El Cuarto Mono
4. Porter. Día 1 – 7:05
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Porter
Día 1 – 7:05
—Tengo que ver el cadáver.
Nash miró intranquilo a la muchedumbre, cada vez más numerosa.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo aquí? Ahora mismo eres el centro de muchas miradas.
—Montemos una carpa.
Nash hizo un gesto a uno de los agentes.
Quince minutos más tarde, y para consternación del tráfico que afluía a la zona, habían plantado una carpa de tres y medio por tres y medio en la calle Cincuenta y cinco que bloqueaba uno de los dos carriles en dirección este. Nash y Porter cruzaron la portezuela seguidos de cerca por Eisley y Watson. Un agente uniformado se situó ante la puerta por si acaso se colaba alguien más allá de las barreras del perímetro de la escena e intentaba entrar.
Seis focos halógenos de mil doscientos vatios se alzaban sobre unos trípodes amarillos de metal en un semicírculo alrededor del cadáver e inundaban aquel espacio tan reducido con una luz intensa y deslumbrante.
Eisley se inclinó hacia delante y retiró la parte superior de la bolsa.
Porter se arrodilló.
—¿Lo han movido?
Eisley hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Lo hemos fotografiado, y después me he encargado de que lo tapasen lo antes posible. Así es como ha caído.
Estaba boca abajo sobre el asfalto. Tenía un pequeño charco de sangre cerca de la cabeza, con un hilillo que caía hacia el borde de la carpa. Llevaba muy corto el pelo, de color oscuro con un moteado gris.
Porter se puso otro par de guantes de látex que cogió de una caja a su izquierda y levantó con cuidado la cabeza del hombre, que se separó del asfalto con el sonido de un sorbetón no muy distinto del de las golosinas de fruta al quitarles el celofán. Le rugió el estómago, y se dio cuenta de que no había comido nada aún. Quizá fuese bueno.
—¿Podéis ayudarme a darle la vuelta?
Eisley cogió el hombro de la víctima, y Nash se situó a sus pies.
—A la de tres. Uno, dos…
Era demasiado pronto para el rigor mortis; el cuerpo seguía suelto. Parecía que la pierna derecha estaba fracturada al menos por tres sitios; también el brazo izquierdo, puede que más.
—Dios. Qué repugnante. —Nash tenía los ojos clavados en el rostro del hombre. Para ser más exactos, allí donde debería haber estado su rostro. Los pómulos habían desaparecido, solo quedaban unos desgarrones. La mandíbula era claramente visible, pero estaba rota: la boca abierta de par en par como si alguien hubiese agarrado ambos maxilares y los hubiera desquijarado hasta dejarlos como una trampa para osos. Tenía un ojo reventado que supuraba humor vítreo. El otro, verde bajo aquella luz tan intensa, los observaba con una mirada vacía.
Porter se inclinó para acercarse más.
—¿Crees que podrás reconstruir esto?
Eisley asintió.
—Pondré a alguien en ello en cuanto nos lo llevemos al laboratorio.
—Es difícil asegurarlo, pero, basándonos en su complexión y en las canas dispersas, yo diría que tiene unos cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, como máximo.
—También debería poder darte una edad más precisa —dijo Eisley. Estaba examinando los ojos del hombre con una linterna de bolsillo—. La córnea sigue intacta.
Porter sabía que podían calcular la edad datando con carbono la materia ocular; el «método Lynnerup», lo llamaban. El proceso podría reducir a uno o dos años el margen de error en la edad.
Aquel hombre vestía un traje azul marino de raya diplomática. La manga izquierda estaba hecha jirones; un hueso quebrado asomaba a la altura del codo.
—¿Ha encontrado alguien el otro zapato?
Le faltaba el derecho. El calcetín, oscuro, lo tenía empapado de sangre.
—Lo ha recogido un agente. Está encima de aquella mesa. —Nash señaló hacia el fondo, a la derecha—. También llevaba un sombrero tipo fedora.
—¿Un fedora? ¿Es que se han vuelto a poner de moda?
—Solo en las pelis.
—En este bolsillo hay algo. —Watson estaba señalando el bolsillo del pecho en la parte derecha de la chaqueta del hombre—. Es cuadrado. ¿Otra cajita?
—No, demasiado fino. —Porter le desabrochó la chaqueta con mucho cuidado, metió la mano y extrajo un cuaderno Tops pequeño, de esos que llevaban los alumnos antes de las tabletas y los móviles: de once y medio por nueve, con la cubierta en blanco y negro y páginas pautadas con raya ancha. Estaba prácticamente lleno, cada página repleta de una letra tan menuda y precisa que dos líneas ocupaban el espacio destinado a una sola en condiciones normales—. Aquí podríamos tener algo. Parece una especie de diario. Buena captura, Doc.
—No soy…
Porter le hizo un gesto con la mano.
—Que sí, que sí. —Se volvió hacia Nash—. Creí haberte oído decir que le habíais mirado en los bolsillos, ¿no?
—Solo hemos buscado la cartera en los pantalones. Quería esperarte antes de ocuparnos del cuerpo.
—Entonces deberíamos comprobar el resto.
Empezó por el bolsillo delantero derecho de los pantalones. Los volvió a mirar por si acaso habían pasado algo por alto, y a continuación repasó el resto del cuerpo. Conforme iban apareciendo los objetos, los fue dejando a su lado con delicadeza. Nash los etiquetaba y Watson los fotografiaba.
