El abanico de seda
Años de arroz y sal » Carta de vituperio
Página 26 de 31
Carta de vituperio
Las familias de todo el condado reconstruían sus vidas. Los supervivientes de la epidemia y la rebelión habíamos soportado terribles experiencias. Estábamos emocionalmente agotados y habíamos perdido a muchos seres queridos, pero seguíamos vivos y lo agradecíamos. Poco a poco nos recuperamos. Los hombres volvieron a trabajar en los campos y los hijos varones regresaron al salón principal de sus pueblos para continuar sus estudios, mientras las mujeres y las niñas se retiraban a las habitaciones de arriba para bordar y tejer. Todos seguíamos adelante, animados por nuestra buena suerte. En el pasado yo había sentido a veces curiosidad por el reino exterior de los hombres. Tras la dura experiencia vivida en las montañas juré que nunca volvería a asomarme a él. Tenía que vivir en la habitación de arriba. Me alegró volver a ver a mis cuñadas y estaba deseando pasar largas tardes con ellas cosiendo, tomando té, cantando y contando historias. Pero eso no era nada comparado con cómo me sentí al volver a ver a mis hijos. Aquellos tres meses habían sido una eternidad tanto para ellos como para mí. Mis hijos habían crecido y habían cambiado. El mayor había cumplido doce años durante mi ausencia. Se había refugiado en el centro administrativo del condado durante la revuelta, protegido por los soldados del emperador, y había estudiado mucho. Había aprendido la lección más importante: todos los funcionarios, con independencia de dónde vivieran o de qué dialecto hablaran, leían los mismos textos y hacían los mismos exámenes para que la lealtad, la integridad y una visión singular prevalecieran en todo el reino. Incluso lejos de la capital, en condados tan remotos como el nuestro, los magistrados locales —todos educados por igual— ayudaban a los subditos a entender la relación que había entre ellos y el emperador. Si mi hijo no se apartaba de su camino, algún día se presentaría a los exámenes.
Ese año, vi a Flor de Nieve tan a menudo como durante nuestra infancia. Nuestros esposos no ponían reparos, pese a que la rebelión seguía asolando otras regiones del país. Después de todo lo que había ocurrido, mi marido creía que yo estaría a salvo bajo la vigilancia del carnicero, y éste animaba a su esposa a visitarme, pues ella siempre regresaba a casa con comida, libros y dinero que yo le regalaba. Durante nuestras visitas mi laotong y yo compartíamos la cama y nuestros esposos dormían en otras habitaciones para permitirnos estar juntas. El carnicero no se atrevía a poner objeciones y seguía el ejemplo de mi esposo. ¿Cómo habrían podido impedir nuestras visitas, nuestras noches juntas, las confidencias que nos susurrábamos al oído? Ya no temíamos al sol, a la lluvia ni a la nieve. «Obedece, obedece, obedece, y luego haz lo que quieras.»
Continuamos reuniéndonos en Puwei con motivo de las fiestas, como siempre habíamos hecho. A ella le gustaba ver a mis tíos, que se habían ganado el amor y el respeto de la familia con toda una vida de bondad. Mi tía recibía todo el cariño que merecía de sus «nietos». Mi tío gozaba de mejor posición que cuando vivía mi padre; Hermano Mayor necesitaba sus consejos para cuidar los campos y llevar las cuentas, y mi tío estaba encantado de poder ofrecérselos. Mis tíos habían encontrado un final feliz que nadie habría imaginado.
Ese año, cuando Flor de Nieve y yo fuimos al templo de Gupo, dimos gracias a la diosa con todo nuestro corazón. Le hicimos ofrendas y nos inclinamos ante ella para agradecerle que hubiéramos sobrevivido a aquel invierno. Luego, cogidas del brazo, no encaminamos hacia el puesto de taro. Allí sentadas, planeamos el futuro de nuestras hijas y hablamos de los métodos de vendado que les asegurarían unos lotos dorados perfectos. Cuando regresamos a nuestros respectivos hogares, hicimos vendajes, compramos hierbas calmantes, bordamos zapatos en miniatura para poner en el altar de Guanyin, preparamos bolas de arroz glutinoso que presentaríamos ante la Doncella de los Pies Diminutos y dimos a nuestras hijas pastelillos de judías rojas para ablandarles los pies. Negociamos por separado con la señora Wang la unión de nuestras hijas. Cuando Flor de Nieve y yo volvimos a encontrarnos, comparamos las conversaciones que habíamos mantenido con la casamentera y reímos al comprobar que su tía no había cambiado: seguía demostrando una gran astucia y todavía llevaba la cara empolvada.
Cuando recuerdo aquellos meses de primavera y de principios de verano, me doy cuenta de que era muy feliz. Tenía a mi familia y tenía a mi laotong. Como ya he dicho, seguía adelante. Pero no le ocurría lo mismo a Flor de Nieve. No recuperó el peso que había perdido. Comía muy poco —unos granos de arroz, un poco de verdura— y prefería beber té. Su piel recobró la palidez de antaño, pero sus mejillas no volvieron a llenarse. Cuando venía a Tongkou y yo le proponía visitar a nuestras viejas amigas, rechazaba educadamente mi invitación diciendo «Seguro que no quieren verme», o «No se acordarán de mí». Yo insistía, hasta que ella me prometía que al año siguiente iría conmigo al rito de Sentarse y Cantar de una muchacha Lu de Tongkou que era prima lejana suya y vecina mía.
Por las tardes Flor de Nieve se sentaba conmigo mientras yo bordaba, pero siempre miraba por la celosía, como si su pensamiento estuviera en otra parte. Era como si se hubiera arrojado a aquel precipicio, el último día que pasamos en las montañas, y todavía estuviera cayendo al vacío. Yo percibía su tristeza, pero me negaba a aceptarla. Mi esposo me previno varias veces acerca de eso.
