El Cuarto Mono
37. Diario
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Diario
—Eh, campeón, ¿puedes echarme una mano con esto?
Padre se encontraba de pie, cerca de los escalones de la puerta trasera, con mi carretilla roja detrás, llena hasta arriba de paquetitos de unos treinta por treinta centímetros, envueltos en bolsas de plástico negro y sellados con cinta de embalar.
Debo reconocer que hacía varios años que no utilizaba aquella carretilla. La última vez que la vi, estaba enterrada en el fondo del cobertizo de las herramientas, bajo una montaña de diferentes productos para el cuidado del césped y una vieja barbacoa que padre compró en una liquidación de Sears hace muchos veranos. A padre le gustaba la parrilla porque era de gas; a madre le disgustaba porque no era de carbón. Para mí, una hamburguesa a la parrilla era una hamburguesa a la parrilla, y no tenía ninguna preferencia en cuanto a cómo estuviera hecha mientras que acabase en mi plato…, quizá con un toque de kétchup, una pizca de mostaza y un poco de mayonesa.
No me gustaba que padre utilizase mi carretilla sin preguntarme.
Sabía que era una estupidez. La había comprado él, pero aun así era mía, y era una grosería cogerle a alguien prestada la carretilla sin haberle pedido permiso antes. Yo jamás haría tal cosa, y me molestó, aun a tan tierna edad.
—Necesito que me hagas un gran favor, colega. Necesito que te lleves estos paquetes al lago, que les pegues unas piedras bien pesadas con la cinta y que los tires al agua tan lejos como puedas. ¿Crees que podrás hacer eso por mí? ¿Puedo contar contigo? —Me entregó medio rollo de cinta de embalar—. Pensaba hacerlo yo, pero me han llamado de la oficina. Si dejo esto para más tarde, hasta esta noche, me da miedo que acabemos con un buen pestazo metido en la casa, y no queremos eso, sobre todo teniendo a una invitada.
Cogí el asa de la carretilla y le di un tirón de prueba.
—Pesa.
Padre sonrió.
—Lleva algo así como unos ochenta kilos de ternera en mal estado…, eso debería hacer felices a nuestros amigos los pececillos, ¿no te parece?
¿Comen ternera los peces? Había oído que a los peces exóticos como las pirañas les encantaba comerse un buen trozo de carne, pero estaba bastante seguro de que no había pirañas en nuestro lago. Allí había truchas y lubinas de sobra, aunque no me habían instruido acerca de sus hábitos alimenticios. Aún albergaba mis sospechas sobre si comían gusanos o no.
—¿Todavía llevas la navaja? Podrías hacer una rajita en cada paquete antes de tirarlo al agua. Darles a probar un poquito del festín que encontrarán dentro. Eso sería espléndido.
—Sí, padre.
—Ah, y una nadería. —Miró hacia la casa de los Carter—. Todavía tenemos que hacer un par de maletas y dejar la casa preparada.
—Puedo hacerlo yo —le dije con entusiasmo.
Me miró y ladeó la cabeza.
—¿En serio?
Asentí.
—Completamente, padre. ¡Puede contar conmigo!
Sus ojos se entornaron mientras se lo pensaba. Entonces asintió.
—Muy bien, campeón. Dejaré en tus competentes manos esta tarea de hombres. Carga unas cuantas cosas en su coche, y yo me libraré de él esta noche.
—¿Dónde lo va a dejar, padre?
Se encogió de hombros.
—No estoy seguro aún. El aeropuerto está un poco lejos. Estaba pensando en las cocheras de los autobuses, en Marlow. Ya se me ocurrirá algo.
Echó a andar hacia la parte delantera de la casa, pero se detuvo.
—Una cosa más, campeón. ¿Puedes echarle un ojo a tu madre? Ya sabes cómo se pone después de…
Asentí. Lo sabía, claro que sabía cómo se ponía.
Me sonrió.
—Mi hijo ya es casi un hombrecito. ¿Quién se lo iba a imaginar? Yo no, desde luego. —Se dio la vuelta y dobló la esquina—. No señor, desde luego que yo no —dijo mientras desaparecía de mi vista.
Madre tendía a ponerse un tanto emocional después de matar. Podía resultar impredecible. A veces se encerraba por completo, desaparecía en su habitación y no salía durante días. Cuando aparecía, estaba tan fresca como una lechuga, pero durante esos pocos días era mejor dejarla en paz. Otras veces rebosaba alegría, se reía y hacía chistes muy animada. Podía ponerse a bailar en la cocina y bajar dando saltitos por la calle. Esa madre me gustaba más: la madre alegre, la madre exultante, la madre de las mil y una sonrisas. Nunca sabíamos qué madre surgiría después de matar, tan solo que sería una de ellas, y que pasarían al menos unos cuantos días antes de que la madre original regresara de su viaje psicológico.
Pensé en ir a ver cómo estaba antes de marcharme al lago, pero decidí no hacerlo. Si hoy era el día de la madre alegre, el hecho de que se enterara de lo que yo estaba a punto de hacer podría revertirla a una de las otras, y nadie quería eso. Lo mejor era que la dejara tranquila hasta que terminase mis encargos de la mañana, y después dedicar el resto del día a hacerle compañía, a ayudarla a sobrellevar lo sucedido la víspera.
Con un tirón brusco, la carretilla cogió mi ritmo detrás de mí y eché a caminar por el sendero del lago mientras silbaba una canción alegre de la película Eddie y los Cruisers. Afortunadamente, era cuesta abajo. El señor Carter era un hombre corpulento.