El abanico de seda
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Hacia las nubes
Pasaron ocho años. En ese tiempo murió el emperador Xianfeng, el emperador Tongzhi subió al poder y la rebelión de los taiping terminó en una provincia remota. Mi primer hijo se casó; su esposa quedó embarazada y vino a vivir a nuestra casa poco antes de dar a luz un varón, el primero de mis preciosos nietos. Mi hijo aprobó además sus exámenes de funcionario shengyuan del distrito. A continuación se puso a estudiar para ser funcionario xiucai de la provincia. No podía dedicar mucho tiempo a su esposa, pero creo que ella se sentía a gusto en nuestra habitación de arriba. Era una joven refinada y hábil en las tareas domésticas, y yo le tenía un profundo cariño. En sus años de cabello recogido, cuando contaba dieciséis, mi hija se comprometió con el hijo de un comerciante de arroz de la lejana Guilin. Quizá nunca volvería a ver a Jade, pero esa alianza consolidaría nuestros lazos con el negocio de la sal. La familia Lu era adinerada, respetada y afortunada. Yo tenía cuarenta y dos años y había hecho todo lo posible para olvidar a Flor de Nieve.
Un día, a finales del otoño del cuarto año del reinado del emperador Tongzhi, Yonggang entró en la habitación de arriba y me susurró al oído que había venido alguien que quería verme. Le pedí que hiciera subir al visitante, pero Yonggang miró a mi nuera y a mi hija, que estaban conmigo bordando, y negó con la cabeza. Ese gesto era una impertinencia por su parte, o algo más grave. Me dirigí al piso de abajo sin decir nada. Cuando entré en la sala principal, una muchacha vestida con harapos se arrodilló y tocó el suelo con la frente. Solían acudir mendigos a mi puerta, porque yo tenía fama de ser una persona generosa.
—Sólo tú puedes ayudarme, señora Lu —imploró la muchacha, mientras se arrastraba hacia mí hasta posar la frente sobre mis lotos dorados.
Me agaché y le toqué un hombro.
—Dame tu cuenco y te lo llenaré —dije.
—No tengo cuenco de mendiga y no necesito comida.
—Entonces, ¿para qué has venido?
La muchacha rompió a llorar. Le pedí que se levantara y, al ver que no obedecía, le di unas palmaditas en el hombro. Yonggang estaba a mi lado, con la vista clavada en el suelo.
—¡Levántate! —ordené a la muchacha.
Ella alzó la cabeza y me miró. La habría reconocido en cualquier parte. La hija de Flor de Nieve era la viva imagen de ésta cuando tenía esa edad. Su cabello se resistía a la sujeción de las horquillas y unos mechones sueltos le caían sobre la cara, pálida y tersa como la luna de primavera a la que hacía referencia su nombre. A través de la neblina de la memoria vi a Luna de Primavera cuando sólo era un bebé, y luego durante aquellos días y noches terribles de nuestro invierno en las montañas. Aquella preciosa criatura habría podido ser la laotong de mi hija. Y allí estaba, posando la frente sobre mis pies, suplicándome ayuda.
—Mi madre está muy enferma. No sobrevivirá al invierno. Ya no podemos hacer nada por ella, salvo aliviar su agitado espíritu. Ven a verla, por favor. No para de llamarte. Sólo tú puedes confortarla.
Cinco años atrás, la intensidad de mi dolor habría sido tan grande que habría echado a la joven de mi casa, pero era la esposa del hombre más importante de Tongkou y había aprendido cuáles eran mis deberes. Nunca podría perdonar a Flor de Nieve por toda la tristeza que me había causado, pero la posición que tenía en el condado me obligaba a mostrar mi cara de dama elegante. Dije a Luna de Primavera que se marchara a su casa y le prometí que yo no tardaría en llegar; entonces dispuse que un palanquín me llevara a Jintian. Mientras viajaba hacia allí, me preparé para volver a ver a Flor de Nieve y al carnicero, a su hijo, que ya debía de haberse casado, y, por supuesto, a las hermanas de juramento.
