El abanico de seda

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Años de arroz y sal » Penas y alegrías

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Penas y alegrías

Cuando mi hijo mayor cumplió cinco años, mi esposo me propuso buscar a un profesor para iniciar su educación formal. Como vivíamos en la casa de mis suegros y carecíamos de recursos propios, tuvimos que pedirles que pagaran los gastos. Yo debería haberme avergonzado de las aspiraciones de mi esposo, pero lo cierto es que nunca me arrepentí de que no hubiera sido así. Mis suegros, por su parte, se alegraron infinitamente el día que el profesor se instaló en la casa y nuestro hijo abandonó la habitación de arriba. Lloré al verlo marchar, pero al mismo tiempo aquél fue uno de los momentos más felices de mi vida. Nunca me había sentido tan orgullosa. Abrigaba la secreta esperanza de que quizá algún día mi hijo hiciera los exámenes imperiales. No era más que una mujer, pero hasta yo sabía que esos exámenes significaban un peldaño en el camino hacia el éxito incluso para los funcionarios más pobres. Con todo, su ausencia en la habitación de arriba dejó en mí un vacío que no lograban llenar las divertidas payasadas de mi segundo hijo, las quejas de las concubinas, las discusiones de mis cuñadas ni mis periódicas visitas a Flor de Nieve. Por fortuna, el primer mes del nuevo año lunar volvía a estar embarazada.

Por esa época la habitación de arriba estaba abarrotada. Cuñada Tercera se había instalado en la casa y había tenido una hija. La siguió Cuñada Cuarta, cuyas quejas nos crispaban a todos. Ella también dio a luz una hija. Mi suegra era particularmente cruel con Cuñada Cuarta, que después parió dos varones muertos. Así pues, no miento si digo que las otras mujeres de la casa recibieron la noticia de mi embarazo con envidia. Nada causaba mayor consternación en la habitación de arriba que la llegada, todos los meses, de la menstruación de alguna de las esposas. Todas se enteraban y hablaban de ello. La señora Lu anotaba la fecha y maldecía en voz alta a la joven en cuestión para que todas se enteraran. «Una esposa que no tiene un hijo varón siempre puede ser sustituida», decía, aunque odiaba con toda su alma a las concubinas de su esposo. Cuando yo miraba a las otras mujeres, veía celos y ardiente resentimiento en su semblante, pero ¿qué podían hacer ellas, salvo esperar y ver si yo daba a luz otro varón? Sin embargo, ya no pensaba como antes. Quería tener una hija por razones puramente prácticas. Mi segundo hijo pronto me dejaría para entrar en el mundo de los hombres, mientras que las hijas no abandonaban a sus madres hasta que se casaban. Mi secreta ambición aumentó con la noticia de que Flor de Nieve volvía a estar encinta. Yo deseaba que ella también tuviera una hija.

La primera oportunidad que tuvimos para compartir nuestras aspiraciones y esperanzas llegó con la Fiesta de la Cata, el sexto día del sexto mes. Después de vivir cinco años con los Lu yo sabía que mi suegra no había cambiado de opinión respecto a Flor de Nieve. Sospechaba que ella sabía que nos veíamos en las celebraciones, pero, mientras yo no alardeara de mi relación y cumpliera con mis deberes domésticos, mi suegra me dejaría tranquila.

Como siempre, disfrutamos de nuestros momentos de intimidad en la habitación de arriba de mi casa paterna, aunque no podíamos expresarnos como antes, porque teníamos a nuestros hijos en la cama o acostados en su cuna. Sin embargo, nos hablamos al oído. Yo le confié que deseaba tener una hija que me hiciera compañía. Flor de Nieve se acarició el vientre y en voz baja me recordó que las niñas no eran más que ramas inútiles que no podían perpetuar el linaje de los padres.

—Para nosotras no serán inútiles —repuse—. ¿No podríamos unirlas como laotong antes de que nazcan?

—Lirio Blanco, nosotras somos inútiles. —Se incorporó y vi su rostro iluminado por la luz de la luna—. Lo sabes, ¿verdad?

—Las mujeres somos madres de hijos varones —la corregí. Eso me había asegurado un lugar en la casa de mi esposo. Y sin duda el hijo de Flor de Nieve también le había asegurado un lugar en la suya.

—Ya lo sé. Madres de hijos varones, pero…

—Y nuestras hijas serán nuestras compañeras.

—Yo ya he perdido a dos…

—¿No quieres que nuestras hijas sean almas gemelas, Flor de Nieve? —De pronto la idea de que pudiera rechazar mi proposición me produjo pánico.

Me miró y esbozó una sonrisa triste.

—Claro que sí. Si tenemos hijas. Ellas podrían prolongar nuestro amor incluso después del más allá.

—Estupendo. Así será. Ahora, túmbate a mi lado. No arrugues la frente. Éste es un momento feliz. Seamos felices juntas.

