El Cuarto Mono
36. Porter. Día 1 – 17:32
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Porter
Día 1 – 17:32
Cuando Espinosa y su equipo salieron en fila por la puerta, Porter se adentró un poco más en la habitación.
—¡Nash, Clair, coged una linterna y venid aquí! —gritó volviendo la cabeza por encima del hombro.
Arrodillado junto al cuerpo, dio una palmada con toda la fuerza que fue capaz de reunir. El restallido retumbó por la habitación e hizo salir correteando a las ratas de debajo del cuerpo. Dio otra palmada, y dos más salieron disparadas a esconderse. Con las palmas rojas y doloridas, dio una tercera palmada, y otra más salió pitando con restos de carne que le colgaban de los dientes apretados. Parecía un trozo de oreja.
Un haz de luz blanca bailó por la pared opuesta. Porter se volvió para encontrarse a Nash de pie detrás de él, cubriéndose la boca con la manga de la chaqueta.
—Por Cristo bendito —exclamó.
—Déjame ver eso —dijo Porter señalando la linterna con un gesto.
Nash se estiró y le entregó la linterna, con los pies clavados en el sitio con firmeza.
—Aj, hostia —tosió Clair tapándose la boca—. ¿Es Emory?
Porter no se dio la vuelta.
—Clair, vuelve arriba. Dile a Watson que llame a los del Laboratorio de Criminalística y que baje aquí. Y también a la oficina del forense.
—Sí, señor —respondió antes de volver a salir por donde había llegado.
—Brian, no es necesario que te quedes aquí. Lo entiendo.
Nash negó con la cabeza.
—Estaré bien…, dame un minuto.
Porter dirigió la luz hacia el cuerpo.
Las moscas zumbaban alrededor del bulto pálido encajado entre la camilla y el suelo de cemento. Al inclinarse más hacia la cabeza, reparó en una fractura en el cráneo, medio centímetro por debajo de la línea del nacimiento del pelo. La piel de alrededor de la fractura estaba roída hasta haberla dejado limpia. Lo más probable era que la herida hubiese sangrado y que las ratas hubieran acudido atraídas por el olor.
—Creo que se cayó de la camilla y se abrió la cabeza del golpe. No hay forma de saber cuánto tiempo lleva aquí.
Nash señaló un poco más abajo.
—Tiene el brazo derecho esposado a la camilla. Yo creo que se tiró todo este desastre encima al caerse. ¿Es nuestra chica?
Porter pasó la luz por el cuerpo, arriba y abajo, y a continuación se volvió a acercar más a la cabeza.
—No, esta persona tiene el pelo corto y castaño. Creo que es más mayor. Veo algunas motas grises, muchas arrugas debajo de lo que queda de la barbilla. Emory es mucho más joven, y tiene el pelo más oscuro.
—¿Es una mujer?
—Difícil de decir. Ayúdame a darle la vuelta al cuerpo.
Otra rata se abrió paso desde debajo de la pierna izquierda y echó a correr hacia la puerta.
—Hijas de puta… —Nash retrocedió de un salto.
Porter le miró, le puso los ojos en blanco y le lanzó la linterna.
—Señor… Ya lo hago yo. Sostén esto y sigue el movimiento de mis manos.
Nash cogió la linterna y la sostuvo hacia delante.
—Perdona, es que la muy puñetera me ha dado un susto de muerte, solo eso.
—¿Es que nunca tuviste un hámster o un jerbo de mascota cuando eras niño? Estas son iguales, solo un poco más grandes.
—Comen basura y son portadoras de más enfermedades que una Kardashian en el Mardi Gras —respondió Nash—. Que te muerda una de esas cabronas, y ya verás cómo te pasas el resto de la noche en urgencias, recibiendo inyecciones para la rabia en la barriga. No gracias.
—En el brazo —dijo Porter mientras se metía la mano en el bolsillo y sacaba un par de guantes verdes de látex.
—¿Qué?