El palanquín me dejó ante la puerta del hogar de Flor de Nieve. Todo estaba tal como yo lo recordaba. Había un montón de leña junto a la fachada de la casa. La plataforma con el wok empotrado estaba preparada para nuevos sacrificios. Vacilé un momento mientras contemplaba todo aquello. La silueta del carnicero se dibujaba en el oscuro umbral, y entonces apareció ante mí: más viejo, más enjuto, pero inconfundible pese al paso de los años.
—No soporto verla sufrir. —Ésas fueron las primeras palabras que me dijo tras ocho años. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Me dio un hijo, que me ha ayudado a hacer mejor mi trabajo. Me dio una buena hija. Embelleció mi casa. Se ocupó de mi madre hasta su muerte. Hizo todo cuanto debe hacer una esposa, pero yo fui cruel con ella, señora Lu. Ahora me doy cuenta. —Entonces pasó a mi lado y añadió—: Está mejor acompañada de mujeres. —Lo vi caminar hacia los campos, el único lugar donde un hombre puede estar solo con sus emociones.
Incluso ahora, al cabo de tantos años, me cuesta recordar aquel momento. Creía que había borrado a Flor de Nieve de mi memoria y que la había arrancado de mi corazón. Estaba convencida de que jamás la perdonaría por amar a sus hermanas de juramento más que a mí, pero tan pronto la vi en su cama todos esos pensamientos y esas emociones desaparecieron. El tiempo —la vida— la había maltratado. Me quedé allí plantada; yo había envejecido, por supuesto, pero mi piel conservaba su tersura gracias a las cremas, los polvos y la escasa exposición al sol, mientras mi ropa indicaba a todo el condado qué clase de persona era. Flor de Nieve yacía en la cama y parecía una vieja bruja envuelta en harapos. Yo había reconocido de inmediato a su hija, pero a ella no la habría reconocido.
Sí, allí estaban las otras mujeres: Loto, Sauce y Flor de Ciruelo. Como yo había sospechado durante aquellos años, las hermanas de juramento de Flor de Nieve eran las mujeres que habían convivido con nosotras bajo el árbol en las montañas. No nos saludamos.
Cuando me acerqué a la cama, Luna de Primavera se levantó y se hizo a un lado. Flor de Nieve tenía los ojos cerrados y estaba muy pálida. Miré a su hija sin saber qué hacer. La joven me hizo una señal con la cabeza y cogí una mano de su madre; la noté fría. Ella se movió, pero no abrió los ojos, y entonces se humedeció los labios, que tenía agrietados.
—Noto… —Meneó la cabeza como si intentara alejar de su mente un pensamiento.
Pronuncié su nombre en voz baja y le apreté ligeramente los dedos.
Mi laotong abrió los ojos y parpadeó, sin acabar de creer que yo estuviera allí.
—He notado tu caricia —murmuró por fin—. Sabía que eras tú. —Su voz era débil, pero, cuando habló, todos los años de dolor y horror desaparecieron. Tras los estragos de la enfermedad vi y oí a la niña que un día me había invitado a ser su laotong.
—Te he oído llamarme —mentí— y he venido tan rápido como he podido.
—Estaba esperándote.
En su rostro apareció una mueca de dolor. Con la otra mano se apretó el estómago, al tiempo que doblaba las piernas. Su hija, sin decir nada, mojó un paño en un cuenco de agua, lo escurrió y me lo dio. Yo lo cogí y enjugué el sudor que había humedecido la frente de Flor de Nieve durante el espasmo.
—Lamento lo que ocurrió —dijo ella conteniendo su dolor—, pero debes saber que nunca he dejado de quererte.
Mientras yo aceptaba sus disculpas, la sacudió otro espasmo, peor que el primero. Mi laotong volvió a apretar los párpados y se quedó callada. Mojé el paño y se lo puse en la frente; luego volví a cogerle la mano y permanecí sentada a su lado hasta que se puso el sol. Para entonces las otras mujeres ya se habían marchado y Luna de Primavera había bajado a preparar la cena. A solas con Flor de Nieve, retiré la colcha. La enfermedad se había comido la carne que rodeaba sus huesos y había alimentado un tumor que había crecido hasta alcanzar el tamaño de un bebé dentro de su vientre.