La primavera siguiente, volvimos a Puwei con nuestras hijas recién nacidas. Sus fechas de nacimiento no concordaban. Sus meses de nacimiento no concordaban. Les quitamos los pañales y juntamos sus pies, cuyo tamaño tampoco concordaba. Quizá hasta entonces había mirado a mi hija, Jade, con ojos de madre, pero incluso yo me daba cuenta de que la de Flor de Nieve, Luna de Primavera, era mucho más hermosa que la mía. Jade tenía la piel demasiado oscura comparada con la de la familia Lu, mientras que el cutis de Luna de Primavera era como la pulpa de un blanco melocotón. Yo esperaba que Jade fuera tan fuerte como la piedra que le daba nombre y deseaba que Luna de Primavera fuera más robusta que mi prima, a quien Flor de Nieve había rendido homenaje con el nombre de su hija. Ninguno de los ocho caracteres concordaba, pero eso no nos importó. Nuestras hijas serían almas gemelas.

Abrimos nuestro abanico y repasamos la vida que habíamos compartido. En sus pliegues habíamos registrado muchos momentos felices. Nuestra unión. Nuestras respectivas bodas. El nacimiento de nuestros hijos. El nacimiento de nuestras hijas. Su futura unión. «Algún día, dos niñas se conocerán y se harán laotong —escribí yo—. Serán como dos patos mandarines. Otra pareja feliz se sentará en un puente y las verá volar.» En la guirnalda del borde superior, Flor de Nieve pintó dos pequeños pares de alas volando hacia la luna. Otros dos pájaros, posados uno junto a otro, las contemplaban. Cuando hubimos terminado, nos quedamos sentadas con nuestras hijas en brazos. Yo sentía una gran dicha, pero no dejaba de pensar en que al quebrantar las normas que gobernaban la unión de dos niñas estábamos rompiendo un tabú.

Dos años más tarde, Flor de Nieve me envió una carta para anunciarme que por fin había dado a luz a su segundo hijo varón. Estaba radiante de felicidad, y yo también, pues creía que mejoraría su estatus en la casa de su esposo.

Sin embargo, apenas tuvimos tiempo para celebrarlo, porque sólo tres días después nuestro condado recibió una triste noticia: el emperador Daoguang se había ido al más allá. Nuestro condado todavía estaba de luto cuando el hijo del emperador, Xianfeng, sucedió a su padre.

A través de la amarga experiencia de la familia de Flor de Nieve yo había aprendido que, cuando muere un emperador, su corte cae en desgracia, de modo que con cada transición imperial llegan el desorden y la discordia no sólo al palacio, sino a todo el país. En la cena, cuando mi suegro, mi esposo y sus hermanos hablaron de lo que ocurría fuera de Tongkou, yo sólo asimilé lo que no podía ignorar. Los rebeldes estaban causando problemas en algún lugar y los terratenientes exigían rentas más elevadas a sus arrendatarios. Me angustiaba pensar que mucha gente, incluida mi familia natal, iba a sufrir, pero en realidad todo eso parecía muy alejado de las comodidades de la casa de los Lu.

Entonces tío Lu perdió su cargo y regresó a Tongkou. Cuando bajó del palanquín, todos lo saludamos con una reverencia, tocando el suelo con la frente. Cuando ordenó que nos levantáramos, vi a un anciano ataviado con una túnica de seda. Tenía dos lunares en la cara. Todo el mundo valora el pelo de sus lunares, pero los de tío Lu eran espléndidos. Tenía al menos diez pelos —ásperos, blancos y de más de tres centímetros de largo— en cada lunar. Cuando empecé a conocerlo mejor, vi que le encantaba jugar con esos pelos; tiraba suavemente de ellos para que le crecieran aún más.

Nos miró a todos con sus brillantes ojos antes de fijarse en mi primer hijo, que ya había cumplido ocho años. Tío Lu, que debería haber saludado primero a su hermano, estiró un brazo y puso una mano surcada de venas sobre el hombro de mi hijo.

—Lee mil libros —dijo con tono afable, si bien su voz delataba los muchos años que había vivido en la capital—, y tus palabras fluirán como un río. Y ahora, pequeño, muéstrame el camino de tu casa. —Dicho esto, el hombre más estimado de la familia dio la mano a mi hijo y juntos traspusieron las puertas de Tongkou.

Pasaron dos años más. Yo acababa de tener un tercer varón, y todos trabajábamos mucho para que todo siguiera como siempre, pero era evidente que con la caída en desgracia de tío Lu y la rebelión contra el aumento de las rentas la situación había cambiado. Mi suegro empezó a reducir su consumo de tabaco; mi esposo pasaba más horas en los campos, e incluso a veces cogía un apero y ayudaba a nuestros campesinos en sus tareas. El profesor se marchó y tío Lu se encargó personalmente de las lecciones de mi hijo mayor. En la habitación de arriba, las discusiones entre las esposas y las concubinas arreciaban a medida que disminuían los regalos de seda e hilo de bordar. Ese año, cuando Flor de Nieve y yo nos encontramos en mi casa natal, apenas estuve con mi familia. Sí, comíamos juntos y por la noche nos sentábamos fuera, como hacíamos cuando yo era pequeña, pero no había ido a Puwei para ver a mis padres. Lo que quería era ver a Flor de Nieve y estar con ella. Habíamos cumplido treinta años y hacía veintitrés que éramos laotong. Costaba creer que hubiera pasado tanto tiempo, y costaba más aún creer que antaño habíamos sido como una sola persona. Yo le profesaba un gran cariño, pero mis hijos y mis tareas cotidianas ocupaban todo mi tiempo. Tenía tres hijos y una hija, y ella tenía dos hijos y una hija. Compartíamos una relación emocional más profunda que los vínculos que nos unían a nuestros esposos y creíamos que nunca se rompería, pero la pasión de nuestro amor había disminuido. Eso no nos preocupaba, pues la monotonía de los años de arroz y sal hace mella en todas las relaciones profundas. Sabíamos que cuando nos llegaran los años de recogimiento volveríamos a estar tan unidas como en el pasado. De momento lo único que podíamos hacer era compartir al máximo nuestra vida cotidiana.

