El asunto
Setenta y uno
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SETENTA Y UNO
Evidentemente a los ingenieros del Departamento de Defensa les había preocupado tanto la llegada a Kelham desde el oeste como la llegada desde el este. La carretera era igual en ambas direcciones. Misma anchura, mismo material, misma combadura, misma construcción. La reconocí a quince kilómetros de distancia. Después presentí los árboles y la cerca de mi derecha, en medio de la oscuridad. En el ángulo sudeste de Kelham. En la esquina inferior derecha de un mapa.
El perímetro sur desfilaba por mi ventanilla y yo esperaba que llegara la entrada. No veía ningún motivo por el cual no fuera a estar justo en el medio de la cerca. Al Departamento de Defensa le gusta el orden. Si hubiese habido una colina en el camino, los ingenieros del ejército la hubieran sacado. Si hubiese habido un pantano, lo hubieran vaciado.
Al final supuse que en realidad había habido un pequeño valle en el camino, porque pasados un par de kilómetros la carretera se mantenía nivelada solo mediante una calzada de dos metros de altura. Todo alrededor el terreno era bajo. Después la calzada se ensanchó dramáticamente a mi derecha y se convirtió en una elevación de hormigón con forma de abanico que flotaba por encima de la pendiente. Como una curva gigantesca, como la entrada a una carretera nueva y ancha. Empezaba aproximadamente con el tamaño de un campo de fútbol visto de frente. Quizás un poco más, pero luego se estrechaba. Se unía en ángulo recto con la carretera vieja, pero no había bordes bruscos. Ni giros bruscos. Los giros eran poco pronunciados y se iban desplegando gradualmente en curvas amplias y abiertas. Para permitir la entrada de vehículos orugas, no de Buicks, por más pesados que fueran.
Pero si la superficie en forma de abanico era la entrada a la carretera nueva, entonces esa carretera terminaba cincuenta metros después, en la puerta de Fort Kelham. Y la puerta de Fort Kelham era un asunto serio. Eso seguro. Era estructuralmente más fuerte que cualquier cosa que yo hubiera visto fuera de una zona de combate. Estaba flanqueada por fortificaciones y por el puesto de guardia, que también era un asunto serio. Dentro había nueve personas. Los intereses del condado estaban representados por la figura solitaria de Geezer Butler. Él estaba sentado en su coche, aparcado a cuarenta y cinco grados en el extremo de la curva más alejada, en una especie de tierra de nadie, donde la carretera del condado se convertía en la del ejército.
Pero las pesadas barreras de acero del ejército estaban abiertas, y la carretera del ejército estaba en uso. La base tenía todas las luces encendidas y estaba animada, y la escena parecía totalmente normal. La gente entraba y salía, no eran una multitud, pero nadie estaba solo. La mayoría iba en coche, pero algunos iban en moto. Entraban más de los que salían, porque eran cerca de las diez y media y al día siguiente tenían que levantarse temprano. Pero algunas almas enérgicas todavía se aventuraban hacia fuera. Instructores, probablemente. Y oficiales. Los que lo tenían fácil. Frené detrás de dos coches que iban más despacio, alguien salió por la puerta, se puso detrás de mí y me encontré en medio de un pequeño convoy de cuatro coches. Nadábamos contra corriente, yendo hacia el oeste, hacia el otro lado de las vías. Posiblemente el último de muchos convoyes así esa noche.
Presentí que se acercaba la esquina inferior izquierda, el límite sudoeste de Kelham, y traté de identificar el punto ciego en el que había estado dos días antes, pero estaba demasiado oscuro para ver nada. Después atravesamos la zona de arbustos. Vi a Pellegrino en su coche patrulla, acercándose en dirección contraria, conduciendo despacio, intentando tranquilizar con su presencia el tráfico que regresaba. Después avanzamos por la mitad negra del pueblo, rebotamos sobre las vías del tren, tomamos una curva cerrada a la izquierda detrás de Main Street y aparcamos en la zona de tierra delante de los bares, los talleres, las oficinas de préstamo, las armerías y las tiendas de equipos de música de segunda mano.
Bajé del Buick y me quedé de pie en el descampado entre el Brannan’s y los coches aparcados. El descampado se estaba usando como una especie de vía pública. Había personas yendo de un bar al otro y personas allí de pie, hablando y riendo, y ambos grupos se mezclaban y se separaban en una compleja dinámica. Nadie caminaba directamente de un lugar a otro. Todos iban hacia donde estaban los coches, hacían una pausa, charlaban un rato, daban una palmadita en la espalda, intercambiaban opiniones, dejaban a un compañero y se iban con otro.
