El abanico de seda

El abanico de seda


Años de hija » El vendado

Página 6 de 31

El vendado

Los preparativos para el vendado de mis pies duraron mucho más de lo que se suponía. En las ciudades, a las niñas de las familias acomodadas les vendan los pies a los tres años. En algunas provincias lejanas sólo se los vendan por un tiempo, para que resulten más atractivas a sus futuros maridos. Esas niñas pueden tener hasta trece años. No se les rompen los huesos, los vendajes siempre están flojos y, después de casarse, se los quitan para trabajar en los campos junto a sus esposos. Y a las niñas más pobres no les vendan los pies, y ya sabemos cómo acaban: las venden como criadas o se convierten en «falsas nueras», niñas de pies grandes, procedentes de familias desgraciadas, que son entregadas a otras familias para que las críen hasta la edad de concebir hijos. Pero en nuestro mediocre condado, a las niñas de familias como la mía empiezan a vendarles los pies a los seis años y el proceso no se considera terminado hasta dos años más tarde. Mientras yo correteaba con mi hermano por el pueblo, mi madre ya había comenzado a confeccionar las largas tiras de tela azul con que me vendaría los pies. Hizo mi primer par de zapatos con sus propias manos, pero todavía puso más cuidado en bordar los zapatos en miniatura que colocaría en el altar de Guanyin, la diosa que escucha los lamentos de las mujeres. Esos zapatos bordados, que sólo medían tres centímetros y medio de largo y estaban confeccionados con una pieza especial de seda roja que conservaba de su ajuar, fueron el primer indicio que tuve de que pudiera importarle algo a mi madre.

Cuando Luna Hermosa y yo cumplimos seis años, mi madre y mi tía mandaron llamar al adivino, que se encargaría de elegir una fecha auspiciosa para empezar el vendado. Dicen que el otoño es la época del año más propicia para eso, pero sólo porque se acerca el invierno y el frío ayuda a anestesiar los pies. ¿Que si estaba emocionada? No. Estaba asustada. Era demasiado pequeña para recordar los primeros días del vendado de mi hermana mayor, pero ¿qué vecino del pueblo no había oído los gritos de la hija de los Wu?

Mi madre recibió al adivino Hu en el piso de abajo, le sirvió té y le ofreció un cuenco de semillas de sandía. El propósito de sus atenciones era favorecer una lectura propicia. El adivino empezó conmigo. Analizó mi fecha de nacimiento y sopesó las posibilidades. Luego dijo:

—Necesito ver a la niña con mis propios ojos.

Eso no era lo habitual y mi madre fue a buscarme con gesto de preocupación. Me condujo a la sala y me colocó delante del adivino. Para realizar su examen, éste me hincó los dedos en los hombros, lo que me mantuvo quieta y asustada al mismo tiempo.

—Ojos… Orejas… Esa boca… —Levantó la cabeza para mirar a mi madre—. Esta niña no es como las demás.

Mi madre aspiró aire entre los dientes apretados. Aquél era el peor anuncio que podía haber hecho el adivino.

—Este caso requiere otra opinión —añadió el hombre—. Propongo que consultemos a una casamentera. ¿Estás de acuerdo?

Otra persona quizá hubiera sospechado que intentaba estafarla y que estaba confabulado con la casamentera del pueblo, pero mi madre no vaciló ni un instante. Tanto miedo tenía —o tan convencida estaba— que ni siquiera pidió permiso a mi padre para gastar ese dinero.

—Vuelve tan pronto como puedas —contestó—. Estaremos esperando.

El adivino se marchó, dejándonos a todos muy desconcertados. Esa noche, mi madre habló muy poco. De hecho, ni siquiera me miró. Mi tía tampoco bromeó como solía. Mi abuela se retiró temprano, pero yo la oí rezar. Mi padre y mi tío fueron a dar un largo paseo. Hasta mis hermanos debieron de percibir el desasosiego que reinaba en la casa, porque se portaron mejor que de costumbre.

Al día siguiente las mujeres se levantaron temprano. Prepararon pasteles y té de crisantemo y sacaron platos especiales de los armarios. Mi padre no fue a trabajar al campo, sino que se quedó en casa para recibir a las visitas. Todo este despilfarro delataba la gravedad de la situación. Y, por si fuera poco, el adivino no se presentó con la señora Gao, la casamentera del pueblo, sino con la señora Wang, la casamentera de Tongkou, la población más importante del condado.

Dejadme decir una cosa: la casamentera del pueblo ni siquiera había pisado todavía nuestro hogar. En teoría aún faltaba un par de años para que viniera a visitarnos e hiciera de intermediaria de Hermano Mayor, cuando buscara esposa, y de Hermana Mayor, cuando otras familias buscaran novias para sus hijos. Así pues, cuando el palanquín de la señora Wang se detuvo delante de nuestra casa, no hubo muestras de júbilo. Por la ventana de la habitación de las mujeres vi que algunos vecinos se acercaban a curiosear. Mi padre se postró y se puso a hacer reverencias, tocando el suelo con la frente una y otra vez en señal de respeto. Sentí lástima por él. Se angustiaba mucho por todo, un rasgo típico de los nacidos el año del conejo. Era el responsable de todos los miembros de mi familia, pero aquella situación lo superaba. Mi tío no paraba de moverse, pasando el peso del cuerpo de un pie a otro, mientras mi tía, por lo general alegre y cordial, estaba paralizada a su lado. Desde mi privilegiado puesto de observación en el piso superior me percaté, al ver aquellos semblantes, de que sucedía algo muy grave.

Cuando hubieron entrado en la casa, me acerqué con sigilo al hueco de la escalera para oír lo que decían. La señora Wang se puso cómoda. Sirvieron el té y los dulces. Apenas se oía la voz de mi padre mientras cumplía con las normas de cortesía. Pero la señora Wang no había ido a aquella humilde casa para hablar de cosas intrascendentes. Lo que quería era verme. Así pues, me llamaron, tal como el día anterior. Bajé por la escalera y entré en la sala con todo el garbo de que es capaz una niña de seis años que todavía tiene pies grandes y torpes.