En casa de Flor de Nieve las últimas cuñadas se habían casado y marchado, de modo que ya no tenía que trabajar para ellas. Su suegro había muerto. Estaba matando un cerdo y en el último momento el animal se agitó bruscamente; el cuchillo se le escapó de las manos y le hizo un profundo corte en un brazo; se desangró en el umbral del hogar familiar, como habían hecho tantos cerdos. Desde entonces el marido de Flor de Nieve era el amo de la casa, aunque él —y todos los que vivían bajo aquel techo— todavía estaba en gran medida controlado por su madre. Consciente de que Flor de Nieve no tenía nada ni a nadie, su suegra redobló sus críticas y sus quejas, al tiempo que su esposo dejaba de protegerla. Sin embargo, ella se consolaba con su segundo hijo, un niño robusto y risueño. Todo el mundo lo adoraba, mientras que nadie creía que su primer hijo llegara a cumplir veinte años, quizá ni siquiera los diez.

Pese a que Flor de Nieve tenía una posición muy inferior a la mía, prestaba más atención y escuchaba más que yo. Debí imaginarlo. Siempre le había interesado más que a mí el reino exterior. Me explicó que los rebeldes de los que yo había oído hablar se llamaban taiping y que pretendían un orden armonioso. Creían, al igual que el pueblo yao, que los fantasmas, los dioses y las diosas influyen en las cosechas, la salud y el nacimiento de los hijos varones. Los taiping prohibían el vino, el opio, el juego, las danzas y el tabaco. Decían que había que arrebatar las fincas a los terratenientes, que tenían el noventa por ciento de las tierras y recibían el setenta por ciento de la cosecha, y que los que trabajaban la tierra debían compartirla por igual. En nuestra provincia cientos de miles de personas habían abandonado sus hogares para unirse a los taiping y estaban invadiendo pueblos y ciudades. Me habló de su cabecilla, que creía ser hijo de un famoso dios; de algo que él llamaba su Reino Celestial, de su aversión a los extranjeros y de la corrupción política. Yo no entendía qué intentaba decirme. Para mí un extranjero era alguien de otro condado. Yo vivía dentro de las cuatro paredes de la habitación de arriba, pero la mente de Flor de Nieve volaba hasta lugares lejanos, observando, buscando y preguntando.

Cuando regresé a mi casa y pregunté a mi esposo quiénes eran los taiping, él contestó: «Una esposa debe preocuparse de sus hijos y de hacer feliz a su familia. Si vuelves tan inquieta de tu pueblo natal, la próxima vez no te daré permiso para visitar a tu familia.» No dije ni una palabra más acerca del reino exterior.

La escasez de lluvias y las consecuencias que ésta tuvo en las cosechas hicieron que el hambre asolara Tongkou. Sin embargo, no me preocupé hasta que vi que nuestra despensa empezaba a vaciarse. Al poco tiempo mi suegra comenzó a castigarnos si derramábamos unas gotas de té o encendíamos un fuego demasiado grande en el brasero. Mi suegro se moderaba al servirse carne del plato central, pues prefería que sus nietos comieran antes que él aquel valioso alimento. Tío Lu, que había vivido en el palacio, no protestaba, pero, cuando comprendió la gravedad de la situación, empezó a exigirle más a mi hijo, con la esperanza de convertirlo en una garantía de que la familia recuperaría su buena posición.

Eso suponía un desafío para mi esposo. Una noche, cuando estábamos en la cama con las lámparas apagadas, me confió:

—Tío Lu cree que nuestro hijo tiene talento, y yo me alegré de que se ocupara de sus lecciones, pero ahora miro hacia el futuro y veo que quizá tendremos que enviarlo lejos para que siga sus estudios. ¿Cómo vamos a hacerlo, si todo el condado sabe que pronto tendremos que empezar a vender campos para poder comer? —Mi esposo me cogió la mano en la oscuridad—. Lirio Blanco, se me ha ocurrido una idea y mi padre la apoya, pero estoy preocupado por ti y por nuestros hijos.

Esperé, temiendo qué diría a continuación.

—La gente necesita ciertas cosas para vivir —prosiguió mi esposo—. El aire, el sol, el agua y la leña no cuestan dinero, aunque a veces no sean abundantes. Pero la sal sí cuesta dinero, y todo el mundo necesita sal para vivir.

Mi mano estrechó la suya. ¿Adónde quería llegar?

