El asunto
Sesenta y nueve
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SESENTA Y NUEVE
Lo primero que dijo Garber fue:
—Acabamos de recibir una noticia del Pentágono. Han hallado muerto a John James Frazer en su despacho.
—¿Cómo ha muerto? —dije yo.
—Parece que ha sido un extraño accidente. Al parecer se cayó y se golpeó la cabeza contra el escritorio. Las personas que trabajan con él volvieron de comer y lo encontraron en el suelo. Estaba haciendo algo con una foto de Carlton Riley.
—Esto no está bien.
—¿Por qué?
—No es el mejor momento para perder a nuestro intermediario con el Senado.
—¿Ha leído el expediente?
—Sí, lo he leído —dije.
—Entonces sabe que ya no necesitamos preocuparnos por el Senado. Quien reemplace a Frazer tendrá mucho tiempo para aprender el trabajo antes de que surja el próximo problema.
—¿Esa va a ser la versión oficial?
—Es la verdad. Deveraux fue marine, Reacher. Durante dieciséis años. Sabía cómo degollar a alguien. Sabía hacerlo y sabía fingir que no. Y lo del coche basta para demostrarlo. ¿Qué más se puede añadir? Destruye el coche de Paul Evers y destruye el coche de Reed Riley. El mismo modus operandi. Exactamente el mismo motivo. Solo que esta vez ella es solo una de cuatro mujeres guapas. Y Munro dice que Riley ha salido con ella y que la ha dejado por las otras tres, una tras otra. Así que esta vez está tres veces más enfadada. Esta vez va más allá de romper unos brazos. Esta vez tiene su propio caballete para degollar ciervos al fondo de una casa vacía.
—¿Esa va a ser la versión oficial?
—Es lo que ha pasado.
—¿Entonces cómo sigue?
—Ahora el problema es de Mississippi. Nosotros no participamos, y no tenemos manera de saber qué va a suceder. Lo más probable es que no suceda nada. Mi conjetura es que no se va a arrestar a sí misma, y que tampoco va a darle a la Policía Estatal ninguna razón para que lo haga.
—¿Entonces nos vamos a retirar?
—Las tres eran civiles. No tienen nada que ver con nosotros.
—¿Entonces la misión ha terminado?
—Hoy por la mañana.
—¿Kelham ha abierto sus puertas de nuevo?
—Hoy por la mañana.
—Ella niega haber tenido una relación con Riley.
—Como es de esperar, ¿no es así?
—¿Sabemos algo del general Dyer?
—Murió hace dos años, tras una carrera larga y ejemplar. Nunca hizo nada que estuviera mal. Era intachable.
—De acuerdo —dije—. Yo voy a hacer algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Iré a cerrar mi implicación en el asunto.
—Su implicación ya se ha cerrado. Hoy por la mañana.
—Tengo que recuperar efectos personales.
—¿Se ha dejado algo allí?
—Pensé que iba a volver de inmediato.
—¿Qué se ha dejado?
—Mi cepillo de dientes.
—No es importante.
—¿El Departamento de Defensa me lo rembolsará?
—¿Un cepillo de dientes? Por supuesto que no.
—Entonces tengo derecho a recuperarlo. No pueden tenerlo todo.
—Reacher, si hace que este asunto reciba más atención, aunque sea la más mínima, no habrá nada que yo pueda hacer para ayudarlo —dijo Garber—. Ahora mismo hay gente de muy alto rango que está conteniendo la respiración. Estamos a un palmo de que los medios de comunicación empiecen a difundir que el hijo de un senador ha salido con una mujer que asesinó a tres personas. Nos salva que ninguno de los dos se puede permitir decir nada al respecto. Él por un motivo y ella por otro. Así que probablemente saldremos ilesos. Pero aún no lo sabemos. No con certeza. Ahora mismo pende de un hilo.
No dije nada.
Él continuó:
—Usted sabe que ella reúne todas las características, Reacher. ¿Un hombre con su instinto? Deveraux solo fingía que investigaba. Es decir, ¿ha llegado a algún sitio con su investigación? Y a usted lo estaba manipulando como a un títere. Primero intentó quitárselo de encima, y cuando vio que no se iba, pasó a quererlo muy cerca. Para poder controlar los avances que hacía. O los que no hacía. ¿Por qué si no iba a hablar con usted?
No dije nada.
Él continuó:
—De todas formas, el autobús que va a Memphis ha salido hace muchas horas. Tendrá que esperar hasta mañana. Y mañana verá las cosas de otra manera.
—¿Neagley sigue en la base? —pregunté.
—Sí, sigue aquí —respondió él—. Acabo de quedar para tomar un trago con ella.
—Dígale que va a volver en autobús. Dígale que yo me llevo el coche.
—¿Tiene cuenta bancaria? —me preguntó él.
—¿De qué otra manera podría recibir mi sueldo? —respondí.
—¿Dónde está la cuenta?
—En Nueva York. De cuando estaba en West Point.
—Trasládela a un lugar más cercano al Pentágono.
—¿Por qué?
—El dinero que se recibe por separación involuntaria llega más rápido si uno tiene la cuenta en Virginia.
—¿Cree que llegaremos a eso?
—Para el Estado Mayor la guerra ha terminado. Están cantando a coro con Yoko Ono. Se avecinan grandes recortes. La mayor parte recaerá en el ejército. Porque los marines tienen mejores relaciones públicas, y porque la Marina y la Fuerza Aérea son algo totalmente distinto. Así que los que están por encima de nosotros están haciendo listas, y las están haciendo ahora mismo.
—¿Yo estoy en esas listas?
—Lo estará. Y no habrá nada que yo pueda hacer para evitarlo.
—Podría ordenarme que no vuelva a Mississippi.
—Podría, pero no lo haré. No con usted. Confío en que hará lo que corresponde.