Ni siquiera ahora soy capaz de explicar mis emociones. Durante mucho tiempo me había sentido dolida y furiosa. Estaba segura de que nunca perdonaría a Flor de Nieve, pero, en lugar de aferrarse a esa certeza, mi mente comprendió que el vientre de mi laotong había vuelto a traicionarla y que el tumor que tenía dentro debía de llevar varios años formándose. Yo tenía un deber que cumplir…
¡No! No es eso. Yo había sufrido durante todos esos años porque todavía la quería. Ella era la única que había descubierto mis debilidades y me había amado a pesar de ellas. Y yo había seguido amándola incluso cuando más la odiaba.
Volví a arroparla con la colcha y empecé a pensar. Tenía que buscar a un buen médico. Flor de Nieve debía comer, y necesitábamos un adivino. Yo quería que ella luchara como yo habría luchado. Veréis, todavía no entendía que no se pueden controlar las manifestaciones del amor ni cambiar el destino de otra persona.
Me llevé su fría mano a los labios y luego fui al piso de abajo. El carnicero estaba sentado a la mesa. El hijo de Flor de Nieve, ya un hombre hecho y derecho, estaba sentado al lado de su hermana. Los dos me miraron con expresiones heredadas de su madre: orgullo, resistencia, resignación, súplica.
—Me marcho a mi casa —anuncié. El hijo de Flor de Nieve compuso una mueca de decepción, de modo que alcé una mano y aclaré—: Volveré mañana. Por favor, preparadme un sitio para dormir. No me iré de esta casa hasta que… —No pude terminar la frase.
Creí que cuando me instalara allí ganaríamos aquella batalla, pero Flor de Nieve sólo aguantó dos semanas. Dos semanas de mis ochenta años de vida para mostrar a mi alma gemela todo el amor que sentía por ella. No salí ni una sola vez de su habitación. Su hija me traía todo lo que entraba en mi cuerpo y se llevaba todo lo que salía de él. Yo lavaba a Flor de Nieve todos los días y luego me lavaba con esa misma agua. Años atrás, el hecho de que ella compartiera un cuenco de agua conmigo me había demostrado que me amaba. Confiaba en que ahora viera lo que yo hacía, recordara el pasado y supiera que nada había cambiado.
Por la noche, cuando los otros se retiraban, me levantaba del jergón que la familia me había preparado y me metía en su cama. La abrazaba e intentaba dar calor a su marchito cuerpo y aliviar el tormento que lo sacudía y la hacía gemir incluso mientras dormía. Todas las noches me quedaba dormida deseando que mis manos fueran esponjas que pudieran absorber el tumor que crecía dentro del vientre de mi laotong. Todas las mañanas, al despertar, la encontraba mirándome fijamente con sus hundidos ojos, la palma de su mano sobre mi mejilla.
El médico de Jintian llevaba años atendiéndola, pero decidí mandar a buscar al mío. El hombre miró a mi laotong y meneó la cabeza.
—Esta mujer no tiene cura, señora Lu —afirmó—. Lo único que puedes hacer es esperar a que llegue la muerte. Ya se aprecia en el tono morado de la piel por encima de los vendajes. Primero, los tobillos; luego las piernas, que se hincharán y adquirirán un color morado a medida que su fuerza vital se debilite. Sospecho que pronto cambiará su respiración. Reconocerás las señales. Una inhalación, una exhalación, y luego nada. Cuando creas que ya no va a volver a respirar, inhalará de nuevo. No llores, señora Lu. Entonces el fin estará muy cerca, y ella ni siquiera será consciente de su dolor.
El médico dejó unos paquetes de hierbas para que preparáramos una infusión medicinal; le pagué y juré que no volvería a solicitar sus servicios. Cuando se hubo marchado, Loto, la mayor de las hermanas de juramento, intentó consolarme.
—El esposo de Flor de Nieve ha hecho venir a muchos médicos, pero ninguno podría hacer nada por ella.
El viejo resentimiento amenazó con surgir de nuevo en mí, pero vi compasión en el rostro de Loto, no sólo por Flor de Nieve, sino también por mí.
Recordé que el amargo era el más yin de todos los sabores. Causaba contracciones, reducía la fiebre y calmaba el corazón y el espíritu. Convencida de que el melón amargo detendría el avance de la enfermedad, pedí a sus hermanas de juramento que me ayudaran a preparar melón amargo salteado con puré de judías negras y sopa de melón amargo. Las tres mujeres me obedecieron. Me senté en la cama de Flor de Nieve y se lo di a pequeñas cucharadas. Al principio ella comía sin protestar. Después cerró la boca y desvió la mirada, como si yo no estuviera allí con ella.
