El Cuarto Mono
3. Porter. Día 1 – 6:53
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Porter
Día 1 – 6:53
Porter se vio allí, con los ojos clavados en el cadáver, aquel bulto bajo el sudario negro de plástico.
Se había quedado sin palabras.
Nash pidió a los demás agentes y técnicos de criminalística que retrocediesen y le dejaran un poco de espacio a Porter, que le concediesen un momento a solas con la víctima. Se apartaron con paso lento y se situaron detrás de la cinta amarilla que delimitaba la escena, hablando en voz baja mientras observaban. Para Porter, eran invisibles. Tan solo veía la bolsa negra del cadáver y el pequeño paquete que descansaba junto a ella. Los de criminalística lo habían etiquetado como NÚMERO 1, y sin duda lo habrían fotografiado docenas de veces, desde todos los ángulos posibles. Sin embargo, se habían guardado de abrirlo. Eso se lo habían dejado a él.
¿Cuántas cajas exactamente iguales que esta van ya?
¿Una docena? No, más bien cerca de dos docenas.
Hizo la cuenta.
Siete víctimas. Tres cajas cada una.
Veintiuna.
Veintiuna cajas a lo largo de casi cinco años.
Había estado jugando con ellos. Jamás dejaba una pista. Solo las cajas.
Un fantasma.
A cuántos agentes había visto Porter ir y venir del operativo. Con cada nueva víctima, el equipo se ampliaba. La prensa se enteraba entonces de la existencia de una nueva caja, y se arremolinaban como buitres. La ciudad entera se unía en una cacería impresionante. Pero entonces acabaría llegando la tercera cajita, se encontraría el cadáver, y el tío volvería a desaparecer. Perdido entre las sombras del misterio. Pasarían los meses, dejaría de salir en los periódicos. El operativo se iría reduciendo conforme se desmontaba el equipo por otros asuntos más acuciantes.
Porter era el único que lo había soportado desde el principio. Allí estaba él cuando llegó la primera cajita, y la reconoció como lo que era: el inicio del arrebato perturbado de un asesino en serie. Cuando llegó la segunda cajita, después la tercera y, por fin, el cadáver, otros también lo vieron.
Era el comienzo de algo horrible. Algo planificado.
Algo maligno.
Allí estaba él al principio. ¿Se encontraba ahora ante el final?
—¿Qué hay en la caja?
—Aún no la hemos abierto —respondió Nash—, pero creo que ya lo sabes.
Era un paquete pequeño, con una base de unos diez centímetros cuadrados y ocho centímetros de alto.
Como las otras.
Envuelta en papel blanco y sujeta con un cordel negro. La etiqueta del destinatario estaba manuscrita con una letra muy cuidada. No habría ninguna huella, nunca las había. Los sellos eran autoadhesivos, no encontrarían saliva ninguna.
Volvió a mirar hacia la bolsa del cadáver.
—¿De verdad crees que es él? ¿Tenéis el nombre?
Nash lo negó con la cabeza.
—No llevaba encima la cartera ni carné de ninguna clase. Se ha dejado la cara contra el pavimento y contra la rejilla del radiador del autobús. Hemos pasado sus huellas, pero no hemos localizado ninguna coincidencia. No es nadie.
—Sí que es alguien —dijo Porter—. ¿Tienes unos guantes?
Nash se sacó del bolsillo un par de guantes de látex y se los entregó a Porter, que se los puso e hizo un gesto con la barbilla hacia la cajita.
—¿Te importa?
—Te hemos esperado —dijo Nash—. Es tu caso, Sam. Siempre lo ha sido.
Cuando Porter se agachó y alargó el brazo hacia la cajita, uno de los técnicos se acercó a toda prisa toqueteando una cámara de vídeo pequeña.
—Disculpe, señor, pero tengo órdenes de documentar esto.
—Está bien, hijo. Pero solo tú. ¿Estás listo?
Una luz roja parpadeó y cobró vida en el frontal de la cámara, y el técnico asintió.
—Adelante, señor.
Porter giró la caja para poder leer la etiqueta del destinatario y evitó con mucho cuidado las salpicaduras de color carmesí.
—Arthur Talbot, 1.547 de Dearborn Parkway.
Nash soltó un silbido.
—Barrio lujoso. Dinero de familia. Aunque el nombre no me suena.
—Talbot es un banquero de inversiones —respondió el técnico de criminalística—. Muy metido también en el negocio inmobiliario. En los últimos tiempos se ha estado dedicando a convertir en lofts las naves de los almacenes de la orilla del lago, y ha hecho de las suyas para obligar a marcharse a las familias con menos ingresos y sustituirlas con la gente que se puede permitir los alquileres altos y los cafés del Starbucks a diario.
Porter sabía perfectamente quién era Arthur Talbot. Alzó la mirada hacia el técnico.
—¿Cómo te llamas, chico?
—Paul Watson, señor.
Porter no pudo evitar la sonrisa.
—Algún día será usted un excelente detective, doctor Watson.
—No me he doctorado aún, señor. Estoy con la tesis, pero me quedan por lo menos dos años para terminar.
Porter se carcajeó.
—¿Es que ya nadie lee?
—Sam, ¿la caja?
—Cierto, la caja.
Tiró del cordel y observó cómo se desbarataba el nudo y se deshacía. El papel blanco de debajo estaba doblado con precisión en las esquinas, rematado en unos triangulitos perfectos.
Como un regalo. La ha envuelto como si fuera un regalo.
El papel se desprendió con facilidad y reveló una caja negra. Porter dejó a un lado el papel y el cordel, miró a Nash y a Watson y, a continuación, levantó muy despacio la tapa.
Habían lavado bien la sangre de la oreja, y la habían posado sobre una capa de algodón.
Exactamente igual que las otras.