El abanico de seda

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Años de arroz y sal » Invierno

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Invierno

Las cuatro familias de Jintian siguieron juntas bajo la protección del gran árbol de largas ramas, pero sus sufrimientos no terminaron ni en dos noches ni en una semana. Ese año nevó más de lo que nadie recordaba haber visto nevar en nuestra provincia. Tuvimos que soportar temperaturas muy bajas, no sólo de noche, sino también de día. De nuestras bocas salían nubes de vaho que el viento de la montaña se tragaba. Pasábamos hambre. Las familias guardaban con celo sus provisiones, pues no sabíamos cuánto tiempo pasaríamos allí. Por todo el campamento había gente con tos, resfriados y dolor de garganta. Seguían muriendo hombres, mujeres y niños a causa de la enfermedad y de las gélidas noches.

Durante la huida me había lastimado los pies, y lo mismo le había pasado a la mayoría de las mujeres que se habían refugiado en aquellas montañas. Privadas de intimidad, teníamos que quitarnos los vendajes, lavarnos los pies y volver a vendarlos delante de los hombres. También teníamos que superar la vergüenza respecto a otras necesidades fisiológicas, y aprendimos a aliviarnos detrás de un árbol o en la letrina comunitaria, cuando la excavaron. Pero, a diferencia de las otras mujeres, yo no estaba con mi familia. Me consumía de preocupación por mi esposo, sus hermanos, mis cuñadas, sus hijos y hasta las criadas, pues no sabía si habrían conseguido refugiarse en Yongming.

Mis pies tardaron casi un mes en curarse lo suficiente para permitirme caminar sin que volvieran a sangrar. A principios del duodécimo mes lunar decidí que todos los días iría en busca de mis hermanos y sus familias y de Hermana Mayor y su familia. Esperaba que estuvieran a salvo no lejos de donde nos encontrábamos nosotros, pero ¿cómo podía localizarlos, si éramos diez mil personas esparcidas por las montañas? Todos los días me echaba una colcha sobre los hombros y me ponía en marcha, marcando siempre el camino, consciente de que perecería si no lograba regresar hasta la familia de Flor de Nieve.

Un día, cuando llevaba unas dos semanas buscando, encontré a un grupo de Getan acurrucado bajo un saliente de roca. Les pregunté si conocían a Hermana Mayor.

—¡Sí, sí, la conocemos! —contestó una mujer.

—Nos separamos de ella la primera noche —explicó su amiga—. Si la encuentras, dile que venga con nosotros. Podemos dar cobijo a una familia más.

Otra mujer, que parecía la cabecilla del grupo, me advirtió que sólo tenían sitio para gente de Getan, por si se me había ocurrido alguna idea.

—Lo comprendo —dije—. De todas formas, si la veis, ¿podríais decirle que la estoy buscando? Soy su hermana.

—¿Su hermana? Entonces, ¿eres la señora Lu?

—Sí —respondí con cierto recelo. Si creían que tenía algo para darles, se equivocaban.

—Vinieron unos hombres buscándote.

Al oír esas palabras me dio un vuelco el corazón.

—¿Quiénes eran? ¿Mis hermanos?

Las mujeres se miraron y luego me observaron con desconfianza. La cabecilla volvió a tomar la palabra.

—No quisieron decir quiénes eran. Ya sabes lo que pasa aquí arriba. Entre ellos había uno que era el jefe. Creo recordar que era corpulento. Llevaba ropa y zapatos de calidad. Un mechón de cabello le tapaba la frente, así.

¡Mi esposo! ¡Tenía que ser mi esposo!

—¿Qué dijo? ¿Dónde está? ¿Cómo…?

—No tenemos ni idea, pero, si de verdad eres la señora Lu, debes saber que hay un hombre que te busca. No te preocupes. —La mujer me dio unas palmaditas en la mano—. Dijo que regresaría.

Seguí buscando, pero no volví a oír ninguna historia parecida. Acabé pensando que aquellas mujeres se habían burlado de mí. Cuando regresé al lugar donde las había encontrado, había otra familia acurrucada bajo el saliente de roca. Tras ese descubrimiento regresé a mi campamento con una profunda desesperación. Nadie que me viera creería que era la señora Lu. Mi seda azul lavanda con los crisantemos primorosamente bordados estaba sucia y desgarrada, y mis zapatos estaban manchados de sangre y desgastados de tanto andar. Además, no quería ni imaginar cómo debían de estar estropeándome la cara el sol, el viento y el frío. Ahora que tengo ochenta años, al recordar aquellos días puedo afirmar con certeza que era una joven frívola y estúpida por pensar en esas cosas, cuando las verdaderas amenazas eran la escasez de alimentos y el frío implacable.

El esposo de Flor de Nieve se convirtió en el héroe de nuestro pequeño grupo de refugiados. Como desempeñaba un oficio impuro, hizo muchas cosas que eran necesarias sin quejarse ni esperar la menor muestra de agradecimiento. Había nacido bajo el signo del gallo; era apuesto, crítico, enérgico y cruel si hacía falta. Estaba en su naturaleza recurrir a la tierra para sobrevivir; sabía cazar, limpiar un animal, cocinar en la hoguera y secar las pieles para que nos abrigáramos con ellas. Cargaba leña y grandes cantidades de agua. Nunca se cansaba. Allí arriba no era una persona impura, sino un guardián y un protector. Flor de Nieve estaba orgullosa de él por su carisma, y yo estaba y le estaré eternamente agradecida porque su actitud me salvó la vida.