—He preguntado a mi padre si puedo coger nuestros últimos ahorros —añadió—, viajar hasta Guilin, comprar sal y traerla aquí para venderla. Me ha dado permiso.

El plan de mi esposo entrañaba más peligros que los que yo podía nombrar. Guilin estaba en la provincia vecina. Para llegar hasta allí mi esposo tendría que pasar por territorio ocupado por los rebeldes. Y los que no eran rebeldes eran campesinos desesperados que habían perdido sus hogares y se habían convertido en bandidos que asaltaban a quienes se atrevían a transitar por los caminos. El negocio de la sal era peligroso en sí mismo, y ésa era una de las razones por las que la sal siempre escaseaba. Los hombres que controlaban su comercio en nuestra provincia tenían sus propios ejércitos, pero mi esposo estaba solo. Carecía de experiencia en el trato con los caudillos y los astutos comerciantes. Por si eso fuera poco, mi mente femenina lo imaginaba conociendo a hermosas mujeres en Guilin. Si salía airoso de su aventura, quizá volviera a casa con unas cuantas concubinas. Mi debilidad de mujer fue lo primero que expresé.

—No recojas flores silvestres —le supliqué, utilizando el eufemismo con que denominábamos a esa clase de mujeres que podía encontrar en su viaje.

—El valor de una esposa reside en sus virtudes, no en su rostro —me tranquilizó él—. Me has dado hijos. Mi cuerpo recorrerá una larga distancia, pero mis ojos no mirarán lo que no deben ver. —Hizo una pausa, y añadió—: Sé fiel, evita la tentación, obedece a mi madre y sirve a nuestros hijos.

—Eso haré —prometí—. Pero no me preocupa lo que pueda sucederme a mí.

Intenté expresar mis otros temores, pero él dijo:

—¿Acaso vamos a dejar de vivir porque unos cuantos estén descontentos? Debemos seguir utilizando nuestros caminos y nuestros ríos, que son de todos los chinos.

Dijo que calculaba estar lejos durante un año.

Tan pronto mi esposo partió, el desasosiego se apoderó de mí. A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más nerviosa y asustada. Si le ocurría algo, ¿qué sería de mí? Como viuda, tendría muy pocas opciones. Puesto que mis hijos eran demasiado pequeños para ocuparse de mí, mi suegro me vendería a otro hombre. Sabía que si eso llegaba a ocurrir quizá no volvería a ver a mis hijos, y entendí por qué tantas viudas se suicidaban. Sin embargo, no iba a conseguir nada llorando día y noche abrumada por los riesgos que me amenazaban. Intentaba mantener una apariencia serena en la habitación de arriba, pese a que me preocupaba muchísimo la seguridad de mi esposo.

Pensando que me consolaría ver a mi primer hijo, comencé a hacer algo que no se me habría pasado por la cabeza hasta entonces. Varias veces al día, me ofrecía a ir a buscar el té para las mujeres de la habitación de arriba; una vez abajo, me sentaba y escuchaba las lecciones de mi hijo con tío Lu.

—Las tres fuerzas más importantes son el cielo, la tierra y el hombre —recitaba el pequeño—. Las tres luces son el sol, la luna y las estrellas. Las oportunidades que ofrece el cielo no son iguales a las ventajas conseguidas en la tierra, mientras que las ventajas de la tierra no están a la altura de las bendiciones que proceden de la armonía entre los hombres.

—Esas palabras puede memorizarlas cualquier niño, pero ¿qué significan? —Tío Lu era exigente y riguroso.

¿Creéis que mi hijo erraba alguna vez en las respuestas? Pues no, y os diré por qué. Si no contestaba correctamente a una pregunta o cometía algún error en sus recitaciones, tío Lu le golpeaba en la palma de la mano con una vara de bambú. Si al día siguiente volvía a equivocarse, el castigo era doble.

—El cielo da al hombre el clima, pero sin el fértil suelo de la tierra el clima no tiene ningún valor —contestó mi hijo—. Y el rico suelo es inútil si no reina la armonía entre los hombres.

Sonreí, orgullosa, en mi escondite, pero tío Lu no se contentaba con una sola respuesta correcta.

—Muy bien. Ahora hablemos del imperio. Si fortaleces a tu familia y cumples las normas que están escritas en el Libro de los ritos, habrá orden en tu casa. Eso se extiende de una casa a la siguiente, construyendo la seguridad del estado hasta llegar al emperador. Pero un rebelde engendra a otro rebelde, y pronto reina el desorden. Presta atención, pequeño. Nuestra familia posee tierras. Tu abuelo las gobernó durante mi ausencia, pero ahora la gente sabe que ya no tengo contactos en la corte. Ven y oyen a los rebeldes. Debemos ser prudentes.

Pero el terror que tío Lu tanto temía no llegó en la forma de los taiping. Lo último que oí antes de que los fantasmas de la muerte descendieran sobre nosotros fue que Flor de Nieve volvía a estar encinta. Le bordé un pañuelo para desearle una gestación sana y feliz, y lo decoré con peces plateados que saltaban de un arroyo azul claro, creyendo que ésa era la imagen más propicia y refrescante que podía ofrecer a una mujer que iba a estar embarazada durante el verano.

