El abanico de seda

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Años de arroz y sal » En las montañas

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En las montañas

Todavía no sabía si Flor de Nieve y su familia habían sobrevivido a la epidemia de fiebre tifoidea. Había estado muy preocupada por mis hijos y después había tenido que atender a mi suegra; cuando todavía no había desaparecido la euforia que me produjo el regreso de mi esposo, murió mi suegro y tuvimos que encargarnos del funeral. Mi marido y yo nos convertimos, antes de lo previsto, en el señor y la señora Lu, y con tanto ajetreo me había olvidado por primera vez de mi laotong.

Entonces recibí una carta suya.

Querida Lirio Blanco:

Me han dicho que estás viva. Lamento la muerte de tus suegros. Todavía me ha dolido más saber que tus padres también han fallecido. Los quería mucho.

Nosotros sobrevivimos a la epidemia. En los primeros días parí otra hija muerta. Mi esposo dice que es mejor así. Si todas mis hijas hubieran sobrevivido, ahora tendría cuatro, y eso sería un desastre. Sin embargo, perder a tres hijos es demasiado para una madre.

Tú siempre me dices que vuelva a intentarlo. Desearía ser como tú y tener tres hijos varones. Como tú dices, el tesoro de una mujer son sus hijos varones.

Aquí murió mucha gente. Te diría que ahora vivimos más tranquilos, pero mi suegra sobrevivió. No pasa ni un solo día sin que hable mal de mí, y hace todo lo posible para poner a mi esposo en mi contra.

Te invito a visitarnos. Mi humilde puerta no puede compararse con la tuya, pero estoy deseando que olvidemos nuestros problemas. Si me quieres, ven, por favor. Tenemos que prepararlo todo bien antes de empezar a vendar los pies de nuestras hijas.

Flor de Nieve

Ahora que mi suegra no vigilaba mis movimientos, ya no tenía por qué esconderme para ver a Flor de Nieve. Recordaba su consejo acerca de los deberes de una esposa: «Obedece, obedece, obedece, y luego haz lo que quieras.»

Mi esposo, en cambio, ponía muchas objeciones porque no le gustaba que desatendiera a nuestros hijos (los varones tenían once, ocho y un año y medio, respectivamente, y nuestra hija acababa de cumplir seis). Dediqué varios días a tranquilizarlo. Le cantaba para ahuyentar las preocupaciones de su mente. Ponía trabajo a los niños, y eso aplacaba los temores de su padre. Le preparaba sus platos favoritos. Le lavaba y le daba masajes en los pies todas las noches, cuando volvía cansado de recorrer los campos. Satisfacía su deseo sexual. Él seguía sin querer que yo me marchara, y más tarde lamenté no haberle hecho caso.

El vigésimo octavo día del décimo mes, me puse una túnica de seda azul lavanda que había bordado con crisantemos, apropiada para el otoño. Yo creía que sólo vestiría las prendas que había confeccionado durante mis años de cabello recogido. No se me había ocurrido pensar que mi suegra moriría y dejaría numerosos rollos de tela que ni siquiera había tocado, ni que tendría dinero suficiente para comprar grandes cantidades de la mejor seda de Suzhou.

Iba a pasar tres noches lejos de mi hogar, pero, recordando que cuando éramos niñas mi laotong se ponía mi ropa siempre que me visitaba, no me llevé ninguna otra prenda para no hacer ostentación de mi riqueza ante una familia más humilde que la mía.

El palanquín me dejó delante de su casa. Flor de Nieve me esperaba sentada en la plataforma que había junto al umbral, vestida con una túnica, unos pantalones, un delantal y un tocado de algodón de color añil sucio, gastado y mal teñido. No entramos enseguida en la casa, porque a ella le apetecía disfrutar del fresco de la tarde. Mientras charlábamos, me fijé por primera vez en el gigantesco wok donde hervían los animales muertos para arrancarles el pelo y despellejarlos. En un cobertizo que tenía la puerta abierta vi unas piezas de carne colgada de las vigas. El olor me revolvió el estómago. Pero lo peor eran la cerda y sus crías, que subían una y otra vez a la plataforma buscando comida. Cuando dimos cuenta del arroz con mijo, ella cogió los cuencos y los dejó a nuestros pies para que la cerda y sus crías los rebañaran.

