El abanico de seda

El abanico de seda


Años de hija » El vendado

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Yo diría que, en el lapso entre la muerte de mi abuela y Hermana Tercera y su entierro, muchas cosas cambiaron en la habitación de las mujeres. Sí, todavía íbamos y veníamos de un extremo al otro. Seguíamos lavándonos los pies cada cuatro días y poniéndonos zapatos más pequeños cada dos semanas. Pero mi madre y mi tía nos observaban con mucha atención. Y siempre les hacíamos caso; nunca ofrecíamos resistencia ni nos quejábamos. Cuando llegaba el momento de lavarnos los pies, nuestros ojos vigilaban el pus y la sangre con tanta atención como los de mi madre y mi tía. Todas las noches, cuando por fin nos dejaban solas, y todas las mañanas, antes de que empezáramos las actividades cotidianas, Hermana Mayor nos examinaba las piernas para asegurarse de que no presentaban signos de infección grave.

Pienso a menudo en los primeros meses de nuestro vendado. Recuerdo que mi madre, mi tía, mi abuela y hasta Hermana Mayor repetían ciertas frases para animarnos. Una de ellas era: «Si te casas con un pollo, te quedas con un pollo; si te casas con un gallo, te quedas con un gallo.» Como solía ocurrirme en aquella época con muchas otras cosas, yo oía esas palabras pero no entendía su significado. El tamaño de mis pies determinaría mis probabilidades de contraer un buen matrimonio. Mis diminutos pies serían ofrecidos a mis futuros suegros como prueba de mi disciplina personal y de mi capacidad para soportar los dolores del parto y cualquier desgracia que pudiera sobrevenirme. Mis diminutos pies demostrarían a todo el mundo la obediencia que guardaba a mi familia natal, y sobre todo a mi madre, lo cual también causaría una buena impresión en mi futura suegra. Los zapatos que bordaba simbolizarían para mis futuros suegros mi habilidad para la costura y, por extensión, para el resto de las tareas domésticas. Y aunque en aquella época yo no lo sabía, mis pies serían algo que fascinaría a mi esposo durante los momentos más íntimos y privados entre un hombre y una mujer. Su deseo de verlos y tenerlos en las manos no disminuyó nunca en los años que vivimos juntos, ni siquiera después de que yo hubiera parido cinco hijos, ni siquiera después de que el resto de mi cuerpo hubiera dejado de ser un estímulo para el trato carnal.

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