El abanico de seda

El abanico de seda


Años de arroz y sal » Hijos

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Hijos

Lirio Blanco:

Te escribo como madre.

Mi hijo nació ayer.

Es un varón de pelo negro.

Es largo y delgado.

Todavía no ha terminado mi período de purificación.

Mi esposo y yo dormiremos separados durante cien días.

Te imagino en tu habitación de arriba.

Espero noticias de tu bebé.

Espero que nazca vivo.

Rezo para que la diosa te proteja de cualquier contratiempo.

Estoy deseando verte y saber que estás bien.

Por favor, ven a la Fiesta del Primer Mes.

Verás lo que he escrito sobre mi hijo en nuestro abanico.

Flor de Nieve

Me alegré mucho de que el hijo de Flor de Nieve hubiera nacido sano y esperaba que siguiera gozando de buena salud, porque en nuestro condado mueren muchos niños en sus primeros días de vida. Las mujeres abrigamos la esperanza de que cinco de nuestros vastagos alcancen la edad adulta. Para que eso suceda, tenemos que quedarnos embarazadas cada año o cada dos años. Muchas de esas criaturas mueren durante el embarazo, en el parto o al poco de nacer. Las niñas, frágiles a causa de la mala alimentación y la negligencia de que son víctimas, nunca superan su vulnerabilidad. Las que no mueren jóvenes (por culpa del vendado de los pies, como le ocurrió a mi hermana; al dar a luz, o de trabajar hasta la extenuación sin una alimentación adecuada) sobreviven a sus seres queridos. Los varones recién nacidos, tan valiosos, también mueren con facilidad, pues su cuerpo es demasiado tierno para haber echado raíces y su alma tienta a los fantasmas del más allá. Cuando crecen y se convierten en hombres, corren el riesgo de sufrir infecciones por heridas, de envenenarse, de tener accidentes en los campos y en los caminos, o de que su corazón no soporte la presión que supone cuidar de toda una familia. Por eso hay tantas viudas. Sea como sea, los cinco primeros años de vida son peligrosos tanto para los niños como para las niñas.

No sólo sufría por el hijo de Flor de Nieve, sino también por el bebé que llevaba en mi vientre. Era duro estar asustada y no tener a nadie que me animara ni consolara. Cuando todavía vivía en mi casa natal, mi madre estaba demasiado ocupada imponiéndome opresivas tradiciones y costumbres para ofrecerme consejos prácticos, y mi tía, que había tenido varios hijos muertos, me evitaba para no transmitirme su mala suerte. Ahora que vivía en la casa de mi esposo, no tenía a nadie. Mis suegros y mi marido se preocupaban por el bienestar del niño, por supuesto, pero a nadie parecía preocuparle que yo pudiera morir en el parto de su heredero.

La carta de Flor de Nieve fue como un buen presagio. Si ella había tenido un buen parto, seguro que mi bebé también sobreviviría. Me infundía fuerza saber que, aunque llevábamos una vida nueva, el amor que nos profesábamos no había disminuido. Ese amor se fortaleció cuando nos embarcamos en nuestros años de arroz y sal. A través de nuestras cartas compartiríamos nuestros sinsabores y triunfos, pero, como en todo lo demás, había que seguir ciertas reglas. Como mujeres casadas que habían «caído» en la casa de su esposo, teníamos que abandonar nuestras costumbres infantiles. Escribíamos cartas llenas de tópicos, con frases y expresiones formularias. En parte eso se debía a que éramos unas forasteras en la casa de nuestro esposo y estábamos ocupadas aprendiendo las costumbres de nuestra nueva familia. Y en parte a que no sabíamos quién podía leer nuestras cartas.

Nuestras palabras tenían que ser circunspectas. No podíamos censurar en excesó la vida que llevábamos, lo cual no resultaba fácil porque, por otra parte, la correspondencia de una mujer casada debía incluir las típicas quejas: que éramos dignas de lástima, impotentes, que trabajábamos hasta el agotamiento, que estábamos tristes y añorábamos nuestro hogar natal. Se suponía que teníamos que hablar con franqueza de nuestros sentimientos sin parecer desagradecidas, despreciables o malas hijas. Una nuera que habla abiertamente de la vida que lleva es una vergüenza tanto para su familia natal como para la de su esposo; como ya sabéis, ésa es la razón por la que no me decidí a escribir mi historia hasta que hubieron muerto todos.

Al principio tuve suerte, porque no tenía motivos para quejarme. Cuando se concertó mi compromiso matrimonial, me enteré de que el tío de mi esposo era un jinshi, el cargo más elevado de los funcionarios imperiales. Ahora entendí el dicho que había oído de niña («Si un hombre se convierte en funcionario imperial, todos los perros y gatos de su familia van al cielo»). Tío Lu vivía en la capital y había encargado la administración de sus propiedades al señor Lu, mi suegro, que casi todos los días se marchaba de casa antes del amanecer y recorría los terrenos hablando con los campesinos de las cosechas, supervisando proyectos de riego y reuniéndose con otros mayores de Tongkou. La responsabilidad de todo cuanto sucedía en sus tierras recaía sobre sus hombros. Tío Lu gastaba el dinero sin preocuparse por cómo llegaba a sus cofres. Le iban tan bien las cosas que sus dos hermanos menores vivían en sus propias casas, aunque éstas no eran tan lujosas como la nuestra. A menudo venían a cenar a nuestro hogar con sus familias, y sus esposas acudían casi a diario a la habitación de las mujeres. Dicho de otro modo, todos los miembros de la familia de tío Lu —los perros y los gatos, hasta las cinco criadas de grandes pies que compartían una habitación contigua a la cocina— se beneficiaban de su privilegiada posición.