Aquel año, el gran calor llegó antes. Era demasiado pronto para que volviéramos a nuestra casa natal, así que las mujeres y nuestros hijos languidecíamos en la habitación de arriba esperando, esperando, esperando. Como la temperatura aumentaba día a día, los hombres de Tongkou y de los pueblos de los alrededores llevaban a los niños a bañarse al río. Era el mismo río en que de niña me refrescaba los pies, y sentí una gran alegría cuando mi suegro y mi cuñado se ofrecieron a llevar allí a los niños. Pero también era el mismo río donde las niñas de pies grandes lavaban la ropa y de donde cogían agua para beber y cocinar, porque los pozos del pueblo estaban llenos de larvas de insectos.

El primer caso de fiebre tifoidea apareció en el mejor pueblo del condado, mi Tongkou. Afectó al precioso primogénito de uno de nuestros arrendatarios y se extendió por su casa hasta matar a toda su familia. La enfermedad empezaba con fiebres, seguidas de un fuerte dolor de cabeza y vómitos. A veces también producía tos y ronquera, o un sarpullido de granos de color rosa. Cuando aparecía la diarrea, sólo era cuestión de horas que la muerte pusiera fin a la agonía. En cuanto nos enterábamos de que un niño había caído enfermo, sabíamos qué iba a pasar. Primero moría el niño, luego sus hermanos y hermanas, luego la madre y por último el padre. Era un proceso que se repetía una y otra vez, porque una madre no puede abandonar a su hijo enfermo y un esposo no puede abandonar a su esposa moribunda. Pronto el caos reinó en todas las poblaciones del condado.

La familia Lu se retiró de la vida del pueblo y cerró las puertas de su casa. Las criadas desaparecieron; no sé si mi suegro las echó o huyeron atemorizadas. No supe más de ellas. Las mujeres de la familia reunimos a los niños en la habitación de arriba creyendo que allí estarían más seguros. El hijo de Cuñada Tercera fue el primero en presentar los síntomas de la enfermedad. Le ardía la frente y tenía las mejillas muy coloradas. Al verlo me llevé a mis hijos a mi dormitorio y llamé a mi hijo mayor. En ausencia de mi esposo, debería haber consentido en su deseo de quedarse con su tío abuelo y el resto de los hombres, pero no lo dejé elegir.

—Sólo yo saldré de esta habitación —dije a mis hijos—. Hermano Mayor se ocupará de vosotros mientras yo no esté aquí. Tenéis que obedecerlo en todo.

Todos los días salía de la habitación una vez por la mañana y otra por la noche. Consciente de la gravedad de la enfermedad, me llevaba el orinal y lo vaciaba yo misma, procurando que nada de la zona donde se acumulaban los excrementos tocara el recipiente, mis manos, mis pies o mi ropa. Sacaba agua salobre del pozo, la hervía y la filtraba hasta que quedaba clara y limpia. Me daba miedo la comida, pero algo teníamos que comer. No sabía qué hacer. ¿Debíamos ingerir alimentos crudos, directamente arrancados del huerto? Cuando pensé en el estiércol que utilizábamos para abonar los campos, comprendí que eso no podía ser aconsejable. Recordé lo único que cocinaba mi madre cuando yo estaba enferma: congee. Lo preparaba dos veces al día.

El resto del tiempo estaba encerrada en mi dormitorio con mis hijos. Durante el día oíamos gente correr de un lado a otro. Por la noche llegaban hasta nosotros los gritos intermitentes de los enfermos y los angustiados lamentos de las madres. Por la mañana yo pegaba una oreja a la puerta y me enteraba de quién se había marchado al más allá. Las concubinas, que no tenían a nadie que se ocupara de ellas, agonizaban y morían solas, con la única compañía de las mismas mujeres contra las que hasta entonces habían conspirado.

Tanto de día como de noche me preocupaba por Flor de Nieve y mi esposo. ¿Mi laotong pondría en práctica las mismas medidas preventivas que empleaba yo? ¿Estaría bien? ¿Habría muerto? ¿Habría perecido su primer hijo, que siempre me había parecido tan débil? ¿Habría muerto toda la familia? ¿Y mi esposo? ¿Habría muerto en otra provincia o en algún camino? Si algo malo le pasaba a alguno de los dos, no sabía qué iba a hacer. Me sentía enjaulada por el miedo.

En mi dormitorio sólo había una ventana y estaba demasiado alta para asomarme a ella. Los olores que desprendían los hinchados cadáveres que la gente dejaba ante las casas impregnaban la húmeda atmósfera. Nos tapábamos la nariz y la boca, pero no había escapatoria: el hedor hacía que nos escocieran los ojos y se nos adhería a la lengua. Yo repasaba mentalmente todas las tareas que debía realizar: rezar constantemente a la diosa, envolver a los niños con tela rojo oscuro, barrer la habitación tres veces al día para asustar a los fantasmas que acecharan en busca de presas. También enumeraba todas las cosas de que debíamos abstenernos: nada de comida frita ni salteada. Si mi esposo hubiera estado en casa, tampoco deberíamos haber tenido trato carnal. Pero él estaba lejos, y era yo la que debía permanecer alerta.