Miré a los mayores de mi familia. Aunque hay momentos especiales en que la distancia del tiempo deja los recuerdos en sombras, conservo muy clara la imagen de sus caras aquel día. Mi abuela estaba sentada mirándose las manos, que tenía entrelazadas; su piel era tan frágil y delgada que vi latirle una vena en la sien. Mi padre, que ya tenía bastantes problemas, había enmudecido por la ansiedad. Mi tía y mi tío estaban plantados en el umbral, sin atreverse a participar en lo que iba a ocurrir y, al mismo tiempo, sin querer perdérselo. Con todo, lo que mejor recuerdo es la cara de mi madre. Como a toda hija, me parecía una mujer guapa, pero aquel día percibí su verdadera naturaleza por primera vez. Yo sabía que había nacido en el año del mono, pero no me había dado cuenta de hasta qué punto era astuta y sagaz, rasgos típicos de ese signo. Algo descarnado latía bajo sus prominentes pómulos. Algo maquinador se ocultaba detrás de sus oscuros ojos… Ni siquiera ahora sabría describirlo. Diría que algo parecido a la ambición masculina resplandecía a través de su piel.

Me mandaron colocarme de pie delante de la señora Wang. Su chaqueta de seda me pareció muy bonita, pero los niños no tienen gusto ni criterio. Hoy diría que era chillona y poco apropiada para una viuda, mas las casamenteras no son como las demás mujeres. Se dedican a negociar con los hombres; establecen el precio de las novias, regatean por las dotes y hacen de intermediarias. La risa de la señora Wang era demasiado estridente y sus palabras demasiado melifluas. Me ordenó acercarme a ella, me colocó entre sus rodillas y me miró fijamente. En aquel instante dejé de ser invisible.

La señora Wang fue más minuciosa que el adivino. Me pellizcó el lóbulo de las orejas. Me puso los índices sobre los párpados inferiores y tiró de la piel hacia abajo, luego me ordenó que mirara arriba, abajo, a izquierda y derecha. Me cogió las mejillas y me volvió la cabeza a uno y otro lado. Me dio fuertes apretones en los brazos, desde los hombros hasta las muñecas. A continuación me palpó las caderas. ¡Yo sólo tenía seis años! A esa edad todavía no puede saberse nada de la fertilidad. Aun así lo hizo, y nadie intentó impedírselo. Después hizo algo todavía más sorprendente: se levantó de la silla y me ordenó que ocupara su lugar. Eso habría sido de muy mala educación por mi parte, así que miré a mis padres en busca de consejo, pero estaban inmóviles como un par de ovejas. Mi padre había palidecido y casi le oía pensar: «¿Por qué no la arrojamos al río cuando nació?»

La señora Wang no se había convertido en la casamentera más importante del condado a base de esperar a que las ovejas tomaran decisiones, de modo que me aupó y me sentó en la silla. Acto seguido se arrodilló ante mí y me quitó los zapatos y calcetines. De nuevo se hizo el silencio. Al igual que antes mi cara, ahora me movió los pies en todas direcciones. Luego pasó la uña del pulgar por el puente de ambos.

Entonces miró al adivino con un gesto de asentimiento. Se incorporó y con un brusco movimiento del dedo índice me ordenó que me levantara de su asiento. Cuando se hubo sentado, el adivino carraspeó y dijo:

—Vuestra hija nos obsequia con una circunstancia especial. Ayer noté algo en ella, y la señora Wang, que aporta su pericia y experiencia, coincide conmigo. Vuestra hija tiene la cara larga y delgada como una semilla de arroz, y el lóbulo de las orejas carnoso, lo que denota generosidad. Pero lo más importante son sus pies. Tienen el puente muy alto, pero todavía no están completamente desarrollados. Eso significa, madre, que deberías esperar un año más para empezar a vendárselos. —Levantó una mano para impedir que lo interrumpieran, como si alguien fuera a atreverse, y añadió—: Ya sé que en nuestro pueblo no es costumbre hacerlo cuando las niñas tienen siete años, pero creo que si miras a tu hija verás que…

El adivino Hu titubeó. Mi abuela le acercó un cuenco de mandarinas para ayudarlo a ordenar sus pensamientos. Él cogió una, la peló y arrojó la mondadura al suelo. Con un gajo delante de la boca, continuó:

—A los seis años los huesos todavía son en gran parte agua y, por lo tanto, maleables. Pero vuestra hija está poco desarrollada para su edad, incluso tratándose de nuestro pueblo, que ha pasado años difíciles. Quizá las otras niñas de la familia también lo estén. Eso no debe avergonzaros.

Hasta ese momento yo nunca había pensado que en mi familia pudiera haber algo diferente, y aún menos en mí.

El adivino se metió el gajo de mandarina en la boca, lo masticó concienzudamente y prosiguió:

—Pero vuestra hija no sólo llama la atención por su escaso desarrollo a causa de una alimentación pobre. Como ya he dicho, sus pies tienen un puente particularmente pronunciado, y eso significa que si hacemos ciertas concesiones ahora, más adelante podría tener los pies más perfectos de nuestro condado.

Hay gente que no cree en los adivinos. Hay quien piensa que se limitan a dar consejos de sentido común. Al fin y al cabo, el otoño es la mejor época para iniciar el vendado de los pies, la primavera es la mejor época para dar a luz y una bonita colina con una brisa suave tiene el feng shui idóneo para una tumba. Con todo, aquel adivino vio algo en mí que cambió el curso de mi vida. Sin embargo, en aquel momento no hubo celebraciones. En la habitación reinaba un silencio inquietante. Y yo seguía con la impresión de que pasaba algo terrible.

La señora Wang rompió el silencio.