Tío Lu era el amo y estaba por encima de todos, pero yo tenía asegurado mi lugar porque era la primera nuera y había dado a mi esposo su primer hijo varón. Tan pronto nació mi hijo y la comadrona me lo puso en los brazos, me sentí tan feliz que olvidé los dolores del parto, y tan aliviada que dejaron de preocuparme todas las desgracias que todavía podían sucederle. En la casa todos estaban contentos y me expresaron su gratitud de diversas formas. Mi suegra me preparó una sopa especial con licor, jengibre y cacahuetes para ayudar a que me subiera la leche y a que se me redujera el vientre. Mi suegro me envió a través de sus concubinas un trozo de brocado de seda azul para que confeccionara una túnica a su nieto. Mi esposo se sentó a mi lado y habló conmigo.

Por eso aconsejaba a las jóvenes que se casaban con miembros de la familia Lu, y a otras a las que conocí cuando empecé a enseñar nu shu, que se dieran prisa y tuvieran un hijo varón cuanto antes. Los hijos varones son la base de la identidad de toda mujer. Son ellos quienes le confieren dignidad, protección y valor económico. Crean el vínculo que las une a su esposo y a sus antepasados. Ése es el único logro que un hombre no puede alcanzar sin ayuda de su esposa. Sólo ella puede garantizar la perpetuación del linaje familiar, que a su vez es el máximo deber de todos los hijos varones. De ese modo, el hombre cumple con su deber filial, mientras los hijos son la suprema gloria de una mujer. Yo lo había conseguido y estaba eufórica.

Flor de Nieve:

Tengo a mi hijo a mi lado.

Todavía no ha terminado mi período de purificación.

Mi esposo me visita por la mañana.

Parece feliz.

Mi hijo me mira con expresión interrogante.

Estoy deseando verte en la Fiesta del Primer Mes.

Por favor, emplea tus mejores palabras para poner a mi hijo en nuestro abanico.

Háblame de tu nueva familia.

No veo mucho a mi esposo. ¿Y tú?

Miro por la celosía y veo tu ventana.

Siempre cantas en mi corazón.

Pienso en ti todos los días.

Lirio Blanco

¿Por qué los llaman años de arroz y sal? Porque los pasamos realizando las tareas cotidianas: bordando, tejiendo, cosiendo, remendando, confeccionando zapatos, cocinando, fregando los platos, limpiando la casa, lavando la ropa, manteniendo encendido el brasero y, por la noche, mostrándonos dispuestas a cohabitar con un hombre al que todavía no conocemos bien. También son días dominados por la ansiedad y los afanes de toda madre primeriza. ¿Por qué llora el niño? ¿Tendrá hambre? ¿Toma suficiente leche? ¿Conseguiré que se duerma? ¿Duerme demasiado? ¿Y qué hay de las fiebres, los sarpullidos, las picaduras de insectos, el calor excesivo, el frío extremo, los cólicos, por no mencionar las enfermedades que asolan el país todos los años llevándose a montones de niños, pese a los esfuerzos de los herboristas y sus ofrendas en los altares de las familias, y pese a las lágrimas de las madres? Además de preocuparnos por el bebé al que damos de mamar, hemos de preocuparnos aún más por la verdadera responsabilidad de toda mujer: tener más hijos y asegurar la siguiente generación y las posteriores. Sin embargo, durante las primeras semanas de la vida de mi hijo yo tenía otra preocupación que no guardaba relación con mis deberes de nuera, esposa o madre.

Cuando pregunté a mi suegra si podía invitar a Flor de Nieve a la Fiesta del Primer Mes de mi hijo, me contestó que no. Ese desaire es algo que la gente de nuestro condado considera un terrible insulto. Me quedé muy abatida y desconcertada por su actitud, pero no podía hacerle cambiar de opinión. Ese día se convirtió en uno de los más importantes y alegres de mi vida, y lo pasé sin la compañía de mi laotong. La familia Lu acudió al templo de los antepasados para poner el nombre de mi hijo en la pared con los del resto de los miembros de la familia. Entre los invitados y parientes repartieron huevos rojos —símbolo de una vida llena de celebraciones y momentos felices—. Se sirvió un gran banquete con sopa de nido de pájaro, aves que habían estado seis meses en salazón y pato aumentado con vino y cocido con jengibre, ajo y pimientos rojos y verdes picantes. Yo echaba de menos a Flor de Nieve, y más tarde le escribí para contarle todos los detalles de la fiesta, sin pensar que eso le recordaría el terrible desprecio de que había sido víctima. Al parecer encajó bien el desaire que le habíamos hecho, porque me envió un regalo: una túnica y un gorro con bordados y pequeños dijes para mi hijo.

Cuando mi suegra los vio, dijo: «Una madre debe vigilar siempre a quién deja entrar en su vida. La madre de tu hijo no puede juntarse con la esposa de un carnicero. Las mujeres con amor filial crían hijos con amor filial, y nosotros esperamos que cumplas nuestros deseos.»

Al oírle esas palabras comprendí que mis suegros no sólo no querían que Flor de Nieve viniera a la fiesta, sino que no deseaban que volviera a verla. Yo estaba horrorizada, aterrada, y, como acababa de tener el bebé, no paraba de llorar. No sabía qué hacer. Acabaría rebelándome contra mis suegros por esa cuestión, sin darme cuenta de cuan peligroso podía resultar.

Entretanto, Flor de Nieve y yo nos escribíamos furtivamente casi a diario. Yo creía saberlo todo acerca del nu shu y estaba convencida de que los hombres no debían tocarlo ni verlo jamás, pero en la casa de los Lu, donde todos los varones dominaban la escritura de los hombres, me di cuenta de que la escritura secreta de las mujeres no era en realidad tan secreta. Entonces comprendí que los hombres de todo el condado debían de conocer el nu shu. ¿Cómo no iban a conocerlo? Lo llevaban bordado en los zapatos. Nos veían tejer nuestros mensajes en piezas de tela. Nos oían cantar nuestras canciones y nos veían exhibir nuestros libros del tercer día. Lo que pasaba era que los hombres consideraban que su escritura era muy superior a la nuestra.