Aiya! Pero su madre, la rata… Siempre estaba merodeando y escabulléndose. En aquellas circunstancias tan desesperadas, seguía criticándolo todo y quejándose incluso de las cosas más nimias. Siempre se sentaba lo más cerca que podía del fuego. Nunca se desprendía de la colcha que había cogido la primera noche y, si tenía ocasión, se hacía con alguna otra hasta que le pedíamos que la devolviera. Escondía comida en las mangas de su túnica y, cuando creía que no la veíamos, la sacaba y se metía enormes pedazos de carne quemada en la boca. Dicen que las ratas son avaras, y nosotros tuvimos oportunidad de comprobarlo. No paraba de enredar y manipular a su hijo, pese a que no tenía ningún motivo para hacerlo. Él siempre se comportaba como un buen hijo y la obedecía en todo. Cuando la anciana se quejaba de que necesitaba más comida que su nuera, él se aseguraba de que comiera primero. Como yo también había sido una buena hija, no podía reprocharle esa actitud, de modo que Flor de Nieve y yo empezamos a compartir mis raciones. Un día, cuando se acabó el arroz del saco, la anciana dijo que no había que dar al hijo mayor la comida que el carnicero había cazado o rapiñado.

—Es demasiado valiosa para dársela a alguien tan débil —argumentó—. Cuando se muera, todos nos sentiremos aliviados.

Miré al niño, que entonces tenía once años, igual que mi hijo mayor. El crío miró a su abuela con sus hundidos ojos y no osó defenderse. Yo estaba segura de que Flor de Nieve intercedería por él, pues al fin y al cabo era su primogénito. Sin embargo, mi alma gemela no lo amaba como debería haberlo amado. La abuela estaba condenando al niño a una muerte segura, pero la mirada de Flor de Nieve no se posó en él, sino en su segundo hijo. Pese a que éste era inteligente y fuerte, yo no podía permitir que le pasara aquello a un primogénito, porque iba contra todas las tradiciones. ¿Qué contestaría a mis antepasados cuando me preguntaran por qué había dejado morir a aquel niño? ¿Cómo recibiría al pobre muchacho cuando lo viera en el más allá? Como primogénito, merecía comer más que cualquiera de nosotros, incluido el carnicero. Así pues, empecé a compartir mi ración con Flor de Nieve y su hijo. Cuando el carnicero nos descubrió, abofeteó al niño y luego a su esposa.

—Esa comida es para la señora Lu.

Antes de que ellos pudieran hablar, la rata saltó:

—Hijo, ¿por qué das de comer a esa mujer? Es una extraña para nosotros. Tenemos que pensar en los de nuestra sangre: en ti, en tu segundo hijo y en mí.

No mencionó, por descontado, al primogénito ni a Luna de Primavera, que habían sobrevivido hasta ese momento alimentándose de sobras y estaban cada vez más débiles.

En esta ocasión el carnicero no cedió a la presión de su madre.

—La señora Lu es nuestra invitada. Si la devuelvo con vida, quizá reciba una recompensa.

—¿Dinero? —preguntó su madre, incapaz de disimular su codicia.

—El señor Lu puede procurarnos cosas mucho más importantes que el dinero.

La anciana entornó los ojos mientras cavilaba sobre esas palabras. Me apresuré a intervenir en la conversación antes de que ella hablara.

—Si lo que esperas es una recompensa, necesito una ración más generosa. Si no —añadí torciendo el gesto como había visto hacer a las concubinas de mi suegro—, diré que tu familia no me mostró hospitalidad, sino sólo avaricia, desconsideración y vulgaridad.

¡Qué riesgo corrí aquel día! El carnicero habría podido echarme del grupo en ese mismo instante. Sin embargo, pese a las incesantes protestas de su madre, recibí la mayor ración de comida, que compartí con Flor de Nieve, su hijo mayor y Luna de Primavera. Qué hambre pasábamos. Quedamos reducidos a poco más que la piel y los huesos; estábamos el día entero tumbados, inmóviles, con los ojos cerrados, respirando superficialmente, intentando conservar la poca energía que nos quedaba. Las enfermedades que en nuestro pueblo considerábamos benignas seguían haciendo estragos en el campamento. Todo escaseaba —los alimentos, las fuerzas, las tazas de té caliente y las hierbas vigorizantes—, de modo que nadie tenía ánimos para combatir esos males menores. Seguía muriendo gente y los demás no teníamos fuerzas para apartar los cadáveres.

El hijo mayor de Flor de Nieve buscaba mi compañía siempre que podía. Nadie lo quería, pero no era tan estúpido como creía su familia. Recordé el día que Flor de Nieve y yo habíamos ido a rezar al templo de Gupo y cómo habíamos expresado el deseo de transmitir a nuestros hijos el gusto por la elegancia y el refinamiento. Me percaté de que esas virtudes latían dormidas en el interior del muchacho, aunque no había recibido educación. Yo no podía enseñarle la escritura de los hombres, pero sí inculcarle lo que tío Lu había enseñado a mi hijo, porque muchas veces había escuchado sus lecciones a hurtadillas. «Las cinco cosas que más respetan los chinos son el cielo, la tierra, el emperador, los padres y los maestros…» Cuando le hube dado todas las lecciones que recordaba, le conté un cuento didáctico, transmitido por las mujeres de nuestro condado, acerca de un segundo hijo que se convierte en mandarín y regresa a su casa paterna, pero lo cambié un poco para que se adaptara a las circunstancias del niño.

—Un primogénito corre junto al río —empecé—. Está verde como el bambú. No sabe nada de la vida. Vive con su madre, su padre, su hermano pequeño y su hermana pequeña. El hermano menor seguirá el negocio de su padre. La hermana pequeña se casará y se marchará de su casa. La madre y el padre nunca se fijan en su hijo mayor. Cuando se fijan en él, le aporrean la cabeza hasta que se le hincha como un melón.

El niño, acurrucado a mi lado junto al fuego, me miraba con fijeza. Proseguí:

—Un día, el niño va al sitio donde su padre guarda el dinero. Coge unas monedas y se las esconde en el bolsillo. A continuación va a donde su madre guarda la comida. Llena un saco con todo lo que puede transportar. Luego, sin despedirse de nadie, sale de su casa y atraviesa los campos. Cruza el río a nado y sigue caminando. —Pensé en un lugar lejano—. Va caminando hasta Guilin. ¿Crees que éste viaje a las montañas ha sido duro? ¿Crees que vivir a la intemperie en invierno es duro? Pues esto no es nada. El niño no tenía amigos ni protectores, ni más ropa que la que llevaba puesta. Cuando se le acabaron la comida y el dinero, tuvo que mendigar para sobrevivir.

