El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


26. Emory. Día 1 – 15:34

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Emory

Día 1 – 15:34

Emory estaba acurrucada en un rincón debajo de la camilla, presionándose con una mano el oído, y con la otra oreja contra la pared. Sin embargo, no era capaz de bloquear el paso de aquella música. Estaba demasiado alta, más que cualquier equipo estéreo que hubiese escuchado nunca. La primavera pasada había ido al concierto de los Imagine Dragons, en el Allstate Arena, con Kirstie Donaldson, y les tocó a apenas un metro del escenario, justo delante de la torre más grande de amplificadores que jamás habían visto. Eran tan potentes que el sonido les soplaba el pelo de encima de los hombros, hacia atrás, lo cual les sirvió para hacerse unos selfis espectaculares.

Esto sonaba mucho más alto. No solo más alto, sino que la música rebotaba en las paredes. Reverberaba. El ritmo le sacudía los huesos.

Cuando comenzó a sonar aquello —le parecía que hacía horas—, chilló con todas sus fuerzas, pero la música tapaba su voz, que se perdía detrás de Pink Floyd, después Janis Joplin, seguidos de una docena de grupos que reconoció, pero cuyo nombre ignoraba. Gritó de todas formas, con la ira, el odio y el temor que ardían dentro de su ser y necesitaban una válvula de escape. Chilló hasta que se le quedó la garganta en carne viva y estuvo segura de haberse quedado sin voz, pudiese oírla ella o no. Vociferó hasta que la lengua se le quedó como el papel de lija y una migraña le empezó a punzar detrás de los ojos.

Emory trató de hundir la cabeza entre las rodillas, y eso le sirvió de ayuda durante un rato, pero ya le ardía el hombro derecho a causa del ángulo tan incómodo. Tiró de las esposas por pura frustración, pero solo se le clavaron más en la muñeca. Tenía ganas de llorar, pero se había quedado sin lágrimas hacía horas.

Qué frío tenía.

En contacto con su cuerpo desnudo, toda superficie le parecía húmeda y gélida.

—¿Mamá? —A pesar de haber dicho aquella palabra en voz alta, no la oyó. Desapareció tras la sintonía de la serie CSI, la canción de los Who. O de los A-mí-qué-c…—. ¿Sigues ahí, mamá?

Levantó la cabeza de entre las rodillas y miró hacia arriba. La música llegaba de algún lugar muy por encima de ella. En el transcurso de las horas, la vista se le había adaptado ligeramente a la oscuridad, y, aunque seguía siendo absoluta, ahora podía distinguir algunas formas sutiles. Percibía su mano, por encima de ella, esposada a la barandilla, e incluso un poco de la propia barandilla. Trató de deslizar las esposas de un lado al otro con la esperanza de que acabaran saliendo por el extremo, pero tras girar en un recodo hicieron un sonido metálico al chocar contra otra barra, que la atravesaba e impedía que fueran más allá. Entonces…

Algo le pasó junto al pie correteando, y Emory chilló a la vez que recogía las piernas de golpe.

¿Qué había sido eso? ¿Una cucaracha?

No. Era demasiado grande para ser una cucaracha. Tal vez un ratón, o una…

Por favor, que no fuera una rata. Odiaba las ratas. A veces las veía asomar por las alcantarillas. Los ojitos brillantes y unos dientes amarillos y afilados que castañeteaban de hambre mientras salían correteando hacia los contenedores de los callejones en busca de comida. Se comían lo que fuera. Alguna vez había oído que habían atacado a un sin techo en hordas, o en manada, solo que se le daba otro nombre. Había oído la expresión; le salió en un examen de ciencias. Una colonia. Eso era. A una población de ratas se le llamaba «colonia». Por aquel entonces ya le pareció un nombre ridículo, y más se lo parecía ahora, pero ahí estaba. Lo único peor que una rata era que hubiese más de una rata. Una colonia.

—¿Mamá?

Algo le rozó el muslo, pegó un bote y se golpeó la cabeza contra la camilla. Por favor, no, ratas no. Podían ver en la oscuridad, y muy bien, probablemente. Se imaginó a la criaturilla peluda, allí, en el rincón, mirándola con aquella boca minúscula llena de babas y enfermedades.

No quiero ponerme en plan cenizo, pero tengo que preguntarlo. ¿Qué suele comer una rata que está encerrada en un cofre de cemento con una chica desnuda?

Emory soltó un gruñido, y por un segundo se oyó. Entonces arrancó un solo de guitarra que achicharró el rastro de cualquier otro sonido. Se ayudó de manos y pies para subirse a la camilla.

Sé que las ratas no tienen manías a la hora de comer. Suelen agradecer cualquier alimento que se les ofrezca. Aun así, me imagino que una chica joven y tierna será el plato estrella del menú, ¿no te parece? Serás como la carne de Kobe en comparación con un correoso viejo sin techo.

Emory observó la oscuridad a su alrededor. La sentía allí abajo, mirándola, pero no podía verla.

Me pregunto si saben trepar.

La camilla chirrió cuando Emory arrastró el culo hasta el centro.

Si son muchas, seguro que son capaces de formar una pirámide y llegar hasta arriba. Esos bichos tienen muchos recursos. Me han contado que a veces muerden a su víctima en la mejilla para obligarle a abrir los ojos y así poder sacárselos. Echan el cebo y luego dan el cambiazo. Qué perversas son. Unos bichitos perversos, llenos de maldad.

—No es una rata —se dijo Emory—. ¿Cómo iba a entrar aquí una rata?

Ah, esa es la cuestión; aunque si a ti te ha metido aquí, quizá haya metido también una rata, o dos, o tres. Al fin y al cabo, ese tío se dedica a cortar trozos del cuerpo y a enviárselos por correo a las familias; su entretenimiento preferido es cuando menos discutible. Tal vez le falte un hervor.

El corazón de Emory palpitaba con fuerza: un rítmico «pum, pum, pum» que le martilleaba la oreja herida.

Esta vez sí que vio a la rata cuando pasó correteando, aunque solo fuera un segundo antes de que aquel roedor pequeño y rechoncho desapareciese en la penumbra.

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