Al poco rato vimos llegar al carnicero —empujaba un carro cargado con cuatro banastas, cada una de las cuales contenía un cerdo tumbado boca abajo y con las patas estiradas— y fuimos al piso de arriba, donde la hija de Flor de Nieve bordaba y su suegra limpiaba algodón. La estancia era húmeda y sombría. La celosía era aún más pequeña y sencilla que la de mi casa natal; aun así, al asomarme distinguí mi ventana de Tongkou. Ni siquiera allí arriba podíamos librarnos del olor a cerdo.

Nos sentamos y nos pusimos a hablar de lo que más nos importaba: nuestras hijas.

—¿Has pensado cuándo deberíamos empezar el vendado? —inquirió Flor de Nieve.

Lo correcto era iniciarlo ese año, pero su pregunta me hizo abrigar esperanzas de que ella pensara como yo.

—Nuestras madres esperaron hasta que cumplimos siete años, y desde entonces hemos sido muy felices juntas —me aventuré a decir.

Ella esbozó una amplia sonrisa.

—Eso mismo he pensado yo. Nuestros ocho caracteres encajaban a la perfección. ¿No crees que no sólo deberíamos unir los ocho caracteres de nuestras hijas, sino también sus ocho caracteres a los nuestros en la medida de lo posible? Podrían iniciar el vendado el mismo día y a la misma edad que nosotras.

Miré a la hija de Flor de Nieve. Luna de Primavera era tan hermosa como su madre a esa edad —piel sedosa, cabello negro y brillante—, pero adoptaba una actitud resignada. Estaba sentada con la cabeza gacha, sin apartar la vista de su bordado, intentando no escuchar cómo hablábamos de su destino.

—Serán como un par de patos mandarines —auguré, y me alegré de que nos hubiéramos puesto de acuerdo con tanta facilidad, aunque estoy segura de que ambas confiábamos en que nuestros armoniosos ocho caracteres compensaran el hecho de que los de las niñas no encajaban a la perfección.

Era una gran suerte que Flor de Nieve tuviera a Luna de Primavera; de lo contrario, habría tenido que pasar los días a solas con su suegra. Dejad que os diga que esa mujer seguía siendo tan mordaz y mezquina como yo la recordaba. Sólo sabía decir una cosa: «Tu hijo mayor no es mejor que una niña. Es un debilucho. Nunca será lo bastante fuerte para matar un cerdo.» Cuando la oía, yo pensaba: «¿Por qué los fantasmas no se la llevaron durante la epidemia?», aunque ese pensamiento no fuera digno de una mujer de mi posición.

La cena me hizo recordar sabores de mi infancia, pues se sirvió lo mismo que comíamos en mi casa natal antes de que empezaran a llegar los regalos de mis suegros: judías en conserva, pies de cerdo con salsa de pimientos, rodajas de calabaza fritas en el wok y arroz rojo. Todas las comidas que hacíamos en Jintian se parecían en una cosa: siempre contenían carne de cerdo. Grasa de cerdo con las judías negras, orejas de cerdo cocidas en una olla de barro, intestinos de cerdo, pene de cerdo salteado con ajo y pimientos. Flor de Nieve no probaba nada de todo aquello y comía sus verduras y su arroz en silencio.

Después de cenar su suegra fue a acostarse. Aunque la tradición dicta que las almas gemelas deben compartir la cama cuando se visitan y que el esposo debe dormir en otra habitación, el carnicero anunció que no pensaba renunciar a la compañía de su esposa. ¿Qué excusa dio? «No hay nada más malvado que el corazón de una mujer.» Era un viejo proverbio, y seguramente cierto, pero no era muy elegante decir una cosa así a la señora Lu. Con todo, él mandaba en su casa y nosotras no teníamos más remedio que obedecerlo.