Dicen que los hombres tienen el corazón de hierro, mientras que el de las mujeres es de agua. Eso se hace patente en las diferencias entre la escritura de los hombres y las mujeres. La de ellos tiene más de cincuenta mil caracteres, cada uno bien diferenciado, cada uno con profundos significados y matices. La de las mujeres quizá tenga seiscientos, que utilizamos fonéticamente, como bebés, para crear cerca de diez mil palabras. Para aprender y entender la escritura de los hombres hace falta toda una vida. La de las mujeres es algo que aprendemos de niñas, y necesitamos el contexto para captar su significado. Los hombres escriben acerca del reino exterior de la literatura, las cuentas y el rendimiento de los cultivos; las mujeres escriben acerca del reino interior de los hijos, las tareas domésticas y las emociones. Los hombres de la familia Lu estaban orgullosos del dominio que sus esposas tenían del nu shu y de su habilidad para el bordado, aunque esas cosas eran tan importantes para la supervivencia como la ventosidad de un cerdo.

Como los hombres de la familia consideraban que nuestra escritura era insignificante, no prestaban atención a las cartas que yo escribía ni a las que recibía. Pero mi suegra era otro cantar. Tenía que andarme con mucho cuidado con ella. De momento no me había preguntado a quién escribía, y en las semanas siguientes Flor de Nieve y yo perfeccionamos un sistema de entregas. Utilizábamos a Yonggang, que iba de un pueblo a otro transportando los textos que habíamos bordado en pañuelos o tejido en piezas de tela. Me gustaba sentarme junto a la celosía y observarla. Muchas veces pensaba que yo misma podía hacer aquel viaje. El pueblo de Flor de Nieve no estaba muy lejos y mis pies eran lo bastante fuertes para llevarme hasta allí, pero había normas que regían esas cosas. Aunque una mujer pudiera recorrer una larga distancia a pie, no debían verla sola por el camino. Se exponía al peligro de que la secuestraran; además, su reputación corría un riesgo aún mayor si no llevaba una escolta adecuada: su esposo, sus hijos, su casamentera o sus porteadores. Yo habría podido ir a pie a casa de Flor de Nieve, pero nunca me habría arriesgado a hacerlo.

Lirio Blanco:

Me pides que te hable de mi nueva familia.

Tengo mucha suerte.

En mi casa natal no había felicidad.

Mi madre y yo teníamos que guardar silencio de día y de noche.

Las concubinas, mis hermanos, mis hermanas y las criadas se habían ido.

Mi casa natal estaba vacía.

Aquí tengo a mi suegra, a mi suegro, a mi esposo y a sus hermanas pequeñas.

No hay concubinas ni criadas en la casa de mi esposo.

Sólo yo desempeño esas funciones.

No me importa tener que trabajar duro.

Todo cuanto necesitaba saber me lo enseñasteis tú, tu hermana, tu madre y tu tía.

Pero las mujeres de aquí no son como las de tu familia.

No les gusta divertirse.

No se cuentan historias.

Mi suegra nació en el año de la rata.

¿Te imaginas algo peor para alguien nacido en el año del caballo?

La rata cree que el caballo es egoísta y desconsiderado, aunque yo no soy ni lo uno ni lo otro.

El caballo cree que la rata es maquinadora y exigente, y así es como es mi suegra.

Pero no me pega.

No me grita más de lo que se merece una nueva nuera.

¿Sabes algo de mis padres?

Poco después de que yo cayera en la casa de mi esposo, mis padres vendieron el resto de sus pertenencias.

Una noche, cogieron el dinero y se marcharon.

Ahora son mendigos y no tienen que pagar impuestos ni otras deudas. Pero ¿dónde están?

Estoy preocupada por mi madre.

¿Seguirá viva?

¿Estará en el más allá?

Lo ignoro.

Quizá no vuelva a verla nunca.

¿Quién iba a pensar que mi familia tendría tan mala suerte?

Debieron de hacer muy malas obras en vidas anteriores.

Pero, si así es, ¿qué hay de mí?

¿Sabes algo que puedas contarme?

¿y tú? ¿Eres feliz?

Flor de Nieve

Tras conocer la trágica noticia sobre los padres de Flor de Nieve, empecé a prestar más atención a los cotilleos que circulaban por la casa. Llegaban rumores, traídos por comerciantes y vendedores que recorrían el país, de que habían visto a los padres de Flor de Nieve durmiendo bajo un árbol, mendigando comida o vestidos con sucios andrajos. Yo pensaba a menudo en que la familia de mi laotong había sido antaño una de las más poderosas de Tongkou y en cómo se habría sentido su hermosa madre al casarse con el hijo de la familia de un funcionario imperial. Y lo bajo que había caído. Temía por ella con sus lotos dorados. Sin amigos influyentes, los padres de Flor de Nieve habían quedado a merced de los elementos. Sin una casa natal, mi alma gemela se encontraba en peor situación que una huérfana. Yo consideraba preferible que los padres hubieran muerto, porque así uno podía venerarlos y honrarlos como antepasados, a que se convirtieran en vagabundos. ¿Cómo sabría Flor de Nieve que habían fallecido? ¿Cómo podría organizar un funeral digno por ellos, limpiar sus tumbas el día de Año Nuevo o apaciguarlos cuando se inquietaran en el más allá? Mi laotong estaba triste y no podía explicarme lo que sentía, y eso resultaba duro para mí e insoportable para ella.

