El asunto
Sesenta y ocho
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SESENTA Y OCHO
Seguí el consejo que me había dado Neagley y me relajé el resto del camino. Tardamos mucho menos de tres horas. El Buick era mucho más rápido que un autobús. Y Neagley aceleraba más de lo que aceleraría un conductor de autobús. A las tres y media estaba de nuevo en la base. Había estado fuera exactamente veinticuatro horas.
Fui directo a mi cuartel, me quité el uniforme de gala, me lavé los dientes y me di una ducha. Después me puse el uniforme de combate con una camiseta y fui a ver qué quería Garber.
Garber quería enseñarme un expediente confidencial del Cuerpo de Marines. Para eso me había citado. Pero antes hubo una breve sesión de preguntas y respuestas. No salió bien. Fue muy insatisfactoria. Yo hice las preguntas y él se negó a responderlas.
Y se negó a mirarme a los ojos.
—¿A quién han arrestado en Mississippi? —pregunté.
—Lea el expediente —respondió.
—Me gustaría saberlo.
—Primero lea el expediente.
—¿Tienen pruebas o es todo mentira?
—Lea el expediente.
—¿Ha sido la misma persona con las tres mujeres?
—Primero lea el expediente.
—Un civil, ¿verdad?
—Lea el maldito expediente, Reacher.
No me dejó llevarme el expediente. Tenía que permanecer bajo su control personal en todo momento. Lo tenía que tener a la vista de principio a fin, técnicamente, pero a ese respecto no siguió las reglas. Salió del despacho, cerró despacio la puerta y dejó que lo mirara solo.
El expediente tenía poco más de medio centímetro de alto y estaba guardado en una carpeta de cartulina de un color caqui distinto al que usa el Ejército. Era también de mejor calidad. Lisa y tersa, solo estaba un poco raspada y rayada por el paso del tiempo. Tenía bandas rojas en las cuatro puntas, lo que seguramente indicaba un alto nivel de confidencialidad. Tenía una pegatina blanca con un número de expediente del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos impreso, y una fecha de hacía cinco años.
Tenía una segunda pegatina con un nombre impreso.
DEVERAUX, E.
Su nombre iba seguido de su rango, que era oficial técnico jefe de grado 5, su número de servicio y su fecha de nacimiento, que era bastante cercana a la mía. En el borde inferior de la carpeta había una tercera pegatina, un poco torcida, cogida de un rollo largo de cinta preimpresa. Imaginé que debía poner No Abrir Sin Autorización pero la habían cortado sin prestar atención y habían dejado el No afuera, y ahora ponía Abrir Sin Autorización. La burocracia puede estar llena de humor accidental.
Pero lo que contenía el expediente no era gracioso.
Empezaba con su foto. Era a color, y quizás la habían sacado hacía poco más de cinco años. Tenía el pelo rapado, tal como me había dicho. Probablemente al dos, cortado una semana antes, como un halo oscuro suave. Como musgo. Estaba muy guapa. Pequeña y delicada. El pelo corto le hacía los ojos enormes. Parecía llena de vida, llena de fuerza, preparada, a cargo. Una especie de meseta física y mental. Finales de los veinte, principios de los treinta. Me acordaba muy bien de ese momento.
Apoyé la foto boca abajo a mi izquierda y miré la primera hoja con letra impresa. Estaba escrita a máquina. Una IBM, supuse, con la pelota de golf. Típica en 1992. Y todavía muy usada en 1997. El procesamiento de textos por ordenador ya se había introducido, pero como casi todo en las fuerzas armadas se introducía despacio y cautelosamente, con una gran cuota de duda y desconfianza.
Empecé a leer. Quedaba inmediatamente claro que el expediente era el resumen de una investigación llevada a cabo por un brigadier general del Cuerpo de Marines perteneciente a la oficina de su capitán preboste, que supervisaba los asuntos de la policía militar. El oficial de una estrella se llamaba James Dyer. Un hombre de rango muy alto para lo que parecía reducirse a un problema personal. Una disputa personal, de hecho, entre dos policías militares marines con el mismo rango. O, técnicamente, una disputa entre un policía militar marine y otros dos, así que en total eran tres. A un lado del problema estaban una mujer llamada Alice Bouton y un hombre llamado Paul Evers, y al otro lado estaba Elizabeth Deveraux.
Como todos los sumarios que había leído en mi vida este comenzaba con una escueta narración de los hechos, escrita de manera neutral y paciente, sin implicaciones o interpretaciones, en un lenguaje con toda la intención de ser claro. La historia era bastante simple. Como una subtrama de una serie mala. Elizabeth Deveraux y Paul Evers salían juntos y luego ya no, después Paul Evers y Alice Bouton salieron juntos, después el coche de Paul apareció destrozado y después dieron de baja a Alice de manera deshonrosa tras una irregularidad económica que salió a la luz.
Esa era la narración de los hechos.
A ese relato le seguía una digresión acerca de la situación de Alice. Un apartado. Alice era indiscutiblemente culpable, según la opinión del general Dyer. Los hechos estaban claros. La prueba estaba allí. El caso era consistente. La fiscalía había sido justa. La defensa había sido meticulosa. El veredicto había sido unánime. La cantidad en cuestión no llegaba a cuatrocientos dólares. En efectivo, tomados de una taquilla en la que se guardaban las pruebas de los delitos. Dinero de una venta ilegal de armas, confiscado, guardado, asentado y a la espera de ser presentado en una corte marcial. Alice Bouton lo había cogido y se lo había gastado en un vestido, un bolso y unos zapatos, en una tienda cercana a donde estaba destinada. En la tienda la recordaban. En 1992, que un infante de marina se gastara cuatrocientos dólares en un conjunto de ropa era un despropósito. Algunos de los billetes de más valor aún estaban en la caja registradora de la tienda cuando se presentó la policía militar, y los números de serie coincidían con los que tenían anotados en el registro de las pruebas del juicio.
