mortem inadecuada. Puro instinto. No me asusto fácilmente, pero los humanos también estamos muy evolucionados. Muchas de las cosas que hacemos se remiten al origen de los tiempos. Se remiten al mismo lugar en el que a mi colega Stan Lowrey le gusta empezar las historias.
El despacho de Frazer era pequeño. El espacio libre era aún más pequeño. Iba a ser como pelear dentro de una cabina telefónica. El resultado dependería de lo inteligente que fuese Frazer. Y yo deduje que debía ser bastante. Había sobrevivido a Vietnam, al Golfo y a muchos años de idioteces del Pentágono. Nada de eso se consigue sin ser inteligente. Supuse que era un siete de diez. Quizás un ocho. No estaba a punto de ganar el Nobel, pero era definitivamente más inteligente que un oso medio.
Lo cual me ayudaba. Pelear contra imbéciles es más difícil. No puedes adivinar qué es lo que van a hacer. Pero la gente inteligente es predecible.
Lanzó un golpe barriendo con el martillo de derecha a izquierda, a la altura de la cintura, con una apertura estándar. Me arqueé hacia atrás y falló. Supuse que a continuación sacudiría el martillo hacia el otro lado, de izquierda a derecha, a la misma altura. Lo hizo, y como yo me arqueé hacia atrás otra vez, falló de nuevo. Un intercambio exploratorio. Como mover peones en un tablero de ajedrez. Frazer respiraba de manera rara. Por ferocidad y no por un problema de garganta. Nada de lo que Santa Audrey se tuviera que preocupar. Era ferocidad y emoción. Tenía alma de guerrero, y lo que más les gusta a los guerreros es la misma lucha. Les fascina. Viven para eso. También sonreía, de manera salvaje, y sus ojos estaban concentrados en la cabeza del martillo y en mi abdomen, un poco más lejos. En el ambiente había un penetrante olor a sudor, algo primitivo, como en la guarida de un roedor nocturno.
Di medio paso hacia delante, y él reaccionó con un movimiento hacia atrás que nos dejó en el medio del espacio, lo cual era importante. Para mí. Él me quería contra la pared, y yo no quería estar allí.
Por lo menos, no todavía.
Dio un tercer golpe con el martillo, barriendo con fuerza para dar la impresión de que iba en serio, cosa que aún no era cierta. No todavía. Podía leer el patrón. Lo llevaba escrito en la mirada. En los ojos. Me arqueé hacia atrás y la cabeza del martillo zumbó a dos centímetros de mi chaqueta. Ochocientos gramos, en un mango largo. El impulso del golpe fallido lo llevó lejos. Sus hombros giraron noventa grados y torció la cintura. Aprovechó la torsión para lanzarse de nuevo hacia mí. Esta vez extendiendo un poco el brazo. Me obligó a retroceder. Terminé cerca de la pared.
Yo le miraba a los ojos.
Todavía no.
Él era un guerrero. Yo no. Yo era un luchador. Su objetivo de vida era lograr una victoria táctica. El mío, mear en la tumba de mi enemigo. No es lo mismo. Para nada. El enfoque es totalmente distinto. Dio un cuarto golpe con el martillo, mismo ángulo, misma altura. Era como un pitcher de bolas rápidas, acostumbrándome a una cosa antes de salir con otra totalmente distinta. Dentro, dentro, dentro, y luego el lanzamiento. Pero Frazer no apuntaba hacia abajo. Buscaba por arriba. Abajo sería mejor, pero no pasaría de un siete sobre diez. Quizás un ocho. Pero no un nueve.
Dio un quinto golpe con el martillo, misma altura, mismo ángulo, con tanta fuerza que las puntas de la garra hicieron un ruido crudo y estremecedor al surcar el aire, que se detuvo por completo cuando el martillo se detuvo también. Dio un sexto golpe, misma altura, mismo ruido, misma extensión. Yo estaba muy cerca de la pared. No podía ir a ningún lado. Después llego el séptimo intento, misma altura, mismo ángulo, mismo ruido.
Después movió los ojos.
Tan solo un poco hacia arriba, y en el octavo golpe apuntó alto, al lado de mi cabeza. A mi sien. Vi un destello de los dos centímetros y medio de la zona de impacto del martillo. Ochocientos gramos. Casi un kilo de peso. Habría dejado un agujero muy nítido en el hueso.
Pero eso no ocurrió, porque mi cabeza no estaba ahí cuando llegó el martillo.
Me agaché de golpe, veinte centímetros, sobre mis rodillas ya preparadas y semiflexionadas, diez centímetros para esquivar el golpe y otros diez como margen de seguridad, oí la ráfaga de aire sobre mi cabeza y sentí cómo, al no impactar, el golpe lo arrastraba en un círculo descontrolado. Yo empecé a erguirme otra vez, y entonces nos encontramos ante una nueva serie de cálculos. Habíamos completado las tres dimensiones. Nos habíamos movido hacia dentro y hacia fuera, hacia atrás y hacia delante, hacia arriba y hacia abajo. Ya estábamos preparados para la cuarta dimensión. El tiempo. Las únicas preguntas que quedaban eran cómo de rápido le podía pegar yo y cómo de rápido estaba girando él.
Y eran preguntas cruciales. Especialmente para él. A medida que me erguía, yo me iba torsionando. Mi codo se movía rápido y con toda seguridad iba a terminar impactando en su cuello. Con una seguridad matemática. ¿Pero en qué parte del cuello? La respuesta: iba a impactar en la parte que estuviera allí cuando el golpe llegara a su destino. Delante, en un lado, detrás, para mí era todo lo mismo. Pero no para él. Para él, unas partes eran peores que otras.
Primero, los ochocientos gramos de herramienta le habían obligado a estirar mucho los brazos, como en el lanzamiento de martillo olímpico, y después le habían tirado del hombro con fuerza, como el chasquido de un látigo, por lo que para entonces él ya estaba en medio de un giro pronunciado y sin control. Y mi codo estaba muy bien encaminado. Era cuestión de memoria muscular. Sucede de manera automática. Si no te lo crees, da un codazo. Quizás se trata de algo de la infancia. Detrás del golpe iba todo mi peso, mi pie estaba afianzado y el codo iba a impactar, e iba a impactar fuerte. De hecho, iba a impactar muy fuerte. Ya estaba cayendo como una guadaña. Y se estaba acelerando. Iba a ser un golpe violento. Iba a ser el tipo de golpe violento al que Frazer podría sobrevivir si lo recibía en un lado del cuello, pero no si lo recibía en la nuca. Un golpe como ese en la nuca sería letal. Sin duda. Por la manera en que las vértebras se articulan con el cráneo.
Así que todo era cuestión de tiempo, velocidad, rotación y órbitas excéntricas. Era imposible de predecir. Demasiadas partes en movimiento. Al principio pensé que iba a recibir la mayor parte del golpe en un lado. En el ángulo, en realidad, pero más probabilidades de sobrevivir que de no hacerlo. Después vi que las probabilidades iban a estar más cerca del cincuenta por ciento, pero de repente los ochocientos gramos lo movieron en una nueva dirección, y a partir de entonces ya no hubo duda de que iba a recibir el golpe en la nuca y solo en la nuca. Sin ninguna duda. Iba a morir.
Cosa que yo no lamenté.
Salvo en sentido práctico.