El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


28. Porter. Día 1 – 16:17

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Porter

Día 1 – 16:17

El agente Thomas Murray recibió a Porter y Nash en la puerta principal del apartamento de Emory con un café en una mano y un sándwich de jamón en la otra. Murray tenía mayonesa en la comisura de los labios y un pegote que le caía lentamente por la camisa del uniforme. Porter pensó en advertirle sobre la salsa errante, pero decidió dejarlo. Sentía curiosidad por ver cuánto tardaría en terminar de deslizarse por la pechera de la camisa y caer al suelo. Nash también lo captó, pero no dijo nada. Ambos cruzaron una mirada de complicidad.

—¿Poniéndote cómodo? —le preguntó Porter al entrar.

Murray dio un mordisco al sándwich y se limpió la boca con la manga.

—Mejor que tirarte ocho horas encerrado en un coche patrulla —masculló mientras masticaba. Hizo un gesto con la cabeza hacia atrás para señalar el salón—. Ese sofá de ahí tiene vibromasaje o algo así. Te sientas ahí y los cojines te masajean. No sé cómo, pero la televisión sabe que estás delante: se enciende cuando entras en la habitación. No es que me haya sentado estando de servicio, en cualquier caso no más de un minuto o dos. Ah, y abajo tienen un restaurante y un delicatessen. De ahí he sacado esto. Podría ser el mejor sándwich que he tomado nunca. —Le dio otro mordisco, y un trozo de jamón cayó del pan y le aterrizó en el zapato.

—¿Dónde está la mujer, Tom? —preguntó Porter, a quien se le estaba acabando la paciencia.

Murray señaló el pasillo y casi tira el café.

—Está en su habitación, la puerta de la izquierda, no la de la derecha. Su nombre de pila es Nancy, por cierto. Nancy Burrow. Vaya pronto que tiene la tía.

Porter lo apartó y avanzó por el pasillo. Murray fue tras él.

Cuando Nash pasó por delante le dijo:

—Yo quiero uno de esos.

Murray frunció el ceño.

—¿El sándwich o el café?

—El sofá —respondió Nash.

—Ah, yo también. —Murray dio otro mordisco y soltó un juramento cuando la mayonesa terminó su excursión y aterrizó en el suelo de parqué con un contundente paf.

La puerta del dormitorio estaba cerrada. Porter llamó con suavidad.

—¿Señora Burrow? Soy el detective Sam Porter, de la Metropolitana de Chicago. ¿Puedo pasar?

—Está abierto, detective —respondió desde el otro lado la voz de una mujer. Tenía un ligero acento australiano que le recordó el de Nicole Kidman.

Porter giró el picaporte y abrió la puerta.

Vale. Una Nicole Kidman muy grande. De ciento quince kilos por lo menos, tal vez más.

Nancy Burrow estaba sentada ante la mesa del rincón, con un libro sobre su relleno regazo. Frunció el ceño cuando entró Porter.

—Ese neandertal de ahí fuera me ha encerrado en mi habitación mientras saqueaba la cocina y Dios sabe qué más. Puede tener usted la completa certeza de que presentaré una queja ante su supervisor, por no mencionar al señor Talbot. No va a tolerar esto, se lo aseguro. Alguien ha tenido el valor, incluso, de registrar mi ropa, mis objetos personales. ¿Qué les da derecho a hacer semejante cosa?

Porter le ofreció su mejor sonrisa en plan «venimos en son de paz».

—Mis disculpas, señora Burrow. Todos estamos intentando hacer cuanto podemos para encontrar a Emory. El señor Talbot nos ha dado permiso para entrar en el inmueble. No había nadie aquí y nos hemos puesto a buscar cualquier cosa que nos pudiera ayudar a localizar a su querida hija. Si hemos revuelto sus objetos personales, en el fondo ha sido con la mejor intención.

Entornó los ojos.

—¿Y esperaban encontrar una pista en el cajón de mi ropa interior?

Porter no tenía respuesta para eso. Miró a Nash, que se limitó a encogerse de hombros. Decidió pasar por alto aquella pregunta.