Caso cerrado.
Fin del apartado informativo.
Lo siguiente era la interpretación del general Dyer acerca del conflicto a tres bandas. Muy minuciosa. Le antecedía una garantía incuestionable de que todas las conclusiones estaban ampliamente respaldadas por datos. Se habían mantenido conversaciones, se habían realizado entrevistas, se había recabado información, se habían consultado testigos y después se había cruzado y corroborado todo ese material, y todo lo que estuviera respaldado por menos de dos fuentes independientes había sido omitido. Presión en toda la cancha, en otras palabras. Una garantía digna de ser presentada en un banco. Y terminaba con un párrafo largo y subrayado. Me podía imaginar la máquina IBM sacudiéndose y moviéndose en el escritorio mientras la pelota de golf se movía hacia adelante y hacia atrás, aportando el subrayado furioso. El párrafo confirmaba el convencimiento de Dyer de que todo lo que estaba a punto de describirse estaba listo para ser presentado en un juzgado, en caso de que se considerara necesario o deseable tomar medidas adicionales.
Le di la vuelta a la página y empecé a leer el análisis. Dyer escribía con un estilo llano y no se inmiscuía en la narración. Dada la página precedente, cualquier lector comprendería que los contenidos podían no ser hechos científicamente probados al cien por cien, pero que estaban muy lejos de ser rumores o habladurías. Era información consistente. Se sabía todo lo que se podía saber. De ahí que Dyer en ningún momento escribiera creo o pienso o es probable. Sencillamente contaba la historia.
Que era la siguiente: Elizabeth Deveraux se había enfadado mucho cuando Paul Evers la dejó por Alice Bouton. Se había sentido despreciada, rechazada, ofendida e insultada. Era una mujer despechada, y su comportamiento posterior parecía haberse dirigido a demostrar todos y cada uno de los aspectos de ese estereotipo. Victimizó a la nueva pareja hablando mal de ellos en cada lugar que podía, e interviniendo sobre el trabajo cada vez que podía, para que pasaran menos tiempo juntos.
Después tiró el coche de Paul Evers por un puente.
El coche de Evers no era nada especial, pero representaba para él una inversión importante, y era imprescindible para su vida social, dado que nadie se quiere quedar todo el tiempo en la base. Deveraux había conservado una llave, y una noche a última hora se lo llevó, lo puso con cuidado en el contrafuerte de un puente y lo dejó caer diez metros contra una esclusa de hormigón. El impacto le había ocasionado al coche una destrucción casi total, y las fuertes lluvias que cayeron más tarde esa misma noche se habían encargado de terminar el trabajo.
Después Deveraux se había centrado en Alice Bouton.
Lo primero que hizo fue romperle el brazo.
Debido a la regla de las dos fuentes independientes del general de Dyer, las circunstancias no estaban descritas con tanta precisión, porque la agresión no había tenido testigos, pero Bouton aseguraba que la atacante había sido Deveraux, y Deveraux nunca lo había negado. Las lesiones eran indiscutibles. El codo izquierdo de Bouton se había dislocado y se le habían roto los dos huesos del antebrazo. Había estado escayolada seis largas semanas.
Y Deveraux había pasado esas seis largas semanas indagando en la acusación de robo con una intensidad demoníaca. Aunque inicialmente indagando no era la palabra adecuada, porque al principio no había nada que indagar. Nadie sabía que hubieran robado algo. Deveraux había inventariado las taquillas en las que se guardaban las pruebas y había examinado los papeles. Solo entonces había descubierto la discrepancia. Y después había hecho la acusación. Y después había indagado en esa acusación, obsesivamente, con el resultado final que se describía en la introducción del general Dyer. La corte marcial y el veredicto de culpable.
En la comunidad marine de la Policía Militar hubo un revuelo enorme, por supuesto, pero el veredicto de culpable que había recibido Bouton había dejado a Deveraux protegida ante cualquier crítica formal. Algo que habría parecido una venganza si el veredicto hubiera sido otro, quedó como un buen trabajo policial, totalmente acorde con el sentido de la ética y del honor del Cuerpo de Marines. Pero la línea era muy fina. El general Dyer no había tenido ninguna duda de que el caso implicaba importantes elementos de represalia personal.
Y, algo inusual en esa clase de informes, había intentado explicar por qué.
Una vez más, confirmaba que se habían mantenido conversaciones, que se habían realizado entrevistas, que se había recabado información y que se habían consultado testigos. Los participantes en estas nuevas discusiones habían sido tanto amigos como enemigos, conocidos y compañeros, doctores y psiquiatras.
Todos sostenían que el elemento más destacado era la inusual belleza de Alice Bouton.
Todos coincidían en que Bouton era una mujer excepcionalmente hermosa. Algunas de las palabras que se citaban eran magnífica, impresionante, espectacular, arrebatadora, fuera de serie e increíble.
Las mismas palabras también servían para Deveraux, por supuesto. Todos coincidían en ese punto. Sin duda. Los psiquiatras habían llegado a la conclusión de que la explicación radicaba en eso. El general Dyer había traducido su lenguaje clínico para el lector ocasional. Decía que Deveraux no podía soportar la competencia. No podía soportar no ser clara y definitivamente la mujer más guapa del lugar en el que estuviese destinada. Así que había tomado las medidas necesarias para ello.
Lo leí todo una vez más, de principio a fin, y después golpeé las hojas contra el escritorio para colocarlas bien, las guardé y cerré la carpeta, y Garber entró otra vez en el despacho.