—Eres fuerte —me dijo una noche después de que Flor de Nieve regresara a Jintian—. Volviste de las montañas y cada día haces que me sienta más orgulloso de cómo llevas nuestra casa y del buen ejemplo que das a las mujeres de nuestro pueblo. No te enfades conmigo, por favor, pero por lo que respecta a tu alma gemela estás ciega. Ella no es tu alma gemela en todos los sentidos. Quizá lo que ocurrió el invierno pasado fue demasiado duro para ella. Yo no la conozco bien, pero seguro que hasta tú te das cuenta de que intenta poner al mal tiempo buena cara. Has tardado años en comprender que no todos los hombres son como tu esposo.
Me avergonzó enormemente que mi esposo me confiara sus pensamientos. Mejor dicho, me irritó que se atreviera a entrometerse en los asuntos del reino interior de las mujeres. No obstante, no discutí con él, porque no debía. Sin embargo, necesitaba demostrarle que se equivocaba y que yo tenía razón. Así pues, observé con mayor atención a Flor de Nieve la siguiente vez que vino a visitarme. La escuché de verdad. Su vida había empeorado. Su suegra le racionaba los alimentos y sólo le permitía comer una tercera parte del arroz necesario para subsistir.
—Sólo como gachas de arroz —me confió—, pero no me importa. No tengo mucha hambre.
Peor aún, el carnicero no había dejado de pegarle.
—Me dijiste que no volvería a hacerlo —protesté. Me resistía a creer lo que mi esposo había visto con claridad.
—¿Qué quieres que haga yo? No puedo defenderme. —Estaba sentada enfrente de mí, con la labor en el regazo, lánguida y arrugada como la piel de un bulbo de taro.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ella contestó con otra pregunta:
—¿Para qué preocuparte con cosas que no puedes cambiar?
—Si nos esforzamos, podemos alterar el destino —afirmé—. Yo cambié mi vida. Tú también puedes cambiar la tuya.
Me miró fijamente sin decir nada.
—¿Lo hace muy a menudo? —pregunté intentando controlar la voz, pese a que me producía una gran frustración saber que su esposo seguía golpeándola y a que me indignaba que ella lo aceptara con esa actitud pasiva. Además, me dolía que, una vez más, no se hubiera sincerado conmigo.
—Las montañas lo cambiaron. Nos cambiaron a todos. ¿No te das cuenta?
—¿Muy a menudo? —insistí.
—Yo no le doy todo lo que esperaba de mí…
Dicho de otro modo, la pegaba más a menudo de lo que ella podía admitir.
—Quiero que vengas a vivir conmigo —dije.
—Lo peor que puede hacer una mujer es abandonar a su esposo —repuso—. Ya lo sabes.
En efecto, lo sabía. Era una ofensa por la que el esposo podía castigar a la mujer con la muerte.
—Además —continuó—, yo jamás abandonaría a mis hijos. Mi hijo necesita protección.
—¿Y lo proteges con tu propio cuerpo? —pregunté.
¿Qué podía responder ella?
Ahora que tengo ochenta años, recuerdo aquello y comprendo que me mostré excesivamente impaciente con el desaliento de Flor de Nieve. En el pasado, cuando no estaba segura de cómo debía reaccionar ante la infelicidad de mi laotong, siempre la había animado a obedecer las reglas y las tradiciones del reino interior como forma de combatir las adversidades de su vida. Esa vez fui más allá e inicié una campaña para que controlara a su esposo gallo, creyendo que, como mujer nacida bajo el signo del caballo, ella podría utilizar su fuerza de voluntad para cambiar la situación. Flor de Nieve, que sólo tenía una hija inútil y un primogénito al que todos despreciaban, debía intentar volver a quedarse embarazada. Necesitaba rezar más, comer mejor y pedir tónicos al herborista para concebir otro hijo varón. Si ofrecía a su esposo lo que éste quería, él recordaría la valía de su esposa. Pero eso no era todo…
Cuando llegó la Fiesta de los Fantasmas, el decimoquinto día del séptimo mes, yo llevaba tiempo acribillando a preguntas a Flor de Nieve con la esperanza de animarla a mejorar su situación. ¿Por qué no trataba de llevar una vida mejor? ¿Por qué no hacía feliz a su esposo por los medios que ella sabía utilizar? ¿Por qué no se pellizcaba las mejillas para devolverles el color? ¿Por qué no comía más para tener más energía? ¿Por qué no iba a su casa y se inclinaba ante su suegra, le preparaba las comidas, cosía para ella, cantaba para ella y hacía lo que había que hacer para que una anciana fuera feliz en su vejez? ¿Por qué no se esforzaba más para que todo fuera mejor? Yo creía que le daba consejos prácticos, aunque no tenía sus problemas ni sus preocupaciones. Pero era la señora Lu y creía que tenía razón.
Cuando ya no se me ocurrían más cosas que Flor de Nieve podía hacer en su casa, la interrogaba acerca del tiempo que pasaba en la mía. ¿No se alegraba de estar conmigo? ¿No le gustaban las sedas que le regalaba? ¿No presentaba a su esposo los obsequios que le enviaba la familia Lu en señal de gratitud con suficiente deferencia para que él le estuviera agradecido? ¿No le gustaba que yo hubiera contratado a un maestro para que enseñara a leer y escribir a los niños de la edad de su hijo que vivían en Jintian? ¿No se daba cuenta de que haciendo laotong a nuestras hijas podíamos cambiar el destino de Luna de Primavera?
Si de verdad me quería, ¿por qué no hacía lo mismo que había hecho yo —envolverse en las convenciones que protegían a las mujeres— para mejorar su situación?
Ella nunca contestaba. Se limitaba a suspirar y asentir con la cabeza. Su reacción acentuaba aún más mi impaciencia. Yo remachaba mis razonamientos, hasta que ella se rendía y prometía poner en práctica mis instrucciones, pero no lo hacía, y la siguiente vez mi frustración era aún mayor. Yo no entendía cómo el audaz caballo de la infancia de Flor de Nieve había perdido su energía. Era lo bastante testaruda para creer que podía curar a un caballo que se había quedado cojo.