En cuanto a su última pregunta, si yo era feliz, no sabía muy bien qué responder. ¿Debía describirle a las mujeres de mi nuevo hogar? En la habitación de arriba había demasiadas mujeres con las que no me llevaba bien. Yo era la primera nuera, pero poco después de mi llegada a Tongkou la esposa del segundo hijo vino a vivir a la casa. Se había quedado embarazada enseguida. Acababa de cumplir dieciocho años y lloraba sin parar porque añoraba a su familia. Dio a luz una niña, y eso disgustó a mi suegra y empeoró la situación. Intenté trabar amistad con Cuñada Segunda, pero ella siempre estaba en un rincón con su papel, su tinta y su pincel, escribiendo a su madre y a sus hermanas de juramento, que seguían en su pueblo natal. Habría podido explicar a Flor de Nieve los indecorosos métodos que empleaba Cuñada Segunda para impresionar a la señora Lu; no paraba de doblegarse ante ella, de susurrar palabras halagadoras y de manipular a los demás para mejorar su posición. Por su parte, las tres concubinas del señor Lu estaban siempre discutiendo; su mezquindad y sus celos demacraban su cara y llenaban de bilis su estómago. Pero no me atrevía a poner esos sentimientos por escrito.

¿Habría podido escribir a Flor de Nieve sobre mi esposo? Supongo que sí, pero no sabía qué contarle. Las pocas veces que lo veía solía estar hablando con alguien u ocupado con alguna tarea importante. Durante el día se marchaba al campo para supervisar proyectos, mientras yo bordaba o realizaba otras tareas en la habitación de arriba. Le servía el desayuno, la comida y la cena, y procuraba mostrarme tan recatada y silenciosa como Flor de Nieve cuando servía la mesa en mi casa. En esas ocasiones él no me dirigía la palabra. Aveces entraba en nuestra habitación temprano para visitar a nuestro hijo o para tener trato carnal conmigo. Yo creía que éramos como cualquier otro matrimonio (y como Flor de Nieve y su esposo), de modo que no había nada interesante que contar.

¿Cómo podía contestar a la pregunta acerca de mi felicidad, cuando el principal conflicto de mi vida estaba relacionado con ella?

—Admito que has aprendido muchas cosas de Flor de Nieve —me dijo un día mi suegra tras sorprenderme escribiendo a mi laotong— y estamos agradecidos por eso, pero ella ya no pertenece a nuestro pueblo ni se halla bajo la protección del señor Lu. Él no puede ni debe tratar de cambiar su destino. Como sabes, los códigos por los que se rigen las esposas están relacionados con la guerra y con otros conflictos fronterizos. Por nuestra condición de huéspedes, las esposas no debemos ser agredidas durante las contiendas, los asaltos ni las guerras, porque se considera que pertenecemos tanto al pueblo de nuestro esposo como a aquel donde nacimos. Como esposas, se nos presta protección y lealtad en ambos sitios. Pero, si te pasara algo en el pueblo de Flor de Nieve, cualquier cosa que nosotros hiciéramos podría provocar represalias y quizá incluso una larga contienda.

Escuché las explicaciones de la señora Lu, pero sabía que sus motivos eran mucho más viles. La familia natal de Flor de Nieve había caído en desgracia y ella se había casado con un hombre impuro. Mis suegros no querían que yo me relacionara con ella.

—Flor de Nieve estaba predestinada —prosiguió mi suegra, acercándose un poco más a la verdad— y su destino no se parece en nada al tuyo. Al señor Lu y a mí nos complacería mucho que nuestra nuera decidiera romper el contrato con alguien que ya no es su verdadera alma gemela. Si necesitas compañía, visitaremos a las jóvenes esposas de Tongkou que te presenté.

—Las recuerdo. Gracias —murmuré, contrita, mientras por dentro gritaba aterrada: «¡Nunca, nunca, nunca!»

—Les gustaría que formaras con ellas una hermandad de mujeres casadas.

—Gracias, pero…

—Deberías considerar un honor su propuesta.

—Así la considero.

—Sólo quiero que entiendas que debes quitarte a Flor de Nieve de la cabeza —añadió mi suegra, y terminó con una variación de su habitual reprimenda—: No quiero que los recuerdos de esa desgraciada influyan en mi nieto.

Las concubinas rieron tapándose la boca. Les encantaba verme sufrir. En momentos como aquél su estatus subía y el mío bajaba. Con todo, exceptuando esas críticas continuas, con las que las otras mujeres disfrutaban y que a mí me asustaban muchísimo, mi suegra era más amable conmigo de lo que lo había sido mi propia madre y cumplía las normas a rajatabla. «Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuando seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo.» Llevaba toda la vida oyendo ese consejo, de modo que no me intimidaba. Pero un día en que se enfadó con su esposo mi suegra me enseñó otro proverbio: «Obedece, obedece, obedece, y luego haz lo que quieras.» De momento mis suegros podían impedir que viera a Flor de Nieve, pero nunca podrían impedir que la amara.

Flor de Nieve:

Mi esposo me trata bien.

Ni siquiera sé dónde están todos los campos de la familia.

Yo también trabajo mucho.

Mi suegra vigila todo lo que hago.

Las mujeres de mi casa dominan el nu shu.

Mi suegra me ha enseñado algunos caracteres nuevos.

Te los enseñaré la próxima vez que nos veamos.

Paso el día bordando, tejiendo y haciendo zapatos.

Hilo y cocino.

Tengo un hijo. Rezo a la diosa para tener otro algún día.

Tú también deberías rezar.

Escúchame, por favor.

Debes obedecer a tu esposo.

Debes escuchar a tu suegra.

Te pido que no sufras tanto.

Recuerda cuando bordábamos juntas y cuchicheábamos por la noche.

Somos dos patos mandarines.

Somos dos aves fénix que surcan el cielo.

Lirio Blanco

En su siguiente carta, mi laotong no hacía ningún comentario sobre su nueva familia, aparte de que su hijo había aprendido a sentarse. Hacia el final volvía a preguntarme por mi vida.

Cuéntame cómo son las comidas y de qué se habla durante ellas.

¿Recitan los clásicos mientras comen?

¿Entretiene tu suegra a los hombres contándoles historias?

¿Les canta para ayudarlos a digerir la comida?

