El asunto
Setenta
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SETENTA
Me encontré con Stan Lowrey cuando me estaba yendo de la base. Mi viejo amigo. Él cerraba su coche justo cuando yo abría el mío.
—Adiós, querido colega —dije.
—Eso suena definitivo —dijo él.
—Puede ser que no me vuelvas a ver.
—¿Por qué? ¿Estás en problemas?
—¿Yo? —dije—. No, yo estoy bien. Pero he oído decir que tu puesto de trabajo es vulnerable. A lo mejor cuando yo vuelva tú ya no estás.
Negó con la cabeza, sonrió y siguió caminando.
El Buick era un viejo coche de señora. Si mi abuelo hubiese tenido una hermana, ella, mi tía abuela, habría tenido un Buick Park Avenue. Pero lo habría conducido más despacio que yo. Era un cacharro blando como una gominola de nube y dos veces más mantecoso por dentro, pero tenía un gran motor. Y matrículas del gobierno. Así que era bueno en autopista. Y me metí en la autopista lo antes que pude. En la I-65, para ser exacto. En dirección sur, bajando por el borde este de un pasillo imaginario y no por el borde oeste, que pasa por Memphis. Iba a acercarme desde un ángulo que nunca había visto, pero era un viaje más directo. Y por lo tanto más rápido. Cinco horas, calculé. Quizás cinco horas y media. Llegaría a Carter Crossing a las diez y media como muy tarde.
Continué hacia el sur a través de Kentucky con la última luz del día, y anocheció bastante rápido mientras atravesaba Tennessee. Tanteé durante un kilómetro y medio hasta que encontré el botón para encender los faros delanteros. La ancha carretera me condujo a través del neón brillante de Nashville, rápido y por encima del mundanal ruido, y luego por el medio del campo, donde todo se volvió oscuro y solitario otra vez. Conduje como hipnotizado, de manera automática, sin pensar en nada, sin sentir nada, sorprendido cada vez que me daba cuenta de que faltaban ciento cincuenta kilómetros menos.
Llegué al estado de Alabama y me detuve en el segundo lugar que vi para echar gasolina y comprar un mapa. Sabía que iba a tener que dirigirme hacia el oeste en una de las primeras salidas y necesitaba un mapa con información específica del lugar para saber dónde debía hacerlo. No me servía un mapa a gran escala de los que se puede comprar con anticipación. El que compré se desplegaba cuidadosamente y mostraba todas las carreteras internas del estado. Pero eso era lo único que mostraba. Mississippi no era más que un espacio blanco en las partes externas de la hoja. Restringí el área hacia la que me dirigía y encontré cuatro carreteras posibles que iban de este a oeste. Cualquiera podía ser la que pasaba por la entrada de Kelham y que después llegaba hasta Carter Crossing. O podía no ser ninguna de esas. Toda clase de desvíos podían estar esperándome al otro lado de la frontera estatal. Un laberinto. No había forma de saberlo.
No, salvo por el hecho de que Kelham había sido construida en los años cincuenta, que todavía era una época de grandes guerras y movilizaciones masivas. Y los planificadores del Departamento de Defensa siempre han sido muy precavidos. No querían que un convoy de reservistas proveniente de Nueva Jersey o Nebraska se perdiera en zonas desconocidas. Por lo que colocaban carteles discretos y con códigos aquí y allá, que indicaban el camino hacia y desde cada establecimiento importante de la nación. Sus esfuerzos se intensificaron cuando comenzó el Sistema Interestatal de Autopistas. El sistema interestatal recibió formalmente su nombre del presidente Eisenhower por un muy buen motivo. Eisenhower había sido el comandante supremo de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, y su mayor problema no habían sido precisamente los alemanes. Su mayor problema había sido transportar hombres y equipamientos de un punto A a un punto B a través de carreteras pésimas y sin señalizar. Estaba decidido a que sus sucesores no tuviesen que enfrentarse con problemas similares si la guerra terrestre llegara en algún momento a Estados Unidos. De ahí el sistema interestatal. No para las vacaciones. No para el comercio. Para la guerra. Y de ahí los carteles. Y si esos carteles no habían sido agujereados a tiros, estropeados o robados por la población local, yo podía usarlos como faros.
Encontré el primer cartel en la siguiente salida. Cogí esa rampa y seguí hacia el oeste por una cinta de hormigón bordeada por centros comerciales baratos y concesionarios. Pasado un rato los locales comerciales terminaban y la carretera se convertía de nuevo en lo que probablemente había sido antes: una serpenteante ruta rural que atravesaba lo que parecía una bonita campiña. Había árboles, campos y de vez en cuando un lago. Había campamentos de verano, pueblos de vacaciones y de vez en cuando una posada. En el cielo había una luna brillante, y todo era muy pintoresco.
Seguí conduciendo pero no vi más carteles del Departamento de Defensa hasta llegar a Mississippi, y después vi solamente uno. Pero era una flecha muy destacada e inequívoca que apuntaba hacia delante, con el número 27 abajo, que indicaba que solo faltaban veintisiete kilómetros. Mi reloj mental marcaba las diez y cinco. Si me daba prisa, llegaría antes de lo planeado.