El asunto

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Setenta y siete

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SETENTA Y SIETE

Era Munro, y me quería decir que se había tomado un café. En concreto, me quería decir que había hablado con el mayordomo que le había llevado el café. La conversación había sido acerca de los festejos del día que tenían por delante, y Munro dijo que los mayordomos creían que iban a estar muy ocupados hasta después de la cena, pero nada más, porque la cantina iba a estar vacía toda la noche, porque la última vez que el senador había visitado la base había recibido a todos en el pueblo, en el Brannan’s, porque políticamente parecía más auténtico, y sin duda iba a hacer lo mismo esta vez.

—De acuerdo —dije—. Eso es bueno. Después de todo, Riley acudirá a mí. Y también su padre. ¿Hasta qué hora es la cena?

—Está previsto que termine a las ocho, según el mayordomo.

—De acuerdo —repetí—. Seguro que padre e hijo saldrán juntos de la base. Quiero que los sigas desde que salgan por la puerta. Pero de manera discreta. ¿Puedes hacerlo?

—¿Tú podrías?

—Probablemente.

—¿Entonces qué te hace dudar de mí?

—Un escepticismo innato, supongo —respondí—. Estate atento hasta las ocho, y usa este número de teléfono para contactar conmigo si lo necesitas. Estaré entrando y saliendo de la cafetería todo el día.

—De acuerdo —dijo Munro—. Luego te veo. Pero que tú me veas a mí es una cuestión completamente distinta.

 

Colgué con Munro y le pedí a la camarera que contestara el teléfono por mí si volvía a sonar. Le dije que anotara en su libreta de los pedidos los nombres de las personas que llamasen. Luego todo era cuestión de esperar. A que llegara información, los encuentros cara a cara, las conclusiones determinantes. Salí a la acera de Main Street y me quedé allí quieto, bajo la luz del sol. Al otro lado de la calle el de la tienda de camisas hacía lo mismo. Se tomaba un descanso y respiraba aire fresco. A mi izquierda dos viejos estaban sentados en un banco delante de la farmacia, cuatro manos apiladas en dos bastones entre dos pares de rodillas. Más allá de nosotros cuatro, el pueblo estaba vacío. Tranquilo, en silencio, sin tráfico.

Todo en calma.

Hasta que apareció el escuadrón de matones de Kelham.

 

Eran cuatro en total. Eran la versión local de Kelham de Intermediación con el Senado, supuse, preparando el terreno como un equipo de avanzada del Servicio Secreto lo prepararía antes de una visita presidencial. Salieron por la boca del callejón por detrás de los viejos sentados en el banco. Supuse que acababan de hablar con los hermanos Brannan y que les habían avisado lo que iba a suceder esa noche. Quizás habían resuelto algunas cuestiones con respecto a la cuenta del bar. Si así fuera, les deseaba a los hermanos Brannan la mejor de las suertes. Supuse que cobrarle una factura a un despacho del Senado debía ser una experiencia larga y frustrante.

Los cuatro eran oficiales. Dos tenientes, un capitán y un teniente coronel al mando. El teniente coronel tenía más de cincuenta años y estaba gordo. Era esa clase de oficial de carrera blando que parece ridículo cuando lleva el uniforme de combate. Como un civil en una fiesta de disfraces elegante. Se detuvo en la acera y apoyó las manos en las caderas. Miró alrededor. Me vio. Yo también llevaba uniforme de combate. A simple vista, era uno de los suyos. Le dijo algo por encima del hombro a un teniente que estaba a sus espaldas. Yo estaba demasiado lejos como para oírle, pero le leí los labios. Dijo: Dile a ese hombre que mueva su culo hasta aquí inmediatamente. Supuse que quería saber por qué no estaba en la base, preparándome para participar al cien por cien en la celebración.

El teniente no tenía una vista como la mía. Anduvo la mayor parte del trayecto cargado de cierto lenguaje corporal, que cambió rápidamente cuando estuvo lo bastante cerca como para leer la insignia con mi rango. Se detuvo a un respetuoso metro y medio de distancia e hizo el saludo militar y dijo:

—Señor, el coronel quiere hablar con usted.

Normalmente trato bien a los tenientes. Yo mismo había sido teniente no hacía tanto tiempo. Pero en ese momento no estaba para tonterías. Por lo que simplemente asentí y dije:

—De acuerdo, muchacho, dígale que se acerque.

—Señor, creo que él preferiría que usted fuera hasta allí —dijo él.

—Debe estar confundiéndome con alguien al que le importa lo que él prefiera.

El chico se puso un poco pálido, pestañeó dos veces, dio media vuelta y se fue. Debió de invertir el tiempo del paseo en traducir mi respuesta a unos términos aceptables, porque no hubo una explosión instantánea. En vez de eso el coronel hizo una pausa y después empezó a caminar hacia donde estaba yo.

Me devolvió el saludo y preguntó:

—¿Lo conozco, comandante?

—Eso depende de en cuántos problemas usted haya estado metido, coronel —le respondí—. ¿Lo han arrestado alguna vez?

—Usted es el otro policía militar —dijo—. Usted es el homólogo del comandante Munro.

—O él el mío —respondí—. En cualquier caso, estoy seguro de que los dos le deseamos que tenga un gran día.

—¿Por qué sigue aquí?

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Me informaron de que ya estaba todo resuelto.

—Todo estará resuelto cuando yo lo diga. Así es como funciona el trabajo policial.

—¿Cuándo recibió órdenes por última vez?

—Hace algunos días —dije—. Las recibí del coronel John James Frazer desde el Pentágono, creo.

—Frazer ha muerto.

—Estoy seguro de que su sustituto tendrá nuevas órdenes para mí a su debido tiempo.

—Podría llevar semanas nombrar a un sustituto.

—Entonces supongo que estoy atascado aquí.

Silencio.

Después el gordo dijo:

—Bueno, esta noche no deje que le vean. ¿Entendido? El senador no debe ver a nadie del Departamento de Investigación Criminal. No tiene que haber nada que le recuerde las sospechas recientes. Nada. ¿Está claro?

—Solicitud anotada.

—Es más que una solicitud.

—Lo que le sigue a una solicitud es una orden. Pero usted no está en mi cadena de mando.

El tipo ensayó una respuesta, pero al final no dijo nada. Simplemente dio media vuelta y volvió caminando hasta donde estaban sus compañeros. Justo en ese momento escuché que sonaba el teléfono de la cafetería, muy débilmente a través de la puerta, y llegué a cogerlo tan solo un paso antes que la camarera.

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