—La niña es muy hermosa, desde luego, pero los lotos dorados son más importantes que un rostro agraciado. Una cara bonita es un don del cielo, pero unos pies diminutos pueden mejorar la posición social. Creo que en eso estaremos todos de acuerdo. Lo que ocurra después tiene que decidirlo el padre. —Miró directamente a mi padre, pero las palabras que salieron de sus labios iban dirigidas a mi madre—: No es nada malo buscar un buen enlace para una hija. Una familia de posición elevada os aportaría mejores contactos, pagaría más por la novia y os proporcionaría protección política y económica a largo plazo. Aunque aprecio mucho la hospitalidad y la generosidad de que habéis hecho gala hoy —añadió, destacando lo exiguo de nuestro hogar con un lánguido movimiento de la mano—, el destino, encarnado en vuestra hija, os ofrece una oportunidad. Si la madre hace bien su trabajo, esta niña insignificante podría casarse con el hijo de una familia de Tongkou.

¡Tongkou!

—Dices cosas maravillosas —respondió mi padre con cautela—, pero la nuestra es una familia modesta. No podemos pagar tus honorarios.

—Padre —repuso la señora Wang con dulzura—, si los pies de tu hija acaban como imagino, estoy segura de que la familia del novio me gratificará generosamente. Tú también recibirás bienes de ellos, pues pagarán un magnífico precio por la novia. Como ves, tanto tú como yo nos beneficiaremos de este acuerdo.

Mi padre guardó silencio. Nunca hablaba de lo que ocurría en los campos ni expresaba sus sentimientos. Me vino a la memoria un invierno que, tras un año de sequía, nos había sorprendido con pocas reservas de alimentos. Mi padre se fue de caza a las montañas, pero hasta los animales habían muerto de hambre; no tuvo más remedio que regresar a casa con unas raíces amargas, con las que mi madre y mi abuela prepararon un caldo. Quizá ahora estaba recordando la vergüenza que había pasado aquel año e imaginando cuánto pagaría mi futuro esposo por mí y qué podría hacer mi madre con ese dinero.

—Además —prosiguió la casamentera—, creo que vuestra hija también está capacitada para tener una laotong.

Yo conocía esa palabra y su significado. Un contrato de dos laotong no tenía nada que ver con una hermandad. Implicaba la participación de dos niñas de poblaciones diferentes y duraba toda la vida, mientras que una hermandad la componían varias niñas y se disolvía en el momento de la boda. Yo nunca había conocido ninguna laotong ni me había planteado que pudiera llegar a tenerla. Cuando eran pequeñas, mi madre y mi tía habían tenido hermanas de juramento en sus pueblos natales. Hermana Mayor también integraba una hermandad, y mi abuela tenía amigas viudas del pueblo de su esposo que se habían convertido en hermanas de juramento. Yo daba por hecho que, a su debido momento, también las tendría. Pero una laotong era algo muy especial. Debería haberme emocionado, pero estaba perpleja, como el resto de los presentes. Aquél no era un tema que debiera abordarse delante de los hombres. La situación era tan extraordinaria que mi padre se atolondró y dijo:

—Ninguna mujer de nuestra familia ha tenido jamás una laotong.

—Tu familia no ha tenido muchas cosas hasta ahora —observó la señora Wang, al tiempo que se levantaba de la silla—. Háblalo con tu familia, pero recuerda que oportunidades como ésta no llaman a la puerta todos los días. Volveré a visitaros.

La casamentera y el adivino se marcharon tras prometer que regresarían para vigilar mi evolución. Mi madre y yo fuimos al piso de arriba. En cuanto entramos en la habitación de las mujeres, ella se volvió y me miró con la misma expresión que yo acababa de verle en la sala principal. Acto seguido, sin darme tiempo a decir nada, me dio un violento bofetón y preguntó:

—¿Te das cuenta de los problemas que va a causar esto a tu padre?

Eran palabras crueles, pero yo sabía que la bofetada era para que tuviéramos buena suerte y para ahuyentar los malos espíritus. Después de todo, nada garantizaba que mis pies fueran a convertirse en lotos dorados. Cabía la posibilidad de que mi madre cometiera algún error, como había hecho la suya al vendárselos a ella. Mi madre lo había hecho muy bien con Hermana Mayor, pero podía pasar cualquier cosa. En lugar de convertirme en un bien muy preciado, podía acabar tambaleándome sobre unos feos muñones y extendiendo los brazos para mantener el equilibrio, igual que ella.

Me ardía la mejilla, pero me sentí feliz. Aquella bofetada era la primera muestra de afecto que recibía de mi madre, y tuve que reprimir una sonrisa.

No me dirigió la palabra durante el resto del día. Bajó y se puso a hablar con mi tía, mi tío, mi padre y mi abuela. Mi tío era un hombre bondadoso, pero por ser el segundo varón de la familia carecía de autoridad en nuestro hogar. Mi tía sabía los beneficios que podría reportarnos aquella situación, pero, como mujer sin hijos varones, casada con un segundo hijo varón, era el miembro de la familia con menos autoridad. Mi madre tampoco ocupaba una posición elevada, pero de su expresión mientras hablaba la casamentera yo adivinaba qué estaba pensando. Mi padre y mi abuela eran los que tomaban las decisiones que afectaban a la familia, aunque ambos se dejaban influir. El anuncio de la casamentera, pese a ser un buen augurio para mí, significaba que mi padre tendría que trabajar de firme a fin de reunir una dote apropiada para una boda de mayor categoría. Si no aceptaba la decisión de la casamentera, perdería prestigio no sólo en el pueblo sino en todo el condado.

No sé si decidieron mi destino aquel mismo día, pero para mí nada volvió a ser igual. El futuro de Luna Hermosa también cambió con el mío. Yo era unos meses mayor que mi prima, pero se decidió que empezarían a vendarnos los pies el mismo día que a Hermana Tercera. Aunque yo seguía realizando mis tareas fuera, nunca volví al río con mi hermano. No volví a sentir la caricia de la fría corriente en la piel. Hasta aquel día mi madre nunca me había pegado, pero a partir de entonces lo hizo en numerosas ocasiones. Lo peor fue que mi padre no volvió a mirarme con ternura. Ya no me sentaba en su regazo por la noche, mientras fumaba su pipa. En un abrir y cerrar de ojos, de ser una niña sin ningún valor me había convertido en alguien que podía resultar útil a la familia.

