El asunto
Setenta y cinco
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SETENTA Y CINCO
Al Cuerpo de Marines nunca le gustó tanto la Beretta como al Ejército, por lo que Deveraux estaba manejando la mía con destreza pero sin entusiasmo. Le quitó el cargador, expulsó un cartucho sin disparar, comprobó la recámara, accionó la corredera y después lo montó todo de nuevo. Dijo:
—Lo siento. Estaba en el bolsillo de tu chaqueta. Me preguntaba qué era. Se me estaba clavando en el culo. Me va a salir un moratón.
—En ese caso el que lo siente soy yo —dije—. Tu culo solo se merece lo mejor. Es patrimonio nacional. O atracción regional, como mínimo.
Me sonrió, se levantó, vacilante, y fue en busca de sus pantalones. La camisa no llegaba a taparle todo. Todavía no había moratón. Preguntó:
—¿Por qué has traído un arma?
—Costumbre —dije.
—¿Esperabas problemas?
—Todo es posible.
—Yo he dejado la mía en el coche.
—Como muchos muertos.
—Estamos solos aquí.
—Hasta donde sabemos.
—Estás paranoico.
—Pero estoy vivo —dije—. Y tú aún no has arrestado a nadie.
—El ejército no puede demostrar un negativo —dijo—. Por lo que deberían saber quién fue. Y me lo deberían decir.
No respondí a eso. Seguí su ejemplo, me puse de pie como pude y cogí mis pantalones. Nos vestimos, saltando juntos de un pie al otro, y después nos apoyamos uno al lado del otro en el guardabarros trasero del Caprice para atarnos los zapatos. Volver a la carretera no fue un verdadero problema. Deveraux lo hizo marcha atrás: retrocedió hasta la vía como si estuviera aparcando en paralelo, después retrocedió hasta al cruce, y después giró el volante y bajó de frente. Cinco minutos más tarde estábamos en mi habitación del hotel. En la cama. Ella se fue directamente a dormir. Yo no. Me quedé acostado en la oscuridad, mirando al techo y pensando.
Pensé sobre todo en mi última conversación con Leon Garber. Mi superior. Un hombre honesto, y, hasta donde yo sabía, mi amigo. Pero críptico. Es la verdad, había dicho. Fue marine, Reacher. Dieciséis años de servicio. Sabía cómo degollar a alguien. Sabía hacerlo y sabía fingir que no. Después se había puesto un poco impaciente. Un hombre con instinto, había dicho, hablando de mí. Después yo había presionado un poco. Podría ordenarme que no vuelva a Mississippi, le había dicho. Podría, pero no lo haré, había dicho él. No con usted. Confío en que hará lo que corresponde.
La conversación se repitió una y otra vez en mi cabeza.
La verdad.
Instintos.
Lo que corresponde.
Al final me dormí muy tarde y totalmente inseguro sobre si Garber me había dicho algo o me lo había pedido.
Mi arraigada creencia de que no hay mejor vez que la segunda vez tuvo que pasar una dura prueba cuando nos despertamos, porque la quinta vez también fue espectacular. Los dos estábamos un poco rígidos y doloridos de nuestra extravagancia al aire libre, por lo que nos lo tomamos con calma, largo y lento, y la tibieza y la comodidad de la cama nos ayudaron mucho. Además, ninguno de los dos sabía si iba a haber una sexta vez, lo cual le añadió un poco de aspereza a la situación. Después nos quedamos en silencio durante un rato. Luego ella me preguntó cuándo me iba, y yo dije que no sabía.
Desayunamos juntos en la cafetería, y luego ella se fue a trabajar y yo me fui a llamar por teléfono. Intenté llamar a Neagley a su puesto en el D. C., pero todavía no había regresado. Probablemente seguía en algún autobús nocturno. Así que llamé a Stan Lowrey, y me atendió enseguida. Dije:
—Necesito que hagas algo por mí.
—¿No hay ninguna broma esta mañana? —dijo—. ¿Sobre cuánto te sorprende que siga aquí?
—No me dio tiempo a pensar ninguna. Quería hablar con Neagley, no contigo. Intenta ponerte en contacto con ella lo antes posible. Ella es mejor que tú para estas cosas.
—Y mejor que tú. ¿Qué necesitas?
—Respuestas rápidas —dije.
—¿A qué preguntas?
—Estadísticamente, ¿dónde habría más probabilidades de encontrar marines y esclusas de hormigón en las proximidades?
—En el sur de California —dijo Lowrey—. Estadísticamente, seguramente en Camp Pendleton, al norte de San Diego.
—Correcto —dije—. Necesito localizar a un infante de marina de la Policía Militar que estuvo allí hace cinco años. Se llama Paul Evers.
—¿Por qué?
—Porque sus padres eran el señor y la señora Evers y les gustaba el nombre Paul, supongo.
—No, ¿por qué lo quieres localizar?
—Le quiero hacer una pregunta.
—Te estás olvidando de algo —dijo Lowrey.
—¿De qué?
—Yo estoy en el Ejército, no en el Cuerpo de Marines. No puedo acceder a sus archivos.
—Por eso tienes que llamar a Neagley. Ella sabrá cómo hacerlo.
—Paul Evers —dijo, despacio, como si lo estuviera anotando.
—Llama a Neagley —insistí—. Es urgente. Te llamaré de nuevo.