—¿Qué le parece si nos cuenta dónde ha estado?

—He ido de compras.

—Traía cosas del supermercado cuando ha vuelto —dijo Murray desde la puerta—, pero se me escapa cómo puede alguien pasarse siete horas en el súper.

La mujer soltó un profundo suspiro.

—Si quieren saberlo, hoy es mi día libre. He ido a la peluquería y he hecho algunos recados más. ¿Desde cuándo es un delito salir de tu apartamento?

Porter cambió el peso del cuerpo a la otra pierna.

—¿Cuándo ha sido la última vez que ha visto a Emory, señora Burrow?

—Se marchó a correr ayer por la tarde, hacia las seis. A y cuarto, como muy tarde —dijo—. Tenía pinta de ir a llover, pero quiso ir de todas formas.

—¿Y no se preocupó usted al ver que no volvía?

Burrow negó con la cabeza.

—Di por sentado que se habría ido a casa de su novio. Han estado pasando mucho tiempo juntos últimamente.

—¿En qué momento se dio cuenta de que algo iba mal?

Su mirada se dirigió al libro que tenía entre las manos.

—No estoy segura de haberme dado cuenta. Como le he dicho, a veces se va a casa de su novio.

—Tiene quince años —dijo Nash—. ¿A las ocho? ¿Las nueve? ¿Las diez? ¿A qué hora tiene que estar en casa? Tengo una hija de la misma edad, y no la dejaría salir a correr de noche por la ciudad de ninguna de las maneras, y menos con un chico.

—Yo no soy su madre, detective.

Porter hizo un gesto hacia las fotografías de su mesilla de noche.

—Usted ha desempeñado un importante papel en su educación. Resulta obvio que la chica le importa.

Burrow estudió las fotografías y se volvió hacia los detectives.

—He hecho cuanto estaba en mi mano para estar ahí cuando me necesitaba, y seré la primera en reconocer que, con el paso de los años, nos hemos unido bastante, pero su padre ha dejado bien claro que solo soy un miembro de su personal, nada más, alguien a quien podría sustituir con facilidad llegado el caso de que sobrepasara determinadas líneas. Dejando a un lado mis sentimientos hacia Emory, disfruto con este trabajo, y no albergo el menor deseo de ver cómo me quedo sin él.

—¿Y cuál es exactamente su trabajo, señora Burrow? —le preguntó Nash.

—Fundamentalmente, soy la institutriz de Emory. Estoy con ella desde que falleció su madre. Superviso sus estudios y también al personal de servicio.

—¿Como la señora Doubtfire?

La mujer frunció el ceño.

—¿Quién?

Porter empujó a Nash para que se hiciese a un lado.

—Olvídelo. ¿Emory no va al instituto? —preguntó Porter.

La mujer dejó escapar otro suspiro prolongado.

—El sistema educativo de su país deja mucho que desear, detective. El señor Talbot quería que Emory recibiese la mejor educación posible, y ese nivel solo se puede alcanzar de manera individualizada. Me gradué en Oxford con las mejores notas de mi clase, y pasé también tres años en el Centro de Investigaciones para la Familia de Cambridge. He creado un entorno donde el intelecto de Emory pueda florecer en lugar de verse frenado por la incompetencia de su profesorado y de los compañeros que encontraría en un instituto local. A los seis años ya leía a un nivel de quinto curso; sus conocimientos matemáticos a los doce años superaban los niveles de sus institutos. El año que viene estará preparada para marcharse a la universidad, dos años antes que la mayoría de los alumnos en este país.

Afirmó aquellos datos como si los estuviera leyendo de su propio currículo, advirtió Porter. Lo más probable era que hubiese defendido la modalidad de la enseñanza en casa en más de una ocasión.

—¿Quién le impone disciplina? ¿Quién le dice que no beba alcohol? ¿Quién investiga a sus novios? ¿Y cómo es que tiene novio a los quince años? —preguntó Nash.

La señora Burrow puso los ojos en blanco.