El crío se ruborizó, no por el calor de la hoguera, sino de vergüenza. Debía de haber oído que sus abuelos maternos habían acabado convertidos en pordioseros.

—Hay quien dice que eso es vergonzoso —continué—, pero, si es la única forma de sobrevivir, entonces requiere un gran valor.

Al otro lado de la hoguera, la madre del carnicero masculló:

—La historia no es así.

No le hice caso. Sabía cómo era la historia, pero quería ofrecer al niño algo a lo que aferrarse.

—El crío deambulaba por las calles de Guilin tras los hombres vestidos de mandarines. Los escuchaba e imitaba su forma de hablar. Se sentaba junto a las casas de té e intentaba hablar con los hombres que entraban en ellas. Cuando empezó a hablar con refinamiento, uno se fijó en él. —Al llegar a este punto hice un paréntesis para decir—: Muchacho, en el mundo hay gente amable. Quizá no lo creas, pero yo he conocido a personas de buen corazón. Debes buscar siempre a alguien que pueda ser tu benefactor.

—¿Como tú? —preguntó él.

Su abuela soltó un bufido, y yo volví a hacer caso omiso de ella.

—Aquel hombre tomó al muchacho como criado —proseguí—. Mientras el niño hacía sus tareas, el benefactor le enseñaba todo cuanto sabía. Cuando ya no pudo enseñarle nada más, contrató a un maestro. Pasados muchos años, el niño, que ya se había convertido en adulto, hizo el examen imperial y consiguió el título de mandarín. El nivel más bajo —añadí, creyendo que semejante logro estaba al alcance incluso del hijo de Flor de Nieve.

»El mandarín regresó a su pueblo natal. El perro de su casa paterna lo reconoció y ladró tres veces. Sus padres salieron a la calle, pero no reconocieron a su hijo. Salió también el hermano segundo, que tampoco lo reconoció. ¿Y la hermana? Ella se había casado y vivía en el hogar de su esposo. Cuando el hijo mayor se identificó, sus parientes hicieron una reverencia ante él, y poco después empezaron a pedirle favores. «Necesitamos un pozo nuevo. ¿Puedes contratar a alguien para que lo excave?», dijo su padre. «No tengo seda. ¿Puedes comprarme un poco?», dijo su madre. «Llevo años ocupándome de nuestros padres. ¿Puedes pagarme por el tiempo que he empleado?», dijo el hermano menor. El mandarín recordó lo mal que lo habían tratado todos. Volvió a subir a su palanquín y regresó a Guilin, donde se casó, tuvo muchos hijos y fue feliz el resto de su vida.

Waaa! ¿Para qué le cuentas esas historias a este desgraciado? ¿Para desgraciarlo aún más? —La anciana escupió en el fuego y me fulminó con la mirada—. Le haces abrigar falsas esperanzas. ¿Por qué lo haces?

Yo conocía la respuesta, pero no pensaba dársela a aquella anciana rata. Ya sé que no estábamos en circunstancias normales, pero, como me hallaba lejos de mi familia, necesitaba ocuparme de alguien. Me gustaba pensar que mi esposo podía convertirse en el benefactor del muchacho. ¿Por qué no? Si Flor de Nieve me había ayudado cuando éramos niñas, ¿por qué no podía mi familia influir en el futuro de aquel muchacho?

Pronto empezaron a escasear los animales que vivían en los alrededores, ahuyentados por la presencia de tantos refugiados y tantos cadáveres, pues aquel crudo invierno hubo muchos muertos. Los hombres —todos eran campesinos— estaban cada vez más débiles. Sólo habían llevado consigo lo que habían podido transportar; cuando se agotaban las provisiones, ellos y sus familias morían de hambre. Muchos esposos pedían a sus esposas que bajaran de la montaña y fueran a buscar víveres. En nuestro condado, como sabéis, no se puede atacar a las mujeres en tiempo de guerra, y por eso solían enviarlas a buscar comida, agua u otros suministros durante las épocas de conflictos. Atacar a una mujer durante las hostilidades podía producir una escalada de violencia, pero ni los taiping ni los soldados del gran ejército de Hunan eran de la región, de modo que ignoraban las costumbres del pueblo yao. Además, ¿cómo íbamos a bajar de las montañas en pleno invierno y volver con provisiones, si estábamos débiles a causa del hambre y apenas podíamos caminar con nuestros pies vendados?

Así pues, los hombres formaron una cuadrilla y se pusieron en marcha. Bajaron con mucho cuidado por la montaña, con la esperanza de encontrar provisiones en los pueblos que habíamos abandonado. Sólo volvieron unos pocos; nos contaron que habían visto a sus amigos decapitados y las cabezas clavadas en picas. Muchas nuevas viudas, incapaces de soportar la noticia, se suicidaron; se arrojaban por el precipicio por el que tanto les había costado trepar, se tragaban brasas ardiendo de las hogueras que encendíamos por la noche, se cortaban el cuello o se dejaban morir lentamente de hambre. Las que no elegían ese camino se deshonraban aún más buscando una nueva vida con otros hombres alrededor de otras hogueras. Al parecer, en las montañas algunas mujeres olvidaban las normas que rigen la viudedad. Aunque seamos pobres, aunque seamos jóvenes, aunque tengamos hijos, es preferible morir y seguir siendo fieles a nuestros esposos que deshonrar su memoria, porque así preservamos nuestra virtud.

Como no tenía a mis hijos cerca, observaba atentamente a los de Flor de Nieve y descubría en ellos algunos rasgos de personalidad que habían heredado de su madre; añoraba muchísimo a los míos y no podía evitar compararlos con los de mi laotong. Mi hijo mayor ya había ocupado el lugar que le correspondía en la familia y le esperaba un futuro espléndido. El hijo mayor de Flor de Nieve tenía dentro de su familia una posición aún inferior a la de su madre. Nadie lo quería y parecía ir a la deriva. Sin embargo, a mis ojos era el que más se parecía a mi laotong. Era amable y delicado, y quizá por eso ella se apartaba de él con tanta crueldad.