Flor de Nieve me llevó a la habitación del piso de arriba, donde me preparó una cama con las colchas de su ajuar, limpias pero deshilachadas. Puso sobre un mueble un cuenco lleno de agua caliente para que me lavara la cara. Cómo me habría gustado mojar en ella un trapo y borrar las preocupaciones del rostro de mi laotong. Mientras lo pensaba, ella me trajo un traje casi idéntico al suyo —casi, porque yo recordaba cómo lo había confeccionado con una de las prendas rescatadas del ajuar de su madre—. Luego se inclinó hacia mí, me besó en la mejilla y me susurró al oído:

—Mañana pasaremos el día juntas. Te enseñaré mis bordados y lo que he escrito en nuestro abanico. Hablaremos y recordaremos viejos tiempos. —Después me dejó sola.

Apagué el farolillo y me tumbé bajo las colchas. La luna estaba casi llena y la luz azulada que entraba por la celosía me transportó al pasado. Apreté la cara contra los pliegues de la colcha, que conservaba el perfume, fresco y delicado, de Flor de Nieve en nuestros años de cabello recogido. Me pareció volver a oír nuestros débiles gemidos de placer. Sola en aquella oscura habitación, me ruboricé al recordar cosas que era mejor olvidar. Pero los gemidos no desaparecieron de mis oídos y me incorporé. Ese sonido no lo imaginaba yo, sino que procedía del dormitorio de Flor de Nieve. ¡Mi laotong estaba teniendo trato carnal con su esposo! Quizá se hubiera hecho vegetariana, pero no se parecía a la esposa Wang de la historia que nos contaba mi tía. Me tapé los oídos e intenté conciliar el sueño, pero no lo conseguía. Mi buena suerte me había convertido en una persona impaciente e intolerante. El carácter impuro de aquella casa y sus moradores me irritaba los sentidos, la piel y el alma.

A la mañana siguiente el carnicero se marchó a trabajar. Ayudé a Flor de Nieve a lavar y secar los platos, a entrar leña, a sacar agua del pozo, a cortar las hortalizas para la comida, a coger carne del cobertizo donde se guardaban las piezas de cerdo y a cuidar a su hija. Cuando terminamos, puso a calentar el agua que utilizaríamos para bañarnos. Luego la subió a la habitación de las mujeres y cerró la puerta. Nunca habíamos sentido pudor; ¿por qué habíamos de sentirlo entonces? En aquella casita hacía mucho calor, pese a que estábamos en el décimo mes, pero se me puso carne de gallina cuando Flor de Nieve pasó el trapo mojado por mi piel.

¿Cómo puedo explicar esto sin que mis palabras parezcan propias de un esposo? Cuando la miré, vi que su pálida piel, siempre tan hermosa, había empezado a tornarse gruesa y oscura. Sus manos, siempre tan suaves, parecían rugosas sobre mi piel. Tenía arrugas encima del labio superior y en las comisuras de los ojos. Llevaba el cabello recogido en un prieto moño, en el que se apreciaban algunos mechones blancos. Tenía la misma edad que yo: treinta y dos años. Las mujeres de nuestro país no suelen vivir más de cuarenta, pero yo acababa de ver cómo mi suegra se iba al más allá, cuando aún parecía muy hermosa, a pesar de haber alcanzado la asombrosa edad de cincuenta y un años.

Esa noche volvimos a comer cerdo para cenar.

Entonces no me daba cuenta, pero el reino exterior, ese tumultuoso mundo de los hombres, se estaba filtrando en mi vida y en la de Flor de Nieve. La segunda noche que pasamos en su casa, nos despertaron unos ruidos espantosos. Nos reunimos en la sala principal y nos acurrucamos unos contra otros; todos, incluso el carnicero, estábamos aterrados. La habitación se llenó de humo. Una casa, quizá un pueblo entero, se estaba quemando cerca de allí. El polvo y la ceniza se depositaban sobre nuestra ropa. Se oían ruidos de metal y de cascos de caballos, que resonaban en nuestras cabezas. Estaba oscuro y no sabíamos qué sucedía. ¿Se estaba produciendo una catástrofe en un solo pueblo, o se trataba de algo mucho peor?

