El asunto
Setenta y dos
Página 76 de 94
SETENTA Y DOS
Deveraux no habló al principio. Solo me miró, de arriba abajo, de la cabeza a los pies, quizás comprobando si estaba herido, quizás adaptándose a verme de uniforme. Seguía con el uniforme de combate que me había puesto por la tarde, tras volver del D. C. Un aspecto completamente nuevo.
—¿Mucho trabajo hoy? —dije.
—Mucho, realmente, desde las diez de la mañana —dijo ella—. Abrieron las puertas y salieron todos. Como una riada.
—¿Algún problema?
—Ninguno de ellos pasaría un control de alcoholemia de vuelta a la base, pero aparte de eso está todo tranquilo. Puse a Butler y a Pellegrino a dar vueltas, solo para que noten su presencia. Por si acaso.
—Los he visto —dije.
—¿Cómo fue todo por allí?
—No concluyente —dije—. Muy mala coordinación por mi parte, me temo. Una de esas cosas muy extrañas. El hombre al que fui a ver murió en un accidente. Así que no pude hacer nada.
—Me lo imaginé —dijo ella—. Recibí actualizaciones por parte de Frances Neagley, hasta que empezó a haber mucho trabajo aquí. Desde las ocho hasta las diez de la mañana estuviste tomando café y leyendo el periódico. Pero algo debe haber sucedido en esas horas. Supongo que alrededor de las nueve. Cuando repartieron el correo, quizás. Sea como sea, alguien debió de haber llegado a una conclusión acerca de algo, porque una hora después soltaron todo. Las cosas volvieron a la normalidad.
Asentí.
—Estoy de acuerdo —dije—. Creo que esta mañana se dio a conocer nueva información. Algo definitivo, supongo.
—¿Sabes lo que fue?
—Por cierto, gracias por preocuparte —dije—. Me ha conmovido mucho.
—Neagley estaba igual de preocupada que yo —dijo—. Es decir, desde que le dije lo que estabas haciendo. No me hizo falta convencerla.
—Al final fue todo bastante seguro —dije yo—. Se puso un poco tenso en los alrededores del Pentágono. Esa fue la peor parte. Me quedé dando vueltas por ahí durante un tiempo. Llegué por el lado del cementerio. Por detrás del Henderson Hall. ¿Conoces el lugar?
—Por supuesto. He estado cientos de veces allí. Tienen una gran tienda militar. Es como el Saks Quinta Avenida.
—He hablado con una persona allí. De ti y de un oficial de una estrella que se llamaba James Dyer. La persona me dijo que Dyer te conocía.
—¿Dyer? —dijo ella—. ¿En serio? Yo lo conocía a él, pero dudo que él me conociera a mí. Si me conocía, me siento halagada. Era alguien muy importante. ¿Con quién has estado hablando?
—Con un tipo que se llama Paul Evers.
—¿Paul? —dijo—. Estás bromeando. Trabajamos juntos muchos años. De hecho, salimos juntos un tiempo. Uno de mis errores, me temo. Pero qué increíble que te hayas encontrado con él. El mundo es un pañuelo, ¿no?
—¿Por qué fue un error? A mí me pareció agradable.
—Estaba bien, sí. Era una muy buena persona. Pero no terminamos de congeniar.
—¿Y tú lo dejaste?
—Más o menos. Pareció algo mutuo. Los dos sabíamos que no iba a funcionar. Era solo cuestión de quién lo decía primero. Por lo menos no se molestó.
—¿Cuándo fue?
Hizo una pausa para calcular.
—Hace cinco años —dijo—. Parece que fue ayer. Cómo pasa el tiempo.
—Después dijo algo acerca de una mujer que se llama Alice Bouton. Al parecer la novia que tuvo después de ti.
—No creo haberla conocido. No recuerdo su nombre. ¿Paul estaba contento?
—Mencionó algo sobre un problema con un coche.
Deveraux sonrió.
—Chicas y coches —dijo—. ¿Eso es lo único de lo que hablan los hombres?
—Que hayan abierto Kelham de nuevo significa que están seguros de que el problema está de tu lado de la verja —dije—. De no ser así no lo habrían hecho. Ahora es un asunto de Mississippi. Esa va a ser la versión oficial a partir de ahora. No es uno de los nuestros. Es uno de los tuyos. ¿Tienes alguna opinión al respecto?
—Mi opinión es que el ejército debería compartir su información —dijo ella—. Si para ellos está bien, debería estar bien también para mí.
—El ejército está pasando a otra cosa —dije—. El ejército no va a compartir nada.
Ella hizo una pausa.
—Munro me contó que ha recibido nuevas órdenes —dijo—. Supongo que tú también.
Asentí:
—Vine para atar un cabo suelto. Eso es todo, en realidad.
—Y después pasarás a otra cosa. A lo que venga a continuación. En eso es en lo que estoy pensando ahora mismo. Pensaré en Janice Chapman mañana.