Mi segundo hijo era un muchacho bondadoso e inteligente, pero sin tantas ansias de aprender como mi primogénito. Lo imaginaba viviendo con nosotros el resto de su vida, trayendo a su esposa a casa, engendrando hijos y trabajando para su hermano mayor. El segundo hijo de Flor de Nieve, por su parte, era el preferido de su familia. Tenía la misma constitución que su padre: era bajo y robusto, con brazos y piernas fuertes. Jamás tenía miedo, nunca tiritaba de frío ni protestaba si tenía hambre. Seguía a su padre como un fantasma, incluso cuando él salía a cazar. Y debía de servirle de alguna ayuda, porque de lo contrario el carnicero no habría permitido que el crío lo acompañara. Cuando volvían al campamento con un animal muerto, el niño se acuclillaba junto a su padre y aprendía a preparar la carne. Ese parecido del muchacho con su padre me permitía entender mejor a Flor de Nieve. Su esposo quizá era rudo y apestoso, y quizá estaba muy por debajo de mi alma gemela, pero el amor que ella demostraba por su hijo significaba que también quería mucho a su marido.

El aspecto y la conducta de Luna de Primavera no podían ser más diferentes de los de mi hija. Jade había heredado las facciones más bien toscas de mi familia, y por eso yo era tan dura con ella. Como el dinero que habíamos ganado con la venta de la sal le permitiría contar con una generosa dote, era muy probable que encontrara un buen marido. Yo creía que Jade sería una buena esposa, pero Luna de Primavera sería una esposa extraordinaria si se le brindaban las mismas oportunidades que había tenido yo.

Todos ellos hacían que yo añorara a mi familia.

Estaba triste y asustada, pero las noches con Flor de Nieve aligeraban mi pena. ¿Cómo os digo esto? Incluso allí, incluso en aquella situación tan extrema, con tanta gente alrededor, el carnicero quería tener trato carnal con mi laotong. Cohabitaban a la intemperie, protegiéndose del frío con una colcha junto a la hoguera. Los demás desviábamos la mirada, pero no podíamos evitar oírlos. Por fortuna el carnicero no hacía ruido y sólo de vez en cuando emitía algún gruñido. Los suspiros de placer que yo oía no eran del carnicero, sino de mi laotong, y me costaba entenderlo. Cuando terminaban, ella venía a mi lado y me abrazaba, como hacía cuando éramos niñas. Olía a sexo, pero hacía tanto frío que de todos modos yo agradecía su calor. Sin su cuerpo junto al mío, habría muerto cualquiera de aquellas noches, como tantas mujeres.

Como era de esperar, con tanto trato carnal Flor de Nieve volvió a quedar encinta. Al principio creí que el frío, las privaciones y la mala alimentación eran la causa de que hubiera dejado de tener la menstruación, pues a mí me había ocurrido lo mismo. Sin embargo, ella descartaba tajantemente esa posibilidad.

—No es la primera vez que me quedo embarazada —me dijo—. Conozco los síntomas.

—Entonces, espero que tengas otro hijo varón.

—Sí, esta vez será varón —afirmó, y sus ojos destellaron con una mezcla de felicidad y convicción.

—Sí, los hijos varones son una bendición. Deberías estar orgullosa de tu primogénito.

—Desde luego —repuso sin entusiasmo. A continuación añadió—: Os he visto juntos. Sé que le tienes mucho aprecio. ¿Le tienes suficiente aprecio para que se convierta en tu yerno?

En efecto, yo apreciaba al muchacho, pero esa propuesta estaba fuera de lugar.

—No puede haber matrimonios entre nuestras familias —contesté. Me sentía en deuda con Flor de Nieve por haberme convertido en quien era y estaba dispuesta a ayudar a Luna de Primavera, pero nunca permitiría que mi hija cayera tan bajo—. Es mucho más importante una unión entre nuestras dos hijas, ¿no te parece?

—Sí, tienes razón —concedió sin darse cuenta de mis verdaderos sentimientos—. Cuando volvamos a casa, iremos a ver a tía Wang, tal como teníamos pensado. Tan pronto como los pies de las niñas adopten su nueva forma, irán al templo de Gupo para firmar su contrato, se comprarán un abanico para escribir en él sus vidas y comerán en el puesto de taro.

—Tú y yo también deberíamos encontrarnos en Shexia. Si somos discretas, podremos observarlas.

—¿Me estás proponiendo que las espiemos? —preguntó, escandalizada. Al ver que yo sonreía se echó a reír—. Siempre he creído que era yo la traviesa, ¡pero mira quién es ahora la que conspira!

Pese a las privaciones que tuvimos que soportar durante aquellos meses, el plan que habíamos trazado para nuestras hijas nos infundía esperanzas e intentábamos recordar en todo momento lo bueno de la vida. Celebramos el quinto cumpleaños del hijo menor de Flor de Nieve. Era un niñito muy gracioso y nos divertía observarlo cuando ayudaba a su padre. Parecían dos cerdos: husmeaban, hurgaban, se frotaban el uno contra el otro; iban manchados de barro y mugre y se deleitaban con su mutua compañía. Al hijo mayor le gustaba sentarse con las mujeres. Como yo me interesaba por él, Flor de Nieve también empezó a prestarle atención. Cuando su madre lo miraba, él siempre sonreía. Su expresión me recordaba a la de mi alma gemela cuando tenía esa edad: dulce, candida, inteligente. Flor de Nieve no lo miraba con verdadero amor maternal, pero sí como si lo que veía le gustara más que antes.

Un día, mientras yo estaba enseñando una canción al muchacho, mi laotong dijo:

—El niño no debería aprender las canciones de las mujeres. De pequeñas aprendimos algunos poemas…

—Sí, tu madre te los enseñaba y tú…

—Y estoy segura de que en la casa de tu esposo habrás aprendido otros.

—Sí, así es.

Ambas nos emocionamos mientras recordábamos títulos de poemas que conocíamos.

Flor de Nieve cogió a su hijo de la mano.