La hermana de juramento mediana me llevó aparte. En el rellano de la escalera, Sauce cogió el cuenco que yo tenía en las manos y susurró:
—Es demasiado tarde para esto. No quiere comer. Debes dejarla marchar. —Sauce me acarició la mejilla con ternura. Más tarde, ese mismo día, fue ella quien limpió el vómito de melón amargo de Flor de Nieve.
Mi siguiente y último plan era consultar al adivino. Entró en la habitación y anunció:
—Un fantasma se ha pegado al cuerpo de tu amiga. No te preocupes. Juntos lo expulsaremos de esta habitación y ella se curará. Flor de Nieve —dijo inclinándose sobre la cama—, te he traído unas palabras para que las recites. —A continuación nos ordenó a las demás—: Arrodillaos y rezad.
Luna de Primavera, la señora Wang (sí, la anciana casamentera también estuvo allí la mayor parte del tiempo), las tres hermanas de juramento y yo nos postramos alrededor de la cama y comenzamos a rezar y a cantar a la Diosa de la Compasión, mientras Flor de Nieve repetía las oraciones con un hilo de voz. Cuando el adivino nos vio enfrascadas en nuestra tarea, sacó un pedazo de papel de su bolsillo, escribió unos conjuros en él, le prendió fuego y recorrió varias veces la habitación intentando ahuyentar al fantasma hambriento. Por último cortó el humo con una espada, zas, zas, zas.
—¡Fuera, fantasma! ¡Fuera, fantasma! ¡Fuera, fantasma!
Pero no sirvió de nada. Pagué al adivino y desde la celosía de Flor de Nieve lo vi subir a su carro tirado por un poni y alejarse por el camino. Juré que a partir de entonces sólo recurriría a los adivinos para buscar fechas propicias.
Flor de Ciruelo, la menor de las hermanas de juramento, vino a mi lado y dijo:
—Flor de Nieve hace todo lo que le pides. Espero que te des cuenta, señora Lu, de que sólo lo hace por ti. Este tormento dura ya demasiado tiempo. Si ella fuera un perro, ¿la obligarías a seguir sufriendo?
Existen muchas clases de dolor: la agonía física que soportaba Flor de Nieve, la pena que me invadía al ver su sufrimiento y pensar que ni yo misma podría aguantar un momento más, el arrepentimiento que sentía por lo que le había dicho ocho años atrás (¿y para qué? ¿Para que me respetaran las mujeres de mi pueblo? ¿Para herir a Flor de Nieve como ella me había herido? ¿O había sido una cuestión de orgullo, pues no quería que ella estuviera con nadie si no estaba conmigo?). Me había equivocado en todo, incluso en lo último, pues durante aquellos largos días vi el consuelo que las otras mujeres proporcionaban a mi laotong. No habían venido a verla sólo en sus últimos momentos, como había hecho yo, sino que llevaban años pendientes de ella. Su generosidad —en forma de pequeñas bolsas de arroz, hortalizas cortadas y leña— la había mantenido viva. Mientras yo estuve allí, acudieron todos los días, sin importarles dejar sus propios hogares desatendidos. No se inmiscuían en la especial relación que teníamos nosotras dos y se movían con discreción, como espíritus benignos, sin que apenas se notara su presencia; rezaban y seguían encendiendo fuegos para ahuyentar a los fantasmas que acechaban a Flor de Nieve, pero siempre nos dejaban tranquilas.
Supongo que dormía, pero no lo recuerdo. Cuando no estaba cuidándola, le preparaba zapatos para el funeral. Elegía colores que sabía que le gustaban. Enhebraba la aguja y bordaba en un zapato una flor de loto, que simbolizaba la continuidad, y una escalera, que simbolizaba el ascenso, para expresar la idea de que Flor de Nieve iniciaba un ascenso continuo hacia el cielo. En otro par bordé pequeños ciervos y murciélagos de curvas alas, símbolos de longevidad —los mismos que aparecen en las prendas nupciales y se cuelgan en las fiestas de cumpleaños—, para que Flor de Nieve supiera que, incluso después de su muerte, su sangre se perpetuaría en sus hijos.