Colgué con Lowrey, metí más monedas en la ranura y marqué el número de Kelham que Munro le había dado a Deveraux, justo al principio. Derivaron la llamada a alguien que no era Munro. Me dijo que Munro se había ido a primera hora, en un coche que lo iba a llevar a Birmingham, Alabama. Dije que sabía que ese era el plan. Le pedí al tipo que comprobara si realmente se había concretado. Él llamó al cuartel de los oficiales de visita y cuando volvió a hablar conmigo me dijo que no, que no se había concretado. Munro seguía en la base. Me dio el número de su habitación, colgué y marqué de nuevo.
Munro atendió y yo dije:
—Gracias por quedarte.
—¿Pero para qué me estoy quedando? —preguntó—. Ahora mismo lo único que hago es estar escondido en mi habitación. No soy muy popular aquí.
—No te alistaste en el ejército para ser popular.
—¿Qué necesitas?
—Necesito saber cuáles van a ser los movimientos de Reed Riley hoy.
—¿Por qué?
—Le quiero hacer una pregunta.
—Eso puede ser difícil. Por lo que sé va a estar muy ocupado todo el día. Podrías cruzártelo a la hora de comer. Si es que tiene tiempo para comer. Y de ser así, será muy temprano.
—No, necesito que él se encuentre conmigo. En el pueblo.
—No lo entiendes. Los ánimos aquí han cambiado. La Compañía Bravo ya no es sospechosa de nada. El padre de Riley está viniendo a visitarle en avión.
—¿El senador? ¿Hoy?
—Llegará alrededor de la una de la tarde. Está anunciado como una celebración extraoficial de lo que los chicos están haciendo en Kosovo.
—¿Cuánto va a durar?
—Sabes cómo son los políticos. Se supone que va a asistir a una especie de entrenamiento por la tarde, pero te apuesto lo que quieras a que va a emocionarse y se va a querer quedar toda la noche bebiendo con los chicos.
—De acuerdo —dije—. Ya se me ocurrirá algo.
—¿Alguna otra cosa?
—Bueno, dado que no tienes nada que hacer, más allá de quedarte ahí sentado, me podrías contar un par de cosas.
—¿Qué cosas?
Mi teléfono empezó a emitir unos pitidos y dije:
—¿Por qué no me llamas a cuenta del gobierno?
Leí en voz alta el número del teléfono y colgué. Me acerqué a la mesa para pagar la cuenta del desayuno y cuando volví el teléfono estaba sonando.
—¿Qué cosas? —dijo Munro de nuevo.
—Impresiones, sobre todo. Acerca de Kelham. Como por ejemplo: ¿hay algún buen motivo para que la Compañía Alfa y la Compañía Bravo tengan su base ahí?
—¿En comparación con qué otro lugar?
—Cualquier lugar al este del río Mississippi.
—Kelham está bastante aislado —dijo Munro—. Eso ayuda a mantenerlo en secreto.
—Eso me dijeron a mí también. Pero no me lo creo. Hay secretos en todas las bases. Podrían mantenerlo oculto en cualquier parte. Kosovo ni siquiera es interesante. ¿Quién le prestaría atención? Pero eligieron Kelham hace un año. ¿Por qué? ¿Has visto algo en Kelham que lo pudiese convertir en la única opción?
—No —dijo Munro—. No realmente. Es un lugar adecuado, sin duda. Pero no esencial. Asumo que tuvo que ver con mandar cuatrocientas carteras extra a un pueblo que se estaba muriendo.
—Exacto —dije—. Fue una cuestión política.
—¿Qué no es político?
—Otra cosa —dije—. Tú tienes clara la forma en la que Janice Chapman terminó en ese callejón, ¿no es así?
—Eso espero —dijo—. Basándome en lo que vi anoche, la jefa Deveraux opera una zona de exclusión en lo que respecta a Main Street. Se asegura de que toda la acción transcurra entre los bares y las vías del tren. Por lo que tanto en Main Street como en el callejón no habría habido nadie. Por lo que el responsable debe haberse detenido en Main Street y debe haber metido el cadáver desde ahí.
—¿Cuánto tiempo pudo haber tardado?
—No importa. Nadie lo podía ver. Podría haber sido un minuto o podrían haber sido veinte.
—¿Pero por qué ahí? ¿Por qué no en otro lugar, a quince kilómetros de distancia?
—La idea era que encontraran el cuerpo, supongo.
—Hay un montón de lugares más solitarios en los que también lo habrían encontrado. ¿Así que por qué ahí?
—No lo sé —dijo Munro—. Quizás el responsable contaba con algún tipo de restricción. Quizás tenía compañía, en algún lugar cercano. En la cafetería o en uno de los bares. Quizás tuvo que escaparse y encargarse de eso a toda velocidad. Quizás no se podía ausentar sin que alguien lo notara. Entonces, quizás tuvo que sacrificar seguridad a cambio de velocidad, lo que justificaría una ubicación cercana.
—¿Puedes darme un día más? —le pedí—. ¿Puedes estar aquí mañana?
—No —dijo—. Me voy a ganar una buena bronca por llegar un día tarde. No puedo arriesgarme con dos.
—Maricón —dije.
Se rio:
—Lo lamento, compañero, pero si no lo resuelves hoy, te quedas solo.