Mi vida cambió para siempre el decimoquinto día del octavo mes lunar del sexto año del reinado de Xianfeng. Había llegado la Fiesta del Otoño. Faltaban pocos días para que iniciáramos el vendado de nuestras hijas. Ese año, Flor de Nieve y sus hijos iban a visitarnos durante las fiestas, pero no fueron ellos quienes se presentaron ante mi puerta, sino Loto, una de las mujeres con las que habíamos convivido bajo el árbol en las montañas. La invité a tomar el té conmigo en la habitación de arriba.
—Gracias —dijo—, pero he venido a Tongkou para visitar a mi familia natal.
—Todas las familias agradecen la visita de una hija casada —repuse, como requería la tradición—. Estoy segura de que se alegrarán de verte.
—Y yo a ellos —afirmó Loto, al tiempo que metía la mano en la cesta de pastelillos de luna que llevaba colgada del brazo—. Nuestra amiga me ha pedido que te entregue una cosa.
Sacó un paquete largo y delgado, envuelto con un trozo de seda verde claro que yo había regalado poco tiempo atrás a Flor de Nieve. Loto me lo dio, me deseó buena suerte y se alejó contoneándose por el callejón hasta doblar la esquina.
Por la forma del paquete supe de inmediato qué era, pero no me explicaba por qué me había enviado el abanico en lugar de traérmelo personalmente. Me lo llevé arriba y esperé hasta que mis cuñadas salieron juntas a repartir pastelillos de luna entre nuestras vecinas. Les pedí que se llevaran a mi hija, que pronto no podría salir a corretear por ahí, y me senté en una silla junto a la celosía. Una débil luz se filtraba por ella y proyectaba un dibujo de hojas y enredaderas sobre mi mesa de trabajo. Me quedé largo rato contemplando el paquete; intuía que aquello no era un buen presagio. Al final abrí un extremo del envoltorio de seda verde y luego el otro, hasta que nuestro abanico quedó a la vista. Lo cogí y lo desplegué poco a poco. Junto a los caracteres que habíamos escrito con hollín la noche antes de nuestro descenso de las montañas, vi una nueva columna de caracteres.
«Tengo demasiados problemas», había escrito Flor de Nieve. Su caligrafía siempre había sido más pulcra que la mía; sus líneas como patas de mosquito eran tan finas y delicadas que los extremos se afilaban hasta desaparecer. «No puedo ser lo que tú deseas. Ya no tendrás que oír mis quejas. Tres hermanas de juramento han prometido amarme tal como soy. Escríbeme, no para consolarme como hasta ahora, sino para recordar los felices días de infancia que pasamos juntas.»
Nada más.
Sentí como si me hubieran traspasado con una espada. Mi estómago dio una sacudida y luego se contrajo hasta formar una dura pelota. ¿Amarla? ¿Cómo podía ser que estuviera hablando del amor de unas hermanas de juramento en nuestro abanico secreto? Releí las líneas, aturdida y confusa. «Tres hermanas de juramento han prometido amarme…» Flor de Nieve y yo éramos laotong y nuestra unión era lo bastante fuerte para superar grandes distancias y largas separaciones. Se suponía que el lazo que nos unía era más importante que el matrimonio con un hombre. Habíamos jurado ser sinceras y fieles hasta que la muerte nos separara. Que ella incumpliese sus promesas a cambio de una nueva relación con tres hermanas de juramento me dolía como ninguna otra cosa habría logrado hacerlo. No podía creer que estuviera insinuando que podíamos seguir siendo amigas y escribiéndonos. Para mí ese mensaje era diez mil veces más humillante que si mi esposo hubiera entrado en mi casa y hubiera anunciado que acababa de traer a su primera concubina. Además, yo había tenido la oportunidad de entrar a formar parte de una hermandad de mujeres casadas y había renunciado a ella. Mi suegra me había presionado mucho, pero yo había conspirado para mantener a Flor de Nieve en mi vida. Y de pronto me abandonaba. Por lo visto, aquella mujer por la que yo sentía verdadero amor, a la que valoraba y con la que me había comprometido de por vida, no me quería como yo a ella.
Cuando creía que mi desgracia no podía ser mayor, me di cuenta de que las tres hermanas de juramento de que hablaba Flor de Nieve tenían que ser las mujeres de su pueblo que habíamos conocido en las montañas. Recordé todo cuanto había sucedido el invierno anterior. ¿Se habían confabulado para robarme a mi laotong la primera noche, cuando se pusieron a cantar? ¿Se había sentido Flor de Nieve atraída por ellas, como un esposo por nuevas concubinas más jóvenes, más hermosas y más adorables que una esposa fiel? ¿Eran las camas de esas mujeres más cálidas, sus cuerpos más firmes, sus cuentos más originales? ¿Acaso ella contemplaba sus rostros y no veía en ellos expectativas ni responsabilidades?
Jamás había sentido un dolor parecido: intenso, desgarrador, insoportable, mucho peor que los dolores de parto. Entonces algo cambió dentro de mí. Empecé a reaccionar no como la niña pequeña que se había enamorado de Flor de Nieve, sino como la señora Lu, la mujer que creía que las reglas y convenciones podían proporcionar la paz mental. Me resultaba más fácil empezar a enumerar los defectos de Flor de Nieve que enfrentarme a las emociones que estaban surgiendo en mi interior.
El amor siempre me había hecho mostrarme indulgente con ella, pero cuando empecé a concentrarme en sus debilidades surgió toda una trama de engaños, falsedades y traiciones. Pensé en todas las veces que me había mentido: acerca de su familia, de su vida de casada, incluso de las palizas. No sólo no había sido una laotong fiel, sino que ni siquiera había sido una buena amiga. Una amiga habría sido sincera y franca conmigo. Por si fuera poco, dejé que se apoderaran de mí los recuerdos de las últimas semanas. Flor de Nieve se había aprovechado de mi dinero y de mi posición para conseguir ropa, alimentos y una mejor situación para su hija, al tiempo que rechazaba mi ayuda y mis consejos. Me sentí engañada y necia.