Se avecinaba un gran desastre. Los habitantes de los pueblos cercanos empezaron a huir de sus casas para refugiarse en las montañas. A la mañana siguiente, desde la celosía de Flor de Nieve vimos una caravana de hombres, mujeres y niños en carros empujados por otras personas o tirados por bueyes, a pie o en ponis. El carnicero corrió hasta las afueras del pueblo y les preguntó:

—¿Qué ha pasado? ¿Es la guerra?

Unas voces le contestaron:

—¡El emperador ha enviado un mensajero a Yongming para que nuestro gobierno actúe contra los taiping!

—¡Las tropas imperiales han llegado para echar a los rebeldes!

—¡Hay combates por todas partes!

El carnicero hizo bocina con las manos y preguntó:

—¿Qué debemos hacer?

—¡Huid!

—¡La batalla pronto llegará aquí!

Yo estaba paralizada, abrumada y muerta de miedo. ¿Por qué mi esposo no había venido a buscarme? Una y otra vez me reprochaba a mí misma haber elegido aquel momento, después de tantos años, para visitar a mi laotong. Pero así es el destino. Tomamos decisiones acertadas y sensatas, pero a veces los dioses tienen otros planes para nosotros.

Ayudé a Flor de Nieve a preparar unas bolsas para ella y sus hijos. Fuimos a la cocina y cogimos un gran saco de arroz, té y licor para beber y para curar heridas. Por último enrollamos cuatro colchas de su ajuar, las atamos y las dejamos junto a la puerta. Cuando todo estuvo preparado, me puse mi traje de viaje de seda, salí, me planté en la plataforma y esperé a que viniera mi esposo, pero no apareció. No apartaba la vista del camino de Tongkou. De allí también salían tropeles de gente, sólo que, en lugar de subir hacia las colinas que se elevaban detrás del pueblo, cruzaban los campos en dirección a Yongming. Los dos torrentes de refugiados —el que iba hacia las colinas y el que se dirigía a la ciudad— me confundieron. ¿Acaso no había dicho siempre Flor de Nieve que las montañas eran los brazos que nos protegían? Entonces, ¿por qué iban los habitantes de Tongkou en la dirección opuesta?

A última hora de la tarde vi que un palanquín se apartaba del grupo que salía de Tongkou y viraba hacia Jintian. Yo sabía que venía a buscarme, pero el carnicero no quiso esperar.

—¡Es hora de marcharnos! —exclamó.

Yo quería quedarme allí hasta que mi familia viniera a recogerme, pero el carnicero se negó.

—Entonces iré caminando hacia el palanquín —dije. Desde la celosía de mi casa había imaginado infinidad de veces que iba caminando hasta Jintian. ¿Por qué no podía hacer el viaje a la inversa y reunirme con mi familia?

El carnicero hizo un brusco gesto con la mano, como si cortara el aire, indicando que no quería oír ni una palabra más.

—Están viniendo muchos hombres. ¿Sabes lo que le harían a una mujer sola? ¿Sabes lo que me haría tu familia si te pasara algo?

—Pero…

—Lirio Blanco —intervino Flor de Nieve—, ven con nosotros… Sólo estaremos fuera unas horas y luego te enviaremos con tu familia. Tenemos que ponernos a salvo.

El carnicero subió al carro a su madre, a su esposa, a los niños más pequeños y a mí; luego, junto con su hijo mayor, empezó a empujar de él. Yo miraba más allá de los campos que se extendían al otro lado de Jintian y veía llamas y penachos de humo agitados por el viento.