Flor de Nieve empeoró. La primera vez que le había lavado los pies y se los había vuelto a vendar, vi que tenía los dedos de un color morado oscuro. Tal como había vaticinado el médico, ese color, que anunciaba la muerte, fue ascendiendo por sus pantorrillas. Intenté que Flor de Nieve combatiera la enfermedad. Los primeros días le suplicaba que recurriera a su carácter de caballo para ahuyentar a coces a los fantasmas que venían a reclamarla, pero acabé comprendiendo que lo único que se podía hacer era facilitarle el viaje al más allá.
Yonggang venía todas las mañanas y me traía huevos frescos, ropa limpia y mensajes de mi esposo. Había sido una criada fiel y obediente durante muchos años, pero entonces descubrí que en una ocasión había traicionado mi confianza, y le estaré eternamente agradecida por ello. Tres días antes de la muerte de Flor de Nieve, llegó una mañana, se arrodilló ante mí y dejó un cesto a mis pies.
—Señora, hace muchos años te vi —dijo con la voz quebrada por el miedo—. Sabía que no querías hacer lo que estabas haciendo.
No entendí de qué me hablaba ni por qué elegía ese momento para confesar su falta. Entonces retiró el paño que cubría el cesto, metió una mano en él y empezó a sacar cartas, pañuelos, bordados y nuestro abanico secreto. Yo había buscado esas cosas cuando quise quemar todo recuerdo de nuestro pasado, pero mi criada se había arriesgado a que la echaran de casa para salvarlas durante aquellos días en que yo intentaba por todos los medios Arrancar la Enfermedad de mi Corazón y las había guardado todos esos años.
Al verlo, Luna de Primavera y las hermanas de juramento empezaron a corretear por la habitación revolviendo en el cesto de los bordados de Flor de Nieve y en los cajones, y mirando debajo de la cama en busca de escondites. Pronto tuve ante mí todas las cartas que había escrito a Flor de Nieve y todas las labores que había hecho para ella. Al final todo, excepto lo que yo ya había destruido, se acumuló allí.
Dediqué los últimos días a realizar con ella un viaje a lo largo de toda nuestra vida juntas. Ambas habíamos memorizado muchos textos y podíamos recitar pasajes enteros, pero ella se debilitaba rápidamente y pasó el resto del tiempo escuchándome, cogida a mi mano.
Por la noche, juntas en la cama bajo la celosía, bañadas por la luz de la luna, nos transportábamos a nuestros años de cabello recogido. Yo le escribía caracteres de nu shu en la palma de la mano. «La luz de la luna ilumina mi cama…»
—¿Qué he escrito? —preguntaba—. Dime los caracteres.
—No lo sé —susurraba ella.
Así pues, yo recitaba el poema y veía cómo las lágrimas escapaban por las comisuras de los ojos de mi laotong, corrían por sus sienes y se perdían en sus orejas.
Durante la última conversación que mantuvimos, me preguntó:
—¿Puedes hacerme un favor?
—Claro que sí. Haré lo que quieras —contesté.
—Por favor, sé la tía de mis hijos.
Prometí que lo sería.
No había nada que aliviara su sufrimiento. En las últimas horas le leí nuestro contrato y le recordé que habíamos ido al templo de Gupo y comprado papel rojo, que nos habíamos sentado juntas y habíamos redactado el texto. Volví a leerle las palabras que nos habíamos enviado en nuestras misivas. Le leí partes felices de nuestro abanico. Le tarareé viejas melodías de la infancia. Le dije cuánto la quería y que deseaba que estuviera esperándome en el más allá. Le hablé hasta que llegó al borde del cielo, resistiéndome a que se marchara y al mismo tiempo ansiando soltarla para que volara hacia las nubes.
Su piel pasó del blanco fantasmal al dorado. Toda una vida de preocupaciones se borró de su cara. Las hermanas de juramento, Luna de Primavera, la señora Wang y yo escuchamos atentamente el ritmo de su respiración: una inhalación, una exhalación y luego nada. Pasaron unos segundos; otra inhalación, otra exhalación y luego nada. De nuevo unos segundos torturadores, después una inhalación, una exhalación y luego nada. Yo tenía una mano sobre su mejilla, igual que ella solía posar su mano en la mía, para que supiera que su laotong estaría a su lado hasta la última inhalación, la última exhalación y luego nada de verdad.