Entonces ocurrió algo muy extraño. Surgió en mi mente la imagen de mi madre. Recordé que de niña yo siempre había anhelado que me expresara su amor. Creía que si yo hacía todo cuanto ella me ordenaba durante el vendado de mis pies me ganaría su afecto. Creía que lo había logrado, pero ella no sentía nada por mí. Igual que Flor de Nieve, mi madre sólo había perseguido sus propios intereses. Mi primera reacción ante sus mentiras y falta de consideración hacia mí había sido la rabia, y nunca la había perdonado, pero con el tiempo me había alejado cada vez más de ella, hasta que dejó de tener poder emocional sobre mí. Si quería proteger mi corazón, tendría que hacer lo mismo con Flor de Nieve. No podía permitir que nadie sospechara que me moría de angustia porque ella ya no me amara. Además, tenía que ocultar mi ira y mi desasosiego porque ésas no eran emociones propias de una mujer de mi categoría.
Cerré el abanico y lo guardé. Flor de Nieve me había pedido que le contestara. Pasó una semana. No inicié el vendado de los pies de mi hija en la fecha que habíamos acordado. Pasó otra semana. Loto volvió a presentarse ante mi puerta, esta vez con una carta que Yonggang me llevó a la habitación de arriba. Desdoblé el papel y me quedé mirando los caracteres. Aquellos trazos siempre habían parecido caricias. Esa vez los leí como si fueran cuchilladas.
¿Por qué no me has escrito? ¿Estás enferma, o ha vuelto a sonreírte la buena suerte? Empecé a vendar los pies a mi hija el vigésimo cuarto día, el mismo día que empezaron a vendárnoslos a nosotras. ¿Empezaste tú también a vendar a tu hija ese día? Miro por mi celosía hacia la tuya. Mi corazón vuela hacia ti, cantando y deseándoles felicidad a nuestras hijas.
Leí la carta una vez y luego acerqué una esquina del papel a la llama de la lámpara de aceite. Observé cómo los bordes se enroscaban y cómo las palabras se convertían en humo. En los días siguientes, mientras el tiempo era cada vez más frío y empezaba con el vendado de mi hija, recibí otras cartas. También las quemé.
Yo tenía treinta y tres años. Podría considerarme afortunada si vivía otros siete. No soportaba la desagradable sensación que notaba en el estómago ni un minuto más, menos aún un año. Estaba muy atormentada, pero recurrí a la misma disciplina que me había ayudado a superar el vendado de los pies, la epidemia y el invierno en las montañas. Empecé a Arrancar la Enfermedad de mi Corazón. Cada vez que un recuerdo aparecía en mi mente, pintaba sobre él con tinta negra. Si mi mirada se detenía sobre algún recuerdo, lo apartaba de mi memoria cerrando los ojos. Si el recuerdo llegaba a mí en forma de aroma, acercaba la nariz a los pétalos de una flor, echaba más ajo de la cuenta en el wok o evocaba el olor a muerte que nos rodeaba en las montañas. Si el recuerdo me rozaba la piel —en forma de una caricia de mi hija, del aliento de mi esposo en mi oreja por la noche o del roce de la brisa en mis pechos cuando me bañaba—, me rascaba, me frotaba o me golpeaba para alejarlo de mí. Era implacable como el campesino después de la cosecha, que arranca cada resto de lo que la pasada temporada había sido su más preciado cultivo. Intentaba vaciar por completo mi mente, consciente de que ésa era la única forma de proteger mi herido corazón.
Como los recuerdos del amor de Flor de Nieve seguían atormentándome, construí una torre de flores como la que habíamos levantado para protegernos del fantasma de Luna Hermosa. Tenía que exorcizar a ese otro fantasma para impedir que entrara en mi mente y me atormentara con promesas rotas de amor verdadero. Vacié mis cestos, baúles, cajones y estantes y saqué todos los regalos que Flor de Nieve me había hecho a lo largo de los años. Busqué todas las cartas que me había escrito desde que nos conocíamos. Me costó trabajo buscarlo todo. No encontré nuestro abanico. Tampoco encontré… Bueno, digamos que faltaban muchas cosas. Puse todo lo que encontré en la torre de flores y a continuación redacté una carta:
Tú, que antes conocías mi corazón, ya no sabes nada de mí.
Quemo todas tus palabras y confío en que desaparezcan entre las nubes. Tú, que me traicionaste y me abandonaste, has salido para siempre de mi corazón. Por favor, déjame tranquila.
Doblé el papel y lo deslicé por la diminuta celosía de la habitación de arriba de la torre de flores. Entonces prendí fuego a la base, añadiendo aceite cuando era necesario para que ardieran todos los pañuelos, los tejidos y los bordados.
Sin embargo, Flor de Nieve seguía atormentándome. Cuando vendaba los pies a mi hija, era como si ella estuviera conmigo en la habitación, con una mano en mi hombro, susurrándome al oído: «Asegúrate de que no se forman pliegues en las vendas. Demuéstrale a tu hija tu amor maternal.» Yo cantaba para no oír sus palabras. Por la noche notaba a veces su mano sobre mi mejilla y no podía conciliar el sueño. Me quedaba despierta, furiosa conmigo misma y con ella, pensando: «Te odio, te odio, te odio. No cumpliste tu promesa de ser sincera. Me traicionaste.»
Hubo dos personas que pagaron las consecuencias de mi sufrimiento. Me avergüenza admitirlo, pero la primera fue mi hija. Y la segunda, lamento decirlo, fue la anciana señora Wang. Mi amor maternal era muy intenso y no podéis imaginar el cuidado que tenía cuando vendaba los pies a mi hija, recordando no sólo lo que le había pasado a Hermana Tercera, sino también las lecciones que me había inculcado mi suegra sobre cómo tenía que hacer ese trabajo para reducir el peligro de infecciones y deformidades que podían acarrear incluso la muerte. Sin embargo, también trasladé de mi cuerpo a los pies de mi hija el dolor que sentía por lo que me había hecho Flor de Nieve. ¿Acaso no eran mis lotos dorados el origen de todas mis penas y de todos mis logros?