Y también estaba lleno de mujeres. Más de las que hubiera imaginado. No tenía idea de dónde habían salido. De varios kilómetros a la redonda, probablemente. Algunas estaban solas con militares, otras estaban en grupos mixtos más grandes y otras estaban en grupos propios. Llegué a ver unos cien hombres y ochenta mujeres, y supuse que dentro habría cantidades similares. Supuse que los hombres eran de la Compañía Bravo, todavía de permiso y con muchas ganas de recuperar el tiempo perdido. Eran exactamente lo que yo habría esperado ver. Buenos tíos, bien entrenados, de día al cien por cien de sus capacidades, de noche llenos de energía, buena predisposición y de muy buen humor. Todos estaban vestidos con su uniforme no oficial de permiso, que consistía en vaqueros, cazadora y camiseta. De vez en cuando alguno parecía un poco más receloso que los demás, lo que probablemente significaba que estaba en el carril de ascenso, y claramente algunos necesitaban hacerse notar más que otros, pero en conjunto eran el ejemplo exacto de lo que es una buena unidad de infantería cuando sale a pasarlo bien. Había mucho movimiento y mucho ruido, pero no sentí frustración ni hostilidad. No había nada negativo en el ambiente. No responsabilizaban al pueblo por el encierro que habían sufrido. Sencillamente estaban contentos de estar otra vez allí.
Pero aun así yo estaba seguro de que la fuerza de seguridad local estaba conteniendo la respiración. Estaba seguro de que Elizabeth Deveraux seguiría de servicio. Y estaba seguro del lugar en el que la iba a encontrar. Necesitaba una buena ubicación, una silla, una mesa y una ventana, y algo que hacer mientras pasaban las horas. ¿Dónde más podría estar?
Avancé entre la escasa multitud, a la izquierda del Brannan’s, y seguí por el callejón. Rodeé el montón de arena de Janice Chapman, pasé por el zigzag y salí a Main Street entre la ferretería y la farmacia. Después giré a la derecha y fui hasta la cafetería.
Esa noche estaba casi llena. Estaba prácticamente abarrotada, comparada con cómo la había visto antes. Parecía Times Square. Había veintiséis clientes. Diecinueve eran rangers, dieciséis de ellos estaban en cuatro grupos de cuatro en mesas separadas: eran hombres grandes, sentados muy juntos y apretados, hombro con hombro. Hablaban fuerte y se respondían unos a otros. Mantenían a la camarera ocupada. Ella entraba y salía de la cocina a toda prisa, y parecía que así había pasado todo el día, lidiando con el deseo acumulado de algo que no fuera comida del ejército. Pero parecía contenta. Por fin habían abierto las puertas otra vez. El río de dólares volvía a fluir. Habían vuelto las propinas.
Los otros tres rangers estaban cenando con sus novias, uno frente a otra en mesas para dos, inclinados hacia delante, con las cabezas juntas. Los tres parecían contentos, y las tres mujeres también. ¿Cómo no? ¿Qué podía ser mejor que una cena romántica en el mejor restaurante del pueblo?
Los dueños del hotel también estaban allí, en su habitual mesa para cuatro, casi escondidos por los grupos de rangers que tenían alrededor. La señora tenía su libro, el señor su periódico. Se estaban quedando hasta más tarde de lo normal, y me imaginé que eran los únicos trabajadores del área de servicios del pueblo que no estaban en ese mismo momento apostados detrás de sus cajas registradoras. Pero ninguno de los hombres de Kelham necesitaba una cama para pasar la noche, y el Toussaint’s no ofrecía ninguna otra prestación. Ni siquiera café. Por lo que tenía sentido que los propietarios esperaran en un lugar conocido y seguro a que pasara el ruido y la excitación, en lugar de quedarse escuchando por las ventanas de atrás.
Más al fondo de la sala, a la derecha del pasillo y en la mesa para dos más alejada, estaba el comandante Duncan Munro. Llevaba el uniforme de combate e inclinaba la cabeza sobre su comida. En la escena, por si acaso, aunque su participación en los asuntos de Kelham había concluido hacía ya algunas horas. Era un buen policía militar. Profesional hasta el último minuto. Supuse que volvía a Alemania y que estaba esperando el traslado.
Y Elizabeth Deveraux también estaba allí, por supuesto. Estaba sola en una mesa más cercana a la ventana que las que le había visto elegir antes. En la escena, atenta, por si acaso, con los ojos bien abiertos, con pocas ganas de que el tumulto pasara de la parte de atrás de Main Street a la propia Main Street. Por los votantes. Iba de uniforme y llevaba el pelo recogido en su coleta. Parecía cansada, pero aun así estaba espectacular. La observé un momento, y luego ella alzó la vista, me vio, sonrió contenta y empujó la silla para que me sentara.
Hice una pausa un momento más, pensando bien las cosas, y después me acerqué y me senté frente a ella.