El asunto

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Ochenta

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OCHENTA

La letra de Munro era apretada, pulcra y meticulosa. Llenaba alrededor de cincuenta pequeñas páginas. Su método era registrar dos o tres conversaciones cada vez, y después las resumía antes de pasar a las dos o tres siguientes. De ese modo tanto su material en bruto como sus conclusiones se conservaban al lado, las últimas para que fuera más fácil de consultar y lo primero para confirmar lo último. Un sistema circular, seguro, diligente y minucioso. Era un buen policía. La fotografía de Reed Riley seguía en la libreta, calzada contra el lomo después de la última nota y antes de la primera página en blanco. Me di cuenta de que la había estado utilizando como señalador.

El foco de las cincuenta páginas era Janice May Chapman. Desde el principio había salido a la luz que ella y Reed Riley habían salido juntos. No porque Riley hubiera dicho algo sobre ella. O sobre cualquier otra cosa. Había llamado a un abogado en el primer momento y había restringido sus respuestas a nombre, rango y número. Lo que no suponía un gran problema para un investigador del nivel de Munro. Había hablado con todos los hombres de la Compañía Bravo y había sonsacado los hechos de los momentos en los que estaban desprevenidos y de situaciones a las que no prestaban atención. Había extraído fragmentos de cosas mencionadas al pasar, los había juntado y con eso había armado un relato sólido y fiable.

Los hombres de Riley habían hablado de él de un modo que yo había escuchado antes muchas veces. Era demasiado joven como para ser una leyenda y no tenía la experiencia suficiente como para ser una estrella, pero tenía el carisma de una persona famosa, en parte por su padre y en parte por su propia personalidad. Pero no era alguien querido. Las conversaciones tal como estaban registradas eran leales a más no poder, pero era una lealtad institucional, no personal, todo filtrado por el tradicional odio de cualquier soldado hacia la policía militar. Nadie tenía nada malo que decir sobre él, pero tampoco nada bueno. Leyendo entre líneas lo que se decía y lo que no, vi que Riley era un presumido y un fantasma, que era impaciente, imprudente, negligente, y que estaba sobrado de privilegios. Lo que no suponía un gran problema en un entorno de baja temperatura como Kosovo, pero si hubiese pertenecido a una generación anterior y hubiese estado en Vietnam le habrían disparado accidentalmente por la espalda o le habría explotado una granada defectuosa el primer día. Sin duda. Hombres mejores que Riley habían sufrido ese destino.

Estaba claro que antes de Chapman había salido con Shawna Lindsay. Los habían visto juntos muchas veces. Y antes de Lindsay había salido con Rosemary McClatchy. También los habían visto juntos muchas veces, en los bares, en la cafetería, dando vueltas en el Chevy azul del 57. En las notas de Munro había un leve tufillo a testosterona vieja, dado que todos los jóvenes del pueblo habían disfrutado contando que el jefazo se había tirado una tras otra a todas las mujeres más guapas del pueblo, como si nada, pim pam pum, gracias, señora.

Y, según la Compañía Bravo, esa prestigiosa seguidilla había comenzado con Elizabeth Deveraux. En Kelham todos la conocían, por una visita de cortesía que había hecho al comienzo de la misión. Por aquel entonces el entrenamiento era intenso y no había habido salidas de permiso ni tiempo libre, pero el jefazo se había escapado de noche y se había quedado con el premio. Ese triunfo había sido revelado una noche durante la primera campaña de la Compañía Bravo en Kosovo, mientras bebían unas copas alrededor de una fogata. Una vez más, podía oír la conversación casi como si hubiera estado allí, llena de risas satisfechas porque el resto de los soldados regulares del escuadrón 75 creía que Deveraux era lesbiana, y porque los muchachos de la Compañía Bravo sabían en secreto que no era así, por su jefazo, su macho alfa y su irresistible manera de ser. No les gustaba, pero lo admiraban. Personalidad, y carisma. Y también hormonas, supuse.

En la libreta no había nada más de interés. Me quedé un rato mirando de nuevo la foto de Riley, y después me lo guardé todo en el bolsillo del pecho de la chaqueta y me dediqué otra vez a esperar.

 

El resto de la tarde fue largo e improductivo. Pasaban las horas, no llamaba ni aparecía nadie y el pueblo permanecía en calma. En un momento escuché el leve ruido de los disparos de algún ejercicio de entrenamiento que llegaba desde el este, y supuse que la celebración en Kelham marchaba a las mil maravillas. De vez en cuando tomaba una taza de café y comía una porción de tarta, pero la mayor parte del tiempo estaba en un estado semivegetativo, respirando lento, ahorrando energía, como hibernando. Llegaron y se fueron algunos lugareños, solos o en parejas, y a las seis en punto entraron Jonathan y Hunter Brannan para pedir una cena temprana y alimentarse bien antes de su ajetreada noche, lo que me pareció sabio. Otras dos o tres personas que asumí que eran los propietarios de los otros bares hicieron lo mismo, y algunas personas más, que asumí que eran su personal de limpieza, hicieron una parada allí antes de volver a sus casas. A las siete en punto cayó la noche sobre Main Street al otro lado de la ventana, y a las siete y media llegaron los dueños del hotel en busca de su comida, ella con su libro, él con su periódico.

Un minuto más tarde llamó por teléfono Stan Lowrey, y la noche comenzó a desenredarse.

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