Aunque mi hija tenía unos huesos blandos y un carácter dócil, lloraba desconsoladamente. Yo no soportaba oír sus sollozos, aunque no habíamos hecho más que empezar. Cogía mis sentimientos y los controlaba, y obligaba a mi hija a pasearse por la habitación de arriba; los días que tocaba cambiarle los vendajes, se los apretaba aún más y la atormentaba recitándole a gritos las palabras que mi madre me había dicho a mí: «Una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida.
La belleza sólo se consigue a través del dolor. La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento. Yo te vendo los pies, pero tú tendrás tu recompensa.» Confiaba en que mediante mis actos yo también arañaría un poco de esa recompensa y encontraría la paz que mi madre me había prometido.
Fingiendo que quería lo mejor para Jade, hablaba con otras mujeres de Tongkou que también estaban vendando los pies a sus hijas. «Todas vivimos aquí —decía—. Todas somos de buenas familias. ¿No deberían nuestras hijas ser hermanas de juramento?»
Mi hija consiguió tener unos pies casi tan pequeños como los míos. Pero antes de que yo viera el resultado definitivo la señora Wang me visitó, el quinto mes del nuevo año lunar. Para mí, la casamentera no había cambiado. Siempre había sido una anciana, pero ese día la observé con ojo crítico. La señora Wang era entonces mucho más joven de lo que yo soy ahora; eso significa que cuando la conocí ella sólo tenía cuarenta años a lo sumo. Pero mi madre y la madre de Flor de Nieve habían muerto más o menos a esa edad y se consideraba que habían sido longevas. Al recordar aquella época pienso que la señora Wang, que era viuda, no quería morir ni irse a vivir con otro hombre. Decidió valerse por sí misma. No lo habría conseguido si no hubiera sido extremadamente hábil y astuta. Sin embargo, tenía que lidiar con su cuerpo. Daba a entender a la gente que era invulnerable cubriendo con polvos la belleza que podía quedar en su rostro y vistiéndose con ropa chabacana para desmarcarse de las mujeres casadas de nuestro condado. Ahora que contaba casi setenta años, ya no necesitaba esconderse detrás de los polvos ni de las ropas de seda llamativa. Era una anciana; todavía era astuta y hábil, pero tenía una debilidad que yo conocía muy bien: adoraba a su sobrina.
—Cuánto tiempo sin vernos, señora Lu —dijo, al tiempo que se sentaba en una silla de la sala principal. Como no le ofrecí té, miró alrededor con nerviosismo—. ¿Está tu esposo en la casa?
—El señor Lu vendrá más tarde, pero puedes empezar. Mi hija es demasiado joven para que vengas a negociar su unión matrimonial.
La señora Wang se dio una palmada en el muslo y soltó una carcajada. Como yo no me reí, se puso seria y dijo:
—Ya sabes que no he venido para eso. He venido a hablar de una unión de laotong. Estos asuntos atañen sólo a las mujeres.
Empecé a tamborilear con la uña del dedo índice en el reposabrazos de teca de mi silla. El sonido resultaba demasiado fuerte e inquietante incluso para mí, pero no dejé de hacerlo.
La casamentera metió una mano en la manga y sacó un abanico.
—He traído esto para tu hija. Me gustaría dárselo.
—Mi hija está arriba, pero el señor Lu no consideraría apropiado que se lo enseñases antes de que él lo haya examinado.
—Verás, señora Lu, esto contiene un mensaje escrito en nuestra escritura secreta —explicó la señora Wang.
—Entonces dámelo a mí —dije tendiendo la mano.
La anciana casamentera vio cómo me temblaba y vaciló.
—Flor de Nieve…
—¡No! —exclamé con más brusquedad de la deseada, porque no soportaba oír el nombre de mi laotong. Me serené y añadí—: El abanico, por favor.
Me lo entregó de mala gana. Dentro de mi cabeza un ejército de pinceles mojados en tinta negra tachaba los pensamientos y los recuerdos que surgían a borbotones. Evoqué la dureza de los bronces del templo de los antepasados, la dureza del hielo en invierno y la dureza de los huesos resecos bajo un sol implacable para que me dieran fuerza. Abrí el abanico con un rápido movimiento.
«Me han dicho que en vuestra casa hay una niña de buen carácter y hábil en las tareas domésticas.» Era la misma frase que Flor de Nieve me había escrito años atrás. Levanté la cabeza y vi que la señora Wang me miraba de hito en hito aguardando mi reacción, pero mantuve las facciones plácidas como la superficie de un estanque en una noche sin brisa. «Nuestras dos familias plantan jardines. Se abren dos flores. Están a punto de encontrarse. Tú y yo nacimos en el mismo año. ¿No podemos ser almas gemelas? Juntas volaremos más alto que las nubes.»
Me parecía oír la voz de Flor de Nieve en cada uno de los caracteres, primorosamente trazados. Cerré el abanico con un golpe seco y se lo tendí a la casamentera, pero ella no lo cogió.
—Señora Wang, creo que ha habido un error. Los ocho caracteres de las dos niñas no encajan. Nacieron en días diferentes de meses diferentes. Además, sus pies no se parecían antes de que empezaran a vendárselos y dudo que se parezcan cuando termine el proceso de vendado. Además —añadí haciendo con la mano un amplio gesto que abarcaba toda la sala principal—, las circunstancias familiares tampoco se parecen. Eso salta a la vista.
Entornó los ojos.
—¿Crees que no conozco la verdad? —me espetó—. Déjame decirte lo que sé. Has roto tu lazo sin dar ninguna explicación. Una mujer, tu laotong, llora desconcertada…
—¿Desconcertada? ¿Sabes qué me hizo?