Intenté responder con sinceridad. Los hombres de mi casa hablaban de negocios: qué parcela de tierra podían arrendar, quién la cultivaría, cuánto tenían que pedir por el arrendamiento, cuánto habría que pagar de impuestos. Querían «llegar más alto», «alcanzar la cima de la montaña». Todas las familias dicen cosas así el día de Año Nuevo, cuando sirven platos especiales que evocan esos deseos, conscientes de que no son más que eso: deseos. Sin embargo, mis suegros trabajaban con empeño para verlos cumplidos. Las suyas eran conversaciones aburridas que yo no entendía ni me interesaba entender. Eran la familia más rica de Tongkou. Yo no podía imaginar qué más podían desear y, sin embargo, ellos nunca apartaban la vista de la cima de la montaña.

Esperaba que Flor de Nieve se sintiera más feliz en su nuevo hogar, amoldándose, como debe hacer toda esposa, a unas circunstancias completamente diferentes de las que había conocido en su casa natal. Entonces, una oscura tarde, mientras amamantaba a mi hijo, oí que el palanquín de la señora Wang se detenía delante del umbral. Pensé que la casamentera subiría por la escalera, pero fue mi suegra quien entró en la habitación y, con gesto de desaprobación, dejó una carta encima de la mesa. En cuanto mi hijo se durmió, acerqué la lámpara de aceite y la abrí. Me di cuenta enseguida de que el formato era diferente del de las anteriores. Empecé a leer con gran temor.

Lirio Blanco:

Estoy sentada en la habitación de arriba, llorando. Oigo fuera a mi esposo, que está matando un cerdo. Sigue violando las reglas de la purificación.

La primera vez que vine aquí, mi suegra me hizo subir a la plataforma que hay fuera de la casa y me obligó a mirar cómo mataban un cerdo, para que supiera de dónde procedía nuestro sustento. Mi esposo y mi suegro llevaron el cerdo hasta el umbral. El animal iba colgado de las patas a un palo que mi suegro y mi esposo llevaban sobre el hombro. Estaba entre los dos hombres y no paraba de chillar. Sabía lo que iba a sucederle. Ahora he oído ese sonido muchas veces, porque todos saben lo que les va a pasar y sus gritos resuenan por el pueblo muy a menudo.

Mi suegro sujetó el cerdo junto a un gran wok lleno de agua hirviendo. (¿Te acuerdas del wok que hay delante de mi casa? El que está empotrado en la plataforma. Debajo hay un hueco para quemar carbón.) A continuación mi esposo le cortó el cuello. Primero recogió la sangre, que luego las mujeres freirían, y después metió el animal en el wok, donde lo hirvió hasta ablandarle la piel. Entonces me hizo arrancarle el pelo. Yo no paraba de llorar, aunque no hacía tanto ruido como el que había armado el cerdo. Juré que nunca volvería a mirar ni a participar en aquel acto impuro. Mi suegra reprobó mi debilidad.

Cada día que pasa me parezco más a la esposa Wang. ¿Te acuerdas de la historia que nos contó mi tía? He dejado de comer carne. A mis suegros no les importa; así tienen más para repartirse.

Estoy sola en el mundo; sólo os tengo a ti y a mi hijo.

Ojalá no te hubiera mentido. Prometí que siempre te diría la verdad, pero no me gusta que conozcas la indignidad de mi vida.

Me siento junto a la celosía y miro más allá de los campos, en dirección a mi pueblo natal. Te imagino junto a tu ventana, mirándome. Mi corazón sobrevuela los campos y llega hasta ti. ¿Estás ahí sentada? ¿Me ves? ¿Me sientes?

Estoy muy triste sin ti. Me gustaría que me escribieras o vinieras a visitarme.

Flor de Nieve

¡Era una tortura! Miré por la celosía en dirección a Jintian con la esperanza de ver al menos a Flor de Nieve. Me torturaba saber que mi laotong estaba sufriendo y yo no podía abrazarla para ofrecerle consuelo. En la habitación de arriba, delante de mi suegra y las otras mujeres, saqué un trozo de papel y preparé tinta. Antes de coger el pincel releí la misiva de Flor de Nieve. En la primera lectura sólo había captado su tristeza, pero entonces me di cuenta de que ya no escribía las frases tradicionales que las esposas utilizaban para componer sus cartas, sino que hablaba con más sinceridad y franqueza acerca de su vida.

La audacia de mi laotong me hizo comprender la verdadera función de nuestra escritura secreta: no había sido concebida para que nos escribiéramos cartas ingenuas ni para que nos presentáramos a las mujeres de la familia de nuestro esposo, sino para darnos voz. El nu shu era un medio por el que nuestros pies vendados podían acercarnos unas a otras, por el que nuestros pensamientos podían sobrevolar los campos, como había escrito Flor de Nieve. Los hombres de nuestras casas no concebían que nosotras pudiéramos tener algo importante que decir. No imaginaban que pudiéramos tener emociones ni expresar ideas creativas. Las mujeres —nuestras suegras y las demás— levantaban bloqueos aún mayores para protegerse de nosotras. Sin embargo, a partir de ese momento confié en que Flor de Nieve y yo escribiéramos la verdad acerca de nuestras vidas, tanto si estábamos juntas como separadas. Quería dejar de utilizar las frases estereotipadas que tan comunes eran entre las esposas en sus años de arroz y sal y expresar mis verdaderos pensamientos. Hablaríamos como hablábamos cuando estábamos acurrucadas en la habitación de arriba de mi casa natal.

Necesitaba ver a Flor de Nieve y asegurarle que la situación mejoraría, pero, si desobedecía a mi suegra e iba a visitarla, cometería uno de los delitos más graves. Esconderme para escribir o leer cartas no era nada comparado con eso, pero tenía que hacerlo si quería ver a mi laotong.

Flor de Nieve:

Lloro cuando te imagino en esa casa. Eres demasiado buena para tener que soportar tanta indignidad. Tenemos que vernos. Por favor, ven a mi casa natal el Día de la Expulsión de los Pájaros. Llevaremos a nuestros hijos. Volveremos a ser felices. Te olvidarás de tus problemas. Recuerda que junto a un pozo nadie pasa sed. Junto a una hermana nadie desespera. Siempre seré tu hermana.