Guardaron las vendas y los zapatitos especiales que mi madre había confeccionado para colocar en el altar de Guanyin, y también las vendas y los zapatos que habían hecho para Luna Hermosa. La señora Wang empezó a visitarnos con cierta regularidad. Venía en su propio palanquín, me examinaba de arriba abajo y me interrogaba acerca de mi aprendizaje de las tareas domésticas. No puedo decir que fuera amable conmigo, ni mucho menos. Yo no era más que un medio para obtener un beneficio.

Al año siguiente empezó en serio mi educación en la habitación de las mujeres, aunque yo ya sabía muchas cosas. Sabía que los hombres casi nunca entraban allí; era una pieza reservada para nosotras, donde podíamos hacer nuestro trabajo y compartir nuestros pensamientos. Sabía que pasaría casi toda mi vida en una habitación como aquélla. También sabía que la diferencia entre nei —el reino interior del hogar— y wat —el reino exterior de los hombres— constituía el núcleo de la sociedad confuciana. Tanto si eres rico como si eres pobre, emperador o esclavo, la esfera doméstica pertenece a las mujeres y la esfera exterior a los hombres. Las mujeres no deben salir de sus cámaras interiores ni siquiera mediante la imaginación. Entendía asimismo los dos ideales confucianos que gobernaban nuestra vida. El primero lo formaban las Tres Obediencias: «Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuando seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo.» El segundo correspondía a las Cuatro Virtudes, que definen el comportamiento, la forma de hablar, el porte y la ocupación de las mujeres: «Sé sobria, comedida, sosegada y recta en tu actitud; sé serena y agradable en tus palabras; sé contenida y exquisita en tus movimientos; sé perfecta en la artesanía y el bordado.» Si las niñas no se apartan de esos principios, se convierten en mujeres virtuosas.

Mis estudios se ampliaron para incorporar las artes prácticas. Aprendí a enhebrar una aguja, a elegir el color del hilo y a dar puntadas pequeñas y parejas. Eso era importante, porque Luna Hermosa, Hermana Tercera y yo empezamos a trabajar en los zapatos que llevaríamos durante los dos años que duraba el proceso de vendado. Necesitábamos zapatos para el día, unos escarpines especiales para dormir y varios pares de calcetines ceñidos. Trabajábamos de forma cronológica, comenzando por el calzado que nos quedaba bien en ese momento, para luego pasar a tallas cada vez menores.

Lo más importante fue que mi tía empezó a enseñarme nu shu. Yo no acababa de comprender por qué se interesaba tanto en mí. Creía, tonta de mí, que lo hacía porque si yo trabajaba con diligencia enseñaría a Luna Hermosa a ser diligente. Y si mi prima era diligente quizá consiguiera una boda mejor que la de su madre. Sin embargo, lo que mi tía pretendía era introducir en nuestra vida la escritura secreta para que Luna Hermosa y yo la compartiéramos el resto de nuestros días. Tampoco me percataba de que aquello era motivo de conflicto entre mi tía, por una parte, y mi madre y mi abuela, que no sabían nu shu, por la otra. Mi padre y mi tío tampoco conocían la escritura de los hombres.

Por aquel entonces yo todavía no había visto la escritura de los hombres, de modo que no tenía nada con que comparar el nu shu. En cambio, ahora puedo decir que la escritura de los hombres es enérgica, con cada carácter cómodamente contenido en un cuadrado, mientras que nuestro nu shu recuerda a las huellas de un mosquito o de un pájaro en la arena. A diferencia de la escritura de los hombres, los caracteres de nu shu no representan palabras, sino que son fonéticos. De ahí que uno determinado pueda representar todas las palabras que tienen el mismo sonido, pero generalmente el contexto aclara el significado. Sin embargo, hemos de tener mucho cuidado para interpretar correctamente el significado de cada carácter. Muchas mujeres —como mi madre y mi abuela— nunca aprendieron la escritura, pero saben canciones e historias recogidas en nu shu, muchas de las cuales tienen un ritmo breve y marcado.

Mi tía me enseñó las normas del nu shu. Se puede utilizar para escribir cartas, canciones, autobiografías, lecciones de obligaciones femeninas, oraciones a la diosa y, por supuesto, cuentos populares. Se puede escribir con pincel y tinta sobre papel o un abanico; se puede bordar en un pañuelo o tejer en un trozo de tela. Se puede y debe cantar ante un público formado por otras mujeres y niñas, pero también se puede leer y atesorar en solitario. Pero las dos reglas más importantes son éstas: los hombres no deben conocer su existencia ni tener relación alguna con él.

Luna Hermosa y yo seguimos aprendiendo nuevas técnicas hasta mi séptimo aniversario, cuando regresó el adivino. Esa vez, tenía que encontrar una fecha para que tres niñas —Luna Hermosa, Hermana Tercera y yo— empezáramos a vendarnos los pies. Carraspeó y titubeó. Consultó nuestros ocho caracteres y, tras darle muchas vueltas, escogió una fecha típica en nuestra región —el vigésimo cuarto día del octavo mes lunar—, cuando aquellas a quienes van a vendar los pies rezan oraciones y realizan sus últimas ofrendas a la Doncella de los Pies Diminutos, la diosa que vela para que todo el proceso se desarrolle sin incidentes.

Mi madre y mi tía reanudaron los preparativos del vendado y empezaron a confeccionar más vendas. Nos daban pastelitos de alubias rojas con objeto de que nuestros huesos se ablandaran hasta adquirir la consistencia de un pastelito. A medida que se acercaba el inicio del vendado, muchas vecinas del pueblo vinieron a visitarnos a la habitación del piso de arriba. Las hermanas de juramento de Hermana Mayor nos desearon suerte, nos llevaron más dulces y nos felicitaron porque oficialmente ya éramos mujeres. En nuestra habitación reinaba un ambiente de júbilo y celebración. Todo el mundo estaba alegre; cantábamos, reíamos, charlábamos. Ahora sé que había muchas cosas que nadie decía. (Nadie me explicó, por ejemplo, que podía morir. Cuando fui a vivir a casa de mi esposo, mi suegra me contó que una de cada diez niñas fallecía a causa del vendado de los pies, no sólo en nuestro condado sino en toda China.)