—Habla con ella. No desbarates el plan que idearon dos buenas madres. Hay dos niñas con un brillante futuro. Podrían ser tan felices como lo fueron sus madres.
Era impensable que yo aceptara el trato que me proponía la casamentera. La pena me había debilitado, y en el pasado yo había dejado en varias ocasiones que Flor de Nieve me engañara: que me distrajera, que influyera en mí, que me convenciera. Además, no podía arriesgarme a ver a Flor de Nieve con sus hermanas de juramento. Ya me atormentaba bastante imaginarlas susurrándose secretos al oído y haciéndose caricias.
—Señora Wang —dije—, jamás permitiría que mi hija cayera tan bajo como para unirse a la hija de un carnicero.
Fui intencionadamente desdeñosa, con la esperanza de que la casamentera abandonara el tema, pero fue como si no me hubiera oído, porque dijo:
—Os recuerdo juntas. Al cruzar un puente vuestra imagen se reflejaba en el agua que fluía abajo: la misma estatura, idénticos pies, el mismo valor. Prometisteis fidelidad. Prometisteis que nunca os alejaríais la una de la otra, que siempre estaríais juntas, que nunca os separaríais ni os distanciaríais…
Yo había cumplido todas mis promesas de buen grado, pero ¿qué había hecho Flor de Nieve?
—No sabes de qué hablas —repliqué—. El día que tu sobrina y yo firmamos el contrato, nos dijiste: «Nada de concubinas.» ¿No te acuerdas, anciana? Ahora ve y pregunta a tu sobrina qué ha hecho.
Le arrojé el abanico al regazo y miré hacia otro lado. Tenía el corazón tan frío como el agua del río que me refrescaba los pies cuando era niña. Notaba cómo la mirada de la anciana me atravesaba, me evaluaba, inquiría, indagaba, pero no quiso continuar. La oí levantarse con dificultad. Seguía mirándome, pero mi firmeza no flaqueó.
—Transmitiré tu mensaje —dijo por fin, y su voz traslucía bondad y una profunda comprensión que me inquietó—, pero quiero que sepas una cosa. Eres una mujer muy extraña. Me di cuenta hace mucho tiempo. En este condado todos envidian tu buena suerte. Todos te desean longevidad y prosperidad. Pero yo te veo romper dos corazones. Es muy triste. Te recuerdo cuando eras una cría. No tenías nada, sólo unos pies bonitos. Ahora hay abundancia en tu vida, señora Lu; abundancia de malicia, ingratitud y mala memoria.
Salió renqueando de la habitación. La oí subir al palanquín y ordenar a los porteadores que la llevaran a Jintian. No podía creer que le hubiera permitido decir las últimas palabras.
Pasó un año. Para la prima de Flor de Nieve, mi vecina, se acercaba el día de Sentarse y Cantar en la Habitación de Arriba. Yo todavía estaba deshecha de dolor y notaba un martilleo continuo en la cabeza, como los latidos del corazón o el canto de una mujer. Flor de Nieve y yo habíamos planeado acudir juntas a la celebración, pero ignoraba si ahora ella querría asistir. Si iba, confiaba en que pudiéramos evitar una confrontación. No quería pelearme con ella como me había peleado con mi madre.
Llegó el décimo día del décimo mes, una fecha propicia para que la hija de los vecinos iniciara las celebraciones de su boda. Fui a su casa y me dirigí a la habitación de arriba. La novia era una muchacha pálida y hermosa. Sus hermanas de juramento estaban sentadas alrededor de ella. Vi a la señora Wang y, a su lado, a Flor de Nieve. Mi laotong iba limpia, con el cabello recogido, como correspondía a una mujer casada, y vestía uno de los trajes que yo le había regalado. Noté que se contraía ese punto sensible donde se juntaban mis costillas, sobre el estómago. Me pareció que la sangre no me llegaba a la cabeza y temí desmayarme. No sabía si podría aguantar toda la celebración con Flor de Nieve en la misma habitación y mantener mi dignidad de mujer. Miré rápidamente a las demás mujeres. Flor de Nieve no había llevado consigo a Sauce, Loto ni Flor de Ciruelo para que le hicieran compañía. Solté un bufido de alivio. Si alguna de ellas hubiera estado allí, yo habría salido corriendo.
Me senté enfrente de ella y de su tía. La celebración incluyó los cantos, las quejas, las historias y las bromas de rigor. Luego la madre de la novia pidió a Flor de Nieve que nos contara su vida desde que se había marchado de Tongkou.
—Hoy voy a cantar una Carta de Vituperio —anunció Flor de Nieve.
No era lo que yo esperaba. ¿Cómo se atrevía a expresar públicamente el resentimiento que sentía hacia mí, si la víctima era yo? En todo caso, yo debería haber preparado una canción de acusación y represalia.
—Cuando el faisán grazna, el sonido llega hasta muy lejos —empezó. Las mujeres se volvieron hacia ella al oír la tradicional introducción de esa clase de mensajes. Entonces Flor de Nieve comenzó a cantar con el mismo ritmo que llevaba meses martilleando en mi cabeza—. Durante cinco días quemé incienso y recé hasta reunir el valor suficiente para venir aquí. Durante tres días herví agua perfumada para lavarme la piel y la ropa, porque quería estar presentable ante mis viejas amigas. He puesto mi alma en mi canción. De niña yo era muy valorada como hija, pero todas las que estáis aquí sabéis cuan dura ha sido mi vida. Perdí mi casa natal. Perdí a mi familia natal. Las mujeres de mi familia han sido desafortunadas desde hace dos generaciones. Mi esposo no es bueno. Mi suegra es cruel. Me he quedado encinta siete veces, pero sólo tres de mis retoños respiraron el aire de este mundo. Sólo han sobrevivido un hijo y una hija. Es como si mi destino estuviera maldito. Debí de cometer muy malas obras en mi vida anterior. Se me considera menos que a los demás.
