El asunto

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Setenta y tres

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SETENTA Y TRES

La camarera estaba sobrepasada de trabajo e iba lenta, así que dejé que Munro recibiera los trozos de tarta y yo volví al callejón en zigzag. Salí entre el Brannan’s y la oficina de préstamo y vi que algunos coches se habían ido y que la cantidad de gente que había en el descampado había disminuido considerablemente, mucho más de lo que podían explicar los coches que faltaban, así que imaginé que a esas alturas la gente estaba bebiéndose los últimos minutos de su preciada libertad antes de volver a la base para pasar la noche.

Encontré a la mayoría en el mismo Brannan’s. El sitio estaba hasta arriba. Estaba realmente abarrotado. No sabía si el condado de Carter tenía jefe de bomberos, pero de ser así, estaría sufriendo un ataque de pánico. Allí debía de haber unos cien rangers y unas cincuenta mujeres, espalda con espalda, pecho con pecho, sosteniendo sus copas a la altura del cuello para evitar la colisión. Había mucho ruido, era como una amalgama generalizada de charla y risas a todo volumen, y por detrás se podía oír el cajón de la caja registradora golpeando al abrirse y al cerrarse. El río de dólares fluía otra vez al máximo.

Tardé cinco minutos en abrirme paso hasta la barra, moviéndome hacia la izquierda y hacia la derecha entre la gente por un camino aleatorio, mirando las caras a medida que avanzaba, algunas de cerca y otras de lejos. Pero no vi a Reed Riley. Los hermanos Brannan estaban trabajando duro, despachando botellas de cerveza, recibiendo dinero, contando las vueltas, metiendo billetes húmedos en el bote de la propina, cruzándose una y otra vez de un lado al otro en su espacio exiguo con movimientos de bailarines. Uno de ellos me vio y me hizo el gesto del barman ocupado con el mentón, los ojos y la inclinación de la cabeza. Luego me reconoció de la conversación que habíamos tenido antes y recordó que yo era policía militar, y luego se inclinó rápido hacia delante como si estuviera dispuesto a concederme un par de segundos. No pude recordar si era Jonathan o Hunter.

—¿Has visto a ese tipo, Reed? —le pregunté—. ¿Del que hablamos antes?

—Estuvo aquí hace dos horas —respondió—. Ahora debe estar donde las copas sean más baratas.

—¿Y eso dónde es?

—No estoy seguro. Pero aquí no.

Después se alejó para seguir con su maratón y yo me abrí paso hasta la puerta.

 

Estuve de vuelta en la cafetería dieciséis minutos después de haberme ido y vi que habían servido las tartas en mi ausencia y que Munro ya iba por la mitad de la suya. Cogí mi tenedor y él se disculpó por no haberme esperado. Dijo:

—Pensé que no ibas a volver.

—Suelo dar un pequeño paseo entre un plato y el otro —dije—. Es algo de Mississippi, aparentemente. Siempre es bueno mezclarse con los locales.

No respondió a ese comentario. Solo se mostró un poco desconcertado.

—¿Qué estás haciendo en Alemania? —pregunté.

—¿En general?

—No, específicamente. Me refiero a cuando llegues allí a primera de hora pasado mañana, ¿qué espera sobre tu escritorio?

—No mucho.

—¿Nada urgente?

—¿Por qué?

—Han matado a tres mujeres acá —dije—. Y el responsable anda libre como el viento.

—No tenemos jurisdicción.

—¿Te acuerdas de esa foto en la sala de estar de Emmeline McClatchy? ¿Martin Luther King? Él decía que lo único que se necesita para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada.

—Soy un policía militar, no un hombre bueno.

—También decía que el día que vemos la verdad y nos callamos es el día que empezamos a morir.

—Todo eso está muy por encima de mi salario.

—También decía que la injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que te quedes aquí —dije—. Un día más.

Después terminé mi tarta y fui a buscar a Elizabeth Deveraux.