Yo únicamente sabía que aquel proceso facilitaría mi boda y, por lo tanto, me ayudaría a alcanzar el máximo logro de toda mujer: un hijo. Con ese fin, mi propósito era conseguir unos pies perfectamente vendados con siete características bien definidas: tenían que ser pequeños, estrechos, rectos, puntiagudos y arqueados, y sin embargo de piel perfumada y suave. De todos esos requisitos, el más importante es la longitud. Siete centímetros —aproximadamente la longitud de un pulgar— es la medida ideal. A continuación viene la forma. Un pie perfecto debe tener la forma de un capullo de loto. Ha de tener el talón redondeado y carnoso, la punta aguzada, y todo el peso del cuerpo debe recaer únicamente sobre el dedo gordo. Eso significa que los dedos y el puente deben romperse y doblarse hasta llegar a tocar el talón. Por último, la hendidura formada por la punta del pie y el talón debe ser lo bastante profunda para esconder entre sus pliegues una moneda grande colocada de canto. Si yo podía conseguir todo eso, obtendría la felicidad como recompensa.

La mañana del vigésimo cuarto día del octavo mes lunar, ofrecimos bolas de arroz de consistencia glutinosa a la Doncella de los Pies Diminutos, mientras nuestras madres colocaban los zapatos en miniatura que habían confeccionado ante una pequeña estatua de Guanyin. Después ambas cogieron alumbre, astringente, tijeras, unos cortaúñas especiales, agujas e hilo. Sacaron las largas vendas que habían preparado; cada una tenía cinco centímetros de ancho, tres metros de largo y estaba ligeramente almidonada. A continuación todas las mujeres de la casa fueron a la habitación del piso superior. Hermana Mayor fue la última en llegar; llevaba un cubo de agua hervida, donde habían echado raíz de morera, almendras molidas, orina, hierbas y raíces.

Como era la mayor de las tres, empezaron por mí. Yo estaba decidida a demostrar lo valiente que podía ser. Mi madre me lavó los pies y los frotó con alumbre, para contraer el tejido y reducir la inevitable secreción de sangre y pus. Me cortó las uñas al máximo. Entretanto pusieron las vendas en remojo para que, al secarse sobre mi piel, se tensaran aún más. A continuación mi madre cogió la punta de una venda, me la puso sobre el empeine y la pasó por encima de los cuatro dedos pequeños del pie, que se doblaron hacia la planta. Desde allí me envolvió el talón. Otra vuelta alrededor del tobillo ayudó a asegurar las dos primeras vueltas. La idea era conseguir que los dedos y el talón se tocaran, creando la hendidura, pero dejando libre el dedo gordo para que al andar me apoyara en él. Mi madre repitió esos pasos hasta acabar la venda; mi tía y mi abuela no dejaban de mirar para asegurarse de que no se formaban arrugas en la tela. Por último, mi madre cosió con puntadas muy apretadas el extremo de la venda para que ésta no se aflojara y yo no pudiera sacar el pie.

Repitió el proceso con mi otro pie, y entonces mi tía empezó a vendar a Luna Hermosa. Mientras tanto, Hermana Tercera dijo que tenía sed y bajó a beber agua. Cuando hubieron terminado con los pies de Luna Hermosa, mi madre llamó a Hermana Tercera, pero ésta no contestó. Una hora antes, me habrían dicho que fuera a buscarla, pero durante los dos años siguientes no se me permitiría bajar por la escalera. Mi madre y mi tía registraron toda la casa y luego salieron. Ojalá hubiese podido correr hasta la celosía y mirar fuera, pero ya me dolían los pies porque los huesos empezaban a soportar una fuerte presión y las vendas, muy apretadas, impedían la circulación de la sangre. Miré a Luna Hermosa y vi que estaba tan pálida como indicaba su nombre. Dos hilos de lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Oímos a mi madre y mi tía llamando a voces: «¡Hermana Tercera, Hermana Tercera!»

Mi abuela y Hermana Mayor se acercaron a la celosía y miraron.

Aiya —murmuró mi abuela.

Hermana Mayor volvió la cabeza hacia nosotras.

—Madre y tía están en casa de los vecinos. ¿No oís gritar a Hermana Tercera?

Luna Hermosa y yo negamos con la cabeza.

—Madre la lleva a rastras por el callejón —nos informó Hermana Mayor.

Entonces oímos a Hermana Tercera exclamar:

—¡No! ¡No quiero ir! ¡No quiero que me vendéis!

Mi madre la regañó a voz en grito:

—Eres una inútil. Una vergüenza para nuestros antepasados. —Eran palabras crueles, pero no inusitadas; en nuestro pueblo las oíamos casi a diario.

Metieron a Hermana Tercera en la habitación de un empujón. Cayó al suelo, pero enseguida se incorporó, corrió hasta un rincón y se quedó allí agachada.

—Vamos a vendarte. No tienes elección —declaró mi madre.

Hermana Tercera, nerviosa, miraba en busca de un lugar donde esconderse. Estaba atrapada y nada podría impedir lo inevitable. Madre y tía avanzaron hacia ella, que hizo un último intento por escabullirse de sus brazos, pero Hermana Mayor la agarró. Hermana Tercera sólo tenía seis años, pero se resistió con uñas y dientes. Hermana Mayor, mi tía y mi abuela la sujetaban, mientras mi madre le ceñía a toda prisa los vendajes. Hermana Tercera no paraba de chillar. Varias veces consiguió liberar un brazo, pero enseguida volvían a sujetárselo. Por un segundo mi madre dejó escapar el pie de Hermana Tercera, que agitó la pierna, de modo que la larga venda ondeó en el aire como la cinta de un acróbata. Luna Hermosa y yo estábamos horrorizadas; los miembros de nuestra familia no debían comportarse así. Sin embargo, lo único que podíamos hacer era permanecer sentadas y mirar con los ojos como platos, porque unas punzadas cada vez más fuertes empezaban a subirnos por las pantorrillas. Finalmente, mi madre terminó su trabajo. Soltó de golpe los pies de Hermana Tercera, se levantó, la miró con desagrado y le espetó una sola palabra:

—¡Inútil!