Compadecidas de ella, las hermanas de juramento de la novia lloraban, como se esperaba que hicieran. Sus madres escuchaban atentamente; lanzaban exclamaciones en las partes más tristes de la historia, meneaban la cabeza ante lo inevitable del destino de las mujeres y en todo momento admiraban el modo en que Flor de Nieve empleaba nuestro lenguaje para expresar su desdicha.
—Sólo había un motivo de felicidad en mi vida: mi laotong —prosiguió—. Cuando redactamos nuestro contrato, juramos que nunca habría una palabra cruel entre nosotras, y durante veintisiete años cumplimos nuestra promesa. Éramos sinceras. Éramos como dos largas enredaderas, que intentan alcanzarse y permanecen eternamente entrelazadas. Sin embargo, cuando yo hablaba de mi tristeza a mi laotong, ella no tenia paciencia. Al ver que yo era pobre de espíritu me recordaba que los hombres cultivan los campos y las mujeres tejen, y que con laboriosidad no puede haber hambre, creyendo que yo podría cambiar mi destino. Pero ¿cómo puede haber un mundo sin pobres y desventurados?
Vi cómo las demás mujeres lloraban por ella. Yo estaba estupefacta.
—¿Por qué te has alejado de mí? —cantó con voz fuerte y hermosa—. Tú y yo somos laotong, y nuestras almas estaban juntas, aunque físicamente estuviéramos separadas. —De pronto cambió de tema—. ¿Y por qué has hecho daño a mi hija? Luna de Primavera es demasiado joven para entenderlo y tú ni siquiera te has molestado en explicárselo. No pensaba que tuvieras un corazón tan malvado. Te ruego que recuerdes que hubo un tiempo en que nuestros buenos sentimientos eran tan profundos como el mar. No hagas sufrir a una tercera generación de mujeres.
Cuando cantó esa última frase, cambió el ambiente en la estancia, mientras las otras mujeres trataban de asimilar aquella injusticia. La vida ya era bastante difícil para las niñas en general sin que yo se la hiciera aún más difícil a alguien mucho más débil que yo.
Me erguí en el asiento. Era la señora Lu, la mujer más respetada del condado, y debería haber estado por encima de aquellas acusaciones. Pero oía esa música interior que había estado martilleando mi cabeza y mi corazón durante meses.
—Cuando el faisán grazna, el sonido llega hasta muy lejos —dije, y una Carta de Vituperio empezó a formarse en mi mente. Quería ser razonable, de modo que abordé la última acusación de Flor de Nieve, que era también la más injusta. Miré una a una a las mujeres y canté—: Nuestras dos hijas no pueden ser laotong. No tienen nada en común. Vuestra antigua vecina quiere algo para su hija, pero yo no pienso romper el tabú. Cuando me negué, hice lo que habría hecho cualquier madre.
»Todas las que estamos en esta habitación hemos pasado apuros. Cuando somos niñas, nos crían como si fuéramos ramas inútiles. Aunque amemos a nuestra familia, no estamos con ella mucho tiempo. Nos casamos y nos vamos a vivir a pueblos que no conocemos, con familias a las que no conocemos, con hombres que no conocemos. Trabajamos sin descanso y, si protestamos, perdemos el poco respeto que sienten por nosotras nuestros suegros. Parimos hijos; a veces nuestros hijos mueren, y a veces morimos nosotras. Cuando nuestro esposo se cansa de nosotras, busca concubinas. Todas nos hemos enfrentado a la adversidad: cosechas que no llegan, inviernos demasiado fríos, épocas de siembra sin lluvias. Nada de eso es especial, pero esta mujer espera recibir una atención especial.
Me volví hacia Flor de Nieve. Las lagrimas se agolpaban en mis ojos mientras le cantaba, y me arrepentí de mis palabras en cuanto éstas salieron de mis labios:
—Tú y yo éramos como dos patos mandarines. Yo siempre he sido sincera y por ti no he tenido hermanas de juramento. Una niña envía un abanico a otra niña, pero no los va repartiendo por ahí. Un caballo no tiene dos sillas de montar; una buena mujer no es infiel a su laotong. Quizá tu perfidia es la causa de que tu esposo, tu suegra, tus hijos y también la traicionada alma gemela que tienes ante ti no te cuiden como deberían. Nos avergüenzas a todos con tus fantasías infantiles. Si mi esposo trajera una concubina a mi casa hoy, yo me vería apartada de mi cama, descuidada, y dejaría de recibir sus atenciones. Yo, como todas las mujeres que estamos aquí, tendría que aceptarlo. Pero lo que has hecho tú…
Se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaron. Creí que no podría continuar. Me distancié de mi propio dolor e intenté expresarlo de un modo que todas las mujeres que estaban allí pudieran entender.
—Podemos esperar que nuestros esposos nos rechacen, porque ellos tienen ese derecho y nosotras sólo somos mujeres; pero que nos rechace otra mujer, que por el simple hecho de serlo ha soportado mucha crueldad, es inconcebible.
A continuación recordé a mis vecinas mi estatus, el hecho de que mi esposo había llevado sal al pueblo y cómo había procurado que durante la rebelión todos los habitantes de Tongkou fueran llevados a un lugar seguro.
—Mi puerta está limpia —declaré acto seguido, y luego me volví hacia Flor de Nieve—. ¿Y la tuya?
Entonces toda la rabia que tenía acumulada salió a la superficie y ninguna de las presentes me impidió expresarla. Las palabras que empleé procedían de un lugar tan oscuro y amargo que sentía como si me hubieran abierto con un cuchillo. Yo lo sabía todo de Flor de Nieve y lo utilicé contra ella con el pretexto de la corrección social y el poder que me confería ser la señora Lu. La humillé delante de las demás revelando todas sus debilidades. No me callé nada, porque había perdido el control. De forma espontánea surgió en mi mente el lejano recuerdo de la pierna de mi hermana pequeña agitándose y de sus vendajes, sueltos, desenroscándose alrededor de ella. Con cada invectiva que lanzaba, era como si mis propios vendajes se hubieran soltado y por fin fuera libre para decir lo que pensaba. Tardé muchos años en darme cuenta de que mis percepciones eran erróneas. Los vendajes no ondeaban en el aire y azotaban a mi laotong, sino que se enroscaban alrededor de mí y me estrechaban cada vez más para que expulsara el amor verdadero que había ansiado toda mi vida.