 

Cuando salí de la cafetería por segunda vez eran las once y treinta y uno. Giré a la derecha y caminé hasta el Departamento del Sheriff. Estaba cerrado con llave y a oscuras. No había ningún vehículo en el aparcamiento. Seguí caminando y giré en la esquina de la carretera que llevaba a Kelham. Había una cola de tráfico que salía de la parte de atrás de Main Street. Un coche detrás de otro. Algunos estaban llenos de mujeres y giraban a la izquierda. La mayoría estaban llenos de rangers, entre tres y cuatro en cada coche, y giraban a la derecha. La Compañía Bravo volvía a la base. Quizás medianoche era la hora límite. Miré hacia la zona de tierra batida y vi que todos los coches salvo mi Buick estaban en movimiento. Algunos acababan de arrancar y daban marcha atrás. Otros estaban maniobrando para ubicarse, para ponerse en la fila, preparándose para unirse al convoy.

Seguí caminando por el arcén izquierdo, manteniéndome a cierta distancia del tráfico que se dirigía hacia Kelham. Se había consumido mucha cerveza, y el concepto de conductor sobrio no tenía mucho arraigo en 1997. Al menos no en el ejército. Desde la carretera se levantaban nubes de polvo, y los rayos brillantes de los faros delanteros las atravesaban, y los motores rugían. Doscientos metros más adelante de donde yo estaba los coches daban un golpe al pasar por las vías del tren y luego se alejaban acelerando en la oscuridad.

Deveraux estaba allí, sentada en su coche, al otro lado del cruce. Mirando hacia donde estaba yo. Aparcada con las ruedas en el arcén de la carretera. Caminé hacia ella, con la Compañía Bravo pasando a mi lado durante todo el trayecto, quizás noventa tipos en treinta coches a lo largo del minuto que tardé en llegar hasta las vías. Cuando llegué ahí el caudal ya estaba disminuyendo a mis espaldas. Quedaban los últimos rezagados, cinco, diez o veinte segundos entre cada coche. Conducían rápido, tratando de alcanzar a sus amigos más puntuales.

Esperé que el tráfico se pausara lo suficientemente como para poder cruzar las vías de manera segura y Deveraux abrió la puerta y salió a encontrarse conmigo. Nos quedamos ahí juntos, iluminados por los faros delanteros de los coches que se acercaban. Ella dijo:

—Cinco minutos más y ya no quedará nadie. Pero yo tengo que esperar hasta que regresen Butler y Pellegrino. No puedo terminar mi horario de trabajo antes que ellos. No sería justo.

—¿Cuándo regresarán? —pregunté.

—El tren tarda un minuto entero en pasar por un punto determinado. No parece mucho, pero se siente como si fuera una hora si uno ha estado trabajando toda la tarde. Por lo que intentarán llegar antes de medianoche.

—¿Cuánto antes de medianoche?

Ella sonrió:

—No lo suficiente, me temo. A menos cinco, quizás. No llegaríamos al hotel a tiempo.

—Es una pena —dije yo.

Ella sonrió aún más.

—Sube al coche, Reacher —dijo.

 

Encendió el motor y esperó un momento hasta que pasó el último de los rezagados de la Compañía Bravo. Después salió del arcén y maniobró hasta la parte más elevada del pavimento, y después con un giro cerrado a la derecha se subió al cruce, dejando el coche paralelo a la carretera, mirando hacia el norte sobre las vías del tren, en la misma línea. Apretó suavemente el acelerador, condujo con cuidado y subió las ruedas de la derecha al raíl de la derecha. Las ruedas de la izquierda estaban más abajo, sobre los durmientes. El coche quedó inclinado a un ángulo considerable. Siguió conduciendo, ni rápido ni despacio, pero decidida y confiada. Siguió recto, con una mano en el volante y la otra en su regazo, pasó la torre de agua, siguió avanzando. Las ruedas de la izquierda traqueteaban contra los durmientes. Las ruedas de la derecha se deslizaban sin problemas. Después frenó de a poco, un lado arriba, un lado abajo, hasta que detuvo el coche completamente.

Sobre las vías.

Veinte metros al norte de la torre de agua.

En el mismo lugar en el que el coche de Reed Riley había esperado el tren.

Donde empezaban los cristales rotos.

—No es la primera vez que haces esto —dije yo.

—No, no es la primera vez —dijo ella.

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