—Enseñémosle lo que sabemos y hagamos de él un hombre culto.

No podíamos enseñarle gran cosa, pues no habíamos recibido educación, pero aquel chico era como una seta seca que se echa en agua hirviendo y absorbía todo cuanto le ofrecíamos. No tardaría en recitar de corrido el poema de la dinastía Tang que a nosotras tanto nos gustaba de niñas, además de pasajes enteros del libro clásico infantil que yo había memorizado para ayudar a mi hijo en sus estudios. Por primera vez vi verdadero orgullo en el rostro de Flor de Nieve. El resto de la familia no sentía lo mismo, pero mi alma gemela no se acobardó ni cedió a sus demandas de que abandonara aquel empeño. Se había acordado de la niñita que apartaba la cortina del palanquín para asomarse al exterior.

Aquellos días —pese a ser fríos y estar llenos de miedo y penalidades— tenían algo maravilloso: Flor de Nieve irradiaba una felicidad que hacía muchos años yo no veía en ella. Estaba embarazada y, aunque no comía mucho, resplandecía como si tuviera dentro una lámpara de aceite. Disfrutaba de la compañía de las tres hermanas de juramento de Jintian y se alegraba de no pasar el día encerrada con su suegra. Sentada con esas mujeres, entonaba canciones que yo llevaba mucho tiempo sin oír. Allí, a la intemperie, lejos de los confines de su oscura y lúgubre casita, su espíritu de caballo se sentía libre.

Una noche gélida, cuando ya llevábamos diez semanas allí arriba, el segundo hijo de Flor de Nieve se ovilló junto a la hoguera para dormir y nunca despertó. No sé si murió de alguna enfermedad, de hambre o de frío, pero al amanecer vimos que la escarcha cubría su cuerpo y que tenía la piel azul. Los lamentos de Flor de Nieve resonaban por las montañas, pero el carnicero aún estaba más afligido. Cogió al niño en brazos; las lágrimas le resbalaban por las mejillas y abrían surcos en la mugre acumulada durante semanas en su cara. No había forma de consolarlo y se resistía a soltar al crío. No tenía oídos para su esposa ni para su madre. Hundió el rostro en el cuerpo de su hijo para no oír las súplicas de las mujeres. Ni siquiera cedió cuando los campesinos de nuestro grupo se sentaron alrededor de él, protegiéndolo de nuestra mirada y consolándolo con susurros. De vez en cuando levantaba la cabeza y exclamaba mirando al cielo: «¿Cómo puede ser que haya perdido a mi precioso hijo?» La desgarrada pregunta del carnicero aparecía en muchas historias y canciones de nu shu. Miré a las otras mujeres sentadas en torno al fuego y vi en sus rostros la pregunta sin formular: ¿podía un hombre, un carnicero, experimentar la misma desesperación y tristeza que sentíamos las mujeres cuando perdíamos a un hijo?

El padre permaneció dos días allí sentado, con el cadáver en los brazos, mientras los demás entonábamos cantos fúnebres. Al tercer día se levantó, estrechó al niño contra su pecho y se alejó de la hoguera, sorteando los corros que formaban otras familias, en dirección al bosque, donde tantas veces se había adentrado con su hijo. Regresó dos días más tarde con las manos vacías. Cuando Flor de Nieve le preguntó dónde había enterrado a su hijo, el carnicero se volvió y la golpeó con tanta brutalidad que mi laotong salió despedida hacia atrás y fue a caer con un ruido sordo dos metros más allá, en la nieve endurecida.

El carnicero siguió golpeándola hasta que ella abortó, expulsando un violento chorro de sangre negra que manchó las heladas pendientes del campamento. El embarazo no estaba muy avanzado, de modo que no encontramos el feto, pero el carnicero estaba convencido de que había librado al mundo de otra niña. «No hay nada más malvado que el corazón de una mujer», recitaba una y otra vez, como si ninguna de nosotras hubiera oído nunca ese proverbio. Las mujeres nos limitamos a atender a Flor de Nieve —le quitamos los pantalones, derretimos nieve para lavarlos, le limpiamos la sangre de los muslos y con el relleno de una de sus colchas nupciales intentamos contener el hediondo flujo que seguía saliendo de entre sus piernas— sin dirigir la palabra a su esposo.

Cuando lo recuerdo, pienso que fue un milagro que Flor de Nieve sobreviviera esas dos últimas semanas en las montañas mientras aguantaba con resignación las palizas de su esposo. Su cuerpo se debilitó a causa de la hemorragia. Estaba cubierta de heridas y cardenales de las palizas diarias que le propinaba su esposo. ¿Por qué no hice nada para detenerlo? Yo era la señora Lu. En otras ocasiones lo había obligado a hacer lo que yo quería. ¿Por qué no lo hice esa vez? Precisamente por ser la señora Lu no podía hacer nada más. Él era un hombre físicamente fuerte que no tenía reparos en emplear esa fuerza. Yo era una mujer con categoría, pero estaba sola. Carecía de poder. Él lo sabía, y yo también.

Cuando mi laotong pasaba sus peores momentos, me di cuenta de cuánto necesitaba a mi esposo. Para mí, gran parte de mi vida con él tenía que ver con los deberes y los papeles que debíamos desempeñar. Lamentaba todas las ocasiones en que no había sido la esposa que él merecía. Me juraba que, si conseguía bajar de aquella montaña, me convertiría en una mujer digna del título de señora Lu y no sería sólo una actriz de una obra de teatro. Deseaba que así fuera, pero poco después descubrí que podía llegar a ser mucho más brutal y cruel que el esposo de Flor de Nieve.

Las mujeres que convivíamos bajo el árbol seguíamos cuidando de Flor de Nieve. Le curábamos las heridas limpiándolas con agua hervida para evitar posibles infecciones y las vendábamos con tela arrancada de nuestra propia ropa. Las otras querían prepararle sopa con el tuétano de los animales que traía el carnicero, pero les recordé que ella era vegetariana; decidimos turnarnos e ir por parejas al bosque a recoger corteza de árbol, hierbas y raíces. Con esos ingredientes cocinábamos un caldo amargo y la obligábamos a tomárselo, mientras intentábamos consolarla con nuestras canciones.