Un día, mientras preparaba las gachas de arroz, mi suegra entró en la cocina con un pollo muerto en la mano.

—Ya no tiene sentido que reservemos los pollos —dijo con aspereza. Mientras lo descuartizaba y picaba ajo, me previno—: Tus hijos morirán si no comen carne y verdura. Vas a matarlos de hambre y ni siquiera habrán tenido tiempo de enfermar.

Me quedé contemplando el pollo. Se me hacía la boca agua y me rugía el estómago, pero por primera vez desde que me había casado hice oídos sordos a los comentarios de mi suegra. No dije nada. Puse el congee en cuencos y los coloqué en una bandeja. Cuando me dirigía a mi dormitorio, me detuve ante la puerta de tío Lu, llamé con los nudillos y dejé un cuenco para él. Tenía que hacerlo, porque no sólo era el miembro de más edad y más respetado de nuestra familia, sino que además era el maestro de mi hijo. Los clásicos nos enseñan que la relación del maestro y el alumno es la segunda en importancia después de la del padre y el hijo.

Llevé los otros cuencos a mis hijos. Jade protestó al ver que no había cebollas ni trozos de cerdo, ni siquiera verduras en conserva, y le di una fuerte bofetada. Los otros niños se tragaron sus quejas, mientras su hermana se mordía el labio inferior y contenía las lágrimas. No les hice caso. Cogí la escoba y me puse a barrer.

Pasaban los días y los síntomas de la enfermedad seguían sin aparecer en nuestro dormitorio, pero el calor era insoportable y empeoraba los olores de la enfermedad y la muerte. Una noche, cuando fui a la cocina, encontré a Cuñada Tercera de pie, como una aparición, en medio de la habitación oscura, vestida de pies a cabeza con prendas blancas de luto. Deduje por su atuendo que sus hijos y su esposo habían muerto. Su mirada, vacía y perdida, me dejó paralizada. Ella no se movió ni dio muestras de haberme visto, pese a que yo estaba a sólo un metro de ella. Estaba tan asustada que no me atrevía a retirarme ni a avanzar. Oí el canto de las aves nocturnas y el débil gemido de carabao. Entonces se me ocurrió una idea estúpida: ¿por qué no morían los animales? ¿O sí morían y no había nadie para decírmelo?

—¡La cerda inútil sigue viva! —exclamó una voz amarga y virulenta detrás de mí.

Cuñada Tercera ni siquiera parpadeó, pero yo me di la vuelta. Era mi suegra. Se había quitado las horquillas y unos grasientos mechones de cabello enmarcaban su cara.

—Nunca debimos dejarte entrar en esta casa —añadió—. Estás destruyendo el clan Lu, asquerosa y corrupta cerda. —A continuación escupió a Cuñada Tercera, que ni siquiera se limpió la cara—. Te maldigo —prosiguió mi suegra, roja de ira y de dolor—. Espero que mueras. Si no mueres, el señor Lu te echará de aquí cuando llegue el otoño. Y espero que la diosa te haga sufrir. Pero, si estuviera en mi mano, no vivirías lo suficiente para ver la luz del día.

Mi suegra, que parecía no haber reparado siquiera en mí, dio media vuelta, apoyó una mano contra la pared y salió tambaleándose de la cocina. Miré a mi cuñada, que seguía pareciendo ausente de este mundo. Yo sabía que lo que iba a hacer no era conveniente, pero me acerqué a ella, la abracé y la guié hasta una silla. Puse agua a calentar y, haciendo acopio de valor, mojé un trapo en un cubo de agua fresca y limpié la cara a mi cuñada. Luego arrojé el trapo al brasero y vi cómo ardía. Cuando hirvió el agua, preparé té, le serví una taza y se la puse delante. Ella no la cogió. No sabía qué más podía hacer, así que me puse a preparar el congee, removiendo con paciencia el fondo del cazo para que el arroz no se pegara ni se quemara.

—Me esfuerzo por oír el llanto de mis hijos. Busco a mi esposo por todas partes —murmuró Cuñada Tercera, Me di la vuelta, creyendo que se dirigía a mí, pero comprendí por su mirada que hablaba sola—. Si vuelvo a casarme, ¿cómo podré reunirme con mi esposo y con mis hijos en el más allá?

Yo no podía ofrecerle palabras de consuelo, porque no las había. Cuñada Tercera no tenía ningún árbol robusto que la protegiera, ni ninguna montaña fiel se alzaba detrás de ella. Se levantó y salió de la cocina tambaleándose sobre sus delicados lotos dorados, frágil como uno de esos farolillos que soltamos en la Fiesta de los Farolillos. Seguí removiendo el congee.

A la mañana siguiente, cuando bajé, me pareció que algo había cambiado. Yonggang y otras dos criadas habían regresado y estaban limpiando la cocina y amontonando leña. Yonggang me informó de que esa misma mañana habían encontrado muerta a Cuñada Tercera. Se había suicidado bebiendo lejía. A menudo me pregunto qué habría pasado si hubiera esperado unas horas más, porque durante la comida mi suegra empezó a tener fiebre. Ya debía de estar enferma la noche anterior, cuando fue tan cruel con su nuera.

