El asunto

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Setenta y cuatro

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SETENTA Y CUATRO

—Esta es la parte más difícil —dijo—. Ahora es todo cuestión de impulso.

Giró el volante con fuerza hacia la izquierda y justo cuando el neumático delantero derecho bajó del raíl derecho pisó el acelerador y el pulso de la aceleración hizo subir el neumático delantero izquierdo al raíl izquierdo. El coche se sacudió un segundo, ella mantuvo el pie sobre el acelerador con suavidad y las otras ruedas siguieron a la primera: dos, tres, cuatro, rechinando cada una por separado, con la goma contra el acero. Después detuvo otra vez el coche y aparcó en la tierra muy cerca y en paralelo a las vías. Las primeras piedras de balasto estaban más o menos a un metro y medio de mi ventanilla.

—Me encanta este lugar —dijo—. No se puede llegar de ninguna otra manera, debido a la cuneta. Pero merece la pena. Vengo bastante a menudo.

—¿A medianoche? —pregunté.

—Siempre —dijo ella.

Me di la vuelta y miré por la ventanilla. Podía ver la carretera. A más de cuarenta metros de distancia, a menos de cincuenta. Al principio no pasaba nada. No había tráfico. Después pasó un coche como un destello de este a oeste, de izquierda a derecha, alejándose de Kelham, hacia el pueblo, moviéndose deprisa. Un coche grande, con luces en el techo y un escudo en la puerta.

—Pellegrino —dijo. Ella también estaba mirando. Justo a mi lado. Dijo—: Probablemente estaba aparcado cien metros más allá, y en cuanto vio pasar al último rezagado contó hasta diez y salió disparado a su casa.

—Butler estaba aparcado junto a la entrada de Kelham —dije.

—Sí, Butler es el que tiene que hacer una carrera. Y en esa carrera se juega nuestro destino. En cuanto pase por aquí, te aseguro que estamos solos. Este es un pueblo pequeño, Reacher, y sé dónde está cada persona.

Mi reloj mental decía que eran las once y cuarenta y nueve. El dilema de Butler incluía un cálculo complejo. Estaba a cinco kilómetros de distancia y no iba a dudar en conducir a cien kilómetros por hora, lo que significaba que podía estar en su casa en tres minutos. Pero no podía comenzar esa carrera de tres minutos hasta que el último rezagado no estuviera al menos a una distancia de Kelham que le permitiera ver los faros delanteros del coche. Y para entonces el último rezagado podía estar conduciendo bastante despacio, después de beberse un barril de cerveza y de haber visto a Pellegrino aparcado amenazadoramente a un lado de la carretera. Mi opinión era que Butler llegaría en once minutos, que sería medianoche exacta, y lo dije.

—No, se habrá adelantado —dijo Deveraux—. Los últimos diez minutos han sido muy tranquilos. Habrá dejado su puesto de la entrada hace cinco minutos. Esa es mi opinión. Puede ser que no esté muy por detrás de Pellegrino.

Observamos la carretera.

Todo en calma.

Abrí mi puerta y salí del coche. Me detuve en el borde del lecho de la vía. El raíl de la izquierda no estaba a más de un metro. Brillaba a la luz de la luna. Imaginé que el tren estaba quince kilómetros al sur de donde estábamos nosotros. Pasando por Marietta, quizás, justo en ese momento.

Deveraux salió por su lado y nos encontramos detrás del maletero del Caprice. Once y cincuenta y uno. Faltaban nueve minutos. Observamos la carretera.

Todo en calma.

Deveraux dio la vuelta y abrió una puerta de atrás. Revisó el asiento trasero. Dijo:

—Por si acaso. Deberíamos estar preparados.

—Hay muy poco espacio ahí —dije yo.

—¿No te gusta hacerlo en un coche?

—Los fabrican demasiado estrechos.

Miró su reloj.

—No llegaremos al Toussaint’s a tiempo —dijo ella.

—Hagámoslo aquí. En el suelo —dije.

Ella sonrió.

Después sonrió aún más.

—Por mí está bien —dijo—. Como Janice Chapman.

—Si fue lo que hizo —dije yo.

Me saqué la chaqueta de mi uniforme de combate y la puse sobre la poca hierba que había, cubriendo la mayor superficie posible.

Observamos la carretera.

Todo en calma.

Ella se sacó el cinturón con el arma y lo guardó en el asiento trasero del coche. Once y cincuenta y cuatro. Seis minutos. Me arrodillé y apoyé la oreja en el raíl. Oí un suave murmullo metálico. Casi imperceptible. El tren, diez kilómetros más al sur.

Observamos la carretera.