—Las inyecciones, que ya no te las ponen en el abdomen; te pinchan en la parte alta del brazo.
—Ah, el progreso.
—Y tampoco suelen ser portadoras de la rabia. En Estados Unidos jamás se ha registrado un caso de rabia provocado por la mordedura de una rata. Es un mito. Nos hace sentirnos mejor por matarlas. ¿Te imaginas lo asquerosa que estaría esta ciudad sin que las ratas fueran por ahí correteando y comiéndose nuestros desperdicios? La verdadera plaga es la gente, si quieres que te diga lo que pienso. La gente hace cosas como esta. —Tenía los ojos clavados en el cadáver—. Necesito que levantes la camilla mientras yo le doy la vuelta al cuerpo. Ponte al otro lado.
—No te tenía por un defensor de las ratas. —Nash se metió la linterna debajo del brazo mientras sacaba su propio par de guantes y se los ponía, y después rodeó el cuerpo para colocarse y agarró el armazón—. ¿A la de tres?
—A la de tres.
Contó, y cuando Nash levantó la camilla, Porter agarró el hombro con la mano izquierda, rodeó el cadáver con la derecha hasta la parte posterior de la pierna y tiró hacia sí; su vieja espalda se opuso al movimiento con una punzada de dolor que le descendió por el muslo. El cadáver hizo un asqueroso ruido de succión al separarse del suelo de cemento. El olor ascendió en una hedionda oleada dulzona y agria, podrida y húmeda. Cuando el cadáver cayó sobre su espalda, Porter se percató de que le faltaba la mitad del estómago. Allí donde habían estado los intestinos y las paredes del estómago solo había una gran cavidad rosada que supuraba grasas licuadas e infestadas de gusanos.
Nash giró la camilla para apartarla, y por los pelos no le dio a Porter en la cabeza cuando dejó caer al suelo el armazón, se dobló hacia delante y puso perdida la pared de bloques de hormigón ligero con restos de Kit Kat a medio digerir. Con él giró también la linterna, y Porter agradeció el instante de oscuridad. Necesitaba esos segundos para prepararse antes de volver a ser capaz de mirar.
Nash trató de disculparse cuando se enderezó y se dio la vuelta, pero Porter le restó importancia con un gesto de la mano.
—Pásame la luz.
Nash asintió y le entregó la linterna antes de limpiarse la comisura de los labios con la manga de la chaqueta.
El haz de luz recorrió el cadáver, despacio, desde lo que quedaba de la cara hasta los pies y de vuelta.
—Hombre. Cumplidos los cincuenta, probablemente.
—Jesús bendito, ¿cómo lo puedes saber?
Las ratas habían dado cuenta de los genitales. Prácticamente habían limpiado de carne la zona y habían dejado hueso, tejido tendinoso y un espacio vacío en el lugar que aquellos ocupaban antes. Era de un color extraño, una mezcla de verde oscuro, blanco y marrón. Los gusanos se retorcían y contorsionaban entre las capas, y digerían lentamente lo que quedaba del festín de las ratas.
—Le han quitado los ojos —dijo Nash.
Porter volvió a dirigir la luz hacia la cabeza. Se habían llevado algo más que los ojos. Las cuencas vacías le observaban con una mirada imperturbable. El blanco del nervio óptico en el centro y los párpados inexistentes le daban un aspecto de dibujos animados: como el personaje de Little Orphan Annie de las antiguas tiras cómicas.
—¿Cuánto crees que lleva aquí abajo?
Porter suspiró, y lamentó haber respirado hondo en el instante en que el aire pútrido le entró en los pulmones.
—Un par de días, como mínimo. Creo que estuvo vivo por lo menos dos días antes de morir.
—¿Por qué?
Porter señaló el cuello del hombre.
—¿Ves la sombra de la barba? Tiene al menos un par de días. Lleva el pelo corto, bien cuidado; incluso las cejas recortadas. Un hombre así se afeita a diario, y en ocasiones dos veces al día. Llevaba sin hacerlo un par de días, quizá tres. Estoy seguro de que el forense nos podrá decir algo más preciso.