Pero nada de lo que hacíamos o decíamos conseguía tranquilizarla. Flor de Nieve no podía dormir. Se quedaba sentada junto al fuego, con los muslos pegados al pecho y los brazos en torno a las rodillas, meciéndose con una desesperación desgarradora. Pese a que no teníamos ropa limpia, todas habíamos intentado mantener un aspecto pulcro. A ella, en cambio, eso le traía sin cuidado. No se lavaba la cara con puñados de nieve ni se frotaba los dientes con el dobladillo de la túnica, y llevaba el pelo suelto. Me recordaba a Cuñada Tercera la noche que mi suegra cayó enferma: era como si no estuviera ya con nosotros y su mente se alejara cada vez más.

Todos los días llegaba un momento en que Flor de Nieve se levantaba con dificultad y se iba a pasear por las nevadas montañas. Caminaba como sonámbula, perdida, desarraigada, desgajada. Yo siempre la acompañaba sin que ella me lo pidiera; entrelazaba mi brazo en el suyo y juntas avanzábamos tambaleándonos por las heladas piedras con nuestros lotos dorados hasta llegar al borde del precipicio; una vez allí, ella gritaba al vacío y el fuerte viento del norte se llevaba el eco de sus gritos.

Aquello me producía pavor, pues recordaba nuestra espantosa huida a las montañas y los horrísonos chillidos que proferían las mujeres al despeñarse por aquellos barrancos. Ella no compartía mi temor. Se quedaba contemplando el cielo por encima de las montañas, donde los halcones planeaban aprovechando las corrientes. Yo pensaba en todas las veces en que me había hablado de sus ansias de volar. Qué fácil habría sido para ella dar un paso más y precipitarse al vacío. Pero yo nunca me apartaba de su lado ni le soltaba el brazo.

Intentaba hablar con ella de cosas que la ataran a la tierra. Le preguntaba: «¿Quieres hablar tú con la señora Wang acerca de nuestras hijas, o prefieres que lo haga yo?» Si ella no contestaba, yo intentaba sacar otro tema. «Tú y yo vivimos muy cerca. ¿Por qué esperar a que las niñas se hagan almas gemelas para que se conozcan? Deberíais pasar las dos una temporada en mi casa. Les vendaremos los pies juntas. Así también tendremos eso para recordar.» O bien: «Mira ese árbol de nieve. Se acerca la primavera y pronto nos marcharemos de aquí.» Durante diez días ella sólo me contestó con monosílabos.

El undécimo día, mientras se dirigía hacia el borde del precipicio, habló por fin.

—He perdido cinco hijos y todas las veces mi esposo me ha echado la culpa. Coge su frustración y la encierra en sus puños. Cuando necesita liberar esas armas, me pega. Antes creía que estaba enfadado conmigo por engendrar hijas, pero ahora, con mi hijo… ¿Era dolor lo que sentía mi esposo? —Hizo una pausa y ladeó la cabeza, como si intentara aclarar sus ideas—. Sea como sea, él tiene que hacer algo con sus puños —concluyó con pesimismo.

Eso significaba que las palizas habían empezado tan pronto como mi laotong llegó a la casa del carnicero. Pese a que la conducta de éste era algo habitual y aceptado en nuestro condado, me apenaba que Flor de Nieve me lo hubiera ocultado tan bien y durante tanto tiempo. Yo había creído que nunca volvería a mentirme y que nunca más tendríamos secretos, pero no era eso lo que me dolía; me sentía culpable por no haber reparado en los indicios de que mi laotong llevaba una vida desgraciada.

—Flor de Nieve…

—No, escúchame. Crees que mi esposo es malo, pero te equivocas.

—Te trata peor que a un animal…

—Lirio Blanco —me interrumpió—, es mi esposo.

Entonces su mente pareció descender hasta una región aún más oscura.

—Hace mucho tiempo que me gustaría poner fin a mi vida, pero siempre hay alguien cerca.

—No digas esas cosas.

Ella no me hizo caso.

—¿Piensas a menudo en el destino? Yo lo hago casi todos los días. ¿Qué habría pasado si mi madre no se hubiera casado con mi padre? ¿Qué habría pasado si mi padre no se hubiera aficionado a la pipa? ¿Y si mis padres no me hubieran casado con el carnicero? ¿Y si yo hubiera sido un varón? ¿Habría podido salvar a mi familia? Lirio Blanco, siento tanta humillación…

—Yo nunca…

—Desde el día que entraste por primera vez en mi casa natal percibo que te avergüenzas de mí. —Meneó la cabeza al ver que me disponía a hablar—. No lo niegues. Escúchame. —Hizo una breve pausa antes de continuar—: Me miras y piensas que he caído muy bajo, pero lo que le sucedió a mi madre fue mucho peor. Recuerdo que de niña la veía llorar día y noche. Estoy segura de que ella deseaba morir, pero jamás me habría abandonado. Luego, cuando me instalé en la casa de mi esposo, no quiso abandonar a mi padre.

Vi adónde quería llegar, así que dije:

—Tu madre nunca se permitió un pensamiento amargo. Jamás se rindió…

—Se marchó con mi padre. Nunca sabré qué fue de ellos, pero estoy segura de que mi madre no se dejó morir hasta que hubo fallecido mi padre. Han pasado ya doce años. Muchas veces me he preguntado si yo habría podido ayudarla. ¿Habría acudido ella a mí? Te contestaré así. Yo soñaba que me casaría y encontraría la felicidad lejos de la enfermedad de mi padre y de la tristeza de mi madre. No sabía que me convertiría en una mendiga en la casa de mi esposo. Entonces aprendí cómo convencer a mi esposo de que trajera a casa los alimentos que yo quería comer. Mira, Lirio Blanco, hay cosas que no nos explican acerca de los hombres. Podemos hacerlos felices si les proporcionamos placer. Y eso también puede resultar agradable para nosotras, si queremos.

Flor de Nieve parecía una de esas ancianas que se divierten asustando a las muchachas solteras con esa clase de conversación.