Flor de Nieve ofrecía continuamente agua a su esposo y a su hijo mayor. El otoño estaba avanzado y, cuando se puso el sol, el frío cayó sobre nosotros, pero el esposo y el hijo sudaban como si fuera pleno verano. Sin que nadie se lo pidiera, Luna de Primavera bajó del carro y cogió a su hermano pequeño. Llevó al niño sobre la cadera, y luego a la espalda. Por último lo dejó en el suelo, le cogió de la mano y se agarró al carro con la otra.

El carnicero aseguró a su esposa y a su madre que pronto nos detendríamos, pero no nos detuvimos. Formábamos parte de una siniestra caravana. Poco antes del amanecer, a la hora en que la oscuridad es más impenetrable, ascendimos por la primera ladera empinada. El carnicero tenía el rostro crispado, las venas se destacaban en su piel y le temblaban los brazos del esfuerzo que hacía para empujar el carro colina arriba. Al final se rindió y cayó al suelo detrás de nosotros. Flor de Nieve se bajó de un salto. Me miró. Yo la miré también. Detrás de mi laotong el cielo estaba rojo como el fuego. Los sonidos que transportaba el viento me hicieron apearme del carro. Nos atamos sendas colchas a la espalda. El carnicero se cargó el saco de arroz al hombro y los niños cogieron toda la comida que pudieron. Entonces pensé algo. Si sólo íbamos a estar fuera unas horas, ¿por qué llevábamos tanta comida? Quizá no volvería a ver a mi esposo ni a mis hijos durante varios días. Entretanto estaría allí, a merced de los elementos, con el carnicero. Me tapé la cara con las manos y procuré serenarme. No podía permitir que él viera en mí síntomas de debilidad.

Seguimos a pie hasta alcanzar a los otros. Flor de Nieve y yo sujetábamos a la madre del carnicero por los brazos para ayudarla a remontar la cuesta. Ella descansaba todo su peso en nosotras, como era de esperar en una rata. Cuando Buda quiso que la rata divulgara sus enseñanzas, la astuta criatura intentó aprovecharse del caballo. El caballo, que es un animal sabio, se negó a llevarla, y por eso los dos signos son incompatibles desde entonces. Pero en aquel espantoso camino, aquella espeluznante noche, ¿qué podíamos hacer nosotras, los dos caballos?

Los hombres que veíamos alrededor tenían una expresión adusta. Habían abandonado sus hogares y su sustento y se preguntaban si acabarían convertidos en montones de ceniza. Las mujeres tenían la cara surcada de lágrimas de miedo y dolor, pues en una sola noche estaban caminando todo lo que no habían caminado desde que les habían vendado los pies. Los niños no se quejaban, porque estaban demasiado asustados. No habíamos hecho más que iniciar nuestra huida.

Al día siguiente, a última hora de la tarde —no habíamos parado ni una sola vez—, el camino se estrechó hasta quedar reducido a una vereda que serpenteaba por una ladera que se empinaba cada vez más. Veíamos imágenes dolorosas y oíamos sonidos lastimeros. A veces pasábamos junto a ancianos o ancianas que se habían sentado para descansar y que no volverían a levantarse. Jamás había imaginado que en nuestro propio condado vería a padres abandonados de esa forma. A menudo, mientras avanzábamos, oíamos quejidos y últimas palabras dirigidas con resignación a un hijo o una hija: «Márchate. Vuelve a buscarme mañana, cuando todo haya terminado.» «Sigue caminando. Salva a tus hijos. No olvides levantarme un altar cuando llegue la Fiesta de la Primavera.» Cada vez que pasábamos junto a alguien así, yo pensaba en mi madre. Ella no habría podido hacer ese viaje con la única ayuda de su bastón. ¿Habría pedido que la dejaran atrás? ¿La habría abandonado mi padre? ¿Y Hermano Mayor?