—Si le inculca a una niña los valores correctos a una edad temprana, se encontrará con que su madurez supera con creces la de la mayoría. Una niña así se merece la confianza.

—Así que si quiere correr por la ciudad a cualquier hora de la noche, no pasa nada si uno mira para otro lado, ¿no? —gruñó Nash.

—Ya es suficiente, Nash —le dijo Porter.

—Lo siento, pero a mí me parece que si esa chica tuviera en su vida la figura de unos padres, no saldría a correr por ahí cuando está a punto de anochecer. ¿Por qué no había nadie controlándola un poco mejor?

Burrow frunció el ceño.

—Emory es una chica especial. Es inteligente, y tiene recursos, mucho más que yo a su edad, muchísimo más que la mayoría. Mientras lleve sus estudios al día, no hay razón para contrariarla.

Nash estaba rojo de ira.

—¿Contrariarla? Pero ¿quién coño está al mando aquí?

Burrow ya había tenido suficiente.

—Detective Nash, en última instancia, yo trabajo para el señor Talbot. Mis deberes terminan en las calificaciones de esa chica. Si él quisiera que yo desempeñase algún tipo de papel parental, estaría más que dispuesta a hacerlo, pero no era eso lo que él quería cuando me contrató, ni tampoco es un papel del que él desee que me encargue ahora. Si tiene usted alguna pregunta o preocupación respecto a la educación que ha recibido Emory, o sobre su entorno, le sugiero que se dirija directamente al señor Talbot. No espere que me quede aquí sentada mientras se me reprende por unas circunstancias que escapan a mi control. Estoy hablando con ustedes de manera voluntaria, y usted me está dando pocos motivos para continuar.

Nash estaba a punto de abrir la boca y contestar cuando Porter le tocó en el hombro.

—¿Por qué no te vas a dar un paseo y te desahogas un poco? Yo terminaré con esto.

Nash les lanzó a ambos una mirada de frustración y salió airado del cuarto.

—Mis disculpas, señora Barrow. Eso ha sido poco profesional y completamente injustificado.

La mujer se frotó la barbilla.

—Comprendo sus preocupaciones, pero sin conocer al señor Talbot o a Emory…

Porter levantó la mano.

—No hace falta ninguna explicación.

—Me preocupo por ella, de verdad que lo hago. Me duele pensar que pueda estar pasándolo mal.

—¿Cuándo ha sabido que la habían secuestrado? —preguntó Porter.

—El señor Talbot se ha puesto en contacto conmigo hace una hora —respondió ella—. Estaba alterado, prácticamente histérico. Me ha contado que estaba jugando al golf con su abogado cuando se han presentado dos detectives que le buscaban para darle la noticia. —Hizo una pausa—. Como es mi día libre, tenía el móvil apagado. De lo contrario, estoy segura de que me habría enterado antes. He venido aquí directamente después de recibir la noticia. —Respiró hondo—. De haberlo sabido antes…

Porter le puso la mano en el hombro.

—Está bien, señora Burrow. Ya está usted aquí.

La mujer asintió y forzó una sonrisa.

—¿Cómo es la relación de la chica con su padre?

Burrow suspiró.

—¿Sabe usted? Hasta esta mañana, la única emoción que ese hombre había expresado era la ira. Suele ser muy distante, cauto, en especial con Emory. Rara vez viene a visitarla. Me pide que le redacte informes sobre la evolución semanal de sus estudios. Así es como se mantiene informado sobre ella, siempre en la distancia. Comprendo que sea necesaria cierta discreción, pero sigue siendo su padre. Sería lógico pensar que querría implicarse más.

—Pero sí hablan por teléfono, ¿verdad?

La mujer se encogió de hombros.

—Hablan, pero sus conversaciones no suenan como las de un padre con su hija. Esa chica tiene un benefactor, nada más, y es muy consciente de ello. Ella le teme y desea complacerle, pero no hay mucho amor ahí. Por eso me ha sorprendido tanto la reacción de él.

Se inclinó hacia delante y bajó la voz.