Lo que sucedió me recordaba a la fábula que mi tía solía cantar acerca de la muchacha que tenía tres hermanos. Ahora comprendo que nos enseñaban esas canciones y esos cuentos no sólo para que aprendiéramos cómo debíamos comportarnos, sino también porque íbamos a vivir versiones parecidas de esas historias una y otra vez a lo largo de la vida.
Bajamos a Flor de Nieve a la sala principal. La lavé y le puse las prendas de la eternidad; estaban desteñidas y deshilachadas, pero conservaban bordados que yo recordaba de nuestra infancia. La mayor de las hermanas de juramento la peinó. La mediana le empolvó la cara y le pintó los labios. La menor le adornó el cabello con flores. Colocamos el cadáver en un ataúd. Una pequeña banda vino a tocar música fúnebre, mientras nosotras nos sentamos alrededor de la difunta en la sala principal. La mayor de las hermanas de juramento tenía dinero y compró incienso para quemar. La mediana tenía dinero y compró papel para quemar. La menor no tenía dinero para comprar incienso ni papel, pero lloró como debe llorar una mujer en una ocasión así.
Al cabo de tres días el carnicero, su hijo y los esposos e hijos de las hermanas de juramento llevaron el ataúd a la tumba. Andaban muy deprisa, como si no tocaran el suelo con los pies. Cogí casi todos los escritos de nu shu de Flor de Nieve, incluidas casi todas las cartas que yo le había enviado, y los quemé para que nuestras palabras la acompañaran hasta el más allá.
Luego regresamos a la casa del carnicero. Luna de Primavera preparó té y las tres hermanas de juramento y yo fuimos a la habitación de arriba para eliminar de allí todo rastro de la muerte.
Fueron ellas quienes me revelaron mi mayor vergüenza. Me dijeron que Flor de Nieve no era su hermana de juramento. Yo no las creí. Intentaron convencerme de que decían la verdad.
—Pero ¿y el abanico? —exclamé, presa de la frustración—. Flor de Nieve me escribió que se había unido a vuestra hermandad.
—No —me corrigió Loto—. Escribió que no quería que siguieras preocupándote por ella, porque tenía amigas que la consolaban.
Me pidieron que les dejara ver las palabras de mi laotong y así me enteré de que les había enseñado a leer nu shu. Apiñadas alrededor del abanico, lanzaban exclamaciones y señalaban detalles de los que Flor de Nieve les había hablado a lo largo de los años.
Cuando llegaron a la última anotación, sus rostros se ensombrecieron.
—Mira —dijo Loto señalando los caracteres—. Aquí no pone que entrara en nuestra hermandad.
Les arrebaté el abanico de las manos y me lo llevé a un rincón para examinarlo sola. «Tengo demasiados problemas —había escrito Flor de Nieve—. No puedo ser lo que tú deseas. Ya no tendrás que oír mis quejas. Tres hermanas de juramento han prometido amarme tal como soy…»
—¿Lo ves, señora Lu? —dijo Loto—. Flor de Nieve quería que la escucháramos. A cambio, nos enseñó la escritura secreta. Era nuestra maestra y nosotras la respetábamos y amábamos. Pero ella no nos amaba a nosotras, sino a ti. Quería que tú correspondieras a su amor sin las cargas de tu vergüenza y tu impaciencia.
Que yo hubiera sido superficial, testaruda y egoísta no alteraba la gravedad ni la estupidez de lo que había hecho. Había incurrido en el mayor error que puede cometer una mujer que conoce el nu shu: no había tenido en cuenta la textura, el contexto ni los matices de significado.
Peor aún, mi egocentrismo me había hecho olvidar lo que había aprendido el día que conocí a Flor de Nieve: que ella siempre era más sutil y sofisticada en sus palabras que la segunda hija de un vulgar campesino. Durante ocho años Flor de Nieve había sufrido por culpa de mi ceguera y mi ignorancia. Durante el resto de mi vida —casi tantos años como los que tenía Flor de Nieve cuando murió— no he dejado de lamentarlo.