Yo tenía que tomar una decisión difícil. Hasta ese momento había mantenido protegidos a mis hijos en mi dormitorio, pero mi deber como esposa era servir a mis suegros antes que a nadie. Eso no significaba sólo llevarles el té por la mañana, lavarles la ropa o aceptar sus críticas con resignación. Servirlos significaba que debía apreciarlos más que a nadie, más que a mis padres, mi esposo o mis hijos. Como mi marido no estaba en la casa, no me quedaba otro remedio que olvidar el miedo a la enfermedad, expulsar de mi corazón todos los sentimientos que tenía hacia mis hijos y cumplir con mi deber. Si no lo hacía y mi suegra moría, mi vergüenza sería insoportable.

Aun así, no podía abandonar a mis hijos sin más. Mis otras cuñadas estaban con sus respectivas familias en sus propias habitaciones. Yo no sabía qué estaba pasando detrás de esas puertas cerradas. Quizá ya habían enfermado. Quizá ya habían muerto. Tampoco podía confiar a mi suegro el cuidado de mis hijos. Él había pasado la noche junto a su esposa y quizá sería el siguiente en enfermar. Por otro lado, no veía a tío Lu desde el inicio de la epidemia, aunque todas las mañanas y todas las noches él dejaba su cuenco vacío junto a la puerta de su habitación para que yo se lo rellenara.

Me senté en la cocina, retorciéndome las manos con nerviosismo. Yonggang se acercó, se arrodilló ante mí y dijo:

—Yo vigilaré a tus hijos.

Recordé cómo me había acompañado a casa de Flor de Nieve después de mi boda, cómo me había cuidado tras cada parto y cómo me había demostrado su fidelidad y su discreción llevando mis cartas a mi laotong. Había hecho muchas cosas por mí desde que sólo era una niñita de diez años y, sin que yo me diera cuenta, se había convertido en una joven corpulenta de grandes pies que ya tenía veinticuatro. Para mí seguía siendo tan fea como los genitales de un cerdo, pero sabía que todavía no había enfermado y que cuidaría de mis hijos como si fueran suyos.

Le di instrucciones muy precisas de cómo quería que les preparara el agua y la comida, y le entregué un cuchillo para que lo guardara por si la situación empeoraba y tenía que defender la puerta. Dejé a mis hijos en manos del destino y me concentré en la madre de mi esposo.

Durante cinco días me ocupé de mi suegra e hice por ella todo cuanto habría hecho cualquier nuera decente. Le lavaba las partes íntimas cuando ella ya no tenía fuerzas para utilizar el orinal. Le preparaba el mismo congee que había preparado a mis hijos; luego me hacía un corte en el brazo, como había visto hacer a mi madre, para añadir mi fluido vital a las gachas de arroz. Ese era el regalo más valioso que podía hacer una nuera, y yo se lo hice con la esperanza de que, por medio de algún milagro, lo que a mí me había dado vitalidad le devolviera a ella la suya.

Pero no es necesario que os diga lo terrible que es esa enfermedad, y ya podéis imaginar lo que pasó. Mi suegra murió. Siempre había sido justa conmigo, incluso amable, de modo que me costó decirle adiós. Cuando exhaló su último suspiro, comprendí que yo no podría hacer todo lo que merecía una mujer de su categoría. Lavé su sucio y reseco cuerpo con agua caliente aromatizada con madera de sándalo. Le puse las prendas mortuorias y metí sus textos de nu shu en los bolsillos, las mangas y los pliegues de su túnica. El propósito de esos textos no era que las generaciones venideras recordaran su nombre; los había escrito para expresar sus pensamientos y sus emociones a sus amigas, y ellas habían hecho otro tanto. En otras circunstancias yo habría quemado todo eso junto a su tumba pero, a causa del calor y la epidemia, había que enterrar los cadáveres deprisa sin pensar mucho en cosas como el feng shui, el nu shu o el deber filial. Lo único que podía hacer era asegurarme de que mi suegra tendría el consuelo de las palabras de sus amigas para leerlas y cantarlas en el más allá. Cuando hube terminado, se llevaron su cadáver en un carro para enterrarlo cuanto antes.

Mi suegra había vivido muchos años. En ese sentido yo podía alegrarme por ella. Y, tras su muerte, me convertí en la mujer más importante de la casa, aunque mi esposo no hubiera regresado. A partir de ese momento las cuñadas tendrían que obedecerme. Tendrían que congraciarse conmigo si querían recibir un trato favorable. Como las concubinas también habían muerto, confiaba en conseguir una mayor armonía, porque tenía muy clara una cosa: bajo ese techo no iba a haber más concubinas.

Tal como las criadas habían intuido, la enfermedad estaba abandonando nuestro condado. Abrimos las puertas y evaluamos la situación. En nuestra casa habían muerto mi suegra, mi tercer cuñado, toda su familia y las concubinas. Hermano Segundo y Hermano Cuarto sobrevivieron, y también sus familias. En mi familia natal habían muerto mi padre y mi madre. Yo lamentaba no haber pasado más tiempo con ellos en mi ultima visita, por supuesto, pero mi padre y yo habíamos dejado de relacionarnos cuando me vendaron los pies y nada había vuelto a ser como antes con mi madre después de nuestra discusión sobre las mentiras que me había contado acerca de Flor de Nieve. Como hija casada, mi única obligación era llorar a mis padres durante un año. Intenté agradecer a mi madre lo que había hecho por mí, pero no puedo afirmar que me consumiera la pena.