—Si me hubiera preguntado hace una semana, le habría dicho que, en lugar de soltar una lágrima, era más probable que ese hombre sonriese al enterarse de la noticia del secuestro de la chica. El hecho de tener una hija ilegítima pendiendo sobre su cabeza durante todos estos años es un problema que no se arregla necesariamente a base de dinero, y eso le corroe. No le entusiasma nada que no pueda controlar. Puede llegar a ser un hombre frío, muy frío.

—¿Cree usted que podría estar implicado?

Burrow se lo pensó un instante, y entonces se incorporó.

—No. Ese hombre es un malnacido sin corazón, pero no creo que esté dispuesto a hacer daño a alguien de su propia sangre, o a ninguna otra persona, para el caso. Si quisiera quitarla de en medio, habría hecho algo hace muchos años. A esa chica no le falta de nada. Él se asegura de que tenga lo mejor que el mundo pueda ofrecer.

—¿A cambio de silencio? —preguntó Porter.

—A cambio de colaboración —respondió ella—. Jamás le he oído pedirle que mantuviese su relación en secreto. Hay entendimiento entre ellos dos, así de sencillo.

En la puerta, Murray mordió una patata frita. Porter le puso mala cara, y el agente levantó las manos para darse por vencido y abandonó la habitación. El detective volvió a mirar a la señora Burrow.

—¿Ha visto algo raro en los días o semanas anteriores a su secuestro de ayer? ¿Le mencionó ella algo? ¿Alguien que la siguiese, o alguna llamada extraña por teléfono? ¿Algo que se saliera de lo normal?

Burrow negó con la cabeza.

—No recuerdo nada.

—¿Ella se lo contaría?

—Al contrario de lo que su compañero pueda creer, Emory y yo estábamos, quiero decir estamos, unidas. Ha confiado en otras cuestiones. Si algo la tuviese preocupada, creo que lo habría mencionado.

—¿Otras cuestiones?

Se ruborizó.

—Cosas de chicas, detective. Nada digno de mención.

—Es bastante probable que el hombre que se la llevó la estuviera observando durante un tiempo. ¿Hay alguien nuevo en su vida? ¿Ha visto en el edificio últimamente a alguien a quien no reconociese? ¿O, quizá, a alguien a quien haya visto por aquí y lo haya vuelto a ver en algún otro sitio, como en el supermercado, hoy?

—¿Cree que la ha seguido?

Porter se encogió de hombros.

—No lo sabemos. Puedo decirle que es extremadamente cuidadoso. No deja nada al azar. No creo que llevársela del parque fuese una decisión que tomara al vuelo. Lo más probable es que la tuviera controlada, que averiguase sus hábitos, que supiera con antelación dónde y cuándo era probable que estuviese la chica. Es muy posible que también la siguiera a usted.

La mujer bajó la mirada a las manos, negándolo con la cabeza.

—No recuerdo a nadie así. Este edificio es extremadamente seguro. ¿Cree que podría haber entrado?

—Ya se ha colado en edificios mucho más seguros que este. Si hubiera tenido un motivo para entrar aquí, creo que habría encontrado la manera.

La señora Burrow frunció los labios.

—El libro.

Porter arrugó las cejas.

—¿Qué libro?

Burrow se levantó, apartó a Porter para salir por la puerta y casi se da de bruces con Murray en el pasillo. Al perseguirla con rapidez, Porter no pudo evitar maravillarse ante su velocidad. Era una mujer bastante grande, al fin y al cabo. Se la encontró de pie ante la mesa del rinconcito. Sostenía el libro de cálculo que ya habían visto antes.

—Lo vi hace tres días y le pregunté a Emory por él. Terminó cálculo hace dos años. Me pareció extraño que comprase un libro sobre esta materia, y en especial uno tan trillado como este. Sus estudios superaron con creces cualquier cosa que le pueda ofrecer este texto. Me dijo que no lo había comprado, que no sabía de dónde había salido.

Porter observó el libro con una mirada cautelosa.

—Por favor, señora Burrow, deje el libro en la mesa.

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