Los pies me dolían como durante el vendado, y el dolor ascendía por las piernas con cada paso que daba. De todas formas, podía considerarme afortunada. Vi a mujeres de mi edad, e incluso más jóvenes —en sus años de arroz y sal—, con los pies destrozados por el esfuerzo. Tenían las piernas ilesas del tobillo para arriba, pero bajo las vendas sus pies estaban completamente deshechos. Se quedaban tumbadas en el suelo, inmóviles, llorando, abandonadas a su suerte, conscientes de que no tardarían en morir de sed, de hambre o de frío. Nosotros seguíamos nuestro camino sin mirar atrás, enterrando la pena en nuestros vacíos corazones, haciendo oídos sordos a los sonidos de la agonía y el sufrimiento.

Cuando cayó la segunda noche y el mundo se tornó negro, el desaliento nos invadió a todos. Algunos abandonaban sus pertenencias. Más de uno se había separado de su familia. Los esposos buscaban a sus esposas. Las madres llamaban a sus hijos. Estábamos a finales de otoño, la estación en que suele iniciarse el vendado de los pies, de modo que muchas veces encontrábamos a niñas pequeñas cuyos huesos se habían roto hacía poco y que se habían quedado atrás, igual que la comida, la ropa innecesaria, el agua, los altares de viaje, los ajuares y los tesoros familiares.

También veíamos a niños pequeños —terceros, cuartos o quintos hijos— que pedían ayuda a quienes pasaban a su lado. Pero ¿cómo íbamos a socorrer a unos desconocidos, si teníamos que seguir andando sin soltar la mano de nuestro hijo favorito y aferradas a la de nuestro esposo? Cuando temes por tu vida no piensas en los demás. Sólo piensas en tus seres queridos, y quizá ni siquiera eso sea suficiente.

No oíamos campanas que nos anunciaran la hora, pero la oscuridad era impenetrable y estábamos extenuados. Llevábamos más de treinta y seis horas caminando sin descanso, sin comida, y bebiendo sólo un sorbo de agua de vez en cuando. Empezamos a oír unos gritos largos y estremecedores, pero ignorábamos de dónde provenían. Descendió la temperatura. La escarcha se acumulaba en las hojas y en las ramas de los árboles. Flor de Nieve llevaba un traje de algodón añil, y yo, uno de seda; esas prendas no iban a protegernos de las duras condiciones que se avecinaban. Bajo la suela de nuestros zapatos las rocas se volvieron resbaladizas. Yo estaba convencida de que me sangraban los pies, porque notaba en ellos un extraño calor. Pero seguimos caminando. La madre del carnicero se tambaleaba entre mi laotong y yo. Era una anciana débil, pero su personalidad de rata le impedía rendirse.

El sendero se estrechó aún más. A la derecha, la montaña —ya no puedo llamarla colina— se alzaba con tal pendiente que rozábamos la pared con los hombros mientras avanzábamos en fila india. A la izquierda, la ladera descendía abruptamente hasta perderse en la oscuridad. Yo no alcanzaba a ver qué había allí abajo, pero delante y detrás de mí, en el sendero, había muchas mujeres con los pies vendados. Eramos como flores en medio de una tormenta. Y no sólo nos dolían los pies, sino que además teníamos calambres y temblores en las piernas, porque sometíamos a nuestros músculos a un esfuerzo al que no estaban acostumbrados.

Durante una hora caminamos detrás de una familia —el padre, la madre y tres hijos—, hasta que la mujer resbaló en una roca y se precipitó en aquel pozo de oscuridad que se abría bajo nosotros. Oímos un grito agudo y prolongado, que se interrumpió abruptamente, y me di cuenta de que era eso lo que llevábamos oyendo toda la noche. A partir de ese momento yo pasaba una mano sobre la otra para agarrarme a la hierba, sin importarme los rasguños que me hacían las piedras que sobresalían de la pared montañosa que se alzaba a mi derecha. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para no convertirme en otro grito en la noche.

Llegamos a una hondonada que quedaba resguardada. Las montañas se perfilaban contra el cielo alrededor de nosotros. Había pequeñas hogueras encendidas. Nos hallábamos a gran altitud, y sin embargo la depresión del terreno impedía que los taiping vieran el resplandor del fuego, o al menos eso esperábamos. Seguimos caminando despacio hacia la hondonada.