—Y en Rosemary McClatchy, y en Shawna Lindsay.
—Y en Bruce Lindsay, y en su madre. Haré todo lo que pueda por ellos.
No dije nada.
—¿Estás cansado? —preguntó.
—No mucho —dije.
—Tengo que ir a ayudar a Butler y a Pellegrino. Han estado trabajando desde el amanecer. Y además quiero estar en la calle cuando los últimos rezagados empiecen a volver a la base. Son siempre los más duros y los más borrachos.
—¿Volverás antes de medianoche?
Negó con la cabeza.
—Probablemente no —dijo—. Esta noche nos las tendremos que arreglar sin el tren.
No respondí a ese comentario, y ella sonrió una vez más, un poco triste, se levantó y se fue.
La camarera pudo acercarse a mí finalmente cinco minutos más tarde, y yo le pedí café. Y tarta, añadí en el último momento. No me trató igual que antes. Esta vez fue un poco más formal. Trabajaba cerca de una base y sabía lo que significaban las hojas de roble negras que tenía en el cuello de la chaqueta. Le pregunté cómo había ido su día. Me dijo que había ido muy bien, gracias.
—¿Ningún inconveniente? —pregunté.
—Ninguno —respondió ella.
—¿Ni siquiera con el hombre que está al fondo? ¿El otro comandante? Escuché que puede ser bastante problemático.
Ella se dio vuelta y miró a Munro. Dijo:
—Estoy segura de que es un perfecto caballero.
—¿Podrías pedirle que venga a mi mesa? Tráele también un trozo de tarta.
Ella se desvió hacia la mesa de Munro y le comunicó mi propuesta, para lo que hizo muchos gestos con las manos señalando en mi dirección, como si yo no llamara la atención y fuera difícil de encontrar en medio de la gente. Munro miró de manera inquisitiva, y luego se encogió de hombros y se puso de pie. Las cuatro mesas de rangers se quedaron en silencio cuando pasó por su lado, una tras otra. Munro no era popular entre ellos. Los había tenido sin hacer nada durante cuatro días enteros.
Se sentó en la silla de Deveraux y yo le pregunté:
—¿Cuánto te han contado?
—Lo indispensable —dijo—. Asunto clasificado, lo estrictamente necesario, confidencial, el paquete completo.
—¿Ningún nombre?
—No —dijo—. Pero asumo que la sheriff Deveraux les debe haber dado información fehaciente que deja a los nuestros libres de sospechas. ¿Qué otra cosa puede haber pasado? Pero no ha arrestado a nadie. La he estado observando todo el día.
—¿Qué ha estado haciendo?
—Control de multitudes —dijo—. Vigilando que no haya indicios de fricción. Pero está todo bien. Nadie está enojado ni con ella ni con el pueblo. Es a mí a quien odian.
—¿Cuándo te vas?
—A primera hora de la mañana —dijo—. Me llevan a Birmingham, Alabama, de ahí voy en autobús hasta Atlanta, Georgia, y después vuelo en Delta de vuelta a Alemania.
—¿Sabías que Reed Riley nunca salió de la base?
—Sí —respondió.
—¿Y qué opinas de eso?
—Me desconcierta un poco.
—¿En qué sentido?
—En cuanto a los tiempos —dijo—. Al principio creí que era para desviar la atención, como siempre en política, pero después lo pensé bien. No se gastarían cuatrocientos litros de combustible Jet A solo para desviar la atención, sea el hijo de un senador o no. Entonces todavía estaba programado que se fuera cuando el Blackhawk partió de Benning, pero para cuando llegó a Kelham las órdenes habían cambiado. Lo que quiere decir que llegó una información decisiva mientras el helicóptero todavía estaba en el aire. Eso ocurrió hace dos días, el domingo, justo después de comer. Pero no hicieron nada hasta esta mañana, que es martes.
—¿Por qué motivo no habrán hecho nada?
—No lo sé. No veo ninguna razón para un retraso. Me da la sensación de que evaluaron la información durante algunos días. Lo que suele resultar prudente, pero que en este caso no tiene ningún sentido. Si la nueva información era lo suficientemente sólida como para tomar una decisión inmediata y mantener a Riley en la base el domingo, ¿por qué no era lo suficientemente sólida como para abrir las puertas el domingo por la tarde? No cuadra. Es como si hubiesen estado preparados para tomar medidas en forma privada el domingo, pero no pudieran tomarlas públicamente hasta esta mañana. De ser así, ¿qué fue lo que cambió? ¿Qué diferencia hay entre el domingo y hoy?
—No tengo ni idea —respondí. Pero no fui sincero. Porque solo había una respuesta a esa pregunta. La única diferencia material entre el domingo a la tarde y el martes a la mañana era que estaba en Carter Crossing el domingo a la tarde y que estaba a mil trescientos kilómetros de distancia el martes a la mañana.
Y nadie esperaba que yo volviera al pueblo.
De lo que podía significar eso, no tenía la menor idea.