Lirio Blanco

Sentada en la habitación de arriba, planeaba y conspiraba, pero tenía miedo. Decidí que lo más aconsejable era la simplicidad —recogería a Flor de Nieve con mi palanquín de camino a casa—, pero también era la forma más fácil de que me descubrieran. Las concubinas podían estar mirando por la celosía y ver cómo el palanquín torcía hacia la derecha, hacia Jintian. Y había otro factor aún más peligroso: los caminos estarían llenos de mujeres —mi suegra entre ellas— que volvían a sus hogares natales para pasar allí la fiesta. Podía vernos cualquiera; cualquiera podía denunciarnos, aunque sólo fuera para congraciarse con la familia Lu. Sin embargo, cuando llegó el día, ya había reunido suficiente valor para creer que podía salirme con la mía.

El primer día del segundo mes lunar señalaba el inicio de la temporada de labranza y por eso se celebraba entonces la Fiesta de la Expulsión de los Pájaros. Esa mañana, las mujeres se levantaron temprano para preparar bolas de arroz glutinoso; fuera, los pájaros esperaban a que los hombres empezaran a sembrar los campos. Mi suegra y yo cocinábamos las bolas de arroz, nuestro alimento diario más preciado, con que protegeríamos la cosecha. Cuando llegó la hora, las mujeres solteras de Tongkou llevaron las bolas fuera y las pincharon en unos palos, que a continuación clavaron en los campos para atraer a los pájaros, mientras los hombres lanzaban grano envenenado en los bordes de los labrantíos para que las aves siguieran atracándose. Tan pronto éstas picotearon los primeros granos mortales, las mujeres casadas de Tongkou subieron a carros y palanquines, o a la espalda de mujeres de pies grandes, y partieron hacia sus pueblos natales. Según cuentan las ancianas, si no nos marchamos, los pájaros se comen las semillas de arroz que nuestros esposos están a punto de plantar y no podemos darles más hijos.

Tal como había planeado, mis porteadores se pararon en Jintian. No salí del palanquín por temor a que me viera alguien. Se abrió la portezuela y subió Flor de Nieve, con su hijo dormido en brazos. Habían pasado ocho meses desde que nos viéramos en el templo de Gupo. Yo creía que mi laotong, de tanto trabajar, habría perdido la lozanía del embarazo, pero sus formas aún se adivinaban redondas bajo la túnica y la falda. Tenía los pechos más grandes que yo, aunque su hijo era escuálido comparado con el mío. También tenía el vientre abultado, y por eso se había apoyado al bebé sobre el hombro, en lugar de llevarlo en el regazo.

Cambió de posición al niño, con suavidad, para enseñármelo. Yo aparté a mi hijo de mi pecho y lo levanté para que los dos críos se miraran. Tenían siete y seis meses. Dicen que todos los bebés son guapos. Mi hijo lo era, pero el de Flor de Nieve, pese a tener el pelo espeso y negro, era delgado como un junco, tenía la piel de un amarillo enfermizo y la frente arrugada. Pero, como es lógico, elogié su belleza, y ella hizo lo mismo con mi hijo.

Mientras nos bamboleábamos en el palanquín, nos interesamos por los nuevos proyectos de la otra. Flor de Nieve estaba tejiendo una pieza de tela que incorporaba un verso de un poema; era una labor muy difícil y agotadora. Yo estaba aprendiendo a adobar pájaros; era una tarea relativamente fácil, pero que había que hacer con cuidado para que la carne no se estropeara. Pero eso sólo eran cumplidos; teníamos temas más serios de que hablar. Cuando le pregunté cómo iban las cosas, ella no vaciló ni un instante.

—Cuando me despierto por la mañana, la única alegría que tengo es sentir a mi hijo cerca —me confió mirándome a los ojos—. Me gusta cantar mientras lavo la ropa o entro la leña en la casa, pero mi esposo se enfada si me oye. Cuando está disgustado, no me deja cruzar el umbral si no es para realizar mis tareas. Cuando está contento, por la noche me deja sentarme fuera, en la plataforma donde mata los cerdos. Pero, mientras estoy allí, sólo sé pensar en los animales sacrificados. Por la noche me quedo dormida pensando que volveré a levantarme, pero que no habrá amanecer, sino sólo oscuridad.

Intenté tranquilizarla.

—Dices eso porque hace poco que has sido madre y el invierno ha sido muy duro. —Yo no tenía derecho a comparar mi congoja con la suya, pero también a mí me invadía la melancolía en ocasiones, cuando echaba de menos a mi familia natal o cuando las frías sombras de los cortos días de invierno entristecían mi corazón—. Está llegando la primavera —le recordé—. Cuando los días sean más largos, seremos más felices.

—Yo prefiero que los días sean cortos —afirmó con rotundidad—. Las quejas sólo cesan cuando mi esposo y yo nos acostamos. Entonces no oigo protestar a mi suegro porque el té está flojo, a mi suegra regañarme porque tengo el corazón blando, a mis cuñadas ordenarme que les lave la ropa, a mi esposo ordenarme que no haga el ridículo en el pueblo, ni a mi hijo exigir, exigir, exigir.

Me horrorizaba que la situación de mi alma gemela fuera tan mala. Ella se sentía desgraciada y yo no sabía qué decir, aunque sólo unos días atrás me había hecho la promesa de que seríamos más francas. La confusión y la torpeza hicieron que me dejara llevar por el convencionalismo.

—Yo he intentado adaptarme a mi esposo y a mi suegra y eso me ha hecho la vida más fácil —apunté—. Deberías hacer lo mismo. Ahora sufres, pero un día tu suegra morirá y tú serás la dueña de la casa. Todas las primeras esposas que tienen hijos varones acaban venciendo.

Sonrió sin ganas y yo pensé en sus quejas respecto a su hijo. No lo entendía. Un hijo varón lo era todo para una mujer. Era su deber y su máximo logro satisfacer todas sus exigencias.