Los minutos siguientes se me antojaron eternos. Mi madre me miró primero a mí, porque era la mayor, y ordenó:

—¡Levántate!

Era una orden de imposible cumplimiento, ya que sentía un dolor punzante en los pies. Hasta unos minutos antes estaba muy segura de mi valor, pero ya no logré contener las lágrimas.

Mi tía dio unos golpecitos en el hombro de Luna Hermosa y ordenó:

—Levántate y camina.

Hermana Tercera seguía tumbada en el suelo, llorando.

Mi madre me levantó de la silla. La palabra «dolor» no sirve para describir lo que sentí. Tenía los dedos doblados bajo la planta de los pies, de modo que el peso de mi cuerpo descansaba por completo en esos apéndices. Intenté inclinarme hacia atrás y apoyarme en los talones, pero mi madre, al darse cuenta, me golpeó y exclamó:

—¡Camina!

Obedecí como pude. Mientras avanzaba arrastrando los pies hacia la ventana, mi madre se agachó y levantó del suelo a Hermana Tercera, la llevó a rastras hasta Hermana Mayor y dijo: «Que recorra la habitación diez veces.» Entonces comprendí lo que me esperaba, aunque era algo casi inimaginable. Viendo lo que ocurría, mi tía, por ser la persona de rango inferior de la familia, agarró bruscamente a su hija de la mano, tiró de ella y la levantó de la silla. Las lágrimas me resbalaban mientras mi madre, llevándome de la mano, me hacía recorrer la habitación de las mujeres una y otra vez. Me oía a mí misma gimotear. Hermana Tercera no paraba de bramar e intentaba soltarse de Hermana Mayor. Mi abuela, cuyo deber, por ser la persona más importante de la casa, consistía únicamente en supervisar aquellas actividades, agarró a Hermana Tercera por el otro brazo. Flanqueada por dos personas más fuertes que ella, Hermana Tercera no tuvo más remedio que obedecer, aunque no paraba de protestar. Sólo Luna Hermosa ocultaba sus sentimientos, demostrando ser una buena hija, aunque también ella ocupara una posición muy modesta en la familia.

Después de las diez vueltas, mi madre, mi tía y mi abuela nos dejaron solas. Estábamos las tres casi paralizadas por el sufrimiento físico y, sin embargo, el tormento no había hecho más que empezar. No pudimos comer nada. Aunque teníamos el estómago vacío, vomitamos nuestro sufrimiento. Por fin toda la familia se fue a dormir. Cuando nos tumbamos, sentimos un gran alivio. El simple hecho de tener los pies a la misma altura que el resto del cuerpo calmaba el dolor. Sin embargo, con el paso de las horas nos asaltó una nueva clase de suplicio: los pies nos ardían como si los hubiéramos puesto entre las ascuas del brasero. Unos extraños maullidos escapaban de nuestra boca. La pobre Hermana Mayor, que tuvo que compartir la habitación con nosotras, hizo cuanto pudo por reconfortarnos contándonos cuentos infantiles y nos recordó con suma dulzura que todas las niñas de cierta posición social de China debían soportar lo que estábamos soportando nosotras para convertirse en mujeres, esposas y madres de bien.

Aquella noche, ninguna de las tres logró dormir. Si el día anterior lo habíamos pasado mal, el siguiente fue peor. Intentamos arrancarnos las vendas, pero sólo Hermana Tercera consiguió liberar un pie. Mi madre le pegó en los brazos y las piernas, volvió a vendarle el pie y la obligó a dar diez vueltas más por la habitación como castigo. Una y otra vez la zarandeaba bruscamente y le preguntaba: «¿Quieres convertirte en una falsa nuera? Todavía estás a tiempo. Si quieres, puedes acabar así.»

Llevábamos toda la vida oyendo aquella amenaza, pero ninguna había visto jamás a una falsa nuera. Puwei era un pueblo demasiado pobre para que sus habitantes acogieran a una niña de pies grandes, testaruda y no deseada, pero tampoco habíamos visto nunca ningún fantasma de zorro y creíamos ciegamente en ellos. Así pues, las amenazas de mi madre surtieron efecto y Hermana Tercera cedió, aunque por poco tiempo.

El cuarto día metimos los pies, todavía vendados, en un cubo de agua caliente. Luego nos quitaron las vendas y mi madre y mi tía nos examinaron las uñas, nos limaron las callosidades, nos arrancaron la piel muerta, nos aplicaron más alumbre y perfume para disimular el olor de la carne en descomposición y nos pusieron vendas limpias, aún más apretadas. Cada día lo mismo. Cada cuatro días lo mismo. Cada dos semanas, un par de zapatos nuevos, cada vez más pequeños. Las vecinas nos visitaban y nos llevaban pastelillos de alubias rojas para que nuestros huesos se ablandaran más deprisa, o pimientos secos para que nuestros pies adoptaran su forma, delgada y puntiaguda. Las hermanas de juramento de Hermana Mayor nos ofrecían pequeños regalos que las habían ayudado a ellas durante su vendado. «Muerde el extremo de mi pincel de caligrafía. La punta es fina y delgada. De ese modo también tus pies se volverán finos y delgados.» O bien: «Come estas castañas de agua. Harán que tu carne se encoja.»

La habitación de arriba se convirtió en una sala de castigo. En lugar de realizar nuestras tareas habituales, nos dedicábamos a cruzarla una y otra vez. Todos los días, mi madre y mi tía añadían más vueltas. Todos los días, mi abuela se prestaba a ayudarlas. Cuando se cansaba, se tendía en una cama y dirigía nuestras actividades desde allí. Cuando empezó a hacer frío, subió más colchas para arroparse. A medida que los días se acortaban y oscurecía antes, sus palabras también se volvían más cortas y oscuras, hasta que dejó de hablar y se limitaba a observar a Hermana Tercera, instándola con la mirada a terminar su recorrido.

