El asunto

El asunto


Ochenta y uno

Página 85 de 94

OCHENTA Y UNO

Lowrey empezó disculpándose por la extrema tardanza de su aviso, y después dijo que acababa de recibir noticias de un amigo policía militar de Fort Benning en Georgia, que era la base del Regimiento Ranger 75. Aparentemente un teniente coronel de su otro destacamento en Kelham había llamado y les había dicho a sus jefes que seguía habiendo en el escenario local dos comandantes del Departamento de Investigaciones Criminales, uno en la misma base y otro en el pueblo, este último una molestia mayúscula, y como sus jefes estaban decididos a que el senador Riley no se encontrara con ningún obstáculo para pasar un buen rato, habían despachado un escuadrón de niñeros para mantener callados a dichos comandantes del Departamento de Investigaciones durante el tiempo que le quedara a la visita del senador. Por si acaso. Lowrey dijo que el escuadrón había partido de Benning hacía un rato, y que por lo tanto ya podría haber llegado a Kelham.

—¿Policías militares? —dije—. No se meterán conmigo.

—No son policías militares —dijo Lowrey—. Son rangers comunes. Tipos duros de verdad.

—¿Cuántos?

—Seis —dijo Lowrey—. Tres para ti y tres para Munro, supongo.

—¿Qué tienen permitido hacer?

—No lo sé. ¿Qué se necesita para mantenerte callado?

—Más de tres rangers —dije. Inspeccioné la calle por la ventana y no vi que se moviera nada. Ni vehículos ni peatones. Dije—: No te preocupes por mí, Stan. El que me preocupa es Munro. Necesito dos pares de manos esta noche. Si lo retienen, todo va a ser más difícil.

—Y lo retendrán —dijo Lowrey—. Probablemente a ti también. Lo que se dice es que estos tipos no bromean.

—¿Lo llamarías y le darías el mismo aviso? —pregunté—. Si es que todavía no lo cogieron. —Recité el número del cuartel de oficiales en el que estaba Munro, y escuché cómo raspaba el lápiz contra la papel mientras Lowrey lo anotaba. Después pregunté—: ¿Tu amigo banquero ya ha localizado a Alice Bouton?

—Negativo —dijo Lowrey—. Ha estado todo el día ocupado. Pero Neagley sigue trabajando en eso.

—Llámala y dile que deje de holgazanear y me consiga la información. Dile que si cuando llama estoy ocupado con los rangers está autorizada a dejarle el mensaje a la camarera.

—De acuerdo, y buena suerte —dijo Lowrey, y colgó.

Salí a la acera y miré la calle hacia ambos lados. No pasaba nada. Supuse que los rangers me buscarían primero en uno de los bares. Probablemente en el Brannan’s. Si mi plan fuera montar problemas, estaría allí. Por lo que me di la vuelta por el callejón en zigzag e inspeccioné la zona de tierra, sin salir de las sombras.

Efectivamente, había un Humvee aparcado allí, grande y verde y evidente. Supuse que el plan era arrastrarme hasta él, meterme en la parte de atrás, llevarme a Kelham y encerrarme en una habitación con Munro. Después nos harían esperar hasta que el Lear del senador partiera a medianoche, nos dejarían salir de nuevo, y se disculparían muy sinceramente por el malentendido.

Todos tienen un plan hasta que les dan un puñetazo en la boca.

Me asomé por la esquina del bar Brannan’s y miré por la ventana. Estaba reluciente. Las mesas y las sillas estaban cuidadosamente dispuestas alrededor de un punto específico que asumí que lo ocuparían el senador y su hijo. Los acólitos se sentarían cerca, y había mucho más espacio en el que podían permanecer de pie los que no estuvieran tan bien conectados. Jonathan y Hunter Brannan estaban al otro lado de la barra, y parecían bien descansados y bien alimentados después de su cena temprana.

Tres tipos en uniforme de combate hablaban con ellos.

Los tres eran rangers, todos de tamaño considerable y ninguno un novato. Uno era un sargento y dos especialistas. Sus uniformes estaban muy usados, y sus botas estaban limpias pero gastadas. Tenían caras inexpresivas, bronceadas y con arrugas. Eran militares profesionales, lisa y llanamente. Que era una expresión bastante tonta, porque los militares profesionales eran toda clase de cosas, pero ninguna lisa y ninguna llana. Pero en realidad no importaba lo que fueran dos de ellos, porque el que estaba al mando era el sargento. Y nunca había conocido a un sargento que no tuviese más que claro que en la jerarquía había dieciocho rangos por encima del suyo, hasta llegar al comandante en jefe, y que todos ganaban más dinero que él a cambio de tomar decisiones políticas.

En otras palabras: hiciera lo que hiciera un sargento, había dieciocho grupos de gente listos, dispuestos y esperando para criticarlo.

Me volví a adentrar en las sombras y me dirigí de nuevo hacia la cafetería.

 

En la cafetería seguía habiendo tres clientes, la pareja del Toussaint’s y el tipo con el traje claro que ya había visto antes una vez incluidos. Tres era un buen número, pero no un gran número. Por otra parte, la demografía era casi perfecta. Gente de negocios de la localidad, ciudadanos fiables, maduros, fáciles de indignar. Y estaba garantizado que los dueños del hotel se quedarían por lo menos unas cuantas horas, lo que era bueno, porque es posible que necesitara unas cuantas horas, dependiendo de los avances de Neagley.

Crucé la puerta, me detuve junto al teléfono y la camarera me miró y negó con la cabeza para decirme que no había habido llamadas. Abrí la guía telefónica y busqué el número del bar Brannan’s, y después puse una moneda de veinticinco y marqué. Atendió uno de los hermanos Brannan y dije:

—Pásame con el sargento.

Asistí a un segundo de sorpresa e incertidumbre, y después oí cómo giraba el teléfono sobre la barra, el ruido mínimo de las uñas y el golpe de las palmas cuando el auricular pasaba de una mano a la otra. Después una voz dijo:

—¿Quién es?

—Soy la persona que estáis buscando —dije—. Estoy en la cafetería.

No hubo respuesta.

—Esta es la parte en la que usted quiere tapar el micrófono con la mano el tiempo suficiente como para preguntarle a los camareros dónde está la cafetería, así puede enviar a sus hombres a comprobarlo mientras usted sigue hablando conmigo para mantenerme en la línea. Pero le ahorraré el problema. La cafetería está más o menos veinte metros al oeste de donde están ustedes y más o menos cincuenta metros hacia el norte. Envíe a uno de ellos por el callejón que está a su izquierda y al otro en sentido contrario a las agujas del reloj por el aparcamiento y rodeando el edificio del Departamento del Sheriff. Usted puede venir personalmente por la puerta de la cocina, que debería estar bastante cerca del lugar en el que aparcaron la furgoneta. De ese modo me tendrán cubierto en todas las direcciones. Pero no se preocupe. No me voy a ningún lado. Los esperaré aquí mismo. Me encontrarán en una mesa del fondo.

Después colgué y fui hasta la mesa para cuatro que estaba más atrás.

Ir a la siguiente página

Report Page