—Tu hijo pronto aprenderá a caminar —añadí—. Tendrás que perseguirlo por todas partes. Eso te hará feliz.

Ella abrazó con fuerza a su hijo.

—Vuelvo a estar embarazada.

La felicité, pero estaba muy desconcertada. Eso explicaba por qué tenía los pechos tan grandes y el vientre tan abultado. Debía de estar muy avanzada. Pero ¿cómo podía haberse quedado encinta tan pronto? ¿Era ése el acto impuro al que se refería en su carta? ¿Se había acostado con su esposo antes de los cien días? Sí, debía de ser eso.

—Deseo que tengas otro hijo varón —conseguí decir.

—Eso espero. —Suspiró—. Porque mi esposo dice que es mejor tener un perro que una hija.

Todos sabíamos que esas palabras eran ciertas, pero ¿qué clase de hombre decía una cosa así a su esposa estando ella embarazada?

Los porteadores dejaron el palanquín en el suelo y oímos los gritos de júbilo de mis hermanos; así me libré de tener que decir unas palabras adecuadas a mi laotong. Había llegado a casa.

¡Cómo había cambiado todo! Hermano Mayor y su esposa tenían dos hijos. Ella había vuelto al hogar paterno para pasar la Fiesta de la Expulsión de los Pájaros, pero había dejado a los niños en la casa de mis padres para que los viéramos. Mi hermano menor todavía no se había casado, pero ya se estaba preparando su boda, de modo que era hombre oficialmente. Hermana Mayor había llegado con sus dos hijas y su hijo. Se estaba haciendo mayor, aunque yo todavía la veía como una niña en sus años de cabello recogido. Mi madre ya no podía criticarme con tanta facilidad, aunque lo intentaba. Mi padre se sentía orgulloso, pero hasta yo me daba cuenta de la carga que suponía para él tener que alimentar tantas bocas aunque sólo fuera unos días. En total había bajo nuestro techo siete niños de entre seis meses y seis años. Armaban jaleo, correteaban de aquí para allá, lloraban para reclamar atención y las mujeres les cantaban canciones para tranquilizarlos. Mi tía estaba feliz rodeada de crios; vivir en una casa llena de niños siempre había sido su sueño. Sin embargo, de vez en cuando yo veía que se le empañaban los ojos. Si el mundo hubiera sido más justo, Luna Hermosa también habría estado allí con sus hijos.

Pasamos tres días charlando, riendo, comiendo y durmiendo; nadie discutía, murmuraba, condenaba ni acusaba. Para Flor de Nieve y para mí los mejores momentos eran los que pasábamos por la noche en la habitación de arriba. Poníamos a nuestros hijos en la cama, entre ambas. Al verlos juntos las diferencias eran aún más patentes. Mi hijo era rollizo y tenía un mechón de cabello levantado, como su padre. Le encantaba mamar y gorjeaba pegado a mi pezón hasta que se emborrachaba con mi leche, y sólo paraba para mirarme de vez en cuando y sonreír. Al hijo de Flor de Nieve le costaba mamar, y escupía la leche sobre el hombro de su madre cuando ella lo hacía eructar. También era problemático en otros aspectos: solía llorar al atardecer, rojo de ira, y tenía el trasero irritado. Sin embargo, cuando los cuatro nos acurrucábamos bajo la colcha, los dos crios se tranquilizaban, apaciguados por nuestros susurros.

—¿Te gusta tener trato carnal? —preguntó Flor de Nieve tras asegurarse de que todos los demás dormían.

Durante años habíamos oído los chistes subidos de tono que contaban las ancianas y los comentarios jocosos de mi tía sobre lo bien que lo pasaba en la cama con mi tío. Todo eso nos había resultado muy desconcertante cuando éramos niñas, pero yo ya había entendido que no tenía nada de desconcertante.

—Mi esposo y yo somos como dos patos mandarines —añadió al ver que tardaba en contestar—. Ambos hallamos la felicidad volando juntos.

Sus palabras me sorprendieron. ¿Estaba mintiendo otra vez, como había hecho durante años? Me quedé callada, y ella continuó:

—No obstante, aunque ambos gozamos mucho en la cama, me molesta que mi esposo no respete los períodos de purificación. Cuando di a luz, sólo esperó veinte días. —Hizo otra pausa, y luego admitió—: No le culpo por ello. Yo consentí. Quería que pasara.

Sentí alivio, aunque estaba muy asombrada por su deseo de tener trato carnal con su esposo. Debía de estar diciéndome la verdad, porque nadie mentiría para encubrir una verdad peor. ¿Podía haber algo más vergonzoso que realizar un acto impuro?

—Eso está mal —susurré—. Debes cumplir las normas.

—¿Qué ocurrirá si no? ¿Me volveré tan impura como mi esposo?

Eso era algo que yo ya había pensado, pero contesté:

—Podrías enfermar o morir.

Flor de Nieve rió en la oscuridad.

—Nadie enferma por tener trato carnal. Sólo da placer. Me paso el día trabajando sin descanso para mi suegra. ¿Acaso no merezco los placeres de la noche? Y si tengo otro hijo, aún seré más feliz.

En eso tenía razón. El niño que dormía entre nosotras era difícil y débil. Flor de Nieve necesitaba tener otro hijo… por si acaso.

Los tres días de fiesta transcurrieron con asombrosa rapidez. Mi corazón estaba más alegre. Flor de Nieve bajó de mi palanquín delante de su casa y yo me fui a la mía. Nadie me había visto cambiar de camino y el dinero que había pagado a mis porteadores garantizaba su silencio. Animada por mi éxito, pensé que podría verla más a menudo. Había muchas fiestas durante el año que requerían que las mujeres casadas regresaran a sus hogares natales, y también estaba nuestra visita anual al templo de Gupo. Éramos mujeres casadas, pero seguíamos siendo almas gemelas, dijera lo que dijese mi suegra.

