El asunto
Sesenta y siete
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SESENTA Y SIETE
Frazer cayó al lado de su escritorio, sin golpearlo, con un ruido no más fuerte que el que hace un tipo gordo al sentarse en un sofá. Lo que resultaba bastante seguro. Nadie llama a la policía cuando un tipo gordo se sienta en un sofá. En el suelo había una alfombra de estilo persa que probablemente había dejado un inquilino anterior que había muerto de un paro cardíaco hacía mucho tiempo. Debajo de la alfombra habría algún tipo de revestimiento blando, y debajo de eso el hormigón sólido del Pentágono. Por lo que la transmisión de sonido quedaba estrictamente contenida. Nadie oirá nada, había dicho Frazer. Tienes razón en eso, pensé. Gilipollas.
Saqué la Beretta ilegal del bolsillo de mi uniforme de gala y le apunté durante un rato. Por si acaso. Espera lo mejor, prepárate para lo peor. Pero no se movió. No había manera. Quizás podía mover un poco los párpados. Su cuello se había soltado en la parte superior. No había arrastrado ninguna vértebra. Lo único que unía su cráneo al resto de su cuerpo era la piel.
Lo dejé donde había caído, de momento, y estaba a punto de moverme hacia el centro de la habitación para empezar a investigar algunas cuestiones cuando la puerta se abrió.
Y entró Frances Neagley.
Llevaba el uniforme de camuflaje de combate y guantes de látex. Recorrió la habitación con la mirada una vez, dos veces, y dijo:
—Lo tenemos que acercar a donde estaba la foto.
Me quedé quieto, sin reaccionar.
—Rápido —dijo.
Me puse manos a la obra y lo arrastré hasta donde plausiblemente podría haberse caído mientras estaba colgando la foto. Podría haber perdido el equilibrio hacia atrás y se podría haber golpeado la cabeza contra el borde del escritorio. Las distancias más o menos coincidían.
—¿Pero por qué le podría haber pasado esto?
—Estaba clavando el clavo —dijo Neagley—. Se movió bruscamente cuando vio que el martillo se le venía encima por el rebote del golpe. Una reacción instintiva. Un reflejo. No lo pudo evitar. Se le enredaron los pies en la alfombra y se cayó.
—¿Y dónde está ahora el clavo?
Neagley lo cogió del escritorio y lo tiró cerca de la base de la pared. Tintineó débilmente contra la franja de azulejos que estaba más allá del borde de la alfombra.
—¿Y dónde está el martillo?
—Está lo suficientemente cerca —dijo ella—. Es hora de irnos.
—Tengo que borrar mi reunión con él.
Me enseñó que tenía en el bolsillo las páginas de la agenda.
—Ya está hecho —dijo—. Vamos.
Neagley me llevó dos pisos más abajo por las escaleras y me hizo cruzar algunos pasillos a un ritmo entre moderado y ligero. Usamos la puerta sudeste para salir del edificio y después nos dirigimos directamente al aparcamiento, donde nos detuvimos entre los espacios reservados, y donde Neagley abrió un gran Buick sedán. Era un Park Avenue. Azul oscuro. Muy limpio. Quizás nuevo.
—Sube —dijo Neagley.
Así que me subí a un asiento de cuero beige suave. Neagley dio marcha atrás, giró el volante y se dirigió a la salida, después cruzamos la barrera y al poco tiempo pasamos por distintas rampas de autopistas, cruzamos la última y nos dirigimos hacia el sur por una carretera de seis carriles, solo un coche más en medio de miles de coches.
—En la mesa de recepción hay un registro de mi entrada —dije.
—Mal conjugado —dijo Neagley—. Había un registro. Ya no.
—¿Cuándo has hecho todo eso?
—Supuse que estabas bien en cuanto estuviste a solas con Frazer. Aunque me habría gustado que no hubieses hablado tanto. Deberías haber pasado a la parte física mucho antes. Tienes muchos talentos, cariño, pero hablar no está entre los primeros de la lista.
—¿Y por qué estás aquí?
—Me avisaron.
—¿De qué te avisaron?
—De toda la historia de esta trampa. De que ibas a entrar así en el Pentágono.
—¿Desde dónde te avisaron?
—Directamente desde Mississippi. La sheriff Deveraux. Me pidió ayuda.
—¿Te llamó?
—No, tuvimos una sesión espiritista.
—¿Por qué razón te iba a llamar?
—Porque estaba preocupada, idiota. Y yo también, en cuanto me enteré.
—No había nada de qué preocuparse.
—Podría haberlo habido.
—¿Qué quería ella que hicieras? —pregunté.
—Quería que te cubriera. Que me asegurara de que estuvieras bien.
—No creo haberle dicho a qué hora tenía la reunión.
—Sabía a qué autobús te habías subido. Su ayudante le dijo a qué hora te dejó en Memphis, así que fue fácil deducir el horario en que viajarías.
—¿De qué manera te ha ayudado esa información esta mañana?
—Eso no me ha ayudado esta mañana. Me ayudó ayer por la tarde. Te he estado siguiendo desde que saliste de la estación de autobús. Todo el tiempo. Bonito hotel, por cierto. Si en algún momento deciden cobrarme a mí el servicio de habitación vas a deberme mucho dinero.
—¿De quién es este coche? —dije.
—Pertenece a la flota automovilística. Como parte del procedimiento.
—¿Qué procedimiento?
—Cuando un oficial de carrera de alto rango muere, su coche, propiedad del Departamento, regresa a la flota. Donde se pasa a probarlo inmediatamente en la carretera para determinar qué cosas hay que arreglar antes de reasignarlo. Esta es la prueba de carretera.
—¿Cuánto tiempo durará?
—Más o menos dos años, probablemente.
—¿Quién era el oficial?
—Es un coche bastante nuevo, ¿no? Debe haber sido un muerto bastante reciente.
—¿Frazer?
—Para la flota automovilística es más sencillo hacer el papeleo a primera hora de la mañana. Todos confiábamos en ti. Si algo hubiese salido mal nos habríamos quedado muy avergonzados.
—En vez de matarlo podría haberlo arrestado.
—Es lo mismo. Muerto o preso, para la flota automovilística no hay ninguna diferencia.
—¿A dónde estamos yendo?
—Te esperan en la base. Garber quiere verte.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Eso es a tres horas de viaje.
—Pues ponte cómodo en el asiento y relájate. Puede ser la última vez que descanses durante un tiempo.
—Pensé que no te gustaba Deveraux.
—Eso no quiere decir que no la vaya a ayudar si está preocupada. Creo que tiene algo raro, eso es todo. ¿Hace cuánto que la conoces?
—Cuatro días —dije.
—Y estoy segura de que ya me podrías contar cuatro cosas raras sobre ella.
—Debería intentar llamarla —dije—, si está preocupada.
—Ya lo he intentado yo —dijo Neagley—. Desde el teléfono de la secretaria. Mientras le dabas a Frazer toda esa charla teórica. Le iba a decir que ya casi estabas a salvo. Pero no contestó. Nadie cogió el teléfono en todo el Departamento del Sheriff.
—Tal vez están ocupados.
—Tal vez. Porque tienes que saber otra cosa. He contrastado un rumor con la red de suboficiales. La dotación que está destinada en Benning dice que el Blackhawk que salió de Kelham el domingo estaba vacío. Más allá de los pilotos, por supuesto. Lo que querían decir es que no llevaba pasajeros. Reed Riley no fue a ninguna parte. Sigue estando en la base.