Pero las hermanas de juramento no habían terminado conmigo.
—Ella intentaba complacerte en todo —prosiguió Loto—, incluso teniendo trato carnal con su esposo poco después de dar a luz, sin respetar los plazos de purificación.
—¡Eso no es verdad!
—Cada vez que Flor de Nieve perdía un hijo, no le ofrecías más compasión que su esposo o su suegra —intervino Sauce—. Siempre decías que su único valor residía en su capacidad de engendrar hijos varones, y ella te creía. Le decías que volviera a intentarlo, y ella te obedecía.
—Eso es lo que debemos decir —repuse, indignada—. Así es como las mujeres nos consolamos…
—¿Crees que esas palabras la consolaban cuando acababa de perder otro hijo?
—Vosotras no estabais allí. Vosotras no la oíais…
—¡Inténtalo otra vez! ¡Inténtalo otra vez! ¡Inténtalo otra vez! —dijo Flor de Ciruelo—. ¿Vas a negar que era eso lo que le decías?
No. No podía negarlo.
—Exigías que siguiera tus consejos en eso y en muchas otras cosas —terció Loto—. Y, cuando lo hacía, tú la criticabas…
—Estáis tergiversando mis palabras.
—¿Ah, sí? —preguntó Sauce—. Flor de Nieve siempre hablaba de ti. Jamás te censuró, pero nosotras entendíamos lo que pasaba.
—Te quería como se debe querer a una laotong, por todo lo que eras y por todo lo que no eras —concluyó Flor de Ciruelo—. Pero tú tenías una mentalidad demasiado masculina. Tú la querías como la habría querido un varón y sólo la valorabas según las reglas de los hombres.
Loto cambió de tema.
—¿Te acuerdas de cuando estábamos en las montañas y perdió el niño que llevaba en el vientre? —me preguntó con un tono que me hizo temer lo que diría a continuación.
—Sí, claro que me acuerdo.
—Entonces ya estaba enferma.
—No puede ser. El carnicero…
—Es posible que su esposo acelerara el proceso ese día —admitió Sauce—, pero la sangre que salía de su cuerpo era negra y vieja, y nadie vio que expulsara un feto.
Una vez más, Flor de Ciruelo zanjó la cuestión.
—Hemos pasado muchos años aquí, a su lado, y eso ocurrió varias veces más. Ya estaba gravemente enferma cuando tú le cantaste tu Carta de Vituperio.
Hasta entonces yo no había podido desmentir sus palabras, así que ¿cómo iba a discutir ese punto? Era evidente que el tumor llevaba mucho tiempo creciendo. De pronto empezaron a encajar otros detalles del pasado: la pérdida de apetito de Flor de Nieve, la palidez de su piel y su falta de energía cuando yo la chinchaba para que comiera más, se pellizcara las mejillas a fin de darles color y realizara todas las tareas que se esperaba de una esposa para que la armonía reinara en el hogar de su esposo. Entonces recordé que sólo dos semanas atrás, cuando llegué a su casa, Flor de Nieve se había disculpado. Yo no le había pedido perdón… ni siquiera cuando ella soportaba un dolor atroz, ni siquiera cuando su muerte era inminente, ni siquiera mientras, con suficiencia, yo me decía que todavía la amaba. Su corazón siempre había sido puro, pero el mío estaba duro, reseco y arrugado como una nuez vieja.
A veces pienso en esas hermanas de juramento, que ya han muerto. Tenían que ser prudentes cuando hablaban conmigo, porque yo era la señora Lu, pero no estaban dispuestas a dejar que me marchara de aquella casa sin saber la verdad.
Regresé a mi hogar y me refugié en la habitación de arriba con el abanico y unas cuantas cartas que se habían salvado. Molí tinta hasta obtener un líquido negro como el cielo nocturno. Abrí el abanico, mojé el pincel en la tinta e hice la que creí sería mi última anotación.
«Tú, que siempre conociste mi corazón, vuelas ahora más allá de las nubes, acariciada por el sol. Espero que un día volemos juntas.» Tendría muchos años para reflexionar sobre esas palabras y hacer todo lo posible para remediar el daño que había causado a la persona a quien más quería.