—No tienes por qué mentirme. Soy tu laotong. Puedes ser sincera conmigo.

Apartó la mirada de las nubes y por un breve instante me miró como si no me reconociera.

—Lirio Blanco —dijo entonces, compungida—, lo eres todo y, sin embargo, no tienes nada.

Sus palabras me hirieron, pero no pude detenerme a pensar en ellas, porque a continuación me confió:

—Mi esposo y yo no obedecimos las normas de purificación que las esposas deben respetar después del parto. Ambos queríamos tener más hijos varones.

—Los hijos varones son el tesoro de toda mujer…

—Pero ya has visto qué ocurre. Engendro demasiadas hijas.

Ofrecí una respuesta práctica a ese innegable problema.

—No estaba escrito que vivieran —argumenté—. Deberías estar agradecida, porque seguramente había algo en ellas que no estaba bien. Lo único que podemos hacer las mujeres es volver a intentarlo…

—Lirio Blanco, cuando hablas así, mi mente se vacía. Sólo oigo el viento entre los árboles. ¿Notas cómo el suelo quiere ceder bajo mis pies? Deberías volver al campamento. Déjame estar con mi madre…

Habían transcurrido muchos años desde que Flor de Nieve perdió a su primera hija. Entonces yo no había sabido comprender su dolor. Pero con el tiempo yo también había experimentado las miserias de la vida y veía las cosas de otra forma. Si era perfectamente aceptable que una viuda se desfigurara o se suicidara para no desprestigiar a la familia de su esposo, ¿por qué la muerte de un hijo, o de más de uno como en su caso, no iba a impulsar a una mujer a realizar actos extremos? Cuidamos a nuestros hijos. Los queremos. Los atendemos cuando están enfermos. Si son varones, los preparamos para dar los primeros pasos en el reino de los hombres. Si son niñas, les vendamos los pies, les enseñamos nuestra escritura secreta y las educamos para que sean buenas esposas, nueras y madres, para que se adapten bien a las habitaciones de arriba de sus nuevas casas. Pero ninguna mujer debería sobrevivir a sus hijos; eso va contra las leyes de la naturaleza. Si eso ocurre, ¿por qué no íbamos a desear arrojarnos por un precipicio, ahorcarnos de una rama o beber lejía?

—Todos los días llego a la misma conclusión —admitió Flor de Nieve, mientras contemplaba el profundo valle que se extendía a sus pies—. Pero entonces me acuerdo de tu tía. Lirio Blanco, piensa en cómo sufría ella y en lo poco que a nosotras nos importaba su sufrimiento.

Respondí con la verdad:

—Mi tía sufría mucho, pero creo que nosotras éramos un consuelo para ella.

—¿Te acuerdas de lo dulce que era Luna Hermosa? ¿Te acuerdas de lo recatada que era, incluso muerta? ¿Te acuerdas de cuando tu tía llegó a casa y se quedó ante su cadáver? A todos nos preocupaban sus sentimientos, y por eso tapamos la cara a Luna Hermosa. Tu tía nunca volvió a ver a su hija. ¿Por qué fuimos tan crueles con ella?

Habría podido decir que el cadáver de Luna Hermosa era un recuerdo demasiado horrible para plantarlo en la mente de su madre, pero dije:

—Iremos a visitar a mi tía tan pronto como tengamos ocasión. Se alegrará de vernos.

—Quizá se alegre de verte a ti —repuso Flor de Nieve—, pero no a mí. Yo sólo le recordaré su desdicha. Pero debes saber que tu tía me recuerda cada día que no debo desfallecer. —Levantó la barbilla, paseó la mirada por última vez por las neblinosas colinas y añadió—: Creo que deberíamos volver. Veo que tienes frío. Además, quiero que me ayudes a escribir una cosa. —Metió una mano en su túnica y sacó nuestro abanico—. Lo he traído conmigo. Temía que los rebeldes quemaran nuestra casa y que lo perdiéramos. —Me miró a los ojos y me di cuenta de que ya no estaba ausente. Suspiró y meneó la cabeza—. Dije que nunca volvería a mentirte. La verdad es que creí que moriríamos todos aquí. No quería que muriéramos sin él. —Me tiró del brazo y añadió—: Apártate del borde, Lirio Blanco. Verte ahí me produce escalofríos.

Volvimos al campamento y, una vez allí, improvisamos tinta y un pincel. Cogimos dos troncos medio quemados de la hoguera y los dejamos enfriar; luego rascamos las partes chamuscadas con piedras y guardamos con cuidado el hollín que se desprendió. Lo mezclamos con agua, en la que hervimos unas raíces. El líquido que obtuvimos no era tan opaco ni tan negro como la tinta, pero serviría. Después extrajimos una tira de bambú del borde de un cesto y la afilamos lo mejor que pudimos para hacer un pincel. Por turnos registramos en nuestra escritura secreta el viaje a las montañas, la muerte de su hijo menor y el aborto, las frías noches y el consuelo de nuestra amistad. Cuando terminamos, ella cerró suavemente el abanico y volvió a guardarlo en su túnica.

Esa noche, el carnicero no la golpeó. Quería tener trato carnal con su esposa, y lo tuvo. Luego ella vino a mi lado de la hoguera, se deslizó bajo la colcha, se acurrucó junto a mí y apoyó la palma de la mano sobre mi mejilla. Estaba cansada después de tantas noches sin dormir, y noté cómo su cuerpo se relajaba rápidamente. Poco antes de quedarse dormida me susurró:

—Él me quiere, a su manera. Ahora todo irá mejor. Ya lo verás. Mi esposo ha cambiado.

Y yo pensé: «Sí, hasta la próxima vez que descargue su dolor o su rabia contra la adorable persona que está a mi lado.»

