El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


27. Diario

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27

Diario

Subí los peldaños a paso de tortuga mientras me devanaba los sesos tratando de idear una historia creíble. ¿Cómo evitar, así, sin más, que la señora Carter entrase en casa o, peor…, que bajase al sótano?

Me la encontré sentada a la mesa de la cocina. Había estado llorando de nuevo. Se dio unos toquecitos en los ojos con una servilleta húmeda mientras pellizcaba una rebanada de pan.

Al llegar a lo alto de la escalera, cerré la puerta a mi espalda. El marco solía hincharse durante los meses de verano, y tuve que dar un buen tirón del picaporte para que se cerrase bien.

Atravesé la cocina y me senté a la mesa con los ojos clavados en el estofado frío.

—Tenemos un problema con el calentador de agua, y madre está abajo ayudando a padre a tratar de arreglarlo.

Pronuncié aquellas palabras en voz baja, tanto que apenas pude oírlas. No era la mentira más creativa del mundo, pero tendría que valer. Alcé la mirada hacia ella, hacia su rostro cansado.

La señora Carter me correspondió. Las magulladuras se habían oscurecido más en cuestión de minutos; la hinchazón había empeorado. ¿Cómo podía un hombre hacerle tal cosa a alguien a quien quería? La rodilla de la señora Carter rebotaba bajo la mesa. Al hablar, su voz fue débil y distante.

—Está muerto, verdad.

Fue más una afirmación que una pregunta, llana, sin el menor rastro de emotividad.

—Están enfrascados con el calentador de agua. Arreglar ese trasto viejo puede ser un verdadero fastidio —afirmé.

Hizo otro gesto negativo con la cabeza y suspiró.

—Puedes decirme la verdad. No pasa nada.

Padre me había pedido que me las arreglara con ella. Quería que lo resolviese. Si se lo contaba, ¿la matarían también a ella? Y si tuviera que morir, ¿sería entonces culpa mía?

No obstante, la mujer tenía que saberlo. Tenía todo el derecho a saberlo. Si no se lo contaba, ¿qué haría ella? ¿Irse a casa y llamar a la policía? Peor aún, ¿decirles que el señor Carter había venido aquí y que no había regresado a casa? Tenía que contárselo.

—Ha intentado hacer daño a madre. Ella se ha defendido. Nadie la culparía por hacer eso.

La señora Carter volvió a suspirar. Apretó la mano en torno a la servilleta arrugada que tenía en la palma.

—No, supongo que no.

—Debería acompañarla a casa —le dije.

La señora Carter se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—¿Y qué… qué han hecho con…? Oh, Dios mío, ¿de verdad está muerto?

Surgieron más lágrimas. Años después reflexionaría sobre esto. Era como si a las mujeres no se les acabaran nunca. Con qué facilidad y con qué fuerza se les saltaban ante un estímulo emocional. A los hombres, sin embargo, no. Los hombres rara vez lloraban, y no por emotividad, en cualquier caso. A ellos, era el dolor lo que les hacía llorar como magdalenas, el dolor les abría a tope la espita. Las mujeres eran perfectamente capaces de arreglárselas con el dolor, pero no con las emociones. Los hombres se las arreglaban con las emociones, pero no con el dolor. Las diferencias eran sutiles a veces, pero ahí estaban.

Yo jamás lloraba. Dudaba de que fuese capaz siquiera.

Me levanté de la silla y le ofrecí la mano a la señora Carter.

—Vamos. Déjeme llevarla a casa.

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