El dolor no se atenuaba. ¿Cómo iba a atenuarse? En cualquier caso, aprendimos la lección más importante para toda mujer: debíamos obedecer por nuestro propio bien. Ya en aquellas primeras semanas empezó a formarse una imagen de lo que seríamos las tres cuando alcanzáramos la edad adulta. Luna Hermosa sería estoica y hermosa en cualquier circunstancia. Hermana Tercera sería una esposa quejica, amargada por la suerte que le había tocado, y no sabría agradecer los dones recibidos. En cuanto a mí, que se suponía era especial, aceptaba mi destino sin rechistar.

Un día, mientras daba una vuelta por la habitación, oí un crujido. Se me había roto un dedo del pie. Pensé que el sonido era algo interno de mi cuerpo, pero fue tan fuerte que lo oyeron todas las que estaban allí. Mi madre me clavó la mirada.

—¡Muévete! —dijo—. ¡Por fin adelantamos algo!

Seguí caminando, pese a que me temblaba todo el cuerpo. Al anochecer ya se me habían roto los ocho dedos que tenían que romperse, pero seguían obligándome a andar. Notaba los dedos quebrados con cada paso que daba, porque bailaban dentro de los zapatos. El espacio recién creado donde antes había habido una articulación se había convertido en un gelatinoso infinito de tortura. El frío del invierno no había empezado a anestesiar las atroces sensaciones que atenazaban mi cuerpo. Aun así mi madre no estaba satisfecha con mi docilidad. Aquella noche, mandó a Hermano Mayor traer un junco cortado de la orilla del río. Durante los dos días siguientes me golpeó con él en la parte posterior de las piernas para que no parara. El día que me cambiaron los vendajes, sumergí los pies en el agua como de costumbre, pero esa vez el masaje para dar forma a los huesos fue más espantoso que nunca. Mi madre tiró de mis dedos rotos y los dobló hasta pegarlos por completo a la planta de los pies. En ningún otro momento percibí tan claramente el amor de mi madre.

—Una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida —repetía una y otra vez para inculcármelo bien—. La belleza sólo se consigue a través del dolor. La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento. Yo te vendo los pies, pero tú obtendrás la recompensa.

Los dedos de Luna Hermosa se rompieron unos días más tarde, pero los huesos de Hermana Tercera no se quebraban. Mi madre envió a Hermano Mayor a recoger piedrecitas para envolverlas contra aquellos dedos rebeldes a fin de aplicar más presión. Ya he dicho que mi hermana pequeña se resistía desde el principio, pero tras aquella medida sus gritos se hicieron aún más desgarradores, aunque pareciera imposible. Luna Hermosa y yo pensábamos que su reacción era una manera de pedir que le prestaran más atención. Al fin y al cabo, mi madre dedicaba casi todos sus esfuerzos a mí. Cuando nos quitaban las vendas, veíamos diferencias entre nuestros pies y los de Hermana Tercera. Sí, a través de nuestros vendajes se filtraba sangre y pus, lo cual era normal, pero los fluidos que supuraba el cuerpo de mi hermana pequeña habían adquirido un olor distinto. Además, mientras mi piel y la de Luna Hermosa se habían puesto mustias hasta adoptar la palidez de los muertos, la de Hermana Tercera tenía un rosa intenso, como de flor.

La señora Wang volvió a visitarnos. Examinó el trabajo hecho por mi madre y nos recomendó algunas hierbas que podíamos tomar en infusión para calmar el dolor. Yo no probé el amargo brebaje hasta que empezó a nevar todos los días y se me rompieron los huesos del empeine. Estaba aturdida por el dolor y el efecto de las hierbas, pero me di cuenta de que a Hermana Tercera le ocurría algo extraño. Le ardía la piel, tenía los ojos brillantes y deliraba, y su redondeado rostro adelgazó y empezó a mostrar ángulos afilados. Cuando mi madre y mi tía bajaron a preparar la comida, Hermana Mayor se compadeció de su afligida hermana y le permitió tumbarse en una cama. Luna Hermosa y yo dejamos de pasearnos por la habitación. Como temíamos que nos sorprendieran sentadas, nos quedamos de pie junto a Hermana Tercera. Hermana Mayor le frotaba las piernas para proporcionarle algo de alivio, pero estábamos en lo más crudo del invierno y todas llevábamos puestas nuestras prendas más gruesas. Con nuestra ayuda, Hermana Mayor enrolló hasta la rodilla la pernera del pantalón de Hermana Tercera para masajearle la pantorrilla. Fue entonces cuando vimos las terribles vetas rojas que salían de debajo de las vendas, ascendían por la pierna y desaparecían debajo de los pantalones. Nos miramos un momento y nos apresuramos a examinar la otra pierna. Allí también encontramos las mismas vetas rojas.

Hermana Mayor fue a buscar a mi madre. Para explicar lo que había descubierto tendría que confesar que había incumplido sus obligaciones, así que mi prima y yo supusimos que pronto oiríamos la bofetada que mi madre le daría, pero nos equivocamos. Mi madre y mi tía subieron por la escalera a toda prisa, se detuvieron en el rellano y contemplaron la escena: Hermana Tercera tenía las delgadas piernas al descubierto y miraba el techo; mi prima y yo esperábamos dócilmente nuestro castigo, y mi abuela dormía bajo sus colchas. Tras echar un rápido vistazo, mi tía bajó a hervir agua.

Mi madre fue hasta la cama. No llevaba el bastón, de modo que cruzó la habitación agitando los brazos, como un pájaro con las alas rotas, impedida de ayudar a su hija. En cuanto mi tía regresó, mi madre empezó a retirar las vendas. Un olor repugnante se extendió por la habitación. A mi tía le dieron arcadas. Pese a que estaba nevando, Hermana Mayor arrancó el papel de arroz que cubría las ventanas para que saliera el hedor. Los pies de Hermana Tercera quedaron por fin al descubierto. El pus verde oscuro y la sangre coagulada formaban una especie de barro fétido. La ayudaron a incorporarse y le metieron los pies, ya sin vendas, en un cubo de agua hirviendo. Mi hermana estaba tan ida que ni siquiera chilló.