Quizá porque yo no estaba con mi familia, sólo veía rostros infantiles en torno a las fogatas diseminadas por el campamento. Tenían los ojos llorosos y la mirada perdida. Quizá se les había muerto una abuela o un abuelo. Quizá habían perdido a su madre o a una hermana. Todos tenían miedo. Ver a un niño en ese estado es algo que no deseo a nadie.

Nos detuvimos cuando Flor de Nieve reconoció a tres familias de Jintian que habían encontrado un lugar relativamente protegido bajo un gran árbol. Al ver al carnicero cargado con un saco de arroz, se levantaron a toda prisa para hacernos sitio junto a la hoguera. Me senté y acerqué las manos y los pies a las llamas, y éstos empezaron a arderme, no por el calor del fuego, sino porque los huesos y la carne, helados, empezaban a descongelarse.

Flor de Nieve y yo frotamos las manos a sus hijos. Ellos lloraban en silencio, incluso el mayor. Sentamos a los tres niños juntos y los tapamos con una colcha. Nosotras nos acurrucamos bajo otra, mientras su suegra cogía otra colcha para ella sola. La última era para el carnicero, pero él la rechazó con un gesto.

Se puso a hablar en voz baja con uno de los hombres de Jintian. Luego se arrodilló al lado de Flor de Nieve.

—Voy a buscar más leña —anunció.

Ella lo agarró del brazo y exclamó:

—¡No te vayas! ¡No nos dejes aquí!

—Si no mantenemos encendida la hoguera, habremos muerto todos antes del amanecer —repuso él—. ¿No lo notas? Está a punto de nevar. —Separó con delicadeza de su brazo los dedos de su esposa—. Nuestros vecinos os vigilarán hasta que yo vuelva. No tengas miedo. Y, si es necesario —añadió bajando la voz—, aparta a esa gente del fuego y haz sitio para ti y para tu amiga. Tú puedes hacerlo.

Y yo pensé: «Quizá ella no se atreva, pero yo no pienso morir aquí sin mi familia.»

Pese a lo cansados que estábamos, teníamos tanto miedo que no podíamos dormir; ni siquiera nos atrevíamos a cerrar los ojos. Y teníamos hambre y sed. En el pequeño corro alrededor de la hoguera, las mujeres —luego supe que eran hermanas de juramento casadas— aliviaron nuestros temores cantando una historia. Es curioso que, aunque mi suegra dominaba el nu shu —quizá precisamente porque conocía a la perfección tanta variedad de caracteres—, para ella cantar no fuera muy importante. Valoraba más una carta redactada con primor o un precioso poema que una canción para distraer o consolar. Por eso mis cuñadas y yo habíamos renunciado a los viejos cantos con que habíamos crecido. Yo conocía el cuento que las mujeres cantaron esa noche, pero no lo oía desde la infancia. Hablaba del pueblo yao, de su primer hogar y de su valiente lucha por la independencia.

—Somos el pueblo yao —empezó Loto, que era unos diez años mayor que yo—. En la antigüedad Gao Xin, un emperador Han amable y benévolo, sufrió el ataque de un malvado y ambicioso general. Panhu, un perro sarnoso y abandonado, oyó hablar de los problemas que acuciaban al emperador y desafió al general. Lo venció y recibió como recompensa la mano de una hija del emperador. Panhu se sentía muy feliz, pero su prometida estaba avergonzada, porque no quería casarse con un perro. Sin embargo, su deber era obedecer a su padre, así que Panhu y ella se marcharon a las montañas, donde tuvieron doce hijos, que son los antepasados del pueblo yao. Cuando los niños crecieron, construyeron una ciudad llamada Qianjiandong, la gruta de las mil familias.

Terminada la primera parte de la historia, otra mujer, Sauce, siguió cantando. Flor de Nieve, sentada a mi lado, se estremeció. ¿Estaba recordando nuestros días de hija, cuando escuchábamos a Hermana Mayor y a sus hermanas de juramento, o a mi madre y mi tía, cantar esa historia que narra nuestros orígenes?