—Esta mujer que antes era vuestra vecina hizo su ajuar con el ajuar de su madre, y cuando la pobre mujer se quedó en la calle no tenía colchas ni ropa para calentarse —proclamé—. Esta mujer que antes era vuestra vecina no limpia su casa. Su esposo tiene un oficio impuro, mata cerdos en una plataforma delante de la puerta de su casa. Esta mujer que antes era vuestra vecina tenía un gran talento, pero lo ocultaba y se negaba a enseñar nuestra escritura secreta a las mujeres del hogar de su esposo. Esta mujer que antes era vuestra vecina mintió cuando era una niña en sus años de hija, mintió cuando era una joven en sus años de cabello recogido y sigue mintiendo ahora, que es una esposa y una madre en sus años de arroz y sal. No sólo os ha mentido a todas vosotras, sino que también ha mentido a su laotong. —Hice una pausa para escudriñar el rostro de las presentes—. ¿Queréis saber a qué se dedica? ¡Os lo diré! ¡A satisfacer su lujuria! Los animales se ponen en celo cuando es la estación, pero esta mujer está siempre en celo. Cuando está en celo, toda la casa guarda silencio. Cuando huimos de los rebeldes y nos refugiamos en las montañas —añadí inclinándome hacia las otras mujeres, que se acercaron a mí—, prefería tener trato camal con su esposo a estar conmigo, su laotong. Dice que debe de haber realizado malas obras en su vida anterior, pero yo, la señora Lu, os digo que son las malas obras que ha realizado en esta vida las que determinan su destino.
Flor de Nieve estaba sentada enfrente de mí, y las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero yo estaba tan dolida y desconcertada que sólo podía expresar mi rabia.
—Cuando éramos niñas, redactamos un contrato —concluí—. Hiciste una promesa y la rompiste.
Ella respiró hondo, temblorosa.
—Una vez me pediste que siempre te dijera la verdad, pero cuando te la digo me interpretas mal o no te gusta lo que oyes. En mi pueblo he encontrado mujeres que no me miran con desprecio. No me critican. No esperan que sea diferente.
Cada una de las palabras que pronunciaba reforzaba todas mis sospechas.
—No me humillan delante de los demás —prosiguió—. He bordado con ellas y nos consolamos unas a otras cuando tenemos problemas. No se avergüenzan de mí. Me visitan cuando no me encuentro bien… Estoy sola y triste. Necesito la compañía de mujeres que me consuelen todos los días, no sólo cuando a ti te convenga. Necesito la compañía de mujeres que me acepten tal como soy, no como ellas me recuerdan o como querrían que fuera. Me siento como un pájaro que vuela en solitario. No encuentro a mi pareja…
Sus tiernas palabras y amables excusas eran precisamente lo que yo temía. Cerré los ojos e intenté controlar mis sentimientos. Para protegerme tenía que aferrarme a su ofensa, como había hecho con mi madre. Cuando abrí los ojos, ella se había puesto en pie y caminaba oscilando delicadamente hacia la escalera. Al ver que la señora Wang no la seguía sentí una punzada de lástima. Ni siquiera su propia tía, la única de nosotras que se había ganado el sustento y había sobrevivido gracias a su ingenio, estaba dispuesta a ofrecerle consuelo.
Mientras Flor de Nieve desaparecía paso a paso por la escalera, me prometí que nunca volvería a verla.
Cuando recuerdo aquel día, sé que incumplí gravemente mis obligaciones. Lo que Flor de Nieve me había hecho era imperdonable, pero lo que dije yo fue despreciable. Dejé que mi rabia, mi dolor y mi deseo de venganza guiaran mis actos. Paradójicamente, las mismas cosas que me habían avergonzado, y que más adelante tanto lamenté, me ayudaron a convertirme en la señora Lu. Mis vecinas habían sido testigos de mi valentía cuando mi esposo se marchó a Guilin. Sabían que me había ocupado de mi suegra durante la epidemia y que había expresado adecuadamente mi amor filial en los funerales de mis suegros. Cuando regresé de las montañas, ellas me habían visto contratar a maestros y enviarlos a otros pueblos cercanos, participar en las ceremonias de casi todas las familias de Tongkou y, en general, desenvolverme bien como la esposa del jefe del pueblo. Pero aquel día me gané definitivamente el respeto de mis vecinas haciendo lo que se suponía que toda mujer debía hacer por nuestro condado. Una mujer ha de dar ejemplo de decoro y sensatez en el reino interior. Si lo consigue, su conducta pasa de una puerta a otra, no sólo haciendo que las mujeres y los niños se comporten como es debido, sino inspirando también a nuestros hombres a convertir el reino exterior en un lugar seguro y firme para que el emperador vea paz cuando contempla su territorio desde el trono. Yo hice todo eso en público mostrando a mis vecinas que Flor de Nieve era una mujer vil, que no debía formar parte de nuestras vidas. Reafirmé mi poder al tiempo que con él destruía a mi laotong.
Mi Carta de Vituperio se hizo famosa. Las mujeres la escribían en pañuelos y abanicos. Se la enseñaban a las niñas y la cantaban durante el mes de las celebraciones de boda para prevenir a las novias de los riesgos que entraña la vida. De ese modo la desgracia de Flor de Nieve se extendió por todo el condado. En cuanto a mí, todo lo que había sucedido me paralizó. ¿Qué sentido tenía ser la señora Lu, si no había amor en mi vida?