El asunto
Setenta y nueve
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SETENTA Y NUEVE
Terminamos la comida sin decir mucho más. Después pedimos tarta. De melocotón, naturalmente. Y café. Le pregunté:
—¿Te fue a ver el escuadrón de relaciones públicas de Kelham?
Ella asintió:
—Justo antes de que saliera a comer.
—Así que sabes lo que va a suceder esta noche.
—A las ocho —dijo—. Todo el mundo a portarse bien.
—¿Estás de acuerdo con eso?
—Saben cuáles son las reglas. Si las siguen, no les causaré ningún problema.
Entonces sonó el teléfono. Deveraux se dio la vuelta bruscamente y lo miró, como si nunca lo hubiera escuchado sonar. Cosa que era posible. Dije:
—Es para mí.
Fui hasta allí y atendí. Era Munro. Dijo:
—Tengo la información del traslado, si te interesa. Reed Riley ya no tiene coche, como bien sabes, por lo que usará uno prestado de la base, de color verde aceituna. Irá con su padre como único pasajero. Los encargados de la flota automovilística recibieron la orden de tener el coche listo a las ocho en punto exactas.
—Gracias —dije—. Es bueno saberlo. ¿Hay una hora estimada de regreso a la base?
—Esta noche la hora límite son las once. No es oficial, se dijo por lo bajo, pero así va a suceder. Tomarse unas cuantas cervezas es algo auténtico. Demasiadas es indecoroso. Esa es la idea. Así que la gente se estará yendo del pueblo a partir de las diez y media. El avión del senador tiene planeado salir a medianoche.
—Es bueno saberlo —repetí—. Gracias. ¿Ya ha llegado?
—Hace veinte minutos, en un Lear del Ejército.
—¿La celebración ha comenzado?
—Arranca en una hora, más o menos.
—¿Me traerías las notas que tomaste en tu investigación?
—¿Para qué?
—Quiero comprobar algunas cosas. ¿Me las traerías a la cafetería en cuanto parezca que el senador va a quedarse en el mismo lugar durante diez minutos?
Munro accedió, así que colgué el teléfono y regresé a la mesa, pero para entonces Deveraux ya se estaba levantando para irse. Dijo:
—Lo lamento, tengo que volver a trabajar. Tengo muchas cosas que hacer. Tengo que resolver tres homicidios.
Después me apartó y salió por la puerta.
Esperar. Parte del tiempo lo pasé dando un paseo. Di la vuelta por el edificio del Departamento del Sheriff y entré en el área de tierra batida detrás de Main Street desde arriba. A mi izquierda, las vías del tren estaban en silencio. A mi derecha, las tiendas y los bares estaban abiertos, pero sin clientes. En los bares trabajaba el personal de limpieza, todas mujeres negras de más de cuarenta años, todas inclinadas sobre fregonas y baldes, todas supervisadas por propietarios ansiosos plenamente conscientes de que un senador de los Estados Unidos iba a pasar por allí y que incluso podía llegar a entrar. Brannan’s estaba recibiendo más atención que la mayoría. Estaban cambiando de sitio las mesas y las sillas, llenando las heladeras, sacando la basura. Incluso estaban limpiando las ventanas.
Al otro lado del callejón, enfrente de Brannan’s, no había ningún movimiento en la oficina de préstamo. Shawna Lindsay había trabajado allí antes de morir, y evidentemente había sido remplazada por otra mujer joven, menos hermosa pero probablemente igual de buena para los números. Estaba sentada en un taburete detrás de un mostrador, con un cartel luminoso de Western Union sobre su cabeza. Tenía que hacer tiempo, así que entré sin pensarlo. La mujer levantó la vista cuando se abrió la puerta y sonrió como si le alegrara verme. Quizás era el primer cliente del día.
Le pregunté cómo funcionaba el sistema, y después de un breve intercambio entendí que podía llamar por teléfono a mi banco y pedir que me enviaran dinero a cualquiera de sus oficinas en Estados Unidos. Necesitaría una clave para el banco, y un documento o la misma clave para la oficina. Recordad que estábamos en 1997. Entonces las cosas todavía eran bastante informales. Yo sabía que cerca del Pentágono había un montón de bancos, porque treinta mil personas en el mismo sitio era un gran mercado para explotar. Decidí que cuando estuviera de nuevo en el D. C. trasladaría mi cuenta a uno de esos bancos, pediría su número de teléfono y registraría una clave. Por si acaso.
Le di las gracias a la joven y seguí mi camino hacia el local de al lado, que era una armería. Compré municiones de repuesto para mi Beretta, Parabellum nueve milímetros, en una caja de veinte, y un cargador de repuesto en el que meter quince. Comprobé que fuera el correcto y que funcionara, y así fue. Muchas de las personas que no comprueban su equipo nuevo siguen aún con vida, pero seguramente no todas. Remplacé la bala que le había insertado en la cabeza al enano flacucho y me guardé el arma en un bolsillo y el cargador nuevo y las cuatro balas sueltas en el otro.
Y con eso se terminaron mis compras. No necesitaba un equipo de música de segunda mano ni tampoco repuestos de coche. Por lo que recorrí el zigzag del callejón de Janice Chapman y regresé a la cafetería. Me encontré con la camarera en la puerta y me dijo que no había recibido llamadas para mí. Me quedé allí un segundo, indeciso, y después descolgué el teléfono, eché una moneda de veinticinco y llamé al conmutador del Departamento del Tesoro. El mismo número que había marcado desde el viejo teléfono amarillo en la cocina de los Lindsay. Atendió la misma mujer. Elegante y de mediana edad.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó.
—Con el despacho de Joe Reacher, por favor —dije.
Oí el mismo chasquido y el mismo repique que la otra vez, y me enfrenté al mismo minuto de aire hueco. Después la joven, que casi seguro llevaba una falda escocesa y un jersey blanco, atendió y dijo:
—Despacho del señor Reacher.
—¿Está el señor Reacher? —pregunté.
Reconoció mi voz de inmediato, probablemente porque era igual a la de Joe. Dijo:
—No, lo siento, aún no ha regresado. Creo que sigue en Georgia. Eso espero, al menos.
—Suena preocupada —dije.
—Estoy preocupada, un poco.
—No lo esté —dije—. Joe es un hombre grande. Se las puede arreglar con lo que sea que Georgia tenga para él. Creo que ni siquiera es alérgico a los cacahuetes.
Después colgué, fui hasta el fondo del local y me senté en la última mesa para dos. Y me quedé allí sentado, simplemente, esperando a Munro, contando los minutos mentalmente.
Munro llegó más o menos según lo prometido, una hora después de que habláramos por teléfono, más cinco minutos de trayecto en coche. Aparcó junto a la acera un coche sin identificar, entró y me encontró a oscuras al fondo del salón. Se desabrochó el botón del pecho de la chaqueta y sacó la libreta negra fina que yo le había visto antes. La apoyó en la mesa y dijo:
—Quédatela. No hay ninguna otra persona que la vaya a querer. Nadie le está reservando un lugar permanente en el Archivo Nacional.
Asentí:
—Un coronel me acaba de decir que no tiene que haber nada que recuerde las sospechas recientes.
Munro asintió a su vez:
—Acabo de escuchar el mismo discurso. Y ese tipo está muy enfadado contigo, por cierto. ¿Lo has ofendido de alguna manera?
—Eso espero.
—Está redactando un informe para Garber.
—Nunca sobra papel higiénico.
—Y copias para repartir por todas partes. Vas a ser famoso.
Me miró un segundo a los ojos, tal vez con un poco de pesar, y después volvió a su coche. Abrí la libretita negra y empecé a leer.