—No había otro lugar con tanta agua ni con una tierra tan fértil —continuó Sauce—. Estaba muy bien protegido de los intrusos, pues quedaba escondido y sólo se podía llegar a él a través de un cavernoso túnel. Qianjiandong era un lugar mágico para el pueblo yao. Pero un paraíso como aquél no podía permanecer inalterado eternamente.

Las mujeres sentadas alrededor de otras hogueras empezaron a cantar los versos de aquella canción. Los hombres deberían habernos hecho callar, pues los rebeldes podían oírnos, pero la pureza de la voz de las mujeres nos infundía fuerza y valor a todos.

Sauce prosiguió:

—Muchas generaciones más tarde, durante la dinastía Yuan, un temerario explorador del gobierno local recorrió el túnel y encontró al pueblo yao. Los yao vestían ropas lujosas y estaban sanos y rollizos gracias a los frutos de aquella tierra tan fértil. Al oír hablar de aquel esplendoroso lugar, el emperador, codicioso e ingrato, exigió más impuestos al pueblo yao.

Cuando los primeros copos de nieve empezaron a caer sobre nuestras caras y nuestro pelo, Flor de Nieve entrelazó su brazo con el mío y narró la siguiente parte de la historia.

—«¿Por qué vamos a pagar?», se preguntaba el pueblo yao. —La voz de mi alma gemela temblaba de frío—. En la cima de la montaña que protegía su ciudad de los intrusos, construyeron un parapeto de piedra. El emperador envió a tres recaudadores de impuestos a la caverna para negociar con el pueblo yao, pero no regresaron. El emperador envió a otros tres…

Las mujeres sentadas alrededor de nuestra hoguera cantaron con ella:

—No regresaron.

—El emperador envió a un tercer contingente. —La voz de Flor de Nieve cobraba fuerza. Jamás la había oído cantar así. Su voz flotaba, clara y hermosa, hacia las montañas. Si los rebeldes la hubieran oído, habrían huido tomándola por un fantasma de zorro.

—No regresaron —cantaron las otras mujeres.

—El emperador envió a sus soldados. Iniciaron un sangriento asedio. Murieron muchos yao, hombres, mujeres y niños. ¿Qué podían hacer? ¿Qué podían hacer? El caudillo cogió un cuerno de carabao y lo dividió en doce trozos. A continuación los repartió a diferentes grupos y les dijo que se dispersaran para salvar la vida.

—Que se dispersaran para salvar la vida —repitieron las otras mujeres.

—Fue así como el pueblo yao llegó a los valles y a las montañas, a esta provincia y a otras —prosiguió Flor de Nieve.

Flor de Ciruelo, la más joven del grupo, terminó de cantar el cuento.

—Dicen que dentro de quinientos años el pueblo yao, esté donde esté, volverá a recorrer la caverna, juntará los trozos de cuerno y reconstruirá nuestro hogar encantado. Ese momento no tardará en llegar.

Hacía muchos años que había oído la historia y no sabía qué pensar. Los yao habían creído que estaban a salvo, protegidos por las montañas, su parapeto y la caverna secreta, pero se equivocaban. Me pregunté quién llegaría antes a la hondonada donde nos encontrábamos y qué pasaría entonces. Los taiping quizá intentaran conquistarnos para su causa, mientras que el gran ejército de Hunan quizá nos tomara por rebeldes. Tanto en un caso como en el otro, ¿perderíamos la batalla y nos pasaría lo mismo que a nuestros antepasados? ¿Podríamos regresar a nuestros hogares?

Pensé en los taiping, que, como el pueblo yao, se habían rebelado contra los elevados impuestos y el sistema feudal. ¿Tenían razón? ¿Debíamos unirnos a ellos? ¿Estábamos ofendiendo a nuestros antepasados al no reconocer sus derechos?

Esa noche nadie consiguió dormir.

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