El asunto

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Setenta y ocho

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SETENTA Y OCHO

Era Frances Neagley, desde su despacho en el D. C. Dijo:

—Al parecer, Bouton es un apellido muy poco común.

—¿Stan Lowrey te ha pedido que me digas eso? —le pregunté.

—No, Stan quiere saber si ella tiene algún parentesco con Jim Bouton, el pitcher de béisbol. Cosa que probablemente sea así, aunque sea lejano, dado lo poco habitual que es el apellido. Por el contrario, mi conclusión está basada en una hora de trabajo consistente, que no dio como resultado a ningún Bouton, y mucho menos a una Alice Bouton. Habiendo dicho esto, en este preciso momento solo puedo buscar en las bases de datos del Cuerpo de Marines información de los últimos tres años, por lo que de todos modos no podría localizarla, y si se fue con una baja deshonrosa probablemente no consiguió el tipo de trabajo o fuente de ingresos que me permitiría encontrarla en otros lugares.

—Probablemente vive en un parque de caravanas —dije—. Lejos de Pendleton. El sur de California es demasiado caro. Se debe haber mudado.

—Estoy esperando una respuesta de alguien del FBI. Y de un colega del comando de personal del Cuerpo de Marines, por la historia antigua. Y Stan está molestando a su amigo banquero, por las cuestiones civiles. Aunque podría no tener cuenta bancaria. Si es que vive en un parque de caravanas. Sea como sea, quería hacerte saber que estamos en ello, eso es todo. Más tarde tendremos más información.

—¿Cuánto más tarde?

—Esta noche, espero.

—Antes de las ocho estaría bien.

—Haré todo lo que pueda.

Colgué el teléfono y decidí quedarme en la cafetería, para comer.

 

Inevitablemente Deveraux entró menos de diez minutos más tarde, buscando también su comida y posiblemente buscándome a mí. Cruzó la puerta e hizo una pausa frente a la ventana, con la luz a sus espaldas. Su pelo se encendió como una aureola. Su camisa se transparentaba un poco. Podía ver la forma de su cintura. O por lo menos intuirla. Porque ya la conocía. Podía ver la curva de su pecho.

Vio que la miraba y empezó a caminar hacia mí, y yo empujé la silla de enfrente unos centímetros para afuera. Se sentó y trajo con ella la luz que le perseguía. Sonrió y dijo:

—¿Cómo ha ido tu mañana?

—No, ¿cómo ha ido la tuya? —pregunté yo.

—Atareada —respondió.

—¿Algún avance?

—¿Con qué?

—Con tus tres homicidios sin resolver.

—Parece que el ejército ha resuelto esos homicidios —dijo—. Y me encantaría hacer algo al respecto en cuanto el ejército comparta su información.

No dije nada.

—¿Qué? —dijo ella.

—No pareces muy interesada en averiguar quién lo hizo, eso es todo.

—¿Cómo podría estar interesada?

—El ejército dice que fue un civil.

—Lo entiendo.

—¿Sabes quién ha sido?

—¿Qué?

—¿Sabes quién ha sido?

—¿Estás diciendo que lo sé?

—Estoy diciendo que sé cómo funcionan estas cosas —dije—. Hay personas a las que sencillamente no puedes arrestar. La señora Lindsay sería una, por ejemplo. Supongamos que hubiera elegido otro camino, hubiese conseguido armas y hubiese disparado a alguien. No la habrías arrestado por eso.

—¿Qué estás insinuando?

—Estoy diciendo que en todos los pueblos hay personas a las que el sheriff no va a arrestar.

Se quedó un momento callada.

—Quizás —dijo—. El viejo Clancy podría llegar a ser uno. Pero no ha degollado a nadie. Y arrestaría a cualquier otra persona, fuera quien fuera.

—De acuerdo —dije.

—Quizás crees que no soy buena en lo que hago.

No dije nada.

—O quizás crees que mi momento ha pasado porque en esta ciudad no hay crímenes.

—Sé que hay crímenes aquí —dije—. Sé que siempre ha habido. Estoy seguro de que tu padre vio cosas que yo ni siquiera puedo imaginarme.

—¿Pero?

—Aquí no se hacen investigaciones. Y nunca se hicieron. Apuesto a que noventa y nueve veces de cada cien tu padre sabía exactamente quién hizo qué, hasta los últimos detalles. Si podía hacer algo al respecto ya era otro tema. Y apuesto a que ese caso de entre los cien en el que no sabía quién lo hizo se quedó sin resolver.

—Estás diciendo que soy una mala investigadora.

—Estoy diciendo que ser sheriff del condado no es un trabajo de investigador. Necesita otras habilidades. Toda clase de cosas relacionadas con la comunidad. Y tú eres buena en eso. Para las otras cosas tienes a un detective. Pero ahora mismo no tienes ningún detective.

—¿Alguna otra cosa, antes de que pidamos?

—Solo una —dije.

—¿Cuál?

—Dímelo de nuevo. Nunca has salido con Reed Riley, ¿verdad?

—Reacher, ¿qué es esto?

—Una pregunta.

—No, nunca he salido con Reed Riley.

—¿Estás segura?

—Reacher, por favor.

—¿Lo estás?

—Ni siquiera sabía que estaba aquí. Ya te lo dije.

—De acuerdo —dije—. Pidamos.

 

Estaba enfadada conmigo, obviamente, pero también tenía hambre. Tenía más hambre que enfado, claramente, porque se quedó en la mesa. Cambiar de mesa no habría sido suficiente. Tendría que haber salido del local enfadada, y no estaba preparada para hacer eso con el estómago vacío.

Pidió pastel de pollo, por supuesto.

Yo pedí un sándwich de queso tostado.

—Hay cosas que no me estás diciendo —dijo ella.

—¿Tú crees? —dije yo.

—Sabes quién es el responsable.

No dije nada.

—Lo sabes, ¿no es así? Sabes quién es. Así que todo esto no se trata de que yo supiera quién es. Se trata de que tú sabes quién es.

No dije nada.

—¿Quién es?

No contesté.

—¿Estás diciendo que es alguien a quien no he arrestado? ¿A quién no arrestaría? No tiene sentido. O sea, obviamente es una gran idea para el ejército echarle la culpa a alguien que saben que nunca será arrestado. Lo comprendo. Porque si no hay arresto, no se pueden presentar cargos, no hay indagación, no hay juicio y no hay veredicto. Por lo tanto, no hay hechos. Así que todos pueden marcharse y vivir felices por siempre. ¿Pero cómo puede saber el ejército a quién yo nunca arrestaría? Persona que, por cierto, no existe. Todo esto es una locura.

—No sé quién es —dije—. No con seguridad. No todavía.

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