El Cuarto Mono
25. Diario
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Diario
Me encontré a padre y a madre rodando por el suelo ensangrentado, con los brazos y piernas entrelazados en un abrazo. Aullaban como unos escolares en el clímax del recreo. Me llevé el dedo a los labios y les chisté para que guardaran silencio.
—¿Qué hay, campeón? —dijo padre, que se detuvo lo suficiente para quitarse de la cara un largo mechón de pelo de madre que le dejó un rastro carmesí y, quizá, un poco de tejido adiposo. Era difícil saberlo; estaba hecha un desastre.
—La señora Carter está arriba, en la puerta de atrás —expuse en voz baja—. Está buscando al señor Carter. Le ha visto entrar antes con madre. Yo la he visto a ella desde el jardín.
Costaba interpretar el rostro de padre, siempre fue así. Se volvió hacia madre.
—¿Es eso cierto? ¿Lo ha visto?
Madre se encogió de hombros.
—Es posible, supongo. Su marido se ha comportado de un modo completamente irracional, violento, incluso. Yo me he limitado a defenderme. Lisa lo entenderá. Es una mujer muy comprensiva.
La mirada de padre recorrió el sótano, contemplando la escena. El señor Carter yacía en un montón de sangre, encadenado aún a la tubería, con el cuerpo mucho más destrozado que cuando yo me había cansado y regresado arriba. Habían seguido después de que muriese, haciéndole tajos y cortes. Lo que quedaba no era un hombre ya. Era un montón de carne, el juguete del que se ha cansado un depredador.
—Está arriba —insistí—. Ahora mismo.
Madre suspiró.
—Pues no estamos en condiciones de recibir visitas.
Padre se carcajeó con aquello.
—A lo mejor deberíamos pedirle que se pase más tarde, ¿no?
—Creo que el pestillo de la puerta de atrás no está echado. Podría entrar —dije—. Podría estar dentro ahora mismo.
Padre se soltó de madre y se levantó.
—Eso sería de lo más desafortunado.
No me quedó más remedio que estar de acuerdo.
—¿Crees que podrás librarte de ella? —me preguntó padre.
—N… no sé —tartamudeé.
—Pero si ya eres mayorcito, campeón, casi el hombre de la casa. Eres más listo que ella, no tengo ninguna duda al respecto. Resuélvelo, busca algún modo.
La señora Carter no podía ver a padre y a madre, no de aquella manera. Y ellos jamás podrían escabullirse de ella. La puerta del sótano se veía directamente desde la puerta de atrás.
Una parte de mí esperaba que hubiese entrado en la casa, que estuviera en los escalones ahora mismo, escuchando. Pensé en ella en el lago; pensé en cómo sería tenerla a ella encadenada en el sótano.
—¿Qué me dices, campeón? ¿Crees que podrás arreglártelas con ella?
Asentí.
—Sí, señor.