—¿Alguna idea de la causa de la muerte?
Recorrió de nuevo el cuerpo con la luz.
—No hay heridas evidentes. Imagino que lo apuñalarían en la zona del estómago. Es ahí donde las ratas parecen haber causado más daños.
—Fueron primero a por la sangre de la herida, como en el tajo de la cabeza.
—Ajá.
Nash se acercó un paso más y señaló la mano izquierda de la víctima.
—¿Qué es eso?
Porter siguió la dirección de su mirada. Tenía el puño cerrado, agarrando algo con fuerza. Alargó el brazo y trató de abrirle los dedos.
—¿Rigor mortis?
—Ya ha pasado. Las ratas le han mordisqueado los dedos, y la sangre seca los ha pegado entre sí. Sujétame esto otra vez.
Le volvió a dar a Nash su linterna.
Con ambas manos libres forzó los dedos para abrirlos. La mano de la víctima tenía sujeto un papel satinado. Era de unos trece centímetros de largo, liado como un cigarrillo. Porter liberó el papel grueso y lo desenrolló con delicadeza.
—Es un folleto.
—¿De qué?
Porter sostuvo a la luz el folleto colorido.
Nash se inclinó para acercarse y lo leyó en voz alta.
—Moorings Lakeside, una promoción inmobiliaria Talbot. Donde el club náutico se funde con la vida en el club de campo.
—¿Es esa la inmobiliaria de Talbot?
—O su constructora, o quizá ambas. —Nash alargó la mano hacia el folleto—. He visto los anuncios de este sitio. Han demolido decenas de naves industriales y almacenes a orillas del lago, edificios idénticos a este, y los han sustituido con mansiones horteras. Las casas son enormes, pero están prácticamente adosadas. Es de locos. Si tienes la pasta para permitirte un sitio como ese, con salida al agua, ¿por qué ibas a querer vivir encima de tu vecino? Tengo un colega que trabaja en Costas, y me dijo que las parcelas con salida al agua tienen su muelle, pero no las dragaron con la suficiente profundidad: ahí no se puede meter mucho más que una barca de pesca de arrastre. Si quieres meter un barco más grande, te convencen para que pagues un sobrecoste desproporcionado por hacerlo más profundo. Tampoco es que sirva para mucho, a menos que tus vecinos hagan lo mismo; los sedimentos se vuelven a depositar enseguida. Un par de años, y tendrás que volver a empezar.
Porter obligó a su cuerpo, cansado, a ponerse en pie, y las rodillas le crujieron bajo la presión.
—Tenemos que salir fuera y llamar a Hosman. El CM ha elegido a Talbot por algún motivo; tiene que estar vinculado a esta promoción.
—¿Algo turbio en los libros, quizá?
—¿En un proyecto tan grande como este? Podría ser cualquier cosa. Hay que pisar a mucha gente para sacar adelante un proyecto inmobiliario de gran tamaño.
—¿Porter?
Los dos se dieron la vuelta. Espinosa estaba de pie en la entrada.
—Mis hombres han localizado el túnel que ha mencionado. Estaba cubierto con tablones en algún punto, pero se ha colado alguien por ahí no hace mucho y ha tapado el agujero con unas cuantas cajas de botellas. El túnel parte del subsótano y se dirige al norte. A menos que me necesiten aquí, voy a coger a un equipo y lo voy a seguir, a ver adónde lleva.
Porter tenía ganas de salir al exterior. Aquella sala, el cadáver, las ratas, todo cuanto había en aquel lugar le estaba haciendo sentir claustrofobia.
—Nash, espera aquí a que llegue el forense. Haz que Watson se ocupe del escenario. Yo me voy con el equipo de Espinosa. Me pondré en contacto cuando averigüemos adónde conduce el túnel. —Se volvió hacia Espinosa—. Usted delante.