Los gritos que Hermana Tercera había proferido en las semanas anteriores adquirieron un nuevo significado. ¿Sabía desde el primer día que iba a pasarle algo malo? ¿Por eso había opuesto tanta resistencia? ¿Acaso mi madre, con las prisas, había cometido algún terrible error? ¿La infección de mi hermana se debía a que se le habían formado arrugas en las vendas? ¿Estaba débil por culpa de una mala alimentación, como la señora Wang aseguraba que era mi caso? ¿Qué había hecho en su vida anterior para merecer semejante castigo?

Mi madre le frotaba los pies para mitigar la infección. De pronto Hermana Tercera se desmayó. El agua se había vuelto turbia con las nocivas secreciones. Mi madre sacó del cubo aquellos pies destrozados y los secó con cuidado.

—Madre —dijo a su suegra—, tú tienes más experiencia que yo. Ayúdame, por favor.

Mi abuela, que seguía arrebujada bajo las colchas, ni siquiera se movió. Mi madre y mi tía no se ponían de acuerdo en qué hacer a continuación.

—Deberíamos dejarle los pies al aire —propuso mi madre.

—Eso es lo peor que podríamos hacer —replicó mi tía—. Ya se le han roto varios huesos. Si no le vendas los pies, nunca le soldarán bien. Quedará lisiada y no podrá casarse.

—Prefiero que siga en este mundo, aunque no se case, a perderla para siempre.

—Entonces no tendrá ningún valor ni objetivo en la vida —razonó mi tía—. Tu amor maternal debería decirte que ése no es futuro para una hija.

Mientras discutían, Hermana Tercera permanecía inmóvil. Le frotaron los pies con alumbre y volvieron a vendárselos.

Al día siguiente seguía nevando y mi hermana había empeorado. Aunque no éramos ricos, mi padre salió en plena tormenta y volvió con el médico del pueblo, que miró a Hermana Tercera y meneó la cabeza. Era la primera vez que yo veía aquel gesto, que significa que no podemos impedir que el alma de un ser querido se marche al mundo de los espíritus. Estamos indefensos ante los designios del más allá. El médico se ofreció a preparar una cataplasma y una infusión, pero era un hombre bueno y sincero. Entendía la situación en que nos encontrábamos.

—Eso es lo único que puedo hacer por vuestra hijita —dijo a mi padre—, pero sería gastar el dinero en una causa perdida.

Sin embargo, aquélla no fue la única mala noticia del día. Mientras hacíamos las reverencias de rigor ante el médico, éste miró alrededor y vio a mi abuela bajo las colchas. Se acercó a ella, le tocó la frente y escuchó los latidos secretos que medían su chi. Luego miró a mi padre y dijo:

—Tu honorable madre está muy enferma. ¿Por qué no me lo has dicho?

¿Cómo podía mi padre contestar a la pregunta sin quedar mal ante el médico? Era un buen hijo, pero también un hombre, y aquel asunto pertenecía al reino interior de las mujeres. Con todo, el bienestar de mi abuela era el más importante de sus deberes filiales. Mientras estaba abajo fumando en pipa con su hermano y esperando a que terminara el invierno, en el piso de arriba dos personas habían caído bajo el hechizo de los fantasmas.

Una vez más, la familia al completo se dedicó a hacer cabalas. ¿Habían consagrado demasiado tiempo a unas niñas inútiles y dejado que enfermara la única mujer de valor y estima de la casa? ¿Había derrochado mi abuela sus últimos pasos dando vueltas por la habitación con Hermana Tercera? ¿Había interrumpido mi abuela, cansada de los gritos de Hermana Tercera, su emisión de chi para no oír aquel fastidioso ruido? ¿Acaso a los fantasmas que habían ido a cazar a Hermana Tercera les había tentado la posibilidad de llevarse otra víctima?

Durante las últimas semanas sólo habíamos prestado atención a Hermana Tercera, pero a partir de entonces nos volcamos en mi abuela. Mi padre y mi tío únicamente se apartaban de su lado para fumar, comer o hacer sus necesidades. Mi tía se encargaba de las tareas domésticas: preparaba las comidas, lavaba y nos atendía a todos. Nunca vi dormir a mi madre. Como primera nuera, tenía dos objetivos en la vida: engendrar hijos que mantuvieran a la familia y cuidar de la madre de su esposo. Debería haberse preocupado más por la salud de mi abuela, pero había dejado que una ambición propia de los hombres penetrara en su mente al trasladar sus afanes hacia mí y mi afortunado futuro. Con la férrea determinación nacida de su anterior negligencia, realizaba todos los rituales prescritos: presentaba ofrendas especiales a los dioses y a nuestros antepasados, rezaba, cantaba e incluso preparaba sopa con su propia sangre para restituir la energía vital de mi abuela.

Como todos estaban ocupados con mi abuela, a Luna Hermosa y a mí nos encargaron que vigiláramos a Hermana Tercera. Sólo teníamos siete años y no sabíamos qué decir o hacer para consolarla. Su sufrimiento era tremendo, pero no era el peor que yo tendría ocasión de presenciar en el futuro. Mi hermana murió al cabo de cuatro días, tras soportar un tormento y un dolor injustos para una criatura de tan tierna edad. Mi abuela falleció un día después. Nadie la vio sufrir. Se fue enroscando y haciéndose cada vez más pequeña, como una oruga bajo un manto de hojas secas en otoño.

La tierra estaba demasiado dura para cavar una tumba. Las dos hermanas de juramento que le quedaban a mi abuela se ocuparon de ella, entonaron los cantos de duelo, envolvieron su cuerpo en muselina y la vistieron para la vida en el más allá. Era una anciana que había vivido una larga existencia, de modo que su atuendo para la eternidad tenía muchas capas. Hermana Tercera sólo contaba seis años. Su vida había sido tan corta que no había tenido mucha ropa con que calentarse ni muchos amigos con que encontrarse en el más allá. Llevaba puestos su traje de verano y su traje de invierno, y hasta esas prendas las había heredado de Hermana Mayor y de mí. Mi abuela y Hermana Tercera pasaron el resto del invierno bajo un sudario de nieve.

Ir a la siguiente página

Report Page