—Ya está. No hay mucho en lo que basarnos.
Porter examinó los objetos:
El recibo de una tintorería
Un reloj de bolsillo
Setenta y cinco centavos en distintos tipos de monedas
El recibo era genérico. Aparte del número 54873, no contenía ninguna información identificativa, ni siquiera el nombre o dirección del negocio.
—Buscad huellas en todo esto —indicó Porter.
Nash frunció el ceño.
—¿Para qué? Si ya lo tenemos a él, y sus huellas han dado negativo.
—Será que tengo la esperanza de que suene la flauta. A lo mejor encontramos alguna coincidencia que nos conduzca a alguien que lo pueda identificar. ¿Qué opinas del reloj?
Nash lo sostuvo a la luz.
—No conozco a nadie que lleve ya un reloj de bolsillo. Pienso que es posible que este hombre sea más mayor de lo que crees, ¿no?
—El sombrero tipo fedora también lo sugeriría.
—A menos que le vaya el vintage, simplemente —señaló Watson—. Conozco a muchos así.
Nash pulsó la corona, y la tapa del reloj se abrió de golpe.
—Vaya.
—¿Qué?
—Está parado en las tres y catorce. Esa no es la hora a la que este hombre se ha llevado el golpe.
—¿Lo habrá sacudido el impacto, quizá? —pensó Porter en voz alta.
—Aun así no tiene un rasguño, ni rastro de daños.
—Podría ser algo interno, o quizá no le hayan dado cuerda. ¿Puedo echarle un vistazo?
Nash le entregó a Porter el reloj de bolsillo.
Hizo girar la corona.
—Está suelta. El muelle no engancha. Pero es una pieza asombrosa, hecha a mano, diría yo. De coleccionista, seguro.
—Tengo un tío —anunció Watson.
—Vale, pues enhorabuena, chaval —respondió Porter.
—Tiene un comercio de antigüedades en el centro. Seguro que nos puede dar alguna idea sobre esto.
—De verdad estás intentando ganarte hoy la medalla, ¿eh? Vale, tú te encargas del reloj. Cuando todo esto quede registrado en el inventario, llévatelo para allá a ver qué puedes averiguar.
Watson asintió con una enorme sonrisa en la cara.
—¿Alguien ha visto algo extraño en la ropa que lleva?
Nash examinó el cuerpo una vez más y negó con la cabeza.
—Los zapatos están bien —dijo Eisley.
Porter sonrió.
—¿Verdad que sí? Son unos John Lobb. Salen a unos mil quinientos el par. Sin embargo, el traje es barato, puede que de unos grandes almacenes o un centro comercial. No más de doscientos o trescientos en el mejor de los casos.
—¿Y entonces qué crees? —preguntó Nash—. ¿Que trabaja en el sector del calzado?
—No estoy seguro. No quiero sacar conclusiones precipitadas. Es solo que parece raro que alguien se gaste tanto en unos zapatos sin gastar el equivalente en el traje.
—A menos que se dedique a vender zapatos y tenga algún tipo de descuento, ¿no? Eso sí tiene sentido —dijo Watson.
—Me alegro de que coincidas. Si haces comentarios estúpidos, te retiramos la medalla.
—Perdón.
—No pasa nada, Doc. Solo te estoy tocando las pelotas. Me metería con Nash, pero a estas alturas ya está demasiado acostumbrado a mis gilipolleces, y ya no tiene gracia. —La atención de Porter se centró de nuevo en el cuadernillo—. ¿Te importa darme eso?
Watson se lo entregó, y Porter lo abrió por la primera página. Entrecerró los ojos mientras repasaba el texto.
Hola, amigo mío:
Soy un ladrón, un asesino, un secuestrador. He matado por diversión. He matado porque era necesario. He matado por odio. He matado simplemente para satisfacer esa necesidad que suele crecer dentro de mí con el paso del tiempo, una necesidad muy similar a un hambre que solo puede saciar la tentación de la sangre o el canto que hay en el grito del tormento.
No le cuento esto para atemorizarle ni para impresionarle, sino con la simple intención de hacer constar los hechos, poner mis cartas sobre la mesa.
Tengo un C. I. de 156, el de un genio, según parece. Dijo un sabio una vez: «Medir tu propio cociente intelectual, tratar de etiquetar tu inteligencia, es un signo de tu propia ignorancia». Yo no pedí que me sometieran a test alguno, me lo hicieron sin más. Interprételo como quiera.
Nada de esto determina quién soy, solo qué soy. Por eso he decidido ponerme ante el papel, compartir lo que estoy a punto de compartir. Sin compartir el conocimiento, no puede haber crecimiento. No aprenderán, como sociedad, de sus numerosos errores, y tienen mucho que aprender.
¿Quién soy? Decir mi nombre le quitaría la diversión a todo esto, sin más, ¿no le parece?
Lo más probable es que me conozcan como el Cuarto Mono. ¿Por qué no lo dejamos ahí? ¿El CM, quizá, para aquellos de ustedes tan propensos a abreviar? Lo más sencillo, que no hay por qué excluir a nadie.
Cuánto nos vamos a divertir, usted y yo.
—Me cago en la puta —masculló Porter.