El asunto
Setenta y seis
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SETENTA Y SEIS
La visita inminente del senador Carlton Riley mantenía al pueblo en calma. Era como si hubiesen vuelto a cerrar las puertas de Kelham. No creía que hubieran rescindido formalmente el permiso de salir, pero los rangers son buenos soldados, y estaba seguro de que el comandante de la base había dado a entender seriamente que esperaba una participación del cien por cien en la fiesta. Salí de la cafetería y volví a encontrarme a Main Street en su letargo anterior. Mi Buick prestado era el único coche aparcado en la calle de atrás. Parecía solo y abandonado. Abrí la puerta, lo llevé hasta el hotel, cogí mi cepillo de dientes y saldé mi cuenta en recepción. Luego volví a ponerme al volante y salí a explorar.
Empecé enfrente del terreno vacío que estaba entre la cafetería y el Departamento del Sheriff. Desde allí continué doscientos metros hacia el sur, donde Main Street comenzaba a trazar una curva, conduciendo rápido pero no a una velocidad estúpida. Giré a la izquierda en la calle donde Deveraux había vivido de pequeña y avancé hasta su vieja casa, la cuarta a la derecha. Tiempo total transcurrido: cuarenta y cinco segundos.
Esquivé el charco de barro seco y avancé por la descuidada entrada para coches, pasé junto a la casa destartalada, crucé el jardín trasero, pasé junto al seto silvestre y llegué al caballete para ciervos. Giré a la izquierda, di marcha atrás, abrí maletero y salí.
Tiempo total transcurrido: un minuto y quince segundos.
Había árboles a mi izquierda y árboles a mi derecha y árboles delante de mí. Un lugar solitario, incluso a plena luz del día. Fingí sostener el peso de un cuerpo, cortar las correas de las muñecas, cortar las ataduras de los tobillos, cargarlo hasta el coche, meterlo en el maletero. Hice cuatro gestos más, como si sacara almohadillas imaginarias, correas, cinturones y pañuelos de dos muñecas y dos tobillos. Volví al caballete, levanté un barreño de sangre imaginario, lo llevé hasta el coche y lo coloqué en el maletero junto al cuerpo.
Cerré la tapa del maletero y me subí al asiento del conductor.
Tiempo total transcurrido: tres minutos y diez segundos.
Di marcha atrás, giré, recorrí la entrada para coches y me dirigí otra vez a Main Street. Conduje los mismos doscientos metros que había conducido antes y me detuve junto a la acera entre la ferretería y la farmacia. Justo a la entrada del callejón.
Tiempo total transcurrido: cuatro minutos y veinticinco segundos.
Más un minuto para dejar la sangre en el callejón.
Más otro minuto para dejar a Janice Chapman en el callejón.
Más quince segundos para volver al punto de partida.
Tiempo total transcurrido: seis minutos y cuarenta segundos.
Prácticamente nada.
Quizás el tiempo suficiente como para que alguien lo note, en una situación social, o quizás no.
Rebobiné mi reloj mental cuatro minutos y veinticinco segundos y conduje hacia el norte y luego hacia el este, hasta el cruce de tren. Detuve el coche allí arriba. Nuevo total: cuatro minutos y cincuenta y cinco segundos. Más un minuto para llevar a Rosemary McClatchy hasta la zanja, treinta segundos para volver al coche y veinte segundos para volver al punto de partida.
Tiempo total transcurrido: seis minutos y cuarenta y cinco segundos.
Un poco más, pero dentro del mismo rango.
No fui hasta el montón de grava donde habían dejado a Shawna Lindsay. No era necesario. Ese destino estaba en una categoría totalmente distinta. Era una excursión de veinte minutos. Era la única excepción a la regla de tener que apresurarse. Por lo tanto se había llevado a cabo en circunstancias distintas. Sin compañía. Sin compromisos sociales. Con mucho tiempo disponible para recorrer con cautela calles oscuras de tierra entre cunetas, girar a la derecha, girar a la izquierda, concretar la tarea y después volver, igual de despacio y con la misma cautela.
Pero lo interesante del lugar de descanso final de Shawna Lindsay era el coche que la había llevado hasta allí. ¿Qué clase de vehículo podía cruzar dos veces esa zona sin llamar la atención ni ser objeto de comentarios? ¿Qué clase de coche tenía derecho de estar allí a esas horas de la noche?
Me quedé sentado en el Buick un rato y después lo aparqué en la puerta de la cafetería. Entré y compré un nuevo rollo de monedas de veinticinco centavos para hablar por teléfono. Primero intenté hablar con Neagley, y la encontré en su puesto.
—Hoy has llegado tarde al trabajo —dije.
—Pero no muy tarde —dijo ella— Estoy aquí desde hace media hora.
—Lamento que hayas tenido que coger un autobús.
—Está bien —dijo ella.
Viajar en transporte público era duro para Neagley. Demasiadas oportunidades de contacto humano involuntario.
—¿Has recibido un mensaje de Stan Lowrey? —pregunté.
—Sí, y ya te he localizado el nombre.
—¿En media hora?
—Me temo que fue fácil. Paul Evers murió hace un año.
—¿Cómo?
—Nada dramático. Fue un accidente. Un helicóptero se estrelló en Lejeune. Salió en el periódico, de hecho. Un Sea Hawk perdió una pala de rotor. Murieron dos pilotos y tres pasajeros, uno de los cuales era Evers.
—Vale, plan B —dije—. El otro nombre que quiero encontrar es el de Alice Bouton. —Lo deletreé. Añadí—: Es civil desde hace cinco años. Dejó el Cuerpo de Marines con una baja deshonrosa. Así que será mejor que llames a Stan Lowrey. Él es mejor que tú para estas cosas.
—Lo único que tiene Lowrey que yo no tengo es un amigo en un banco.
—Exacto —dije—. Por eso tienes que llamarlo. Las corporaciones saben más de civiles que nosotros.
—¿Por qué estamos haciendo todo esto?
—Estoy verificando una historia.
—No, te estás agarrando de un clavo ardiendo. Eso es lo que estás haciendo.
—¿Tú crees?
—Elizabeth Deveraux es tan culpable como el pecado mismo, Reacher.
—¿Has visto el expediente?
—Solo las copias de papel de calco.
—En una situación como esta, hay que tirar la moneda —dije.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que quizás fue ella, y quizás no. Aún no lo sabemos.
—Lo sabemos, Reacher.
—No con certeza.
—Me alegro de que no tengas coche —dijo Neagley.
Colgué con ella y todavía no me había alejado del teléfono cuando volvió a sonar en la pared, con la primera buena noticia del día.