Al día siguiente nos anunciaron que podíamos regresar a nuestros pueblos. Llevábamos tres meses en las montañas, y me gustaría decir que habíamos visto lo peor. Pero no es así. Tuvimos que pasar junto a todos los que se habían quedado atrás durante nuestra huida. Vimos cadáveres de hombres, mujeres y niños deteriorados por la exposición a los elementos, en estado de putrefacción y comidos por los animales. El sol, radiante, destellaba en sus blancos huesos. Las prendas de ropa permitían una rápida identificación de los muertos, y de vez en cuando oíamos a alguien gritar al reconocer a un ser querido.

Por si fuera poco, estábamos todos tan débiles que seguía pereciendo gente… cuando nos hallábamos en la etapa final de nuestra aventura y pronto llegaríamos a nuestros hogares. La mayoría de las víctimas fueron mujeres que murieron mientras bajábamos de las montañas. Caminábamos inseguras con nuestros lotos dorados y muchas caían al abismo que se abría a la derecha. Esa vez, a la luz del día, no sólo oíamos los gritos de las desdichadas al despeñarse, sino que veíamos cómo agitaban los brazos intentando en vano aferrarse a algo. Un día antes, yo habría temido por Flor de Nieve, pero su rostro denotaba una firme determinación y ponía un pie delante del otro con mucho cuidado.

El carnicero llevaba a su madre a la espalda. En una ocasión advirtió que Flor de Nieve vacilaba, impresionada al ver a una mujer que envolvía los restos mortales de su hijo para llevárselos a casa y darles sepultura; entonces él se detuvo, dejó a su madre en el suelo y cogió a Flor de Nieve por el codo.

—Sigue andando, por favor —le suplicó con dulzura—. Pronto llegaremos a nuestro carro. Podrás ir montada en él hasta Jintian.

Como ella se resistía a apartar la vista de la madre y su hijo, el carnicero añadió:

—Volveré cuando llegue la primavera y me llevaré sus huesos a casa. Te prometo que lo tendremos cerca.

Flor de Nieve se enderezó y se obligó a seguir su camino, dejando atrás a la mujer con su diminuto fardo.

El carro no estaba donde lo habíamos dejado. Lo habían robado los rebeldes o el ejército de Hunan, como tantas otras cosas de que habíamos tenido que desprendernos tres meses atrás. Aun así llegamos a terreno llano y seguimos avanzando hacia nuestros hogares, olvidando el dolor, las heridas y el hambre. Jintian no había sufrido daños. Ayudé a la madre del carnicero a entrar en la casa y volví a salir. Quería irme con los míos. Había andado tanto que sabía que podía recorrer a pie los li que quedaban hasta Tongkou, pero el carnicero fue personalmente a avisar a mi esposo de que yo había vuelto y a pedirle que viniera a buscarme.

Apenas partió, Flor de Nieve me agarró del brazo.

—Ven —dijo—. No tenemos mucho tiempo.

Me hizo entrar en la casa, pese a que yo me resistía a perder de vista al carnicero, que se alejaba por el camino hacia mi pueblo. Cuando estuvimos en el piso de arriba, mi laotong explicó:

—Una vez me hiciste un gran favor ayudándome a confeccionar mi ajuar. Ahora quiero saldar una pequeña parte de esa deuda. —Abrió un baúl y sacó de él una túnica azul oscuro, que en la parte delantera llevaba cosida una pieza de seda azul celeste con estampado de nubes, igual que la de la túnica que ella llevaba el día que nos conocimos. Me la ofreció y dijo—: Será un honor que te la pongas para recibir a tu esposo.

Yo me daba cuenta del lamentable aspecto de Flor de Nieve, pero no se me había ocurrido pensar en el aspecto que tendría yo cuando me presentara ante mi marido. Hacía tres meses que no me quitaba la túnica de seda azul lavanda con los crisantemos bordados. La prenda estaba sucia y desgarrada. Poco después, al mirarme en el espejo, mientras se calentaba el agua para bañarme, vi que esos tres meses viviendo en el barro y la nieve bajo un sol implacable y a gran altitud habían deteriorado mi cutis.

Sólo tuve tiempo para lavarme las partes del cuerpo que mi esposo vería y olería primero: las manos, los brazos, la cara, el cuello, las axilas y el pubis. Flor de Nieve hizo lo que pudo con mi pelo; me recogió la mugrienta maraña en un moño, que a continuación envolvió con un tocado limpio. Cuando me ayudaba a ponerme unos pantalones de su ajuar, oímos los cascos de un poni y el crujido de las ruedas de un carro que se acercaba. Me puso la túnica y me la abrochó rápidamente. Nos quedamos una frente a otra y ella posó la mano sobre el cuadrado de seda azul celeste de mi pecho.

—Estás preciosa —afirmó.

Tenía ante mí a la persona a quien más amaba. Sin embargo, me atormentaba que en las montañas hubiera dicho que yo me avergonzaba de ella. No quería marcharme de allí sin explicarme.

—Yo nunca he pensado que tú fueras… —me interrumpí intentando buscar una palabra adecuada, pero desistí— menos que yo.

Ella sonrió. Mi corazón palpitaba deprisa bajo su mano.

—Nunca me has mentido.

Entonces, antes de que yo pudiera hablar, oí la voz de mi esposo, que me llamaba:

—¡Lirio Blanco! ¡Lirio Blanco! ¡Lirio Blanco!

Bajé corriendo por la escalera —sí, corriendo— y salí a la calle. Cuando lo vi, caí de rodillas y le toqué los pies con la cabeza, avergonzada de mi aspecto. Él me levantó del suelo y me abrazó.

—Lirio Blanco, Lirio Blanco, Lirio Blanco… —repetía mientras me besaba, sin importarle que los demás presenciaran nuestro reencuentro.

—Dalang… —Era la primera vez que yo pronunciaba su nombre.

Mi esposo me sujetó por los hombros y me apartó de sí para verme la cara. Las lágrimas brillaban en sus ojos. Luego volvió a abrazarme con fuerza.

—Tuve que sacar a todo el mundo de Tongkou —explicó—. Luego tuve que poner a salvo a nuestros hijos…

Esas acciones, que yo no entendí del todo hasta más tarde, permitieron que mi marido, de ser el hijo de un jefe bueno y generoso, se convirtiera por derecho propio en un jefe respetado por todos.

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