Vimos un mínimo resplandor hacia el este.

Faros delanteros.

—Mi viejo y querido Butler —dijo Deveraux.

El resplandor se hizo más brillante, y oímos el zumbido de los neumáticos y el rugido del motor en el silencio de la noche. Después el resplandor se convirtió en unos haces de luz bien definidos, el ruido se escuchó más fuerte y un segundo más tarde el coche de Butler pasó como un destello de izquierda a derecha por delante de nosotros, y dando unos golpes secos pasó por encima del cruce sin disminuir ni un poco la velocidad. El lado de sotavento quedó en el aire e impactó de nuevo contra el suelo con un chirrido de goma y una nube de polvo. Después desapareció.

Faltaban cuatro minutos.

No fuimos ni refinados ni elegantes. Nos sacamos de un tirón los zapatos y nos bajamos los pantalones y abandonamos cualquier clase de sofisticación adulta por el más puro instinto animal. Deveraux se tiró al suelo, sobre mi chaqueta, y yo me puse encima de ella, me apoyé en las palmas de las manos y miré a ver si veía a lo lejos el brillo de la luz del tren. Todavía no. Faltaban tres minutos.

Deveraux enganchó sus piernas alrededor de mis caderas y empezamos, rápido y fuerte desde el primer momento, ansiosos, desesperados, demencialmente enérgicos. Ella respiraba agitada, jadeaba, movía la cabeza de un lado a otro, se agarraba a mi camiseta y tiraba de ella. Después nos besamos y respiramos, las dos cosas al mismo tiempo, y después ella arqueó la espalda y restregó la cabeza contra el suelo, estirando mucho el cuello, abriendo los ojos, mirando al revés el mundo que estaba a sus espaldas.

Entonces el suelo empezó a temblar.

Como antes, al principio muy suavemente, el mismo temblor leve y constante, como el comienzo de un terremoto lejano. Las piedras en el soporte de la vía empezaron a moverse y a emitir pequeños ruidos a nuestro lado. Los raíles empezaron a cantar, silbando, zumbando y susurrando. Los durmientes saltaban y se sacudían. Las piedras de balasto crujían y rebotaban. El suelo debajo de mis manos y de mis rodillas bailaba con sacudidas hondas y graves. Alcé la vista, respiré agitado, parpadeé, entrecerré los ojos y vi la luz a lo lejos. Veinte metros al sur de donde estábamos nosotros la vieja torre de agua empezó a temblar y su trompa de elefante empezó a bambolearse. El suelo nos sacudía desde abajo. Los raíles gritaban y aullaban. Sonó el silbato del tren, largo, fuerte y exasperado. Las campanillas de advertencia en el cruce a cuarenta metros de distancia empezaron a sonar también. El tren se seguía acercando, imparable, todavía lejos, todavía lejos, después al lado de nosotros, después encima de nosotros, tan demencialmente enorme como antes, y tan imposiblemente ensordecedor.

Como el fin del mundo.

El suelo tembló con más fuerza y nosotros rebotamos y saltamos por los aires varios centímetros. La onda de aire que desplazaba la parte delantera del tren nos golpeó con fuerza. Después la locomotora pasó como un destello, con sus ruedas gigantes a un metro y medio de nuestras caras, seguida por la interminable sucesión de vagones, todos martillando, sacudiéndose, provocando un efecto estroboscópico a la luz de la luna. Nos agarramos el uno al otro, durante ese largo minuto, sesenta largos segundos, aturdidos por el metal chirriante, entumecidos por el latido del suelo, cubiertos de polvo por la estela de aire. Deveraux echó la cabeza hacia atrás debajo de mí, dio un grito sordo, agitó su cabeza de un lado a otro y me pegó en la espalda con los puños.

Entonces el tren se fue.

Giré la cabeza y vi cómo se alejaban los vagones hasta perderse en la distancia a cien kilómetros por hora. El viento se apaciguó y el terremoto se redujo, primero, a unos temblores ligeros, y siguió reduciéndose poco a poco hasta que ya no quedó ningún movimiento. Las campanillas dejaron de sonar, y los raíles dejaron de zumbar y regresó el silencio nocturno. Nos separamos rodando hacia un lado y nos quedamos tendidos boca arriba con la espalda sobre la hierba, jadeando, sudando, agotados, sordos, completamente inundados de sensaciones internas y externas. Mi chaqueta estaba hecha una pelota debajo de nosotros. Mis rodillas y mis manos estaban magulladas y raspadas. Me imaginé que Deveraux debía estar en peor estado. Giré la cabeza para comprobarlo y vi que tenía mi Beretta en la mano.

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