En general podíamos considerarnos afortunados. Tío Lu y yo no nos dijimos nada, pues eso habría sido indecoroso. Cuando salió de su habitación, ya no era un anciano benévolo que pasaba las horas muertas durante su retiro. Enseñaba a mi hijo con tanta intensidad, concentración y dedicación que nunca tuvimos que volver a contratar a un maestro venido de fuera. Mi hijo jamás eludía sus estudios, animado por la certeza de que la noche de su boda y el día en que su nombre apareciera en la lista dorada del emperador serían los más felices de su vida. En el primero estaría cumpliendo su papel de buen hijo; en el segundo pasaría de la oscuridad de nuestro pequeño condado a una fama tan grande que toda China sabría de él.

Pero antes de que eso sucediera mi esposo regresó a casa. No puedo describir el alivio que sentí cuando vi su palanquín acercarse por el camino, seguido de una caravana de carros tirados por bueyes y cargados de bolsas de sal y otros productos. No iba a pasarme nada de aquello que yo había temido y por lo que tantas lágrimas había derramado, o al menos no todavía. Me contagié de la felicidad que expresaban las mujeres de Tongkou mientras nuestros hombres descargaban los carros. Todas llorábamos liberando la tensión, el miedo y el dolor que habíamos soportado. Para mí —para todas nosotras—, mi esposo era la primera buena señal que veía desde hacía varios meses.

Vendieron la sal por todo el condado a gente desesperada pero agradecida. Los insólitos beneficios obtenidos con esas ventas nos libraron de toda preocupación económica. Pagamos nuestros impuestos. Volvimos a comprar los campos que habíamos tenido que vender. La familia Lu recuperó su prestigio y su riqueza. La cosecha de ese año resultó abundante, y por ese motivo el otoño fue aún más festivo. Habíamos capeado los malos tiempos y sentíamos un gran alivio. Mi suegro contrató a unos artesanos, que vinieron a Tongkou y pintaron bajo los aleros de la casa unos frescos que hablarían a los vecinos, y a todos cuantos visitaran el pueblo en el futuro, de nuestra prosperidad y nuestra buena suerte. Podría salir hoy mismo y verlos: mi esposo subiendo a la barca que lo llevaría río abajo, sus tratos con los comerciantes de Guilin, las mujeres de nuestra casa, ataviadas con amplias túnicas, bordando mientras esperábamos y el feliz regreso de mi esposo.

Está todo pintado bajo los aleros tal como sucedió, excepto el retrato de mi suegro. Está representado en una silla de respaldo alto, contemplando con gesto orgulloso todas sus propiedades, pero la verdad es que añoraba a su esposa y ya no tenía ánimos para ocuparse de las cosas mundanas.

Murió un día mientras paseaba por el campo. Nuestro principal deber era ser los mejores dolientes que el condado hubiera visto jamás. Pusieron a mi suegro en un ataúd y lo dejaron fuera cinco días. Con el dinero que habíamos conseguido, contratamos a una banda para que tocara música día y noche. Vino gente de todo el condado para postrarse ante el ataúd. Traían regalos o dinero envuelto en sobres blancos, banderines y rollos de seda decorados con caracteres de la escritura de los hombres que elogiaban a mi suegro. Todos los hermanos y sus esposas fueron de rodillas hasta la tumba. Los vecinos de Tongkou y mucha gente venida de los pueblos cercanos nos siguieron a pie. Con nuestra ropa de luto, formábamos un río blanco que avanzaba lentamente por los verdes campos. Cada siete pasos, todos nos postrábamos y tocábamos el suelo con la frente. La tumba estaba a un kilómetro de distancia, de modo que podéis imaginar cuántas veces nos paramos por aquel pedregoso camino.

Jóvenes y viejos entonaban sus lamentos, mientras la banda tocaba cuernos, flautas, címbalos y tambores. Mi esposo, como era el primogénito, quemó unos billetes y lanzó petardos. Los hombres cantaron sus canciones, y las mujeres, las suyas. Mi esposo también había contratado a varios monjes, que oficiaron ritos para guiar a mi suegro —y a todas las víctimas de la epidemia— hasta una existencia feliz en el mundo de los espíritus. Después del entierro ofrecimos un banquete al que estuvo invitado todo el pueblo. A medida que los comensales regresaban a sus casas, los primos Lu de mayor estatus les entregaban una moneda de la buena suerte envuelta con papel, un trozo de caramelo para eliminar el sabor amargo de la muerte y una toallita para limpiarse. Así transcurrió la primera semana de los rituales. En total hubo cuarenta y cinco días de ceremonias, ofrendas, banquetes, discursos, música y lágrimas. Al final —aunque mi esposo y yo todavía no habíamos terminado el período oficial de luto— todo el condado sabía que nosotros dos nos habíamos convertido, al menos de nombre, en el señor y la señora Lu.

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