En los meses siguientes seguimos escribiéndonos; nuestras palabras atravesaban los campos en ambas direcciones, libres como dos pájaros que planean en una corriente alta. Sus quejas disminuyeron, y también las mías. Éramos jóvenes madres y las aventuras cotidianas de nuestros hijos nos alegraban la vida: los primeros dientes, las primeras palabras, los primeros pasos. Yo pensaba que ambas estábamos satisfechas a medida que nos adaptábamos al ritmo de nuestro nuevo hogar, aprendíamos a complacer a nuestras suegras y nos habituábamos a los deberes de las esposas.

Hasta me acostumbré a escribirle acerca de mi esposo y de nuestros momentos de intimidad. Por fin comprendía aquella antigua enseñanza: «Sube a la cama, pórtate como un esposo; baja de la cama, pórtate como un caballero.» Yo prefería a mi marido cuando él bajaba de la cama. Durante el día él obedecía las Nueve Consideraciones. Era lúcido, escuchaba atentamente y se mostraba cariñoso. Era recatado, leal, respetuoso y honrado. Cuando tenía dudas, consultaba a su padre, y en las raras ocasiones en que se enfadaba procuraba que no se notara. Así pues, por la noche, cuando subía a la cama, yo me alegraba de su goce, aunque sentía alivio cuando él terminaba. No entendía lo que había oído decir a mi tía cuando yo estaba en mis años de cabello recogido, ni que Flor de Nieve encontrara placer en el acto carnal.

Pese a mi gran ignorancia, había una cosa que sí sabía: no se pueden infringir las normas sin pagar un alto precio.

Lirio Blanco:

Mi hija nació muerta. Se marchó sin haber echado raíces, de modo que no conoció los pesares de la vida. Le cogí los pies. Nunca conocerían la agonía del vendado. Le toqué los ojos. Nunca conocerían la tristeza de abandonar su hogar natal, de ver a su madre por última vez, de despedirse de un hijo muerto. Puse mis dedos sobre su corazón. Nunca conocería el dolor, la pena, la soledad, la tristeza. Me la imagino en el más allá. ¿Estará mi madre con ella? Ignoro cuál habrá sido el destino de ambas.

En mi casa todos me culpan. Mi suegra dice: «¿Para qué te casaste con mi hijo, si no vas a darle hijos varones?» Mi esposo dice: «Eres joven. Tendrás más hijos. La próxima vez me darás un varón.»

No tengo forma de desahogarme. No tengo a nadie que me escuche. Ojalá te oyera subir por la escalera.

Imagino que soy un pájaro. Vuelo hacia las nubes y el mundo, abajo, parece muy lejano.

Me pesa el trozo de jade que llevaba colgado del cuello para proteger a mi bebé. No puedo dejar de pensar en mi niñita muerta.

Flor de Nieve

Los abortos eran muy frecuentes en nuestro condado, y las mujeres no solían preocuparse demasiado si sufrían uno, sobre todo si el bebé era una niña. Los partos de niños muertos sólo se consideraban espantosos si el bebé era un varón. Si la criatura que nacía muerta era una niña, los padres solían agradecerlo. Nadie necesitaba más bocas inútiles que alimentar. En mi caso, pese a que durante el embarazo me había aterrado pensar que pudiera pasarle algo malo a mi bebé, la verdad es que no sabía cómo me habría sentido si hubiera resultado una niña y hubiera muerto antes de respirar el aire de este mundo. Lo que intento decir es que me había dejado perpleja que Flor de Nieve tuviera semejantes sentimientos.

Yo le había suplicado que me contara la verdad, pero, ahora que ella se sinceraba conmigo, no sabía qué decir.

Quería responder con compasión. Quería ofrecerle consuelo y solaz, pero temía por ella y no sabía qué escribir. No alcanzaba a comprender nada de lo que le había pasado en la vida: su infancia, su pésima boda y ahora esto. Yo acababa de cumplir veintiún años; no sabía qué era la verdadera pobreza, vivía bien, y eso reducía mi empatía.

Busqué con ahínco las palabras que podía escribir a la mujer que amaba y, muy a mi pesar, dejé que las convenciones con que me había criado envolvieran mi corazón, como había hecho aquel día en el palanquín.

Cuando cogí el pincel, me refugié en los versos formales apropiados para una mujer casada, con la esperanza de que eso recordara a Flor de Nieve que la única protección real que teníamos las mujeres era la apariencia plácida que ofrecíamos, incluso en los momentos de mayor angustia. Lo que tenía que hacer era procurar quedarse embarazada otra vez, y pronto, porque el deber de toda mujer era seguir pariendo hijos varones.

Flor de Nieve:

Estoy sentada en la habitación de arriba, reflexionando.

Escribo para consolarte.

Por favor, escúchame.

Querida amiga, calma tu corazón.

Piensa que estoy a tu lado, mi mano sobre la tuya.

Imagina que lloro a tu lado.

Nuestras lágrimas forman cuatro arroyos que fluyen eternamente.

No lo olvides.

Tu pena es profunda, pero no estás sola. No sufras.

Todo está escrito, la riqueza y la pobreza.

Muchos bebés mueren.

Esa es la gran congoja de toda mujer.

No podemos controlar estas cosas.

Sólo podemos intentarlo de nuevo.

La próxima vez, un hijo varón…

Lirio Blanco

Pasaron dos años, y nuestros hijos aprendieron a caminar y hablar. El de Flor de Nieve lo hizo primero, como es lógico. Era seis semanas mayor que el mío, pero sus piernas no eran dos robustos troncos, como las de mi hijo. Siguió siendo delgado, y su delgadez también afectaba a su personalidad. No quiero decir que no fuera listo. Era muy inteligente, pero no tanto como mi hijo. A los tres años, mi hijo ya quería coger el pincel de caligrafía. Era adorable, y se convirtió en el niño mimado de la habitación de arriba. Hasta las concubinas lo colmaban de atenciones y se peleaban por él como se peleaban por las piezas de tela nuevas.

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